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Mónica: Universo Incestuoso, parte 5 de 6

Enviado por momone89 el 6/1/2012

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Mónica: Universo Incestuoso, parte 5 de 6 Publicado el 06/01/2012, por: momone89

MÓNICA: UNIVERSO INCESTUOSO Capítulo 5 de 6: Jodiendo hogares felices.

Webcam. Así se llamaba el chisme que tiene Gabriel y que me permitió poder verle por Internet hacer eso con Eva, su hermana. No sabía el nombre del chisme, hasta que leí un anuncio de esos de que dejan en los buzones de tiendas de electrodomésticos, que donde hay desde lavadoras hasta videoconsolas de esas, y muchos chismes para los ordenadores. Desde aquello, me mantuve un tiempo lejos del Messenger, por que...

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no quería estar dale que dale con mi vela consoladora, o dejar sin descansar a Diego, que desde que encontró trabajo, doy gracias a que por lo menos, llega algo de dinero al mes en casa.

Pasaron trés semanas desde lo ocurrido en la mansión aquella del ex de Ana, y todo iba bien hasta que por la tarde, recibo una llamada de mi madre, una mujer que en ocasiones llama cuando no entiende algo de las facturas o los cobros que la mandan por correo, y muchas veces Diego o mi padre hablan para ayudarla a entenderlos y evitar ser objeto de estafas. Pensé que era una ocasión de esas.

-Hola, mamá, ¿Ocurre algo?
-Mónica… tu padre…
-¿Ya está mejor? Le ví algo desmejorado en el cumpleaños, y le dije que se cuidara.
-Tu padre ha muerto, Mónica, te he avisado a ti antes de avisar a Escarlata, y ahora se lo diré a Juan José.

Me quedé a cuadros, como suele decirse en ocasiones como ésta. Estaba de pié, con mi móvil en la oreja, hasta que busqué una silla para sentarme.

-¿Se sabe como ha muerto?
-Murió en el sofá, mientras dormía la siesta. Al menos no ha sufrido.
-¿Un infarto?
-Sí, un infarto. Llamé al número de emergencias al notar que no me respondía ni se movía… y me confirmaron al hacerle un análisis de los que suelen hacer, que estaba ya cadaver.
-¿Y donde estás tú ahora?
-En casa, pero tengo que ir al hospital por lo del papeleo. Avisaré a Escarlata y Juan José. Creo que Juan José me podría llevar allí.
-Sí, por que Diego está trabajando y Escarlata está con Francisco y las gemelas en la costa. De todas maneras, procuraremos ir para allá.
-Vale, necesitaré ayuda de Diego para…

Oí a mi madre llorar. Sentí vergüenza de no estar con ella allí ahora, pero me entristecía oírla llorar, por que así me pondría a llorar yo también, ya que soy a veces muy sensiblera.

-Mamá, no llores. Iremos cuando podamos para ayudarte con todo.
-Vale. Ya nos veremos.
-Vale, mamá. Iremos para allá cuando Diego regrese.
-Vale, estaré en el hospital, seguramente con Juan José.

Colgó. No tardé ni dos minutos en buscar unos pañuelos de papel para secarme las lágrimas que me caían por los ojos, incapaces de quedarse dentro de ellos. Lloré como nunca en mi vida, y me quedé esperando sentada, con silencio, con el televisor apagado. Cuando llegó Diego, me encontró con los ojos algo vidriosos, y al verme así me preguntó:

-¿Te ha ocurrido algo?
-Mi padre, Diego, ha muerto.

Diego podrá ser muchas cosas, pero no es de los que te dejan en momentos como éste. Sin perder tiempo, me levantó del sofá y me preguntó que dónde estaba mi madre, y la dije que en el hospital que hay cerca de un parque infantil. Conocedor del sitio, Diego me llevó en el coche hasta el hospital, y tras preguntar en recepción por mi madre, llegamos al lugar donde tenían a mi padre, al tanatorio. Junto a ella estaban Juan José y Estela, así como Gabriel y Eva, los cuales me abrazaron y me dieron sus condolencias. Después ví a mi tía Lily y a mi tía Olivia, y luego a Ana y a Mari Paz. Mi madre me dijo que Escarlata y Francisco estaban ya de camino.

