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Mi cuñada y su novio

Enviado por candido el 10/5/2010

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Mi cuñada y su novio Publicado el 10/05/2010, por: candido

Hola, estimados lectores. El relato que les voy contar, aunque parezca mentira sucedió en la realidad. Diré que mi nombre es Eduardo, aunque sea como seudónimo, pues quiero ocultar mi nombre para no tener problemas con mi esposa. Me considero heterosexual, aunque al leer este relato verán que no lo soy en un cien porciento. De estatura mido 1.68 mt, de piel morena y tengo 32 años de edad. Estoy casado y la aventura o confesión que les quiero contar es la que me pasó con mi cuñada y con su...

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novio.
Resulta que desde hacía tiempo yo estaba enamorado de Isabel, mi cuñada. Mi esposa no lo sabía aún, pero a ella reiteradas veces me le declaré, aun con temor que me denunciara con mi esposa, sin embargo, aunque nunca lo hizo, tampoco me correspondía.
Y así pasaba el tiempo, ella fue creciendo, pues cuando la conocí tenía apenas unos 13 años de edad. Ahora ya pasaba de los 18, pero aún no tenía novio. Día a día yo buscaba la oportunidad de robarle un beso cuando quedábamos solos, pero ella me desdeñaba, y como la tomaba del brazo ella se desprendía de mí súbitamente.
Bueno les declaro que soy un gran admirador de la belleza femenina, y mi pasión es ver a las chicas en minifalda y en uno que otro movimiento me gusta poder sorprender a las chicas en algún descuido. Digo esto porque no pasaba lo contrario con Isabel, pues a ella le agradaba mucho andar de minifalda y era muy descuidada, siempre y cuando no notara que yo la veía con morbo.
Cierto día, cuando ya ella estaba de unos quince años, tuve la dicha de poderla contemplar desnuda, era para el tiempo de navidad, y como de costumbre nosotros nos quedamos a dormir en la casa de mi suegro.
Yo nunca me negué a este tipo de reuniones, pues yo aprovechaba para estar más cerca de Isabel. Esa noche, acababan de dar las nueve de la noche, apenas terminaban de hacer la cena y yo pregunté impaciente, aunque ellos no lo notaron, que por que Isabel no venía a reunirse con nosotros.
El suegro me dijo que Isabel estaba dormida, pero en cuanto estuviera la cena le hablarían. Me alegré con sus palabras, y decidí disfrutar de esa noche. Nos pusieron Vodka y Ron, tomamos mucho hasta pasadas las diez. Mi esposa que hasta ese día no tomaba, tomó unas copas y se fue dormir mareada. El suegro se puso platicón y cansado se fue también al cuarto. Solamente las hermanas quedaron esperando la navidad.
Isabel no bajo a cenar. En medio de mi borrachera, me cegó la idea de querer ver a Isabel. Subí al cuarto en que mi esposa y yo nos quedamos en casa de los suegros, pero me detuve frente al cuarto de Isabel, quice llamarla, pero desistí y entré a mi cuarto de huésped. Mi esposa estaba profundamente dormida y vacilaba en la idea de querer ver a Isabel.
Me levanté de la cama en donde ya me había recostado. Maquiné una idea, abría la puerta de la ventana la cual daba al patio, me crucé por la ventana y caminé por la parte saliente de la pared al otro lado del cuarto hasta llegar a la ventana de mi amor. La luz de su cuarto estaba encendida, y por una rendija que dejaba la cortina me deleité en el siguiente cuadro que les voy a relatar.
Isabel estaba en minifalda, en su cama tenía una laptop, con la cual seguramente trabajaba en algo o quizá navegaba en internet. En la posición en que estaba, mostraba sus bragas, blanca y en el intercambio que hizo de piernas varias veces me mostró más todavía. Yo ya estaba demasiado excitado esperando ver más, cuando noté que ella se levantaba. Pensé que iba a apagar la luz para dormirse, no lo hizo, comenzó a quitarse la blusa, luego el sostén, quedaron libres sus dos hermosos pechos blanquísimos, luego siguió con su minifalda hasta quedar en calzón. Entró al baño de su cuarto y veinte minutos de espera salió envuelta en toallas. Sentóse en la cama, quitóse la toalla y toda su desnudez quedó ante mi vista espectacularmente. En medio aún de mi borrachera y sin temer caerme de ahí, comencé a masturbarme viendo aquel panorama, aquella belleza de cuerpo desnudo, hasta acabar a los pocos minutos.
