Una vez dentro del cuarto de mi sacrosanta primita, cerré la puerta, lo que la asustó un poco. Al notar aquello, nuevamente la calmé señalándole que como esta era la primera vez que lo haríamos, de esa manera no permitiríamos que el diablo escapara, y que luego ya no sería necesario.
De inmediato le dije que ahora ambos tendríamos que rezar pidiéndole a Dios que nos diera fuerzas para soportar el sacrificio que haríamos, así como para no caer en la tentación de rebelarle a...
alguien el sagrado rito que estábamos a punto de hacer; al decir esto último, mi prima me preguntó porqué no debíamos decirle a nadie más lo que íbamos a hacer, entonces muy calmadamente le expliqué que esto debía ser secreto, solo entre los dos que participaríamos y nuestro señor quien estaría viéndonos desde el cielo; como la noté no muy convencida y es más, ya un poco desconfiada conmigo, le dije en un tono algo molesto, que esto era algo sagrado, que no debía de porqué cuestionar la fé en el señor, que si esto no fuera como le conté, es decir, secreto, entonces todo el mundo estaría hablando de aquello, y así, para terminar de convencerla le dije: “querida primita Vilma, ¿acaso has escuchado alguna vez que alguien te hablara libremente sobre esto, o es más, que alguien te dijera que lo ha hecho con otra persona? –le miré la cara, notándole lo arrepentida que estaba poniéndose, y agregué–”… No, cierto, y nunca escucharás aquello, pues lo contrario es un sacrilegio, un grave pecado ante Dios, y una falta de respeto al prójimo que se sacrifica contigo, sólo nos enteramos de esto porque siempre encontramos a un hermano –se lo dije en el sentido religioso– que está dispuesto al sacrifico que representa meter al diablo en el infierno, verás que mañana más tarde, también tú quizás lleves la salvación a otro hermano… pero creo que no seré yo quien tenga que enseñarte prima, pues te veo con poca fe.”
Terminado de decirle esto, Vilma cayó de rodillas ante mí, pidiendo perdón al señor y pidiéndomelo también a mi por la infundada desconfianza sembrada seguramente por el demonio, y agradeciéndome por haberle revelado la verdad, que hará todo lo que le diga sin cuestionarme nada, que en el nombre de Dios, estaba dispuesta a soportar cualquier sacrificio… así, mi prima ya estaba lista para satisfacer mis más bajas pasiones…
Continuamos rezando y rezando (no se de donde me sacaba tantos pecados, uno tras de otro, situaciones que son cotidianas para todos como lo es el fantasear, así que por cada pecado como ese, solo le decía que debía rezar un padre nuestro y no los cinco o más que los curas suelen pedir en el confesionario, todo para terminar pronto), hasta que le dije que ya era el momento de liberar nuestros cuerpos de la prisión causada por el pecado original cometido por Adán y Eva. Ella quedó desconcertada una vez dije eso, entonces, viéndome que me estaba desabrochando el cinturón, me dijo que por favor le dijera en qué consistía lo de la prisión causada por el pecado original… otra vez comencé a fingir que estaba perdiendo la paciencia y nuevamente dije que ya no era buena idea el continuar con esto con ella pues seguía mostrando poca fe en el señor, a lo que nuevamente me suplicó que por favor se lo enseñara que si no sería la mujer más pecadora e infeliz del mundo. Fingiendo cierto malestar le dije que mejor hiciera todo lo que me viese hacer, hasta que le dijera algo, esto, a fin de no interrumpir con el ritual, agregué.
Proseguí quitándome la ropa, verificando que Vilma hiciese lo mismo, claro que al sacarse cada prenda que tenía, la veía súper avergonzada, extremadamente ruborizada, incluso temblando por instantes. En primer lugar se sacó la blusa, dejándome verle sus bien desarrollados blancos y firmes pechos, tratando de cubrirlos con una mano, consiguiendo solo cubrir sus pezones por instantes; luego se bajó el faldón que llevaba, permitiéndome así ver que tampoco llevaba calzoncito alguno, a pesar que con la otra mano también intentaba cubrirse el lampiño, virginal e inmaculado pubis.