Mi madre y Juan José hablaban sobre el tipo de entierro que tendría mi padre. Yo prefería la incineración, que salía más barato y además, permitía tener las cenizas del familiar en una casa, en la urna que te dan, pero mi madre y Juan José preferían un entierro con su ataúd y su lápida. No me opuse a su idea, y cuando llegaron Escarlata y Francisco con las gemelas, no se opusieron al entierro.

Aquello fue al día siguiente, tras velar el cadaver. Semblantes serios y todos vistiendo de negro riguroso en pleno verano. Mucha gente, como mi madre, tuvo que sacar prendas de luto de invierno, y aquello parecía una sauna para aquellas que lo llevaron, cosa que me tocó a mí y a mi hermana. Durante la misa nos tocó decir unas palabras sobre nuestro padre y a mí… bueno, pude decir algunas palabras antes de ponerme a llorar como una magdalena. Una vez acabado el entierro, todos nos fuimos a la casa de mi madre para picar algo y cenar. Bueno, todos no: Diego no pudo faltar al trabajo y me tocó estar allí gracias a Juan José y Estela, que me hicieron un hueco en el coche en medio de Gabriel y Eva, aunque Diego dijo que llegaría a casa para llevarme tras terminar el trabajo.

Poco a poco llegaron más familiares a la casa, y entre amigos de mi padre y familia, era difícil no confundirse con los nombres de ellos y sus caras. Sin embargo, no suelo llevar bien situaciones como éstas, y busqué un hueco para volver a encontrarme a solas. Busqué el dormitorio, el que teníamos mi hermana y yo, testigo de cosas pasadas y cercanas. Quería estar sola, sentir mi pena, pero parecía que el destino me reservó otra cosa, ya que las gemelas entraron y me abrazaron, pero no eran las únicas en entrar a consolarme: Eva entró también para abrazarme, y luego Gabriel, que cerró la puerta con el cerrojo, algo que supe por el ruido que hizo la puerta.

-Tía Mónica, te acompañamos en el sentimiento.
-Gracias, pero… ¿Se puede saber qué hacéis?
-Queríamos que supieras que estamos dispuestos a ayudarte a superar la muerte del abuelo.
-Es todo un detalle, pero…

De repente, como si fuera una coreografía, veo que las gemelas comienzan a despojarse del luto, así como Eva y Gabriel, quedando totalmente desnudos ante mis ojos.

-No creo que sea momento para…
-Venga, tía Mónica, déjanos ayudarte.

Eva se coloca detrás de mí y comienza a acariciarme los pechos por encima de mi vestido largo negro, mientras me va bajando la cremallera de la falda, la cual las gemelas Olga y Roberta comienzan a bajarme, dejando visible mi ropa interior blanca y liberando mis piernas de un calor insoportable.

-Esto… esto no está…
-Venga, tía Mónica, relájate.

Gabriel se arrodilla y me baja las bragas, y una vez bajadas, me comienza a lamer abajo. Eva me quita el sujetador, pegajoso del sudor, liberando mis pechos hasta que sus manos vuelven a cerrarse sobre ellos, concentrando algunos dedos en mis pezones. Las gemelas comienzan a acariciarse ante mi vista, de pie, para que viera como se hurgan sus sexos. La lengua de mi sobrino comienza a causarme un efecto excitante, y me hace besar a Eva, juntando nuestras lenguas, para sorpresa de las gemelas.

-¡Hala, se están besando!

Con un gesto, pedí que Eva me dejara libre, y decidí tumbarme en una de las dos camas que había, casi toda abierta de piernas, para que así Gabriel pudiera penetrarme con su miembro, pero antes, las chicas me acariciaban los pechos y mi sexo, llegando a hurgar con sus dedos. Gabriel se colocó un condón, y se dispuso a colocarse encima de mí rozándome con su miembro los labios vaginales. Olga me dijo:

-Cuando suelte su grasa… ¿Puedo untártela yo?
-No la soltaré donde la untaste antes, Olga-Gabriel habló con una sonrisa en su boca.
-¿Y dónde la vas a soltar?
-Si eres buena y complaces a la tía Mónica, lo sabrás-Gabriel pidió a Roberta que tocase su pene, cosa que ella hizo con algo de temor, pues nunca antes vió o tocó pene alguno, evidentemente.
-Ahora, quiero que beséis a nuestra tía Mónica mientras yo me ocupo de ayudarla.

