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Mi sobrina, la seductora, 1

Enviado por Bangabandu el 18/11/2009

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Mi sobrina, la seductora, 1 Publicado el 18/11/2009, por: Bangabandu

Nunca vi a mis familiares mujeres con ojos de lujuria... hasta que mi sobrina Ana cumplió los 18.

Hasta ese cumpleaños todo estuvo bien, fui a su fiesta en un salón, tomé unas cervezas, reí con mis primos de ver a mi sobrina bailando con sus amigos, le di regalo y abrazo y fui a casa.

Días después visitando su mamá –una de mis hermanas-, y cuando mi hermana fue a la cocina, mi sobrina salió de su cuarto diciendo que iba a salir, me dio un beso de despedida.
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Mi sobrina iba de minifalda, bastante corta.

Me sorprendí mirándole las piernas, que lucía en un look de colegiala. Unas piernas largas, bien torneadas, sin un solo vello, firmes, de piel que se veía suave, tersa. Deliciosas. Llevaba calcetas y unos zapatos que parecían de escuela, pero con un poco de tacón. Aparté la mirada, pero creo que ella se dio cuenta, porque se fue y regresó diciendo algo que sóno a pretexto y se despidió de nuevo de mí, con una sonrisita complacida. Como si me permitiera gozar de nuevo un beso. Ella olía a un perfume un poco demasiado dulce, de colegiala. Cuando salió, los ojos se me fueron de nuevo y miré su trasero, redondo y levantado, y otra vez repasé sus piernas con la mirada.

Mi hermana volvió, hablamos un poco y de nuevo fui a casa, a unas calles de ahí, tratando de olvidar mis miradas a mi sobrina.

Jamás yo habría hecho algo así. Mis demás sobrinas son también muy bonitas y las he visto de minifalda y elogiado, pero nunca del modo en que vi a Ana esa vez. Jamás de los nuncas. Para no decir más, se me habría hecho inmoral y de inicio nome llamaban la atención de otro modo.

De hecho, con Anita no sentí deseos esa vez, pero es que cuando visitaba a mi hermana, Ana pasaba constantemente, llevando otras minifaldas o ese look de colegiala, y aunque yo trataba de no hacerlo, la mirada se me iba constantemente a sus piernas. Después, le dio por sentarse frente a mí en la sala cuando por momentos no había nadie, se miraba las uñas sin hablar y se quedaba ahí un rato. Lo hacía para que la viera. La minifalda se le subía más, exhibiendo las piernas casi hasta los muslos. Al levantarse, separaba un poco las piernas mostrándome las pantaletas por unos segundos, todo sin mirarme.

Yo sentía unos golpes de excitación que también me ponían nervioso. Dios, si yo no hice esto ni en mis épocas de escuela. Mirar pantaletas, y a mi sobrina... Trataba de no hacer alguna cara que me delatara cuando Ana me mostraba sus encantos. Para no pensar en eso me decía que no era a propósito. También me sentía culpable. Me repetía que Ana no era una mujer propiamente dicha, sino una joven. Había qué verla: nada de rímel en sus ojos verdes de grandes pestañas, de mirada inocente, ni bilé en su boca color de rosa bajo la nariz respingada, seguramente sus senos... y ahí estaba de nuevo mirándola de otra forma.

Había un aire tentador que era un poco como un recuerdo: aunque ella era mayor de edad, ese look de colegia estaba inyectado de la belleza de Ana y del morbo sexual de su cuerpo.

Algunas noches daba vueltas en la cama, luchando con el deseo de tocar a mi sobrina o de apretar más los abrazos, pues me pasaban por la cabeza las sonrisitas que me lanzaba y una vez que me sorprendió mirándole las piernas sin lugar a dudas. Ella se daba cuenta de que me estaba gustando. Seguro que también le divertía notar el efecto que me causaba, pues veía placer en sus facciones o pasaba sonriendo sin mirarme, sabiéndose vista.