Cuando terminó de desvestirse, evité seguirla viendo y empecé a pensar en cosas nada sexuales, a fin de que el miembro no se me armara aún. Me dirigí al centro de la habitación en donde me arrodillé, para decirle que también se arrodillase junto a mi, pero delante mío. Cerré los ojos y le pedí que nos tomáramos de las manos para seguir orando y pidiendo fuerzas al señor para terminar con éxito el sacrificio. Así con los ojos cerrados, rezamos por largo rato, pero sinceramente yo aprovechaba para verle todo su hermoso, radiante y juvenil cuerpo desnudo, lo que provocó que mi erección se hiciera a plenitud hasta rozar su bajo vientre con mi glande. En este preciso instante ella también abrió sus ojos y le dije que ahora era el momento sagrado… pero mi prima, no pudiendo soportar el asombro y curiosidad, ambos acompañados del natural temor de ver por primera vez la notoria resurrección de la carne, interrumpió mi monólogo, para preguntarme qué era eso tan feo y gracioso que tanto destacaba de entre mis piernas como una palanca y que ella no tenía...
Nuevamente fingí incomodarme, pero haciendo que me contenía dando un fuerte y cínico suspiro, le dije que éste era el diablo que le había mencionado antes, “diablo –cambiando mi tono a uno solemne- que tanto pesar y sufrimiento causaba en mi; pesar y sufrimiento que ahora, por bendición del cielo, tu, primita de mi corazón, me ayudaras a eliminar...” De nuevo no soportó la curiosidad, y me preguntó cómo ella podía hacer aquello, entonces, sobreponiéndome a mi fingida molestia, le expliqué que así como los hombres teníamos al diablo que nos atormentaba desde entre las piernas, las mujeres tenían al infierno en el mismo lugar. Vilma se maravilló y comenzó a mirarse el sexo con mucha curiosidad, de seguro pensando cómo aquel infierno de entre sus piernas castigaría a mi arrogante y maldito diablo; al cabo de unos instantes en que la noté pensativa, dijo en un tono que denotaba alegría por haber encontrado una explicación a interrogantes que antes no tenían respuestas: “¡OH Dios mío, ayúdame a derrotar a este maldito demonio para meterlo en el infierno que tantas tentaciones me ha producido antes!, por favor primo, dime cómo se hace aquello para liberarte de tu pesar y servir a Dios, nuestro señor que está en el cielo”
Le pedí que nos pusiéramos de pié para dirigirnos a su cama –al pararnos y empezar a caminar hacia su cama, mi erecta y venosa pinga se bamboleaba descaradamente, espectáculo del que mi primita no quitaba sus maravillados ojos–, en donde la recosté, haciendo lo mismo a su lado, luego empecé a acariciarla por su cabello y mejillas, viendo que con cada caricia ella se estremecía y temblaba. Después la abracé y junté mi cuerpo con el suyo, aprovechando para besarla delicadamente en el cuello y en sus hombros. Al pasar mis manos por sus glúteos, mi prima protestó diciéndome que esto le parecía algo indecoroso, ante lo que le mostré más amargura que antes, pues estaba atreviéndose a interrumpir el sagrado acto.
Volvió a calmarse dejándome tocarla con más descaro su cuerpo, llegando hasta su pequeño sexo que empezaba a humedecerse por tanto rozamiento que teníamos. Le dije que confiara en mí, y que se dejara hacer, pues teníamos como testigo a Dios, a lo cual consintió. Con mis manos, separé sus brazos extendiéndolos en la cama, y los dejé así para empezar a besar con libertad sus deliciosos y juveniles pechos, magreándolos también con delicadeza.
Veía que se estremecía más y más, y seguí besándola y acariciando hacia abajo. Soltó una pequeña carcajada cuando le besaba el abdomen, diciéndome que le estaba causando un cosquilleo. Le pedí silencio, a lo que obedeció, entonces seguí bajando hasta llegar a su pubis. Tenía las piernas cerradas fuertemente, así que se las abrí delicadamente para dejar al descubierto unos preciosos labios mayores, bien blancos aún, sin ninguna huella de haber sidos tocados por pene alguno, totalmente desprovistos de bellos, y separados por una línea que tenía cierto brillo propio del fluido provocado por la excitación.
Ella me decía que sentía vergüenza de estar así delante de mí, mostrándome sus “partes secretas”, cosa que le dije que era normal, pero que confiara en mí, entonces cerró los ojos y yo empecé a besarle las piernas una a una hasta acercarme a su sexo lentamente, terminando con un largo y apasionado beso en el que disfruté de sus juveniles líquidos así como de su inexplorada vulva de niña mujer. Luego comencé a lamérselo descaradamente hasta descubrirle su pequeño clítoris rosadito oculto debajo de sus apretaditos labios mayores, los cuales abrí con mis dedos, clítoris con el cual me ensañé con mucha satisfacción lamiéndolo y chupándolo a mi antojo, primero lentamente, y luego aceleradamente, al ritmo de su respiración.
