El cielo cubierto por un manto de nubes ennegrecidas, daba una impresión que algo ocurriría. Mi pensamiento se estremecía con la desolada plaza Los Combatientes. El calor sofocante apretaba mi pecho. No corría nada de viento. Caminábamos los tres juntos, como siameses. En los juegos no se veía ni un alma. Nos pasábamos la botella a cada rato y pegábamos un buen sorbo de cerveza. Javier tropezó con un pilar que separaba el camino de adoquines y los juegos infantiles. Carolina lo sostuvo de un...
lado y yo del otro. Nos afirmamos a paso lento. Luego nos sentamos encima de la arena. Puesto que Javier había tomado desde temprano, su cuerpo fue desplomándose.
— Javier, Javier… —Carolina lo abofeteó varias.
— Déjalo… por favor, déjalo… —le dije.
Comenzó a correr una brisa húmeda y áspera. En el suelo revoloteaban las hojas de los árboles. De cuando en cuando algunos transeúntes pasaban sin previó aviso por el camino del medio. A lo lejos divisé en el cielo una estrella, cerré los ojos y preocupado, miré a Carolina. Ella se encogió de hombros como diciendo que hacemos ahora. Bebimos hasta terminar la botella que habíamos comprado en el almacén de Doña Rosa.
— ¿Y hora que hacemos? —preguntó Carolina.
— Esperamos a que despierte —contesté con un tono tranquilo.
— Pero es que… no te contó Javier —lo dijo vos entrecortada.
— ¿De qué?… ¿Paso algo? —pregunté sorprendido.
— Es que… ¡tomó pastillas! —dijo lamentándose.
— ¿Qué pastillas? —me levanté enojado.
— Tranquilízate por favor... Dale vení, sentate. Vení que te cuento lo que pasó. Vos te acordás que antes de pasar por el almacén, fuimos hasta la casa del primo y…
— ¿Y qué? —pregunté.
— Le ofreció unas pastillas, no sé cual…, pero mirá como quedó.
— No… no pude ser… ¡qué hijo de puta! ¿Y vos qué hiciste? —grité.
— Nada —lo decía como sino le importara.
— ¿Sos pelotuda o te hacés? ¿Cómo lo dejaste? —volví a gritarle.
— ¿Qué querés que haga? —contestó ofendida.
Javier quedó completamente desmayado, parecía muerto. El viento soplaba los árboles y las ramas crujían como si la arrancaran cuajo. Los autos estacionados estaban ya cubiertos por un polvo grisáceo y hojas verdes. Carolina se recostó sobre mi hombro. Me miró y sonrió con gesto como si fuera a pedirme un favor. Supuse lo que estaba pensando y lo tomé a Javier por los hombros y lo afirmé en la paresilla que separa de los juegos.
— ¿Es cierto que?… —hablaba vos temblorosa— Esto me lo comento Javier cuando nos fuimos de vacaciones este año...
— ¿De qué? —interrumpí.
— ¿Que tenés la verga grande? —preguntó jubilosa.
— ¿Cómo dijiste? —pregunté nervioso.
— ¿Qué si es cierto? —insistía obsesionada.
— No sé que contestarte porque con Javier somos conocidos de la escuela y soy muy amigo del hermana y no quiero tener problemas y menos con él —contesté.
— Pero… ¿es que quiero saber? o ¿no puedo preguntar? —insistió.
— ¡Si la tengo grande! ¿Y qué? — se lo dije sin rodeo.
Me bajó el pantalón y comenzó chupar descaradamente mientras Javier yacía dormido a un costado, a pocos centímetros nuestro. Miraba la verga entusiasmada. Chupaba los huevos y el tronco sin cesar. Con la mano izquierda sujetaba la verga y con la otra se sostenía el cabello largo. Contemplaba su trabajo impecable. Pues tragaba hasta el fondo, y de cuando en cuando se atragantaba y paraba y volvía su cometido. Se estremecía, luego lujuriosa, con movimientos seguidos, agitaba mi verga. Diose cuenta que en cualquier momento le tiraría líquido en la boca y cuando aminoró la marcha, se tragó toda la verga y hasta que terminé de largar toda la leche no dejó chuparla. Mirábame a lo ojos, sin embargo, abría la boca y mostraba la lengua con mí esperma. Entre risas fijó sus ojos hacia mí y tragó la leche depositada en su boca. Con el dedo índice y pulgar juntó lo que quedaba en las comisuras, sin duda chupaba los dedos desesperadamente.