Pensé que sorprendería a al escuchar mis gemidos, pero no, si no que aun me dio la dicha de verla vestirse, apagar la luz y acostarse.
Esa noche mi esposa, aun después de que me masturbé, tuvo que aguantar las envestidas de un borracho, que era yo, y a pesar de su resistencia, poniéndola de cuatro le arranqué dos orgasmos simultáneos, muchos gemidos silenciosos, pero que pudieron haberse escuchado al otro lado del cuarto.
A la mañana siguiente, nos fuimos. Y guardaba yo en mi mente ese primoroso cuadro de la noche anterior para muchos días después.
Isabel y yo nos teníamos confianza, a pesar de que no me correspondía. Siempre nos visitaba, en la casa donde vivimos su hermana y yo, y en una de esas visitas en secreto me contó que había escuchado los gemidos de mi mujer, y en tono de burla me dijo que hacía bien mi trabajo de marido.
Cuando yo quise hablarle de mi amor otra vez, cambió la conversación y se alejó de mí.
En fin, eso solo fue cuando ella tenía unos quince años de edad, el relato en sí que les quería contar es el siguiente:
Isabel conoció a un chico, el cual le cayó bien a sus padres y consintieron en que fuese su novio. Pasaban los meses y yo me sentía cada día más celoso por ese chico. Augusto se llamaba el tipo y los padres de Isabel le daban absoluta confianza al tal Augusto.
Una noche, de muchas tantas más que yo llegaba de visita a donde mis suegros, me llevé el mal momento de encontrarme ahí al tipo ese Augusto. El notó mi incomodidad, aunque los suegros no se dieron cuenta. Le pidió a mi cuñada, a Isabel que fueran a pasear al fondo de la finca.
Era de noche, ya como las 8 pm, y yo me quedé platicando con mis suegros. Al cabo de una media hora, disimuladamente salí al patio, como buscando ir a orinar, pero no, mi propósito era espiar a mi cuñada y a su novio.
Salí, pues, y con sumo cuidado fui buscando donde debía estar los dos tortolitos. La luna llena me alumbraba el camino, de modo que no tropecé con nada y se podía ver todo claro. Tras caminar unos pocos metros, casi al fondo de la finca, escuché unos murmullos. Eran ellos. Me escondí tras unos matorrales y agachado me fui acercando poco a poco hasta poder oír lo que platicaban en susurro y ver lo que hacían.
La coqueta de mi cuñada caminaba puesto una ligera minifalda rosada y una blusa sin tirantes, la cual solo le cubría de los pechos hacia la barriga.
Se besaban, estaban abrazados. Augusto le decía a Isabel, “¿por qué ese tipo te queda viendo de esa forma?”, ella le decía, “A tú estás hablando de mi cuñado, él solamente me cuida”, en seguida él le respondió: “esas miradas son de un hombre celoso”.
El momento se puso peor, para mí, cuando vi que el tal Auguso comenzó a meter su mano debajo de su minifalda y se la levantaba. Andaba puesto un menudo calzoncito blanco y augusto se daba gusto acariciando sus piernas lindas, las mismas que yo soñaba probar algún día. Acariciaba su panochita por encima del calzón y ella gemía de placer. Luego bajó su blusa, que fácil estaba, y sus pechos quedaron descubiertos a la luz de la luna. El comenzó a masajear uno con una mano y a mamar el pezón del otro.
Poco a poco la fue recostando en el monte. La tenía semi desnuda y la acabó de desnudar quitándole el calzón y dejándola solo con la blusa baja.
El tipo comenzó a besar su vagina y cubrir de saliva toda la vellosidad pélvica. Isabel se retorcía de placer, yo solo me extasiaba ya de la vista y poniéndome a mil mi erección.
