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Las hermanas Sandra y Marianela

Enviado por zorrita_caliente el 28/3/2009

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Las hermanas Sandra y Marianela Publicado el 28/03/2009, por: zorrita_caliente

Sandra y Marianela se llevaban apenas un año de diferencia. Huérfanas de padre y madre, pasaron toda su infancia en un orfanato. Allí aprendieron a controlar sus instintos y hacer uso de ellos de forma racional. Las dos tenían bellos rostros, cabellos rubios y ojos de color guisante de la marca bonduelle. Cuando tuvieron edad para trabajar, fueron llevadas a casa de Doña Hortensia, una viuda cincuentona a la que, por una extraña enfermedad, le quedaban no más de tres años de vida. La mujer...

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acababa de mudarse a la casa que tenía en el campo y precisaba de un par de asistentas que se ocuparan de la limpieza de la casa y del resto de tareas que ella, por su condición social y pereza, se negaba a realizar.

Ambas jóvenes se adaptaron rápidamente a las manías que tenía la mujer, pero se quejaban de la situación de la casa, tan alejada del centro urbano, y de su gran tamaño. "No podemos con todo, Doña Hortensia; es demasiado trabajado para nosotras dos" repetían una y otra vez. Y era cierto. Tenían que limpiar, planchar, cocinar, y hasta jugar con Maiz, el dulce gatito de color ceniza y ojos color miel de la granja san francisco sin aditivos añadidos que el difunto marido de la Señora le regaló a ésta poco días antes de morir. Por ese motivo, Doña Hortensia buscó una persona que se responsabilizara de los quehaceres culinarios y de la jardinería.

Fernando Mas Ulloa llegó un martes por la mañana a casa de Doña Hortensia por recomendación de una prima hermana suya llamada Josefina. Era un hombre bien plantado y cultivado, con exceso de abono tal vez, pero bien podado, cuarentón, un poco amanerado —no mucho—, y de facciones varoniles y ligeramente atractivas. Gustaba a hombres y mujeres por igual, y había gozado —según él— de la experiencia que podían proporcionarle ambos sexos, aunque sentía una gran debilidad por la mujer joven y hermosa.

Dejó su maleta en el suelo y llamó a la puerta. Una mujer de cara ovalada, boca pequeña, barbilla muy pequeña y ojos aún más pequeños le abrió la puerta.

—Usted debe ser el Señor Mas U…

—Ulloa —dijo Fernando—. Fernando Mas Ulloa. Para servirla.

Del mismo modo que Fernando se sentía atraído por la mujer joven y bella, opuestas circunstancias despertaban en él un sentimiento contrario. Por ello, en un primer momento, al ver a Hortensia, pensó en poner a prueba la velocidad de sus piernas y salir huyendo de allí, pero desde hacía tiempo andaba sin un puñetero duro en los bolsillos y las deudas se lo iban comiendo, así que decidió quedarse. Cuando le fueron presentadas las dos criaturas —¡y hermanas!—, dio gracias a Dios por haber tomado aquella decisión de quedarse.

Durante un tiempo, Sandra y Marianela tontearon con Fernando. En ocasiones, mientras éste regaba las plantas del jardín, las dos hermanas, gozando de su tiempo libre y de los días soleados, se tumbaban en el césped a leer una revista, algo ligeritas de ropa, y aprovechaban para hacerse tocamientos mientras el dulce gatito paseaba entre sus cuerpos. Fernando las miraba de reojo, y la escena lo ponía tan cachondo, que a veces recurrió al agua fría de la manguera para bajar el hinchazón. Pero Fernando era un hombre de principios, y su principio número uno era ser rico, desbancando al segundo puesto el de "follar con tías buenas, por muy hermanas que fueran". Pocos días después de entrar en la casa, Fernando supo de la enfermedad de la Señora, y desde entonces, en su mente, la idea de follarse a las dos niñas fue poco a poco desterrada por la idea de conquistar a la rica mujer.

Los coqueteos de Sandra y Marianela desestabilizaron sus principios en más de una vez. Por ejemplo, aquel día en que ambas entraron en el baño estando el pobre Fernando en la ducha. Sandra cerró la puerta por dentro con el pestillo —algo que se olvidó de hacer Fernando—, mientras su hermana metía la cabeza entre las cortinas con la intención de ver la polla del Señor Mas.

—Oye, Fer: ¿No prefieres que te enjabonamos nosotras?