Mi sobrino comienza a penetrarme mientras Eva comienza a besarme con lengua y las gemelas comienzan a lamerme y besarme pezones como locas. Eva acariciaba el sexo de Roberta con su mano izquierda, y Olga era acariciada por Gabriel en una nalga. El placer que sentía con sus lenguas y las embestidas del muchacho eran notables, y yo, me dejé plena de gozo, viendo como se afanan en chupar y lamerme mis pezones que se endurecían de excitación. Olga y Roberta me besaban con lengua casi como si tuvieran la maestría de Eva en dicho arte, y Gabriel me acariciaba los pechos con pezones mojados por las lenguas de las chicas.

-Tía Mónica, estoy… estoy….

Después de dos o trés embestidas, veo como mi sobrino pone cara de esfuerzo, y luego retira su pene de mi sexo, revelando el contenido derramado en el condón. Se saca cuidadosamente el preservativo de su miembro… y deja que poco a poco, el esperma que había soltado dentro de él, vaya saliendo como una gota de leche algo espesa por encima de mis enrojecidos labios vaginales. Una vez que terminó de salir eso, Gabriel le dijo a Olga:

-¿Te importaría untarla?
-Vale.

Me sorprendió la tranquilidad y la normalidad con la que Olga respondió a la pregunta de Gabriel, y oí lo que decía Roberta mientras los dedos de su hermana pasaban el semen de Gabriel por mi entrepierna:

-Puaj, que asco.

Eva se me había subido encima de mí, con sus dedos acariciando su sexo cada vez con mayor frenesí… hasta que varios chorritos de jugos vaginales me mojaron el vientre y parte del pecho. Olga y Roberta también querían apuntarse a la excitación y decidieron turnarse en lo que a sus jugos se refería. Una dura pugna entre una y otra que acabó con Olga como ganadora, mientras que Roberta soltó poca cosa, pero en fin, suele ocurrir.

Gabriel se estaba vistiendo, y como si fuera mi propia conciencia, dijo:

-Vestíos rápidamente y salgamos por turnos.
-Sí.

Mientras me limpiaba parte del esperma y los jugos, Eva fue la primera en salir, y a través de un mensaje de texto al móvil de su hermano, indicaba si había gente cerca o no. Al saberse que nadie había por ahí, las gemelas fueron las siguientes en salir, pero no enviaron mensaje de texto alguno. En vista de que había algo de riesgo, Gabriel decidió salir, y al salir, me envió un mensaje de texto que decía algo así como”Creo que no hay nadie cerca”, y al terminar de vestirme, salí.

Al poco de salir del cuarto, me encontré con mi madre, la cual estaba algo conmocionada por todo.

-Mónica… me siento… me siento mal.
-Tranquila, mamá, estoy aquí.
-Necesito estar sola un ratito.
-Claro, mamá. Te llevaré a tu cuarto.
-Gracias, hija. Eres muy buena, tu padre siempre lo decía.
-Lo sé, mamá.

Llevé a mi madre a su cuarto y me dediqué a recorrer la casa para informar a Escarlata y Juan José de que mamá no se encuentra bien y que está en su cuarto reposando, recomendando a que alguno de ellos esté al lado de ella, no sea que también la dé por fallecer de la misma manera. A quien ví primero fue a Escarlata, que charlaba con mi tía Lily, y no tuve más remedio que meterme en la conversación que tenían:

-Perdona, tía Lily, ¿Puedo hablar con Escarlata?
-¿Ocurre algo?
-Es mamá, se sentía mal y la he acompañado a su dormitorio.
-Vaya. ¿Has mirado si tiene fiebre, o algo?
-No, me dijo que… que quería estar sola un ratito.
-Iré a verla. Mira a ver por donde anda Juan José.

Juan José estaba cerca de mí, y oyó nuestra conversación involuntariamente. Al menos tuvo el detalle de decirme:

-Yo estaré con mamá cuando Escarlata tenga que irse con las niñas. Si eso te aviso para estar con ella.
-Vale, se lo diré a Diego, aunque será un palo para el, por lo del trabajo y eso.
-De todas maneras, Escarlata vendría con Francisco, para así ella quedarse y relevarte. Francisco te llevaría a casa.

Y así, al llegar Diego y presentar sus condolencias a Francisco y Juan José, me llevó a casa, donde me pude quitar ese traje de luto de invierno tan incómodo, darme una ducha para quitarme el olor a sudor, semen y jugos vaginales… y descansar junto a Diego. Nos acostamos pronto, pues estábamos cansados y además, a saber cuando nos llamarían para relevar a Juan José. El sonido de mi móvil nos despertó a mí y a Diego a las trés de la mañana. Era Juan José:

-¿Sí?
-Mónica, soy yo, Juan José.
-¿Te vas ya?
-Sí. Sé que no son horas, pero…
-Ya, avisaré a Diego para que me lleve.
-Vale.

