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una mujer ante su espejo

Enviado por jacd1971 el 27/9/2010

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una mujer ante su espejo Publicado el 27/09/2010, por: jacd1971

UNA MUJER ANTE SU ESPEJO.
(EL DESENCUENTRO).


A
quella era una escena que se repetía casi todas las noches. Tras la hora de apagar las luces: Africa, sola, encerrada en su habitación, con el pestillo de la puerta echado, cuando Javier: su hijo de diez años dormía ya como un cesto en el cuarto de al lado. Permanecía de píe a los píes de su grandísima cama de matri-monio, erguida frente al vasto espejo de cuerpo entero que reposaba sobre las puertas del...

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ar-mario ropero de su gabinete de casada lacado en color caoba que como cada noche le devol-vía fielmente el cansado reflejo de su rostro, sobre el cuál, ya se empezaba a ver las prime-as arrugas, y la imagen de su orondo cuerpo, que sí bien, había estado muy bien proporcio-nado en su

juventud, dado que Africa – incluso hasta entrada en su primera madurez- había sido una muchacha ante la cuál los hombres de aquella pequeña capital de provincia de poco después de la guerra, en la que ahora vivía sola con su hijo, volvían la cabeza, ahora con el paso de los años, la Guerra y los demás palos que le iba dando la vida, todo su encanto co-mo mujer parecía marchitarse igual que una rosa ajada flotando muerta en un vaso de agua, y lo que antes habían sido carnes prietas, empezaban a convertirse en pieles flácidas. Y manteniendo la mirada tan fija en el espejo que parecía ser de fuego, África comenzó a aca-riciarse lentamente por todo su cuerpo, por toda su piel blanquecina con aquella mano tan sonrosada, que con tanta parsimonia había hundido bajo el blanco satén del liviano camisón, que para aquellas alturas de la noche llevaba encima con toda la botonadura desdada.

Un segundo después, África posó la sudorosa palma de su mano a la altura del pe-
cho para después continuar seguir hundiéndola lentamente por el camisón abajo, que (entre la luz del quinqué que permanecía encendido encima de una mesíta de noche cercana a Áfri-ca y la penumbra que cubría el resto de aquella habitación, y que como sí fuese la sombra negra de una fiera adormilada se extendía amenazadoramente a su espalda, al tiempo que la silueta de su cuerpo se dibujaba como otra sombra mucho más alargada y mucho más ex- tensa sobre las blancas paredes del cuarto) se volvía transparente; mientras, la luz amari-llenta de aquella lamparilla iluminaba su piel, la volvía de un cierto tono dorado, brillante, a la par que ella seguía allí: de píe, toda tiesa frente al espejo, inmóvil como una estatua, to-cándose las carnes flojas de sus senos caídos, añorando otros tiempos en los que aquellos dos arrugados pechos habían sido firmes como piedras; hasta que, medio asustada, pudo comprobar, a través de su propio cuerpo, todo lo cruel que puede ser el paso del tiempo con una mujer. Levantó vista de su cuerpo, y reflejada enmedio del espejo, se cruzó con su propia mirada. Mantuvo la vista fija por un segundo esperando encontrar la mirada apa-sionada de sus profundos ojos, negros como el carbón, pero no los encontró; en su lugar A-fríca, tan solo, pudo descubrir sobre aquel espejo una mirada mucho más vieja, mucho más cansada que aquella que pretendía hallar. Con un tremendo pavor, descubrió que, por un momento, no se había reconocido a sí misma en aquella mirada tan erosionada, en aquel cuadragenario y cansado rostro, lleno ya de arrugas; y algo desilusionada, empezó de nuevo a recorrer desesperadamente con la mano todo su cuerpo, con una ansía y un ímpetu inusi-tados en ella hasta aquella noche, por sí recuperaba la sensación, perdida muchos años atrás, de lo que debía ser una mujer amada a través de aquellas furtivas caricias ó en su defecto encontraba, mientras se acariciaba entre el canalillo de sus pechos, alguna sensación que la desmintiera que estaba envejeciendo, pero no la encontró. Palpándose la barriga que ahora era mucho más prominente que cuando era joven, buscó la caricia de un amante, que aquella noche se hallaba ausente, pero tampoco la encontró; y medio desnuda ante el espejo, África cayó en la cuenta que hacía ya demasiado tiempo de que no era amada. Descendiendo la palpa de su mano, que ya comenzaba a estar algo sudorosa, por el vientre abajo, se asustó al calcular los años que llevaba sin ser acariciada; pero, aquel vacío se hizo más insondable, más urgente de llenar, al hundir sus dos manos entre medio de las piernas y mesar, acto se-guido, con sus dedos el negruzco y ensortijado vello del pubis, mirándose a continuación de reojo en el espejo, temiendo ser descubierta por sorpresa por una negra sombra que estuvie-se parada ante el umbral de la puerta, y la pillase en falta, como sí fuese una colegiala tra-viesa, en aquella lasciva situación, en aquel cristal inundado ahora completamente por su imagen desnuda; mientras lamentaba en voz baja y hasta blasfemaba en un tono algo más alto por su suerte en lo que a materia de sentimientos se trataba, sin atreverse a soltar un breve y escueto jadeo placentero ó proferir un maldita sea a voz en grito - lamentando el no ser abrazada por un hombre desde tiempos inmemoriales- por no despertar al Javier, quien dormía en la habitación de al lado y correr el riego de que al oír su voz, pensase que algo malo le sucediese a su madre y se levantase de la cama, saliese de su cuarto y llegase hasta la puerta de dormitorio de ella a ver que era lo que la sucedía y la descubriese allí, en medio de la habitación, medio desnuda ante el espejo, suplicando impúdicamente por un deseo ine-xistente, como sí fuese una mujerzuela en celo ó una adolescente demasiado impulsiva, la cuál, aún, permaneciese virgen, y estuviese tan reprimida como para andar masturbándose frente al espejo de su cuarto; nada más lejos de la realidad: sí algo le quedaba a Africa era eso, el recuerdo de que una vez la amaron.