Con cada lenguaza que le daba, ella se estremecía y arqueaba con más fuerza, hasta empezar a gemir de placer, entonces dijo entre gemidos: “Primo de mi corazón, si esto es meter el diablo en el infierno, te digo que realmente es lo más bello y dulce del mundo servir así a nuestro señor Dios…” entonces le dije que comenzara a rezar en voz alta, agradeciéndole a Dios por aquella satisfacción (en verdad resulta muy placentero y enfermo hacer lo que hacía mientras ella oraba agitadamente, se los recomiendo, es una buena alternativa a las lisuras), y que eso no era todo, que mi diablo aún no había entrado al infierno –que ella tenía entre sus piernas y al cual estaba preparando para que todo sea más fácil–; ante esto, seguramente dominada por el placer, me dijo que lo hiciera de inmediato sin sospechar que este asunto no es nada fácil ni tan rico para la mujer –al menos la primera vez–, y yo, con la firme idea de disfrutar de ella aún más y para predisponerla a ser penetrada, le dije que antes de meter al diablo en el infierno, primero deberíamos intentar por otra forma quitarle la soberbia al diablo, entonces le pedí que siguiera recostada, rezando, pero ahora de costadito, de espaldas a mi, abriendo la pierna que quedaba encima de la otra.
Rápidamente se puso en la posición que le indiqué y yo me acomodé de forma que mi pene pudiera estar entre sus piernas; hecho esto, me moví logrando sobar con el cuerpo de mi pinga, todo el largo de su lubricada vulva, para empezar a moverlo cual parabrisas sobre su vulva, lo que luego ella misma sujetó con una de sus manos y comenzó a masturbarse diciendo: “... muere maldito diablo, por el amor de Dios... toma tu castigo... que rico, ohh, virgen María, dame fuerzas para derrotar a este diablo...”
Luego de un rato, en el que ella nos masturbaba a los dos de aquella forma, le ordené que cerrara sus piernas entorno al diablo, presionándolo de forma como si lo quisiera aplastar para que se asfixiara. En esa posición estuvimos sobándonos por largo rato, momentos en los que disfruté de la perspectiva que tenía al verla así delante de mí, magreándole sus senos y recorriendo todo el resto de su cuerpo con mi mano libre. Después, pidiéndole que no dejara escapar al diablo atrapado entre sus piernas, la acomodé sobre mi, de forma que ahora ella estuviese arriba, pero de espaldas a mi, posición esta en la que ahora si la manoseaba a voluntad con ambas manos, sin dejar de mover mis caderas en un sacrílego mete y saca que encontraba eco en la juveniles caderas de mi hermosa e ingenua prima Vilma.
A cada rato, mi prima me pedía que le dijera si ya la soberbia se le había quitado al diablo, a lo que le respondía que aún no, hasta que después de unas 6 veces que me repitió lo mismo, le dije que esto no era suficiente, que sería necesario meterlo y consumar el acto; le pregunté si estaba lista y segura, y dijo que si, que lo deseaba desde el fondo de su corazón, pues sentía un voraz fuego en su vientre que la quemaba y atormentaba al desear tener aquel maldito y duro demonio dentro entre sus piernas. Ni tonto ni perezoso, accedí a volver realidad su ingenuo y desesperado deseo. Me erguí ante ella, a quien volví a poner boca arriba, le separé las piernas con mucha serenidad –superando la pequeña y natural resistencia de muchachita virgen y avergonzada, pues apenas me había levantado y dejado de sujetarle los muslos, volvió a juntarlas–, diciéndole que debía dejarlas así, y agarrándome el pene para blandirlo delante suyo, cual espada sagrada con la que me disponía a darle una mortal estocada, lo dirigí hasta la parte inferior de su pequeña, pero ya ruborizada –por tanto rozamiento con mi verga–, brillante y húmeda vulva; con la otra mano libre, le abrí sus suaves y esponjosos labios mayores y comencé a introducirle mi lujurioso, pecaminoso, gordo y cabezón miembro viril dentro del pequeño, angosto, inexplorado e inocente agujerito que asomaba tímidamente en la parte inferior de entre sus delgados labios menores.