¡Qué niñas más guarras y salidorras! El Señor Mas se hacía el escandalizado, pero de no ser por sus planes, se las hubiera cepillado allí mismo; pero si en ese momento, pensaba él, llegaba la Doña y averiguaba que los tres se hallaban juntos en el baño, su plan se iría por el retrete. Así que cogió velozmente la toalla, se tapó la erección que sufría y salió corriendo del baño al tiempo que las dos zorrillas soltaban una risotada. Ya en su habitación, Fernando se quitó los restos de jabón con la toalla y se vistió.

Esa noche, Fernando, sentado en el colchón de su cama, e intentando olvidar la experiencia del baño, miró a través de la ventana y perdió la vista entre los troncos de los árboles que pertenecían al bosque, distinguiendo entre la hirsuta maleza un enorme y viejo letrero de madera desgastada que contenía unas letras que venían a decir algo así como que la caza en aquellos terrenos de propiedad privada estaba penalizada con multas tan elevadas como la que tuvo que pagar una prima suya por conducir bajo los efectos nocivos de las drogas y el alcohol y propinar con furia una fuerte bofetada al policía que amablemente le pidió que hiciera la prueba de alcoholemia y el cual por desagracia no puedo presentarse al juicio porque murió atragantado mientras comía la sopa de letras que su esposa le había hecho una de esas sofocantes noches de agosto en las que el aire es tan cálido que uno tiene la sensación de faltarle el aire y no poder respirar.

Un día, el cachondo de Fernando, llevado por la curiosidad, y tras varios días sin meneársela —quería estar cachondo por si en algún momento el coqueteo que había ido manteniendo con Doña Hortensia obtenía sus frutos y tenía que cumplir—, entró en la habitación de las dos hermanas. Había sobre la cama un par de bragas hechas un ovillo. Fernando las separó y examinó con detalle. Estaban usadas —el olor lo constataba—; una tenía la letra S bordada, mientras que la otra la letra M. Eran las siglas de los nombres de los dos diablillos con pechos de infarto y culos que quitan el sentido que, para desgracia de Fernando, entraban en el cuarto en aquel momento. Fernando soltó las prendas e hizo el intento de salir, pero Sonia, la más joven, cerró la puerta y le bloqueó el paso.

—¿Estabas oliendo mis bragas?— preguntó Marianela, la más joven de las hermanas.

—No. Veréis... yo sólo…

Marianela bajó el vestido de su hermana por debajo de los pechos.

—Eres un chico malo. Vamos a tener que castigarte…

Asustado, el tontorrón de Fernando empujó a los chicas y salió corriendo de la habitación. Al doblar el pasillo, chocó con Doña Hortensia, y tuvo que agarrarse a ella para mantener el equilibrio y no caer al suelo.

—¿A dónde va usted tan rápido?— preguntó la Doña— Cualquiera diría que ha visto al demonio.

Al demonio en plena decadencia estoy viendo ahora, japuta, pensó Fernando.

—Al mismísimo vi, pero para bien, mi querida Señora, para bien. Fíjese a donde me ha llevado. ¿No cree usted que valió la pena?

—¡Qué cosas tiene…! —dijo la mujer de recóndita belleza, ladeando la cabeza como una estúpida colegiala y sonrojándose—. ¡Ay! si yo fuera unos años más joven… le aseguro que no le dejaba escapar.

—No bromee con esas cosas —dijo de repente, triste y apocado, con un tono serio, al tiempo que bajaba los ojos en lo que parecía un reflejo ocasionado por la vergüenza del momento, pero que era, en realidad, la fuga al terrible hedor que desprendía la boca de aquella porcina mujer—, se lo ruego. Si usted supiera lo mucho que… Nada. Mejor me callo. Olvídelo...

—¡Por Dios, Señor Mas U…

—No. No diga nada. Es mejor así

—Discúlpeme… Señor Mas —dijo la mujer, lanzado el fétido aroma de su aliento—. No estaba bromeando. Puede que con mi tono se lo parezca, pero es que ando resfriada y tengo la nariz atascada de mocos. Pero no bromeo. Es usted un hombre inteligente y atractivo. Seré muy franca con usted: me gusta. Es usted un hombre tan interesante, tan apuesto, tan educado... Nunca oí salir de sus labios palabra malsonante ni improperio alguno, a excepción de esa inocente frase que tanto repite usted, en la que se defeca en no sé que parte de su cuerpo. Pero me resulta graciosa, incluso… me atrevería a confesarle que, cada vez que la oigo, me pone… ¿cómo le diría yo? Vaya… que me "pone".