Aún con las dos manos apresadas tenazmente entre sus piernas, entre el pantanoso vello de su pubis, deteniendo por un segundo la exploración de su cuerpo, Africa alzó la vis-ta de nuevo hacía el espejo, y al hallar sobre él su vasta imagen, se mordió fuertemente el labio inferior de la boca; excitada, de su voz, dejó –apenas- escapar un ligero gemido, un leve suspiro, un tímido ¡ay! entre dientes, que sonó como sí hubiese sido poco más que un cansino susurro, eso sí, en voz baja por no despertar al niño. Tan sólo fue un estéril y com-placiente jadeo, tras el cuál, prosiguió con el reconocimiento táctil de su propio cuerpo; un breve reencuentro, que tras los años y la larga espera para volver a ser amada, más que un encuentro con su sensualidad, aquello parecía un desencuentro con sus propios sentimientos.

En aquellos instantes de la noche, Africa no podía dejar de reírse para sus adentros al pensar en lo que la gente de aquella ciudad diría de ella sí la viesen ahora a través de las rendijas de la persiana de su cuarto, toqueteándose desnuda frente a un espejo. Seguro que en la plaza ó en el mercado, los bien pensantes de aquella mísera capital de provincia la hu-biesen despellejado viva, haciéndose lenguas sobre su perversión, recordando cómo de ferría que era la moral que regía en España en aquellos años de postguerra, más teniendo en cuen-ta su malganada fama de mujer frívola, de mujer de moral relajada ó ligeramente levantada de cascos, que como sí fuese un fresco vientecíllo que mortalmente se te metía en los huesos, corría por las esquinas de la ciudad, ya que por aquellos tiempos de tan mojigatero régimen moral, siempre resultaba extraño, ó al menos, sospechoso una mujer abandonada por su ma-rido. Nadie parecía querer tomar partido por la señora en cuestión, ya que, en un principio, siempre se pensaba que sí un hombre se largaba de su casa, abandonando a sus hijos y a su mujer, debía de ser porque esta, con su comportamiento, le hubiese dado motivos para ello.

