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MI PRIMITA QUE METIO EL DIABLO EN EL INFIERNO: 3ra. parte

Enviado por xarturoy el 7/9/2010

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MI PRIMITA QUE METIO EL DIABLO EN EL INFIERNO: 3ra. parte Publicado el 07/09/2010, por: xarturoy

Cuando logré recuperarme del todo de mi orgasmo, le expliqué que ahora sí, su infierno le había castigado ejemplarmente a mi diablo, el cual ya se había quedado sin una sola gota de caliente, espesa y olorosa soberbia en la cabeza, misma que apagaría por el momento las llamas en su vientre. La besé en la frente y en las mejillas con mucho cariño, diciéndole que lo habíamos hecho muy bien, que nuestro señor de seguro estaría muy complacido con nuestro humilde sacrificio por demostrarle nuestra...

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devoción.

Me quedé sobre ella, pero dejándola de abrazarla, con mis codos me apoyé en la cama, de forma que no dejaba caer todo mi peso sobre su frágil pecho, sólo mantenía mi abdomen sobre el suyo de forma que mis caderas seguían atrapadas entre sus muslos que ya habían aflojado la fuerte presión que ejercían sobre mí durante el reciente frenético bombeo a su jugosita y angelical entrepierna. Sus delgados brazos, los que por encima de mis hombros colgaban de mi cuello, los dejó caer sobre su almohada, quedando ambos abiertos, rendidas por el fragor de la batalla por castigar al diablo. Pude notar que su respiración volvía poco a poco a la normalidad al igual que la mía y que empezaba a dormirse al igual que yo...

Cuando desperté al cabo de un rato, mi primita me daba golpecitos en mi espalda, diciéndome que no podía respirar debido a que estaba sobre ella presionando sus pechos. De inmediato volví a apoyarme en mis codos lo que permitió que ella diera una gran bocanada de aire y luego me dijo que necesitaba ir al baño pues quería miccionar. Me incorporé dejándome caer a su lado, boca arriba, pero al hacerlo, sentí cómo mi flácido miembro resbalaba fácilmente fuera de su vagina, comenzando a sentir aquel frío desagradable por la separación de nuestros cuerpos.

Ella, antes de dirigirse al cuarto de baño, se miró y tocó la entrepierna, para luego oler el aroma de mi viscoso y lechoso semen mezclado con sus fluidos y sangre que resbalaban por su vulva y muslos desde la entrada vaginal; hizo un gesto de asco y repulsión, entonces le dije que aquello era la soberbia de mi castigado diablo y que no se preocupara por la pequeña cantidad de sangre que había, pues era normal en la primera vez que se metía al diablo en el infierno; también le dije que cambiara la sábana de su cama para lavarla juntos más tarde y que luego se diera un buen baño para después descansar orando y pensando en la maravillosa obra que habíamos hecho en nombre del señor, cosa que también supuestamente haría yo, pero ya en mi habitación.

Antes de dejarla, previniendo que mi prima pudiera quedar embarazada de mí, saqué del bolsillo de mi pantalón, tres pastillas anticonceptivas de emergencia a fin que las tomara de acuerdo a las instrucciones que le di, las cuales había comprado días antes. Claro que no le dije la verdadera razón de porqué debía tomarlas, en cambio le referí que eran vitaminas para que rápidamente recuperara sus fuerzas.

Con tanto agotamiento, no llegamos a almorzar, viéndonos de nuevo recién para la cena, en la que me dijo que ya no sentía mucha molestia en su infierno, que más bien pensaba mucho en volver a realizar el rito, que quería sentir más y más soberbia del diablo en su infierno, que quería saber cuándo lo volveríamos a meter, entre otras cosas relacionadas, todas las cuales me calentaron mucho, pero haciendo un esfuerzo, respondí que era mejor esperar hasta que estuviera mejor, con lo que mi prima se mostró algo decepcionada y contrariada pues también me dijo que de todas formas le daba un poco de miedo.

Si bien fui yo quien propuse esperar, a la mañana siguiente, después de estar soñando toda la noche con ella entre mis brazos poseyéndola de mil y un formas, desperté con una de aquellas admirables erecciones matutinas que solemos tener los hombres, pero con una sola idea en la mente: hacérselo nuevamente. De esta forma, empujado con tales pensamientos, aparecí frente a la puerta de su cuarto, para llamarla a fin de volver a hacerlo lo más pronto posible.

Al abrirme, se mostró sorprendida y un poco renuente a acceder a mis convites, pero luego de exponerle mis contundentes argumentos (el cual consistió básicamente en bajarme el pantalón y mostrarle mi cornamenta, al diablo resucitado), aceptó, tal y como acepta el mártir un sacrificio que nadie quiere asumir. La llevé hasta la cama, donde nuevamente la empecé a desnudar, para de inmediato desnudarme también y acostarme a su lado, iniciando los reglamentarios tocamientos preparatorios. No muy convencida me dijo que debíamos darnos un duchazo, pero yo, pensando más con la cabeza del diablo que con la mía, le dije que ya no era obligatorio hacerlo siempre después de la primera vez, además que podíamos hacerlo en cualquier lugar siempre que estuviéramos solos y otras canalladas más dictadas por mi demonio.

Para mi alegría, esta ves, ella ya no era la misma temerosa y adolorida muchacha del día de ayer, sino que incluso empezó a disfrutarlo, hecho que motivó que estuviéramos copulando toda la mañana, tiempo en el que su infierno le sacó –después de muchas posturas practicadas– cuatro veces la soberbia al diablo, quedando ambos bien servidos hasta el día siguiente en el que nuevamente volví a tomar la iniciativa, y así pasamos teniendo relaciones sexuales toda la semana y ya no solo en la mañana, pues la soberbia le sobrevenía al diablo también hasta el almuerzo, en la tarde, y a veces incluso durante toda la noche.