Para evitarme malos pensamientos, dejé de visitar a esa hermana por un tiempo, hasta que semanas más tarde fui a mostrarle un cachorro de pastor alemán que acababa de comprar. Ana no había vuelto de la universidad, no pregunté por ella, pero me sentí un poco desilusionado. Días después en otra visita, Ana me dijo: “Tío, ¿que te compraste un perrito? ¿Está en tu casa, me dejas verlo?” Mentí diciendo que lo tenía con el veterinario. Ella no desistió, me lo pidió otras dos veces hasta que a la tercera se me acercó y me tomó de la corbata mirándola y susurró, melosa: “Quiero verlo, tío, ¿me llevas a tu casa? Anda, vamos, tío”.

Para entonces yo estaba tan intranquilo y tan confundido, que ignoraba cuál era la realidad, qué ella buscaba o si me lo imaginaba. Para colmo, mi hermana dijo desde la cocina que era buena idea, que fuera con Ana para que viera al cachorro porque ella, mi hermana, iba a salir. Acepté con voz que traté sonara casual y fuimos.

Al subir por las escaleras, Anita fue delante, corriendo. Ya no me resistí y vi hacia arriba. Ella iba con la minifalda tableada, y bajo la falda pude ver sus piernas por completo y sus nalgas. Llevaba pantaletas rosas. Yo sentía los latidos del corazón en los oídos y empece a tener una erección.

En casa, Ana se sentó en un sillón, le llevé al cachorro y me senté al lado. Ahí empezó todo.

Sin decir nada, Anita dejó al cachorro en el sillón y se giró... abriendo las piernas se sentó a horcajadas sobre mí, sin dudar, posando su vagina en el cierre de mi pantalón... Mi sorpresa fue enorme, pero al mismo tiempo experimenté un placer gigantesco. La calidez de su vagina me apretó el miembro. Separados por la ropa, yo sentía su calor vaginal en el pene, terriblemente erecto, hinchado y latiendo contra los calzoncillos. Se endureció más con la presión del sexo de mi sobrina y sintiendo sus piernas abiertas a mis costados.

Se me escapó un “por... dios” y le agarré las piernas que tantos deseos tenía de tocar. Sobándolas, con deleite, eran suaves y de piel fresca, clara, las recorrí con las manos, apretándolas a lo largo. Subí y la tomé de las nalgas. Me excitaba más que mi sobrina no dijera nada, sencillamente me dejaba manosearla, los muslos, las nalgas, metí la mano bajo su blusa de la escuela, le zafé el sostén y tomé sus senos, apretándole suavemente los pezones. Ella cerró los ojos y movió las caderas. “Tío.. tío...”, me dijo.

Pensé que debía poseerla, nada más. Como loco y rojo hasta las cejas, con una mano tomé sus nalgas y la apreté más contra mí, moviéndome. Con la otra, la tomé de la nuca y me la acerqué, besándola en la boca, en sus labios rosas, sintiendo su saliva, oliendo su perfume dulce y aspirando su respiración agitada.

Bastante apresuradamente, sosteniéndola con una mano, con la otra le bajé las pantaletas por las piernas. Ella me vio hacerlo como si fuera de lo más natural, luego me aflojó el cinturón y buscó el modo de desabrocharme el pantalón y bajarme el cierre. Me gustó muchísmo cuando me bajó los calzoncillos y me miró el pene, que yo sentía terriblemente hinchado y latiendo. Las venas se me marcaban mucho y fue más cuando ella lo empuñó. Su mano suave me agarró el miembro firmemente. Viéndolo, ella jadeaba, ruborizada, y yo estaba peor.

La subí de nuevo sobre mí y con una voz que no me conocía, como exigente, pero frío, le dije como explican que hablan los perversos: “No le digas a nadie. No le digas a a nadie o esto se acabó. Si se enteran, tus papás me van a matar y no volveremos a hacerlo, ¿entiendes, mi amor?” Ella afirmó con la cabeza, cerrando los ojos, creo que anticipando la penetración: “Sí, tío, sí”.