Pasamos la noche sin decir palabra alguna después de lo sucedido, hasta que Javier se recupero de su larga agonía. Nos marchamos del lugar a paso de tortuga. La noche dejó un espacio, una oportunidad, un no sé qué, un mal entendido.
Insinuación e invitación
Domingo a mediodía pasé por la casa de Javier a ver cómo estaba. Golpeé la puerta y salió Doña Herminia, con su delantal de cocina y sus pantuflas de tela y con un pañuelo atado en la cabeza. La pollera le llegaba hasta por debajo de las rodillas. A Doña Herminia la conozco desde hacia varios años y desde que jugábamos a las cartas con el hermano de Javier. La señora, cada muerte de obispo, salía de compras con Ramón, su ex esposo, que la dejó por otra mujer más joven. A priori doña Herminia cayó en un pozo depresivo. Llegó a ser adicta a las bebidas alcohólicas. De cuando en cuando salía con amigas del barrio a pasear. Pero su hijo mayor, Marcelo, le hacia compañía todas las tardes después de salir del Trabajo.
Usaba ropas desprolijas: musculosas gastadas, jeans rotos. Cuando llegaba a la casa de Marcelo, por cortesía, saludaba a todos, pero excepción a doña Herminia le daba dos besos uno cada mejilla. Puesto que me quedaba hasta las siete de la tarde a terminar las tareas de la escuela, sin embargo vivía más tiempo en casa de Marcelo que en mi casa. Una de tantas tardes, sentado en el sofá, me quedé esperando a que Marcelo saliera del baño y mientras tanto contemplaba a mi izquierda la puerta abierta de la habitación matrimonial. Sin duda me acerqué, miré hacia ambos lados, por si alguien me pescaba in fraganti.
Supuse que doña Herminia estaría ordenando la habitación. Muy despacio entreví en el espejo de la cómoda, que la señora se miraba pensativamente. Marcaba pasos como si fuera que estuviera en un desfile de moda. Se calzaba unos zapatos nuevos y cerrados hasta que se decidió por unas sandalias de color rojo. Yo veía todo. Creo que no se había percatado de mi presencia. De modo que, intenté acercarme un poco más, pero quedé sumiso y volví al sofá. Cuando regresó Marcelo le propuse que tomáramos algo, pues se encogió de hombros y llamó a la madre.
La señora salió de la habitación, como una leona que busca su presa. En la cocina preparó la merienda y nos llamó para que nos sentáramos a tomar el café con galletas. Su pulcritud de mujer seria, no dejaba rastro alguno de insinuación. Tal como lo hubiera sospechado, se acercó y —sin que la viera el hijo— me tocó la bragueta. Tan luego Marcelo se retiró hasta la casa de la abuela. En ese ínterin, la señora se acercó y me amenazó a que no hablara con nadie y sino le contaría a mis padres. Entumecido, sentado en la silla, la mamá de mi amigo se levantó la pollera y me mostró el culo. La bombacha negra metida en la raja me calentó, y entusiasmado quise tocarla. Pero no se dejó por nada en el mundo. La muy puta, bajó mi pantaloncito y se sentó encima.
Sus movimientos de una mujer sin experiencia me sorprendieron repentinamente. Sus ademanes, rápidamente, me hicieron manchar la ropa. Cuando salió me arrojó un trapo para que me limpiara. Justo entró Marcelo con unas revistas de la abuela. La conversación familiar siguió su rumbo. Marcelo le preguntó a la madre cuando saldría con las amigas a comer o bailar, que ya era hora que disfrute de la vida.
— Hijo el sábado que viene tengo una fiesta de disfraz y no me la voy perder —lo dijo emocionada.
— Bueno…, entonces no te preocupes de Javier y de mí que nos arreglaremos solos con la comida —mi amigo la incentivaba a la madre.
— Es una fiesta que no me la voy a perder —suspiraba doña Herminia.
Mirábame a la cara, pensativa, como avisándome del festín que se aproximaba. La conversación entre madre e hijo siguió más de lo que había pensado. Tomábamos el café y escuchábamos música. Doña Herminia nos contaba los preparativos de los disfraces. Quienes irían y como se vestirían. Ella eligió de Winnie Poo. Marcelo, sarcásticamente, se burló de la madre y le ofreció que si quería le conseguía otro disfraz mejor. La madre enojada no reparo en su hijo. Pues salimos para el club a jugar fútbol. Cuando estuvimos en la acera, ella me guiñó un ojo y nos despidió a ambos.