Tras de un buen instante de estar en esa posición, el tipo se levantó y pidió a Isabel que le bajara el pantalón. Andaba sin calzoncillos y su miembro saltó y quedó recto en dirección de su boca. Isabel lo tomó, volteó a ver a Augusto y se prendió de su pene, el cual era sumamente largo y cabezón. Isabel lamía, para mi desconsuelo, de una manera tan sensual que me obligó a sacarme el mío y comencé a masturbarme.
Como no tenía compañía, me autoacariciaba, viendo la escena, me masajeaba mi pene, pasaba por encima de ano, me tocaba mis testículos, pero al pasar por encima de trasero sentía una divina sensación y (aunque no me lo crean) por primera vez sentí el deseo de ser penetrado.
Isabel dejó de chupar el miembro de su novio. Y guida por ella misma se postró de cuatro enseñando su hermosa panochita, como esperando ser penetrada por el enorme miembro de novio.
Augusto se sobaba su pene y colocó la cabeza en la entrada de su vagina y poco a poco metió la cabeza, mientras Isabel dejaba escapar un sensual quejido. Comenzaron un movimiento rítmico el cual dejaba entrever la experiencia que ya tenía, ya la habían hecho muchas veces.
Yo observaba la vagina de Isabel ser penetrada y veía también con asombro el enorme pene de augusto penetrando la bella panochita de Isabel mi amada.
Terminamos juntos, ella derramando en su orgasmo mucho líquido, en un delirante jadeo, el rellenando la vagina de Isabel hasta la copa de semen, y yo terminando de eyacular en el monte.
Rápidamente me subí el pantalón y volví a casa de mis suegros y me despedí.
Me dí a la tarea de investigar a ese tal augusto para atraparlo en algo malo y hacer que el e Isabel se separaran.
No fue difícil, el tal Augusto vivía en un barrio de mala muerte y lo encontré en un rincón oscuro en medio de gente vaga: prostitutas y homosexuales. ¿Dónde se lo habrá encontrado Isabel? ¿Cómo conquistó la confianza de mis suegros? Me arrimé con cuidado y con otra indumentaria para que no me conociera. En medio de sus contertulios no me conoció, yo de larguito estudiaba su comportamiento.
Un homosexual de sus amigos fue a buscarme donde yo estaba sentado. Me invitó a irnos más allá. Augusto nos observa y antes que me descubriera accedí. El homosexual me daba asco, pero para evitar problemas futuros me fui con él detrás de una bodega. Ahí el homosexual comenzó a mamarme el pene con dulzura, acariciaba mis nalgas como yo mismo la última noche que observaba a Isabel y a su novio. Me gustaba sinceramente, cuando pasaba sus dedos por mi ano. Mi susto fue de lo peor cuando descubrí a Augusto de tras de nosotros y me vio con mi pene dentro de la boca del homosexual y con sus dedos explorando mi ano.
Augusto solo sonrió y al ver mi rostro de excitación bajo también su pantalón, no dijo nada, solo se acercó a nosotros. Hizo poner de pie al gay y me agachó a mí. Yo me rehusé a hacer lo que se proponía, pero me dijo que no lo iba a contar a nadie. Me conformé con eso y por primera vez tomé el pene de un hombre, el novio de Isabel. Augusto, luego de ponerme a mamar, pues vio que me gustaba , me volteó y restregó su pene en mi trasero. Quizo metérmelo, pero al ver que me dolía, solo lo restregó mas hasta embadurnarme de semen en mis nalgas.
Augusto reía, se reía de mi. Y se lo contó todo a Isabel, aunque Isabel nunca se lo contó a mi esposa.
A partir de ahí, mi vida cambió, respecto a Augusto e Isabel, pues pasaron otras muchas más cosas con nosotros tres, las cuales contaré en una segunda parte, si me lo permiten.

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Categoría: Bisexual | Comentarios: 3 | Visto: 18515 veces

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estrellita_

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Alejandro3975

Buen relato, estuvo super oye cuenta mas si?

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carlosbcn

Me ha encantado tu relato... Me ha puesto a mil... Gracias

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