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El pecado

Enviado por jhonbig90 el 19/12/2009

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El pecado Publicado el 19/12/2009, por: jhonbig90

Este relato es real y creánme que nunca más supe sobre la persona de la que a continuación les contaré.
Todo empezó cuando yo tenía unos 12 años y me mudé de ciudad. Mis días de mayor libertad transcurrían con total normalidad, jugaba al fútbol en mi calle, al béisbol, montaba bicicleta. Frente a mi casa vivía Paola (he cambiado el nombre real), una joven preciosa que parecía tener un solo defecto: era novicia de un convento católico, precisamente, en una casa que está frente a la mía....

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Debo confesar que la miraba y no sentía nada por ella, tal vez por la edad en la que la conocí, cuando aún estamos más pendientes de los juegos y las trivialidades que del gusto por el sexo opuesto.

Paola era genial, discutíamos sobre religión y ciencia, contraponíamos opiniones y nunca cedíamos, ella aferrada a su Dios y yo a las cosas que por simple lógica no me convencían de la religión. Pasado el tiempo seguimos teniendo este tipo de charlas. Yo seguía creciendo y ella pasaba a ser una adulta muy bella, me llevaba unos 5 años aproximadamente. Paola empezó a preparar un grupo para la confirmación así que, más por fuerza de mis padres que por gusto propio, entré en él. Además, aprovechaba la ventaja de que me quedaba a tan solo pasos de mi casa. Nuestras conversaciones continuaron pero con otro rol, ella muy seria en su papel de preparadora y yo en el mío de preparando. Nada novedoso hasta que un día ejemplificaba algo aludiendo que yo era un galán. Vaya chiste, sin embargo, por la forma en que lo dijo no fue fácil sacarme su comentario de la cabeza y empecé a tener ligeros pensamientos extraños que me ocupaba de fulminar tan pronto aparecían. Ella era una futura monja, no podía haber ni ápice de flirteo.

Faltando dos semanas para el evento me retiré, era mi forma de expresar rechazo y protesta a los intríngulis de la religión. Paola me invitó a su casa con el consentimiento de la superiora y merendamos reflexionando sobre lo que, según ella, era un comportamiento inaceptable y poco sensato, esgrimí y defendí mis razones sin llegar a un acuerdo. Estaba decidido, para nada iba a vender tan barato mi forma de pensar, no haría la confirmación. Ella se distanció un tanto de mí, sobre todo por la influencia de las monjas que incluso se atrevían a catalogarme de delincuente.

Yo la seguí saludando y ella también, ya habiendo superado los desorientador de su comentario. La veía como a una persona mayor que podía resultar en una buena amiga. Un día me vio con una guitarra en la mano, estaba aprendiendo a tocarla y ella se comprometió a aligerar mi aprendizaje, pero debía ir a su casa. Con la anuencia hipócrita de la superiora me recibió par de veces y, más era el rato que hablábamos, que el que pasábamos con la guitarra. Recuerdo que un día hablamos sobre las torres gemelas y su no tan convincente caída por manos del terrorismo, en fin, otra historia que no viene al caso. La última vez que fui por lo de la guitarra me despidió diciéndome que me cuidará porque ya era un hombre y estaba muy guapo. Vamos, debo admitir que soy atractivo (sarcasmo de autoayuda), pero no era para tanto.

Pasó más tiempo y sorpresivamente la vi con sus hábitos. Era muy extraño aquel cambio, sin embargo, la abracé y la felicité con un sonoro beso en la mejilla. No se le notaba muy feliz pero asumí que le afectaba el cambio.
Un día muy lluvioso me llamó hasta la puerta y me dijo que quería que fuéramos a hablar, le sugerí no salir y hablar en mi casa. Así fue, me confesó que no estaba feliz con su nueva vida y que no sabía si debía seguir o despojarse de lo que antes, había creído su vocación. Yo no podía aconsejarla, sin embargo hice lo posible por darle ánimos y fuerzas para que aclarara sus ideas. Recuerdo haberle dicho que yo la iba a querer igual, que era una gran persona y en nada iba a cambiar si regresaba a su vida de antes. Una sonrisa se dibujó en su rostro y la noté aliviada. Se despidió con un beso muy profundo, un tanto húmedo y con un gran abrazo. Fue la primera vez que sentí sus labios carnosos, sentí electricidad y vida corriendo por mi sangre, esas emociones indescriptibles de las que muchos hablan. Yo la abracé con mucha fuerza y enseguida hizo un chiste alusivo al suceso.