Colgué, y oí a un somnoliento Diego decirme:

-¿Ya se vá tu hermano?
-Sí. Déjame en la casa, y… bueno, al menos llegarás al trabajo algo más temprano que de costumbre.
-Bueno, me acostaré muy pronto al llegar a casa.
-Vale. Me arreglo y te espero para irnos.
-De acuerdo.

Escojo ropa al azar, me visto lo más rápido que puedo mientras Diego se acicala en el baño, y cuando sale, me arreglo yo los ojos y la cara. Parecía un zombi de esos, pero había que estar pendiente de mi madre. Cuando termino, Diego y yo salimos de casa y nos metemos en el coche rumbo a la casa de mi madre. Diego me deja en la puerta, me da un beso antes de irse, y se va rumbo al trabajo. Juan José me esperaba en la puerta, y me dice:

-Está dormida, la comprobé el pulso por si acaso…
-Ya, estaré pendiente.
-Luego vendrá Escarlata. La diré que venga con ayuda, creo que Gabriel podría ser de utilidad.
-Como quieras.

Juan José me besa en la mejilla y se despide con un”hasta luego”, subiéndose en su coche, yéndose a casa o al trabajo, no lo sé. Yo me metí en casa y fui al dormitorio de mi madre, viendo si duerme o si… Dormía, tenía pulso.

Me quedé sentada en un silloncito marrón con dibujos de flores muy mono, y creo que el sueño se apropió de mí, ya que oí el teléfono sonar, y cuando abrí los ojos, mi madre no estaba en la cama. Contesté al teléfono y oí la voz de mi hermana al otro lado:

-Hola, ¿Alguna novedad sobre mamá?
-Se ha levantado de la cama, y por el olor que me llega a la nariz, está tostando pan.
-Buena noticia. Voy con Francisco, Gabriel, y las niñas. No querían quedarse en casa.
-Muy bien. Voy a la cocina a ayudarla.
-De acuerdo. En media hora o trés cuartos de hora estoy allí.
-Vale.

Mi hermana colgó y me fui a la cocina, donde mi madre estaba calentando leche para tomarla, mientras recogía de la tostadora dos rebanadas de pan tostado. Ella me dio las gracias por hacerla compañía en aquella noche, algo que quería hacer con Juan José, y ahora con Escarlata. Mi madre y yo desayunamos tranquilamente hablando de Diego, del trabajo… hasta que oigo el timbre de la puerta. Me levanto para abrir, y me encuentro a Escarlata, las gemelas, Francisco, y a Gabriel.

-Ya hemos llegado.
-¡Hola, tía Mónica!

Olga y Roberta me abrazaron con ternura, y luego se fueron a la cocina a ver a mi madre. Gabriel me dio un beso en la mejilla y Francisco esperaba en la puerta para llevarme a casa en el coche. Noté un dolor agudo en mi tripa y le dije:

-Voy al baño. Cuando salga, nos vamos.
-De acuerdo, estaré en el coche.
-Vale.

Fui al baño y me senté en la taza con mis bragas bajadas, soltando gases. Me metí con tal prisa que no puse el cerrojito, ya que Gabriel y las gemelas entraron.

-Hoy no estoy para hacer nada.
-Sólo es una cosa, tía Mónica. Ellas me lo han pedido.
-El qué.
-Posar contigo desnudas. Será algo rápido.
-Venga, daros prisa.
-Vale, pero desnúdate tú también.
-¿Yo?
-Sí.
-Bueno.

Me quité mis ropas y las gemelas fueron raudas y veloces desvistiéndose. Gabriel sacó su móvil, tocó unas teclas… y las gemelas se pusieron abiertas de piernas cerca de mi cabeza, mientras yo estaba sentada en el váter sin hacer nada. Un flash del móvil indicó que había hecho ya la foto. Nos vestimos, y ellos salieron antes que yo, y yo me vestí rápidamente. Tiré de la cadena y salí del baño, despidiéndome con premura de mi hermana y de mi madre, saliendo deprisa de casa, ya que Francisco me esperaba. Me subí al coche y nos fuimos de allí.

