Ya llevábamos bastante tiempo juntos, habían pasado varios meses desde que mi madre y yo nos acostábamos juntos. Ella seguía pensándolo de vez en cuando y a veces me incitaba a dejarlo pero yo no tardaba demasiado en convencerla y en proseguir con nuestros encuentros.
Mi madre, viuda, pasaba temporadas con algunos de los tres hermanos, pero la mayoría del tiempo estaba conmigo en casa. Prácticamente vivía conmigo, sólo que de vez en cuando visitaba a mis hermanos para arreglarle...
las casa un poco y para que nadie sospechase nada.
En casa ella tenía su dormitorio pero casi siempre dormía conmigo, yo se lo pedía a diario y ella accedía. Mi vida laboral iba bien y me permitía ser yo quien me encargase de los gastos de vestuario de mi madre. Desde hacía tiempo le compraba la ropa de calle y también la ropa interior, así que ella conmigo no gastaba casi nada. Me gustaba mantenerla y así se lo hacía saber.
Ella se negaba pero con mi insistencia lo permitía.
En casa parecíamos una pareja y eso me excitaba, así que decidí hablar con ella.
Una noche viendo la tele juntos la cogí de la mano y la besé en la boca. La miré y le comenté lo que pensaba…
“Madre, quiero pedirte algo, quiero que aceptes ser mi pareja y que te comportes como mi esposa y yo lo haré como tu marido.”
Mi madre me miró y me dijo que ya era bastante con acostarse conmigo y que eso no podía ser, que su único marido había sido mi padre.
Dejé ahí el tema y me la llevé a la cama, se puso su picardías negro, recién comprado y se acostó. Una vez así la abracé y comencé a besarla y a tocarla. Seguí hasta animarla y le llevé la cabeza a mi entrepierna y la invité a comerme la polla. Eso me gustaba mucho y a ella también. Mi madre la comía de maravilla y conseguía ponerme durísimo.
“Mamá” le dije, “ gírate y ponme el coño en mi boca, quiero comértelo mientras me chupas la polla”. Lo hizo, comencé a lamerle el sexo y aprecié como mi madre se mojaba de manera brutal.
“Hijo, mmmmm, como me pones, mmmm, me vuelves loca,” decía mientras comía mi miembro erecto. Sus nalgas eran maravillosas, siempre lo fueron y ahora con 56 años seguían igual, lamí su sexo y su culo metiendo mi lengua en ese agujerito tan suculento.
Así estuve hasta que decidí follármela y la tumbé bocaarriba poniéndome encima. La penetré hasta el fondo y me eché sobre su cuerpo.
“Hijo me gusta, está mal esto pero me gusta muchísimo, no se como puedes estar enamorado de mí, pero esto me vuelve loca.” Ella jadeaba como una puta y se encendía aun más con mi follada, estaba divina, gordita, blanca de piel y bien entradita en años, pero seguía guapísima.
“Madre, te quiero, mmmmmm, me vuelves loco y consigues ponerme muy muy encendido, deseo que seas mía siempre, quiero que seas mía, mmmm, mmmm, madre, ufff, me gusta follarte, madre, mmmmm.
Ella comenzó a gritar y a disfrutar de esos temblores que le llegaban antes de correrse, seguí follándola hasta que se corrió gritando como una perra. Al notarlo y oirla me llegó mi orgasmo y volqué todo mi semen dentro de ella como siempre.
Dormimos y al día siguiente al medio día al comer juntos volví con el tema. La miré y le pedí que fuese mi esposa y en ese momento no dijo nada, calló, pero al rato me miró y abrazándome me aceptó mi petición.
Así es como empezamos a ser pareja, eso era maravilloso, ella se comprtaba como mi esposa, me atendía, me cuidaba, me escuchaba, y me daba lo que un hombre necesita.
Incluso compré unas alianzas para ambos y nos las pusimos. No hay nada como casarte con tu madre, es una sensación maravillosa para los que nos apasiona el incesto.
Mi madre cambió poco a poco su aspecto, dejó su pelo largo, rejuveneció su vestuario y se volcó en satisfacerme. Salíamos juntos de la mano, eso me encantaba, siempre agarrada a su pareja, sólo pendiente de los vecinos que no veían nada extraño por que siempre habíamos estado muy unidos.
Le hice depilarse el sexo muy cortito y de forma juvenil y comencé a comprarle ropa de menor edad incluso le traje varias falditas que nunca se ponía para salir por que eran demasiado modernas, esas se las ponía en casa, se vestía de treintañera y se cogía colas en su pelo para parecer más joven. Con minifalda estaba preciosa, sus muslos de madura al aire, sus pies dentro de zapatos de tacón, de sandalias modernas, su pecho bajo camisetas bastante provocativas y por supuesto sus tangas de hilo dental que a su edad aun lucía.
Cuando salíamos iba normal vestida pero en casa ella siempre iba en minifalda, así se vestía para mí y eso provocaba constantes folladas de mi parte en cualquier lugar de la casa. En la cocina contra la encimera, por detrás, bajándole el tanga, en el sofá sobre mí subida, con sus pechos fuera y con coletas de niña, en el baño mientras de depilaba o mientras de arreglaba.
Así fue como comencé a ser el esposo de mamá, seguiré con esta historia próximamente.
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