Pasaron unas cuantas semanas y la vi de nuevo, yo sabía que se acercaba la semana santa y que muy posiblemente se iría de retiro, entonces le pregunté por ello. Me respondió con ojos de brillo imaginativo, yo le sonreí y ella sentenció:- No voy, debo quedarme cuidando la casa-. Supuse que era una forma de castigo, algo había dicho que ameritó tal amonestación.
Al día siguiente me llamó a la puerta, era una tarde oscura y fría, solitaria, poco se escuchaba aparte del sonido de los pájaros. Ella estaba plantada ahí, tiritando y con los brazos más descubiertos que de costumbre, la abracé con alegría inmensa, la invité a pasar pero me dijo que debía regresar a sus funciones, pero que antes me quería invitar a cenar. Acepté gustoso.

Una vez en su casa, entramos y ella se quitó las sandalias, tenía sus hermosos pies descalzos y con un adorno tejido en el tobillo que le quedaba precioso. Seguimos hasta la cocina y me senté a esperar lo que servía, un líquido rojo bañaba dos copas sedientas entre sus dedos delgados.-Pensé que íbamos a cenar-le dije con los nervios que lo prohibido desata. –Hoy no- respondió con tono melancólico. –Siento que estoy en el lugar equivocado con la gente equivocada, lo que tanto soñé no es más que eso, un sueño, nada es como debiera ser. El hilo que teje los sueños es frágil-continuó. Acto seguido sorbió con tal maestría la copa de vino que me dejó atónito, parecía besarla y disfrutar con intensidad lo que mojaba sus labios. Quedé inmóvil, me tomó de la mano y me llevó hasta la sala, nos sentamos en un sofá amplio de color negro y empezó a llorar. -¿Qué pasa?-le pregunté. -El pecado me persigue, tú eres mi pecado-me susurró al oído con voz temblorosa. Nuestros rostros no se despegaron, por el contrario, yo, seducido por lo indebido, giré lentamente mi cabeza hasta acercar mi boca a la suya, nos miramos, respiramos agitados y entonces, su lengua apareció de entre lo brillante de sus dientes y me acarició con dulzura.

Yo estaba vencido, era esclavo de su ser, de sus manos suaves y delgadas, del muslo indiscreto que su vestido descubría, del contorno de su cuello, vencido y sin fuerzas froté mi lengua con la suya y apreté una de sus manos a una de las mías, mientras mi mano libre le rozaba la mejilla y le apartaba con desenfreno el velo. Sus cabellos bailaban entre mis dedos, los botones de su ropa cedían ante mi ímpetu, ella solo me besaba y cada vez con más lujuria, la ternura parecía extinguirse para dar paso al contacto imparable de nuestros cuerpos, yo me deleitaba besándole la espalda y la cintura, ella se sumía en un estado de apacible disfrute, su sonrisa de placer era obvia a la distancia, me arrojé entre sus muslos carnosos, su ropa interior era negra, disfrutaba tanto viendo tal perfección que en un momento dude sobre si en realidad quería terminar de desvestirla. Duda corta y débil que cedió ante el deseo fue la mía, con sus ropas y las mías confundidas en el suelo, abracé su cálido cuerpo y lo fundí con el mío, sus gemidos aceleraban mi locura, sus senos eran perfectos, perfectos… y yo podía apresarlos entre mis manos y probar el divino elixir que desde su cuello caía, mis labios podían celebrar su sabor, su textura, su figura era inverosímil, el sueño parecía ser el contexto en el que todo se desarrollaba pero no era así, todo era real, la sentí temblorosa, con unas ráfagas de espasmos que no podía controlar, la levante, la volteé de espaldas sobre el sofá, abrí sus piernas con mi rodilla y embestí con una danza enérgica sobre su entrepierna bañada en sudor.

Un grito asomó su boca, una terremoto corpóreo movía su humanidad, sus uñas rasgaron el aire y las telas, mi piel y todo lo que en su camino se mostraba. Segundos cataclísmicos fueron aquellos, pero la naturaleza de nuestro todo está regida por el fin, la calma volvió a Paola y sus ojos parecían no querer ser, su cabello ondulaba al ritmo que le imponía el viento que burlaba las ventanas, su paz era infinita, su pecado tenía un apartado en nuestra historia. Su abrazo de gratitud me cobijó toda la noche, nuestros carnes habían sido una y tendrían que separarse, se separaron, pero no nuestros espíritus.
Paola desapareció, días después regresó a su ciudad y nunca más regresó. El recuerdo de su pecado la agobió hasta hacerla desistir de su vocación, el recuerdo de su pecado, nuestro pecado, me desarma la mirada y me alegra los recuerdos.

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Categoría: Confesiones | Comentarios: 2 | Visto: 6201 veces

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