Francisco y yo no hablábamos mucho, hasta que me dijo una cosa:

-Mis hijas te tienen en un pedestal.

Me sentí halagada, aunque preferí no decir las razones por las cuales podrían estar tan contentas conmigo. Me limité a decir”Gracias, pero no es para tanto”, y él me dijo:

-¿Sabes? Olga y Roberta quieren tener tus pechos cuando sean mayores.

Me quedé sorprendida y algo avergonzada. Sabía que Francisco vió a sus hijas masturbarse mutuamente y que por ello, mi hermana y él estuvieron un tiempo separados. Desconocía qué más podría saber de lo que yo y mis sobrinas, sus hijas, hacíamos.

-Vaya, la verdad es que mis pechos son algo grandes, pero… No entiendo esa fijación a su edad.
-Son pequeñas, y quieren ser mayores antes de tiempo.
-Tantas imágenes en la tele, las revistas…
-Ya. Debe ser eso, supongo.

Aquella frase me dejó algo mosqueada, y ello se acentuó cuando ví que Francisco se desvió de la carretera que me dejaba camino de mi casa. Al ver que se alejaba, le dije:

-Oye, que la carretera era aquella.
-Lo sé, pero antes quiero saber una cosa.

Francisco detuvo el coche en una zona arbolada, con una buena explanada donde cabía otro coche más al lado nuestro. No había nadie cerca, así que estábamos solos.

-Francisco, me estas asustando.
-Tú has hecho algo a mis hijas, estoy seguro.

Estaba asustada. Francisco podría saber lo que yo y sus hijas habíamos hecho, pero temía lo que pudiera hacerme.

-Francisco, no sé por qué piensas eso… Llévame a casa, por favor.
-Antes mis hijas no eran tan guarras, pero después de estar contigo… son otras.
-Francisco, por favor, yo no…
-Se acarician sus sexos, están juntas en la ducha haciendo guarradas… Eso no lo hacían mis hijas, al menos antes de estar contigo en casa.
-Francisco, no sé que tengo que ver…

Ví como con su mano se bajaba la bragueta del pantalón y con una mano se sacaba su miembro, algo más grande que el de Diego, y cercano al de mi sobrino Gabriel.

-Francisco, por favor…
-Enséñame esas tetas que mis hijas habrán visto, tocado… Menuda guarra eres.

Me sentí violenta, pero él tenía razón: había corrompido a sus hijas para mi propio placer, y por mi culpa, él y mi hermana habían estado separados. Con miedo y temblores en mis manos, me levanté la camiseta y me quité el sujetador, enseñándole mis pechos.

-Diego tiene buen gusto. Ahora hazme una cubana, que a buen seguro sabrás hacerla.
-Francisco… basta, por favor…
-Hazme la cubana o diré a tu hermana lo que has hecho con las niñas. Si miento, que las niñas hablen y digan la verdad.

Con lágrimas en los ojos, me desabrocho el cinturón de seguridad y me pongo cerca de su cintura, colocándome su polla entre mis tetas, moviéndome para que mis pechos se froten con su miembro. Noto que sus manos tratan de empujarme la cara hacia su miembro, con la intención de chuparla, y en vista del daño que me hace, no tengo más remedio que abrir mi boca y comenzar a lamerle la punta.

-Menuda guarra… tu hermana nunca me hace esto en el coche…

Ignoré esa referencia sobre mi hermana y me concentré en tratar de conseguir que Francisco se corriera… hasta que noto sus manos magreándome el culo y mi coño, que estaba algo mojado por el miedo, más que por la excitación. El muy bruto me destroza las bragas al meterme dedos, y hace que casi le muerda la punta de su polla.

-¡Joder, esos dientes, zorra!

Nunca oí a Francisco decir esas cosas, al menos en público, pero dolorosamente, ya veo que en privado las suelta y sin tapujos. Seguí frotando su polla en mi canal de los pechos… hasta que le oigo:

-Ah…. Me voy a correr, puta... Me corro….

Un buen chorro de semen me mancha el pelo, la cara y buena parte de mis pechos, los cuales son bañados parcialmente por esa crema blancuzca que soltó, y que con sus manazas me estaba untando eso en mis pechos.

Me arreglé la ropa y el pelo como pude, mientras Francisco se metió su polla en el calzoncillo y los pantalones. Encendió el coche, y me dijo:

-No ha estado mal. Lo mismo hasta podríamos hacerlo de nuevo.
-No serás capaz de…
-Tú se supone que no has hecho nada con mis hijas, ¿No? Si no le dices nada a tu hermana de esto… yo no le diría a ella lo que has podido hacer con mis hijas.
-Serás…
-Tranquila, te llevaré a casa.