—Agradezco su franqueza, y me veo obligado a responderle con la misma sinceridad. Verá… hace tiempo que ardo en deseos de besarla. No puedo callármelo más: ¡La amo!

—Oh, Fernando, ¡béseme!

Fernando aguantó la respiración, rodeó —cuanto pudo— a la mujer con sus brazos y la besó apasionadamente.

Durante el beso, una bola viscosa y aterciopelada, no muy grande, del tamaño de un riquísimo fresón, pasó de una boca a la otra. Mientras Fernando se la tragaba, voces atormentadas suplicaban en su mente: "¡qué sea un caramelo!¡Dios mío, por favor, qué sea un caramelo!

Pobre iluso.

Después del romántico beso, quedaron en verse pasada media hora en la habitación de ella.

EN LA HABITACION

Doña Hortensia estaba tumbada en la cama, de lado, con las manos en la nuca en una esperpéntica imitación de la maja desnuda. Cuando Fernando quedó desnudo, la viuda abrió las piernas, invitando formalmente a su amante a entregarle todo el amor que colgaba entre sus piernas. El pobre, tras subirse a la cama y colocarse de rodillas entre las pobladas piernas de la mujer, se topó con la más infranqueable barrera con la que un hombre se puede cruzar: una espesa y voluminosa mata de pelo enredado, que de haber tenido marca hubiera sido prosegur, y de la cual subían vapores con un intenso olor a frutas silvestres del día; no del día, si no del día. El Señor Mas respiró hondo y comenzó a separar las virutas de nanas que formaban la infranqueable barrera con el propósito de hallar una entrada donde alojar su inquieto pajarillo y contentar a la Doña. Pero a este problema se le añadía otro: el pajarillo dormía y no quería despertar.

No se preocupe —dijo Doña Hortensia, mostrando los restos de espinacas frudesa que durante meses había ido acumulando entre los minúsculos dientes—. Yo le animo.

La mujer, que poseía una fuerza descomunal, agarró al Señor Mas de la cintura y le dio la vuelta.

—Estás nervioso, como si fuera la primera vez, ¿verdad? No te preocupes, cielo, yo sé como arreglarlo.

Dando un giro de 180 grados, agarró su desinflado miembro y se lo metió en la boca.

Fernando cerró los ojos y pensó en las dos ninfas, la una ocupando el puesto de la fea, y la otra bajándose las bragas para sentarse sobre su cara. La fantasía tuvo resultado, y su miembro fue poco a poco cogiendo consistencia. La cosa iba más o menos bien por ese camino; iba más o menos bien hasta que Doña fea decidió colocar su enorme trasero estampado con una gran variedad de granos sobre el rostro de Fernando. La Doña se sacó un momento la polla de la boca y dijo:

—Chupa con cuidado, amor mío, que tengo las hemorroides sensibles.

Fernando comenzó a marearse y su pobre pajarito volvió a desinflarse.

—¿No te encuentras bien, cariño? —preguntó Doña Hortensia.

—No, joder, me cago en… claro que no; no me encuentro nada bien. Necesito tomarme algo.

Doña Hortensia, algo impactada por la vulgaridad que había soltado su amado y el tono que había empleado al pronunciarla, dejó que se vistiera y saliera de la habitación con la promesa de volver en cuanto se hubiera tomado una pastilla.

Fernando se dirigió mareado a la cocina. Tenía ganas de vomitar el potaje que él mismo había cocinado al mediodía.

Llegó a la cocina y llenó un vaso de café. No podía sacarse de la cabeza el surcado culo de aquella bestia, tan desproporcionado, tan lleno de surcos, tan grasiento, y sobretodo con aquella horrible hemorroide. ¿Cómo podía verse en una situación tan lamentable? Ni las dos ninfas hubieran podido despertar al pobre Señor Mas de aquella ofuscación mental transitoria.

Completamente ido, pensando que cogía el vaso, agarró al pobre gatito —el desgraciadito se había subido en aquel fatídico momento en la encimera y restregaba la suave pelusilla de su cuerpo con el vaso— y lo metió en el microondas. Cinco minutos; nada menos que cinco minutos.

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Categoría: Amor Filial | Comentarios: 0 | Visto: 8668 veces

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