Llegamos a lavar varias sábanas el fin de semana, y también llegamos a lavar varios cojines de los muebles de la sala, pequeño esfuerzo este que tenía para los dos una gran recompensa, aunque lo malo era que así se me acumulaba mucho el trabajo de todo el día, labores en las que ya no me quería ayudar mi dulce e ingenua primita, pues prefería castigar al demonio, que evitarme el castigo físico.

Había pasado más de una semana, quedando ahora sólo una para que llegaran mis tíos, pero en esta última, las cosas empezaron a ser distintas. A pesar que, previendo el final del cuento narrado en el Decamerón, había tomado ciertas precauciones, como alimentarme mejor y ordenarme en las labores a fin que sean lo menos extenuantes posibles –esto último fue un poco accidentado por los motivos que seguidamente les contaré: Ahora yo no era el único que tenía la iniciativa de castigar al maldito demonio encerrándolo en el infierno, sino que mi pequeña primita, ¡sí, mi angelical primita! empezaba a buscarme argumentando que deseaba mucho ayudarme a quitarme el sufrimiento de cargar con aquel majadero demonio, que deseaba mucho servir a nuestro señor, sugerencias que al comienzo disfrutaba, pero que luego ya no, pues prácticamente si hubiese sido solo por ella, todo el día hubiésemos estado sirviendo al señor.

Pues bien, esta tendencia fue en aumento, tanto que incluso ya el último día que teníamos para estar solos en la casa, mi dulce prima, ante mi primera negativa, en todos los días, de castigar al demonio, llegó a rogarme que así como ella me había ayudado a terminar con el tormento producido por mi diablo, ahora yo tenía que ayudarle a acabar con la amargura que sentía desde su infierno por no tenerle dentro, que le ayudase a apagar el fuego infernal que ardía muy lastimeramente en sus entrañas cada vez con más fuerza, en la creencia que mi “soberbio-semen” –cada vez más aguado y escaso– le apagaría aquel incendio –cada vez más voraz e incontrolable. Realmente no pensé llegar a aquel extremo, pero así con todo, intenté satisfacer su creciente apetito sexual oculto tras una falsa obra divina, intento que para el atardecer ya era inútil, pues el diablo no lograba sostener erguida su cabeza, recibiendo quejas, desprecio y el rencor de mi prima.

Al igual que en el cuento, le dije que ya el diablo estaba lo suficiente castigado y que el pobre, le había rogado a Dios a fin de no seguir recibiendo tan cruel castigo, argumento muy convincente que la calmó de seguirme acosando en la noche.

Al día siguiente, ahora era ella quien fue a buscarme desesperadamente para volverme a solicitar mi participación en el rito, revelándome que toda la noche había tenido visiones en donde muchos diablos se ensañaban con todo su cuerpo, pero que lograba derrotarlos metiéndolos en su infierno, y que incluso les sacaba toda esa soberbia usando sus manos, su boca, incluso su arrugado agujerito de atrás, insistiéndome que aquello era un aviso de Dios para que continuemos castigando al diablo, que el señor no lo había perdonado, que su castigo era eterno… viéndola tan ansiosa, y excitado por lo que me decía, tuve que acceder a sus requerimientos hasta media hora antes que llegaran sus padres.

Volví a repetirle que lo que hacíamos era algo secreto, tan igual a como lo hacían todos, no teniendo que contárselo a nadie, ni a sus padres, ni a su confesor, pues el único testigo en este caso, era Dios, y que sea paciente, pues volveríamos a hacerlo cuando estuviéramos solos en casa.

Planteadas las cosas de esa manera, terminé mis vacaciones en la casa de Vilma, con mucha alegría, esto, debido a que ya estaba muy hastiado de tener tanto sexo con mi prima, a quien dejé recomendándole que lo sucedido debía ser un secreto a fin de no pecar gravemente, pero que no se preocupase, pues más adelante encontraría más diablos para meterlos al infierno, teniendo mucho cuidado en escoger con quiénes lo haría, pues uno de ellos llegaría a ser un hombre muy especial, uno que lo acompañase toda la vida y con quién se casaría; al decir esto último, me replicó algo preocupada que no llegaría a casarse, pues sería monja y que siempre me tendría presente por haberle enseñado cosas maravillosas, a lo que respondí un poco desconcertado y contrariado, algo estúpido –y es que hay momentos en que todos decimos tonterías, quedando muy lejos al ideal que nos muestran los diálogos de las películas- y entonces le dije que tampoco tendría que preocuparse, pues los curas seguramente le pedirían su ayuda a fin de cumplir con el sagrado rito.

El último día que me quedé en casa de mis tíos, Vilma me visitó en la madrugada he hicimos el amor en silencio... si, ya no era solo sexo, si no que ambos nos decíamos muy bajito que nos extrañaríamos, que siempre pensaríamos el uno en el otro... Me dio mucha pena en el terminal, pues así como me recibió cuando llegué, también estuvo para despedirme, pero ahora más atenta, incluso llorando abrazada a su madre que la consolaba dejándola apoyar su cabeza entre sus hermosos y muy apetitosos pechos… que no despertaban en mi la lujuria y morbo de antes, pues ya sólo tenía ojos para mi primita... no estaba seguro de lo que mi corazón empezaba a sentir, pero debía dejarla, pues después de todo, era mi prima hermana, y lo que había hecho con ella estaba duramente condenado, tanto por la sociedad, como por la justicia...

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Categoría: Amor Filial | Comentarios: 0 | Visto: 4648 veces

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