Llegué a casa con cara de pocos amigos y con ganas de ducharme y llorar. Llorar por que ahora mismo, Francisco, el marido de mi hermana, me ha obligado a tener sexo con él debido a las sospechas que tiene sobre mí respecto a la conducta de sus hijas, chantajeándome con contarlo a mi hermana si no le satisfacía. Mientras me enjabonaba el cuerpo, pensé si lo de Francisco era un castigo por haber satisfecho mi curiosidad acerca del incesto y haber gozado con ello, algo divino por realizar algo considerado prohibido o profano. Tras secarme el cuerpo, me puse algo cómodo, y me eché en la cama para ver si lo que me pasó con Francisco era un mal sueño… pero no podía dormirme, pese a mi cansancio.

Vinieron a mi mente los recuerdos de mis actos incestuosos, siendo el más reciente el más ardiente, el recuerdo de Gabriel follándome mientras mis sobrinas se ocupaban de mis pezones y mi boca con entregada pasión. Me comencé a acariciar mi sexo por encima de mi ropa intima y a tocarme un pecho por encima de la camiseta que llevaba puesta, y me metí en ese recuerdo, evadiéndome de una realidad que se me había vuelto cuesta arriba. Mis dedos se hundían cada vez más entre mis piernas, cada vez más mojados mientras la mente me guiaba por el recuerdo de aquellas embestidas juveniles de mi sobrino, así como esas lenguas preadolescentes ávidas de darme cariño y placer sensual en aquella cama. Seguí, acelerando más, y más, y más… hasta que me quedé exhausta al soltar mis jugos vaginales, si buen unos chorritos cortos.

Me limpié un poco, y me quedé viendo la tele, esperando a Diego, cuando llegó, me vió con otra cara, me notó diferente. De hecho, me preguntó:

-¿Te pasa algo? Te noto algo triste.
-Ya sabes, el trasiego por lo de mi madre.
-Espero que hayas dormido algo de siesta. Parece como si te hubiera pasado un tren encima.
-Traté de dormir, pero nada, no había manera.

Cenamos, vimos un poquito la tele, y a dormir. Por primera vez en mucho tiempo, me costó dormir, traumatizada por lo ocurrido con Francisco. Después de lo de hoy… pensé en mi hermana y cómo debe tratarla lejos de las fiestas familiares. De ser como lo que he padecido hoy… miedo me dá.

Cuando pasaron dos semanas de aquello, tocaba asistir a un cumpleaños, concretamente el de mi prima Estela. Mucha gente vino por parte de Dimas, su marido, destacando Ana, su abuela, y Sara, su hermanastra. Una parecía sacada de aquellas películas que ponían en aquellos programas de la tele sobre películas antiguas, y la otra… parecía que se iba o que llegaba de trabajar en algún motel de carretera que habría cerca de casa de Estela y Dimas, una casa modesta, amplia, pero modesta en cuanto a decoración.

No faltó ni Juan José, ni Escarlata, ni mi madre, ni las gemelas, ni Eva, ni Gabriel… ni siquiera Francisco. Al verle, me vino a la mente aquel humillante suceso de camino a casa tras velar a mi madre en su casa, y me bajaron las ganas de sentirme de nuevo gozosa de la compañía furtiva de mi sobrino Gabriel y las otras. No se lo comenté al chico por que no sabía si era conveniente decírselo, ya que a fin de cuentas, Francisco era su tío, y quien sabe, tal vez hubiera sido peor contarle lo que pasó. El caso es que no noté nada diferente en lo que al trato con mis sobrinas Olga y Roberta, pero tenía claro que sería vigilada por Francisco.

Aproveché un momento que fui a por unas cosas que me había dejado en el bolso que llevaba para retocarme el maquillaje (soy una chapuza maquillándome… lo admito), y noté que no estaba sola en el dormitorio de la pareja, una oda al colorido chillón y hortera, de un mal gusto apabullante. Quien estaba cerca de mí, a mi espalda, era Gabriel.

-Gabriel, espera.
-¿Ocurre algo, tía Mónica?
-Sí. No podemos seguir así.
-¿No te gusta esto?