Culpa
Con Marcelo salimos a reventar la noche. En la esquina de la casa se ató los cordones de los zapatos y tomó las llaves del auto y marchamos a destino. En la ciudad de Ramos Mejía, la gente deambulaba por las calles de un lado otro buscando diversión. El ambiente se prestaba para cualquier evento. En Pinar de Rocha, boliche que frecuentaban mis padres hace decenios, pues la multitud hacia fila para el ingreso. Me incomodaba la cantidad de visitantes. Por lo que decidí marcharme a otro lugar. Marcelo empecinado, caprichoso, quiso quedarse para encontrar a su novia. Me despedí y fui a otro boliche, VINICIUS. No lo dudé y entré.
Contemplé el lugar y supe que tendría suerte en conseguir alguna mujer. La música enloquecía a la gente, bailaban todos apretados. Me acerqué a la barra y pude divisar grupos de hombres y mujeres solos que disfrutaban del ritmo. Pues contemplé, en la pasarela de arriba, a un grupo de descocadas. Al otro lado, cerca de la escalera, otro pero disfrazadas. Tomé un trago de pantera rosa y me alentó a salir a bailar. Entraba y salía de los grupos que danzaban continuamente. Hasta sin darme cuenta que con un grupo de mujeres era el hazme reír.
Sin darme cuenta el movimiento me provocó nauseas y mareo. Fui al baño y cuando miré al espejo no pude contener a reírme porque llevaba puesta una mascara de drácula. No sé en que momento la obtuve pero en la pista no sabía dónde estaba parado. Bailaba. Saltaba. Mujeres y más mujeres. Danzaba con una y con otra hasta que alcancé entrometerme en un grupo de disfrazadas. Mezclaba bebidas. La noche transcurría. Abatido me senté en el sillón. Estiré las piernas y torpemente derribe alguien que pasaba. Le brindé mis servicios de socorro y se negó porfiadamente. Se sentó junto a mí y no podía descifrar, por la oscuridad, a que personaje de dibujos animados parecía la mascara. No obstante quise sacarle la mascara, pero fue inútil, sospeche que fuera la madre de Marcelo. El vestido blanco pegado al cuerpo mostraba una delicia de mujer. Toqué los pechos, el vientre y las piernas. Me arrodillé frente a ella y le chupé los pechos flácidos. La diminuta iluminación prestaba para cualquier escena.
Le metí la mano en la concha y enloqueció de placer. Borracho y descontrolado, ni imagina la situación. Bajé la cremallera y saqué la verga y se la metí bruscamente. La tomaba por las caderas y empujaba más y más. Lubricados ambos, pues la acomodé de costado y empujaba con fuerza. Metía y sacaba. La mascara me asfixiaba. Se posó boca abajo y seguía moviéndome endemoniado. Cuando logré terminar, con la oscuridad estaba ciego, le saqué la mascara y la obligué a que me la chupara. Sin resistirse siguió limpiando la verga, puesto que se levantó y se acomodó el vestido y se fue en la penumbra de la pista. Sólo recordaba la mujer del vestido blanco pegado al cuerpo y los zapatos de tacos altos. Pues descansaba solo en el sillón cuando en un momento dado, me saqué la mascara y me zamarrearon por los hombros.
Cuando volteé la mirada, el fulgor de las luces me pegó de lleno en las retinas, quedé enceguecido, la mujer que interrumpió fue la madre de Marcelo, doña Herminia. Llevaba en la mano la mascara de Winnie Poo. Trastabillé al pararme. Me tomó de la cintura y salimos del boliche. Me llevó con las amigas y comprobé quien era la mujer del vestido blanco.
— Hola hijo ¿dónde estabas? —me abrazo mi madre.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Rogaba que me partiera un rayo, que me atropellara un auto.
— No sé, estoy borracho mamá —contesté.
— Mi hijito querido —decía a los cuatro vientos y sus amigas.
La mujer del vestido blanco resultó ser mi madre, la descocada, la puta que engañó a mi padre esa noche. Después de un tiempo me enteré que frecuentaba siempre con amigas, incluso con el consentimiento de mi padre. El dolor que tengo por dentro no puedo arrancarlo. Por las noches cuando cenamos juntos en familia, la miro con cierta bronca, despreció, pero no motivo de mi rencor, porque si se entera mi padre, le costara muy caro.
La culpa nunca podré repararla, ni tampoco olvidar siquiera lo ocurrido.
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