Ella apoyándose con sus manos abiertas y sus brazos estirados desde la cama, miraba con mucha curiosidad la interesante y nunca antes vista por ella, “zona de la acción”, noté que sentía mucho temor al ver como mi enorme diablo venoso, grueso, rojo y cabezón, tal cual cuerno endemoniado, empezaba a introducirse en ella, por lo que se lo hice lentamente. Aún no había terminado de meterle la cabeza, sentí cierta resistencia desde dentro, siendo esto de seguro la natural oposición del himen aún no perforado, posponiendo por el momento la penetración a cambio de acariciarle con el glande la entrada vaginal, dando pequeños empujoncitos de rato en rato, mezclando sus transparentes fluidos sexuales con los míos y decidiendo tomar más precaución a fin de no hacerle tan dolorosa la experiencia, y así, más bien le pedí que se tocase con una de sus manos el sexo, de forma que acariciara su clítoris y toda la zona circundante al coito, que le fuera posible con sus pequeños y delgados dedos aún infantiles, y así lo hizo, y si bien ya me había sorprendido el como me había agarrado la verga antes, me vi sorprendido por la dedicación que le dio a este asunto, lo cual me hizo sospechar que mi prima ya se masturbaba a esa edad, pensando que de seguro por eso ahora se suele encerrar en su habitación, y que precisamente de aquello provenían los gemidos que le escuchara días antes.
Siempre con la intención de darle más confianza para superar cualquier temor que tuviese, pero alimentando mi morbosidad hacia ella, le comenté que lo de acariciarse aquella parte lo hacía muy bien, preguntándole que cómo había descubierto esto. Me dijo que un día por accidente se tocó esa zona y sintió un cosquilleo muy agradable por lo que continuó con el mismo en su cuarto, pero que llegado hasta cierto momento en el que se sentía muchísimo mejor, de pronto, al dejar de sentirlo, empezaba a experimentar mucha culpa, lo cual le hacía infeliz y que a todo esto, ahora también estaba sintiendo el mismo agradable cosquilleo, incluso más intenso que antes, y que no quería que terminara en la misma tristeza.
Le dije que esa culpa que sintió fue porque su infierno no había albergado demonio alguno, pero que aquello de todas formas era bueno, pues la preparaba para un momento como este. Se alegró al escuchar tal dulce e infantil ridiculez y me alentó a que continuase, que más bien de una buena vez metiera todo ese maldito demonio dentro de su tormentoso infierno que lo llamaba con desesperación para castigarlo en su interior. Con más confianza ya, decidí presionar con más fuerza hasta que por fin, sentí que mi glande perforaba algo que de pronto empezó a ceder, instante preciso en que justo mi prima también emitió un fuerte alarido, sujetando firmemente mi pene con la mano con la que estaba masturbándose para que no continuase ingresando en ella, por lo que también me detuve de seguir metiéndoselo, para así calmarla con la intención de reanudar luego, la total toma de su sitiada, abierta y ya desvirgada entrada vaginal de mi dulce y angelical primita, a la cual estaba mancillando con mi blasfema y placentera mentira.
El pequeño grito, seguido de lastimeros quejidos, y de una gotita de sangre que empezó a salir de su vagina, en lugar de hacerme reflexionar y sentir lástima y arrepentimiento por lo que estaba ocurriendo, me afectó de forma diametralmente opuesta, y lo digo porque no mucho después de detenerme y a pesar que llegué a pensar en esperar un poco más para seguir perforándola, para luego bombearla vilmente, logré retirarle su mano de mi grueso miembro, me eché sobre ella, abrazándola con fuerza para evitar que pudiera resistirse, abrí mis piernas de forma que también impidieran que ella pudiera cerrar las suyas y continué metiéndole mi dura verga poco a poco, a pesar de sus desesperadas súplicas para no continuar con el sagrado y malverso ritual, las mismas que eran acompañadas de inútiles empujones y de arañazos que soportaba en mi espalda, súplicas que contestaba diciéndole que así era siempre la primera vez, y esto porque fue Eva quien se dejó engañar por la serpiente al comer la fruta prohibida y también porque fue ella, o sea la mujer, quien había convidado a su inocente esposo Adán… “del pobre y traicionado Adán...” y con esta explicación, también llegué hasta lo más profundo de su angosta y pequeña vagina de niña casi mujer, al haberle introducido totalmente mi pinga con la que disfrutaba de la calentura y suavidad de sus delicadas e invadidas entrañas.
Así me quedé dentro de ella sin moverme por largo rato, hasta que mi pequeña prima se acostumbrara al duro y grueso inquilino de 20 cm. que tenía clavado entre sus delgadas piernas, lo cual noté al escucharle cada vez menos quejarse por el dolor. Le pregunté si se sentía mejor ahora, lo que me respondió que el dolor ya no era muy intenso, pero que sentía palpitarle el atormentado infierno, agregando luego de una pequeña pausa en que estuvimos callados mirándonos, que verdaderamente el tormento causado por aquel desgraciado y maldito demonio debía de ser bastante duro para los pobres hombres, y mi prima decía esto debido a que ella ahora tenía tanto pesar por tenerlo entre sus piernas... entre sus nunca antes vejadas paredes vaginales, “...aunque inicialmente fue muy agradable primito...”, me dijo.