Notaba las manos de Gabriel tocándome los pechos por encima de mi camiseta de colores oscuros, masajeándolas con ternura y goce, besándome el cuello. No podía mirar atrás, así que no ví que Olga, Roberta y Eva, la hermana de Gabriel, entraban en el cuarto, hasta que sentí manos que me quitaban los pantalones cortos y mi ropa íntima. Tenía mi sexo al aire, hasta que noté los dedos y las lenguas de las niñas ahí. Mi sobrino cogió una de mis manos y la llevó a su entrepierna, para que tocara su polla casi erecta.

-Gabriel… tengo que decirte…
-Dime, tía Mónica, dime por donde te gustaría mi polla.

Eva me comenzaba a lamerme ese agujero estrecho al que se le conoce como mi ojete o agujero del culo, y Olga miraba con pericia la habilidad de Eva al lamerme tan sucio orificio, mientras Roberta lamía mi sexo con gusto y delicia. Dejé de sentir esas lenguas cuando Gabriel me llevaba a aquella cama de colcha color verde fosforescente, a juego con un techo casi del mismo color. Su pene tenía ya un condón puesto, y jugaba a introducirse en mi ano, para sorpresa de Olga y Roberta, que veían por vez primera como el pene de su primo elegía el lugar donde ellas creían que nosotras lo usábamos solamente para hacer caca y meternos supositorios si nos poníamos malas.

-¡Hala, va a meterle eso en el culo!

Las gemelas no podían evitar tener una sonrisilla al terminar la frase, y se quedaban mirando cómo eso iba entrando por mi ano, mientras Eva me besaba con lengua en mi boca, con pasmosa tranquilidad, acariciando de paso mis pechos, que ya eran visibles con el sujetador medio quitado.

El chico me bombeaba despacio, con suavidad, sabedor de que no es lo mismo meterla en ano que en vagina. Además, desde aquella fiesta de fin de año mi culo no volvió a recibir pene alguno, así que era su segunda vez. Olga y Roberta también querían su parte de pechos y boca, aprendiendo las dos a besarme con la lengua al estilo de su prima Eva, la cual acariciaba sus sexos con la delicadeza necesaria. Todos estábamos tan absortos… que no vigilábamos la puerta. Cuando quisimos darnos cuenta, ya era tarde, y para Olga y Roberta, fue un shock verle ahí, de pié, mirando.

-¿Papá?

Francisco estaba mirándonos. No se el tiempo que estaría viéndonos, pero ahí estaba. Se le notaba excitado por el bulto que tenía en sus pantalones, pero por la sonrisa que tenía, se le notaba contento por que ahora ya ha visto con sus propios ojos lo que hacen sus hijas conmigo… y más, mucho más. Su alegría se notaba al decirme una frase casi insultante:
-¿Puedo unirme a tí y a tu escuela de jóvenes calientes,”tía Mónica”?

Francisco se quitaba la ropa dejando a la vista un cuerpo que no estaba mal, todo hay que decirlo. Olga y Roberta flipaban al ver el pene de su padre por vez primera, al que le asomaba una gotita en la punta de fluido preseminal. Él se acercó a donde estábamos Gabriel y yo, y le dice:

-¿Sabes si a la tía Mónica la gustan los sándwich?

Sin esperar a la respuesta de mi sobrino, Francisco me besa con su lengua cual ariete intentando atravesar la puerta de un castillo, y arrimando su pene a mi sexo, totalmente sin protección, pero creo que a él le daba igual. De manera forzosa, él comienza a meterme su miembro en mi vagina, obligando a Gabriel a maniobrar para poder deslizar su pene en mi ojete. Francisco comienza a embestirme con fuerza en mi sexo, obligando a Gabriel a acelerar en mi ano, provocándome no poco dolor. Las chicas se mantenían apartadas viendo con sorpresa como era doblemente penetrada, con violencia, por parte del padre de dos de ellas y tío de otra.

-Menuda viciosa. Sí el Tío Diego lo supiera, ¿Eh, Gabriel?

Gabriel no decía nada. Estaba entre asustado y entregado a darme placer anal que ignoró la frase que dijo Francisco. El chico dio un último empellón y retiró su pene de mi ano, dejando visible que se había corrido ya. Él se quedó mirando como Francisco me follaba con fuerza mientras me chupaba los pezones, llegando incluso a clavarme los dientes como si me los comiera, casi me los arranca.

-Francisco… para… por favor, para…
-¿Que pare? Aún no he acabado.