Y aún de píe, desnuda, transparente al contraluz, Africa con las yemas de sus de-dos, comenzó a repasar cuidadosamente el afilado perfil de sus pezones, y al enésimo suspi-ro, volvió a maldecir su suerte, su destino, su vida de falsa viuda, siempre metida en casa, vestida de negro incluso, no por luto sí no por caprichos del azar, que la había convertido en una mujer desdichada, abandonada por su marido, cuando aún era joven. Bajo la mano por su pecho abajo, se acarició sutilmente por el vientre abajo, que ya no era liso como cuando había tenido a Javier, sino rugoso y demasiado metido en carnes, circunstancia la cuál, ya no la dejaría pasar por una jovencíta; y al verse ahora, demasiado gorda en el espejo, de nuevo maldijo su suerte, al recordar las imnúmerables ocasiones en las que aquella piel había sido acariciada por Carlos, su prófugo marido y, a la sazón, padre de Javier; y des-pués cargó todas las tintas contra el propio Carlos, culpándole sin misericordia, pero carga-díta de razón, de todas las desgracias que poblaban su negra existencia, como sí la cara de aquel sinvergüenza se encontrase aquella noche incrustada en el espejo del armario junto a la suya, y estuviese mirando de reojo su perfil, su atisbada desnudez

Y tanteando de nuevo su vientre, su pubis ó la parte interna de sus muslos, Africa empezó a echarle en cara a Carlos todas las desgracias de su vida como sí le estuviese mi-rando fijamente al rostro. Comenzó reprochándole que la hubiese abandonado a su suerte así, de una manera tan alegremente como lo había hecho él, así, por las buenas, a la fran-cesa, sin darla una explicación, desentendiéndose de ella, y lo que más le dolía desenten-diéndose de igual forma de su hijo, como sí fuese así de sencillo el romper los lazos que nos unen a los nuestros, para irse de aquella maldita ciudad de postguerra tras las caderas de la primera cabareta de tercera división que se había cruzado en su camino, sin pararse a pen-sar por un segundo en todo lo que dejaba atrás: una casa, una mujer, un hijo; diciéndose, tal vez, para sus adentros, aquella frasecíta tan mareada de que: "Sólo se vive una vez", y pen-sando un "¡Ahí te quedas!" cuando la descubrió parada como sí fuese una estatua ante la puerta de aquel mismo dormitorio, viendo como metía toda su ropa dentro de una maleta que tenía encima de aquella cama que ahora quedaba a la espalda de Africa, agarrada al quicio dormitorio de la puerta, sin darla más explicación que un poco convincente: "No sé cuando regresaré. Me voy en busca de dinero", y agregar un "Da un beso al niño" un tanto cínico sin atreverse a mirarla a los ojos ó molestarse en darla un beso cuando cruzó el um-bral de su habitación y pasó a su lado, ó decirla un inútil "cuídate" para avanzar apresura-damente por el pasillo de su casa adelante, dejándola allí, aferrándose aún al marco de la puerta de su dormitorio con las dos manos para no caerse, inmóvil, como sí fuese de piedra, y con la boca abierta como sí fuese tonta, incapaz de articular ninguna palabra posible, sin ser capaz de dar crédito a aquello que veían sus ojos, sin tener fuerzas para girar la cabeza hacía atrás y ver como su marido se alejaba a su espalda, yéndose lejos, para, quizás, no volver jamás a pisar aquella casa, sin atreverse ella, ní tan siquiera, a mover los labios para insinuar algún tipo de reproche inútil, ní para pedirle alguna estéril explicación sobre su huida, que él hundiría sobre la marcha; una huida, que por lo precipitada que resultaba, a-
quello, más bien parecía una estampida; ó para murmurar algún tipo de blasfemia contra él ó contra toda su familia, dejándole marchar así, tranquilamente de aquella habitación, sin darle el placer dedicarle ninguna desesperada escena de gritos, de llantos ó de lagrimas ro-dando por el suelo del dormitorio.

Y en cuestión de unos segundos, el maldito bastardo de Carlos salió con la cabeza bien alta de aquella casa que era la suya, pero que en cuestión de medio minuto, bajando las escaleras a toda prisa, dejaría de serlo, mucho antes de abrir la puerta del portal, frente a la cuál tenía aparcado su nuevo y flamante coche nuevo, comprado de estraperlo con aquellos duros que nunca llegaban a Africa, y que él, tan cucamente, se guarda en el bolsillo del pantalón para sus aventuras donjuanescas de los sábados por la noche en los brazos de cualquier mujer que no fuese su abnegada esposa. Dicen los que le vieron, que bajó las escaleras de tres en tres como sí fuese un chiquillo.