Notando que Vilmita ya estaba más tranquila y relajada, pues incluso empezó a preguntarme si también me dolía a mi, todo porque también me escuchaba gemir a medida que entraba el maldito demonio; le contesté que el dolor sentido por ella también lo sentía yo, y luego empecé a animarla para que continuase rezando y así, con más seguridad, comencé lentamente a bombearla, aumentando gradualmente la velocidad y la fuerza de mis embestidas, volviendo a reducirlas, al verla que estaba sufriendo más por el dolor, que estar también gozando como yo de placer.
Así estuvimos por un largo rato, quizás todo el resto de la mañana y siempre en la pose del misionero, aumentando la intensidad para volverla a reducir, intervalos en los que mi ingenua prima me preguntaba si ya el diablo había sido lo suficientemente castigado, pues el infierno en lugar de castigador, parecía más el castigado, a lo que le decía que aún faltaba para que el maldito demonio nos dejara en paz.
Entre éstos y otros no muy distintos razonamientos estábamos copulando los dos, hasta que en una de las partes veloces, sentí que el momento del completo desembarque de mi ejército seminal dentro de sus sitiadas e invadidas entrañas, estaba más y más cercano, por lo que le dije que muy pronto el demonio empezaría a suplicar piedad por tanto castigo ahí dentro del infierno, súplicas que sentiría como fuertes espasmos del demonio encerrado, conjuntamente con varias corrientes espesas y calientes que llenarían por completo su vientre hasta desbordar de la unión de nuestras carnes, cosa que, al contrario de todo lo anterior, sentiría muy bello y divino: “… tan divino primita, que incluso sentirás que has tocado al mismo cielo, y querrás… querrás…” no pude terminar de decirle que después querrá más súplicas en su infierno, pues comencé a eyacular dentro de ella una gran cantidad de espeso y tibio esperma, tanto que incluso llegó a rebalsarse de su recién desflorada vagina, empapando mis testículos y manchando la cama de semen y de un poquito de la sangre vertida por la desfloración; pero valgan verdades, no llegué a disfrutarlo como me lo esperaba en un inicio, esto, por tener que estar demasiado concentrado en explicarle cada paso, así como por tener que ser lo necesariamente paciente y comprensivo a fin de no traumatizarla en su primera relación sexual...
Ya pasaron varios días y aún la tercera parte del relato que mandé, aún permanece pendiente. Bueno, ya entraré después, verdad amigos, sigan comentando, que las críticas son bienvenidas y VOTEN PUES, claro, si les gustó el relato, sino, que se va hacer. Un abrazo a todos.
Hola compañeros de nuestras aficiones! Muchas gracias por sus comentarios, en verdad yo también quiero continuar con el relato, pero parece que los "Masters of web" no aprobaron la continuación o no lo han verificado aún, no se, en fin, solo puedo decirles que faltan dos partes más, y ya veremos que se le puede hacer.
Oye me parecio bueno el relato, pero me quedan algunas dudas, que paso despues con tu prima continuaste teniendo sexo con ella; en algun momento ella hizo comentarios sobre lo que paso a sus padres;
felicidades broder esta muy bueno thu relato espero sigas escriniendo mas relatos asi o dale continuidad a este q esta chido i ps si se ve q thu prima tambien lo gozaba i mucho
q historia..mas maaldita..jeje pero geeenial..s aprecia la inteligencia q s opto para satisfacer cual instinto infernal..jeje
Te repito brow la historia esta muy buena espero q sigas escribiendo el resto y ademas t sigo insistiendo cual es esa tecnica
Jajaja, rediablita, no?, supongo que las diabluras que el protagonista masculino le hace a su beata primita te han despertado las llamas infernales!!! jajaja. Besos del diablo al infierno!
La historia me parece muy excitante....enhorabuena!! www.rediablitas.com
Dios, qué patético, yo mismo soy el único que comento... jajajaja, en serio, comenten pues, al menos rajen, no sé, qué les parece la historia, algún consejo, en qué puede mejorarse. Como pueden apreciar quienes siguen la historia, ya subimos la temperatura del relato... podríamos decir "porbrecita la primita, cómo la engañan vilmente, pero que bien que lo disfruta también!!! jajaja. Un abrazo a todos, y a las chicas... ya saben preciosas!!!
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