Tras varias embestidas dolorosas, noto algo dentro de mí, y que no era su polla. Se estaba vaciando dentro de mí, algo que no me preocupaba, ya que no podía tener hijos, pero para mí era como si me estuviera violando y dejara su marca personal. Mis ojos estaban comenzando a tornarse llorosos, tenía ganas de llorar, pero Francisco tenía ganas de vengarse de mí.

-Eva, cielo, haz un último favor a tu tía Mónica. Ponte de rodillas y cuando comience a soltar mi lefa de la raja de su coño, bébela. ¿Entiendes?

Eva no dijo nada, y asustada, se limitó a obedecer. Ella veía mis ojos llorosos pero su mirada se posaba principalmente en mi vagina, la cual comenzó a soltar poco a poco el esperma con el que Francisco me la había llenado. Mientras la hermana de Gabriel comenzaba a lamerme y engullir el semen de Francisco, él arrimó su polla a mi boca, diciéndome.

-Tía Mónica, chúpame la polla. Quiero que mis hijas aprendan de la mejor para que sepan como se hace. Gabriel, si quieres, puedes apuntarte.

El chico tenía sentimientos encontrados, viéndole en su cara una expresión inicial de rabia, pero luego, esa expresión se tornó de calma, por no decir miedo. Mi sobrino se arrimó también, y me puso su pene en reposo cerca de la cara.
Ante la mirada atónita de las gemelas, comencé a chupar la polla a su padre, y luego, para evitar problemas, la de Gabriel. Primero a uno, luego a otro, y así mientras la pobre Eva probaba el semen que yo todavía soltaba, aunque ya poco, de Francisco por mi sexo. Cuando chupaba la polla de Francisco, él me daba fuertes tirones en mi pelo, mientras que con Gabriel, todo era ternura. De repente, a Francisco se le ocurre lo siguiente:

-Venga, tía Mónica, las dos a la vez. Seguro que puedes.

Nunca lo había hecho, y con el miedo que tenía de recibir alguna respuesta violenta por su parte, trate de chupar las dos pollas al mismo tiempo, pero me costaba hacerlo, ya que no estaba acostumbrada a lidiar con dos miembros a la vez. A Francisco se le notaba ya al límite de sus fuerzas, ya que le oía respirar con algo de dificultad, y al poco, noté su esperma en mi garganta, lo cual me hizo toser y soltar parte del semen a la cabeza de Eva. Gabriel, por inercia, volvió a correrse, pero poco, manchándome parte de mi cabello y mi vientre.

Francisco se apartó, y buscando el montón que eran sus ropas, comenzó a vestirnos, y dijo a las niñas:

-Olga, Roberta, a vestirse. Despedíos de vuestra tía Mónica, por que lo mismo no volvéis a verla.

Las niñas se vistieron y me miraron con cara triste. Parecía que fueran a un pelotón de fusilamiento. Yo, por mi parte, comencé a llorar una vez que las gemelas salieron tras irse Francisco del cuarto, dejándonos a Eva, Gabriel y a mí. Eva comenzó a vestirse, y Gabriel también, algo enfadado.

-Estamos perdidos, joder.
-Quería decírtelo, Gabriel.
-¿Desde cuando lo sabía?
-No lo sé. Cuando me llevó a casa…
-¿Te lo tiraste?

Aquella pregunta de Gabriel me sentó fatal, ya que parecía que yo tenía la culpa de aquello, pero quien sabe, si yo no hubiera hecho caso a ese sobrino que quería ayudarme a cagar mejor el día de año nuevo…

-Él me forzó a hacerle algo en su coche o de lo contrario hablaría con la tía Escarlata sobre mí y las gemelas.

Me vestí y salí del cuarto antes de que salieran ellos, y fui al baño que había para asearme. Me limpié sin parar de llorar y salí del baño dolorida por dentro y por fuera, buscando con la mirada a Diego. Quería salir de allí e irme a casa. Por suerte, le ví a la primera, y al verme, sólo tuve que decirle:

-Llévame a casa.

Un dolor de cabeza fue excusa suficiente. Nada más llegar a casa, me acosté directamente, dolorida por dentro y fuera de mi ser. Me sentía humillada… y jodida.

Calificación: 5 | Votos: 1
Categoría: Amor Filial | Comentarios: 1 | Visto: 2776 veces

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Fotografia de romantico55
romantico55

uno de los mejores relatos que lei

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