Llegó al portal de aquella casa, y abrió la puerta de la calle con el mismo ímpetu de un adolescente enamorado al ver dentro del vehículo a aquella cupletísta de provincia y pelo oxigenado, que se tenía que ganar la vida cantando por sórdidos bares de alterne en peque-ñas ciudades, que nunca sería como Celía Gámez ó como la Montiél, esperándolo para irse con él tan lejos como aquel coche y su cartera la llevasen, sin saber de aquella mujer que allá arriba, agarrada aún al marco de la puerta de su dormitorio, en aquellos mismos instan-tes, desconsolada, debía estar empezando a llorar como una magdalena, al sentir como su vida se rompía, sintiendo como ella misma se rompía por dentro como sí fuese una fina copa de cristal, que el bastardo de su marido hubiese lanzado contra las paredes de su cuarto, sin entender muy bien aquella escena: ella, agarrada al marco de la puerta de su habitación co-mo sí fuese una niña asustada, con la mirada perdida y la mente en blanco, sin saber qué había acabado de pasar, sin saber a qué atenerse, sin saber, sí aquel malnacído de su marido un cierto día se atrevería a atravesar de nuevo la misma puerta que aquella misma noche había cruzado, con una hipócrita, a la vez que, cínica y dañina sonrisa bajo el fino bigote, cayéndole de medio lado sobre los labios, creyéndose un galán de cine a la antigua usanza, al estilo de Clark Gable en "Lo que el viento se llevó", y un "Aquí no ha pasado nada", col-gándole de la boca, con la reprobable intención de querer reanudar las cosas desde el punto en el que se quedaron la fatídica noche en la que se largó de casa.

Segundos después de cerrar Carlos la puerta de su casa de un sonoro golpetazo, y de que dejase de oír sus pasos bajando las escaleras de cuatro en cuatro, al imaginarse Afri-ca el hipotético regreso de este, en la misma noche del abandono, en un insólito momento de lucidez para la situación emocional en la que se encontraba, tan sólo, instantes después de haber sido abandonada por su marido, juró que no lo dejaría volver a poner los píes en aque-lla casa, ní acercarse jamás a su hijo. Juró que aquello, solo podía ser posible, pasando el maldito de Carlos por encima de su cadáver, ó que, de lo contrarío, ella: Africa Linares, se-ría muy capaz de matarlo sin esgrimir ningún tipo de miramiento.

Y una vez acabada la reconstrucción mental de los hechos acaecidos la fatídica no-che del abandono familiar por parte del sinvergüenza de su marido, sin que le hubiese vuelto a ver, ní malditas las ganas que tenía de ello, desde la siniestra hora en la que maleta en ma-no desapareció por la puerta de aquella misma habitación sin más explicación que un hipó-crita "Dale un beso al niño", aún con la palma de su mano humedecida, metida entre las piernas, jugueteando con sus finos dedos entre los enrizados vellos de su pubis, negros como el carbón, al tiempo que entre los dientes, se le escapaba, de nuevo, un tímido suspiro, un ja-deo complaciente, un agradecido gemido de pasión, con el rostro inundado de una felicidad, para ella, totalmente, inusitada, reparó de nuevo, en la silueta de su vasta figura reflejada sobre el espejo de su armario; reparó asustada en la mirada de viciosa que ahora tenía, y enmedio del inmenso contraluz que existía a su espalda, dentro de su habitación, y entre la cuál, la luz del quinqué de la mesíta de noche volvía traslúcido su fino camisón de blanco satén, aún la mano metida por dentro de él, yendo sin ningún sentido, sin tener, sobre su piel, ningún recorrido establecido de antemano entre sus pechos, su vientre, su pubis y sus muslos, Africa añoró de nuevo el ser acariciada por un hombre, al- recordar que había pasado mucho tiempo desde que la amaron por última vez. Por un momento, al sentir el roce incandescente de la palma de la mano sobre toda su oronda geografía, llena de montañas, valles, llanos, pantanos y cauces por descubrir: de secos meandros de ríos sepultados desde hacía años, que parecían hacer cierto el nombre de tierra virgen, desértica que tenía su due-ña, olvidándose por completo de la posibilidad de ser descubierta por Javier en aquella tra-vesura, allí mismo, delante del espejo. También deseó poder mandar a paseo todos sus per-juicios, todos los posibles posteriores comentarios malintencionados que después estarían al cabo de la calle, haciéndose lenguas de su reputación como señora decente, y encontrar un hombre junto al que poder rehacer su vida, y que la hiciese recuperar toda aquella sensibili-dad que, ahora mientras se acariciaba delante de su espejo, creía perdida desde la lejana noche en la que había sido abandonada por su marido.

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