Coloqué el miembro en la entrada de su vagina, haciéndola bajar un poco. Cuando la punta de mi erección estuvo entre los calientes labios de su sexo, la tomé de la cintura y la hice bajar más. Mi sobrina, sin abrir los ojos, ruborizada, abrió la boca cuando mi erección comenzó a abrirle los labios vaginales. “Va a entrar más”, le susurré, “dime si duele, para que pare”. Estaba decidido a eso para no lastimarla, aunque también una sensación de poder me provocaba un gusto en ver si le dolía. Me preocupaba que a mi hermana se le ocurriera tocar a la puerta, aunque pensé que no me importaba y que si me oían penetrando a mi sobrina, tampoco. Yo, que siempre había sido tan serio, a esa hora no me importaba nada. “Se lo tengo que hacer, está siendo mía”.

Mi sobrina lanzó gemidos conforme yo metía la erección en su vagina, lentamente: “ah, ah”. Mi pene estaba super hinchado, hundiendose en el calor de su vagina, apretado cálidamente y mojado por su humedad, que le corría por las piernas abiertas. Pronto, mi sobrina tuvo la mitad del pene dentro –que es su parte más ancha-, y la hice bajar más. “Ay, tío... ay, tío...”, repetía, agarrándome de los brazos, con la boca abierta y con la mirada perdida. “Qué rico, qué rico... ah, ah...” Movió la cintura.. Yo le pasaba las manos por las piernas desnudas, hasta las calcetas y los zapatos del colegio, acariciándole la espalda, enardecido de tener la erección dentro de mi sobrina, oprimido por su suave humedad y moviéndome arriba y abajo, frotándole la vagina por adentro con la erección. Le besé los senos y los succioné, pasándole la lengua por los pezones, que tenía levantados.

Ella balbuceaba algo, pero no le dejaba hablar por besarla y lamerle la punta de la lengua. Mi sobrina gemía contra mi boca conforme la erección entraba en ella. Entendí que me decía: “Sigue, tío, sigue”. Me moví más rápido. Empujaba diciéndole al oído: “Ves, ves lo que pasa... semanas mostrándome las pantaletas... ves lo que pasa...” Ella asentía. Creo que sentirse regañada así como estábamos, la excitaba.

Cuando yo pensaba que esa vez no debía poseerla mucho tiempo, no fuera a ser que la friccion la rozara y después se le notara en casa, mi sobrina se estiró, gritando y tensándose. Le tapé la boca para que no la oyeran los vecinos, y sentí en el pene los espamos de su vagina, mientras la recorría un orgasmo que la hacía temblar y mover la cintura más rápido, mordiéndome la palma y soltando pequeños gritos repetidos. Su orgasmo duró mucho. La forma en que se movió, la rapidez y su urgencia, me dio un apretón en la base del pene, sentí la eyaculación formándose y subirme por el miembro en giros hacia arriba, hasta que explotó a grandes chorros dentro de la vagina de mi sobrina, yo empujando más la eyaculación al penetrarla por completo y quedandome ahí, empujando fuertemente. Al final, mi sobrina se desplomó sobre mí, jadeando, me besó, me dijo que me quería, le respondí lo mismo y se quedó dormida un buen rato.

Yo sudaba. Como si hubiera terminado siendo otro, lo único que sentía era que mi sobrina era de mi propiedad y que yo me había vuelto la de ellade una forma muy oscura. Como si hubiera descubierto que yo no eran tan bueno como pensaba, y eso me diera lo mismo.

Cosa graciosa, creo que el cachorro en todo el rato de sexo con mi sobrina, me brincó en los pies y me parece que lo pateé mientras tenía a Ana saltando en mi pene, pues el perillo tenía ojos como de reproche.

Nunca lo supo nadie. Hice el amor con mi sobrina durante 6 años. Siempre que nos veíamos en reuniones familiares, era ser cómplices de un gran secreto, excitante, prohibido. Pasados los años Ana me dijo que quiso tener sexo desde la vez que se dio cuenta que le miraba las piernas.

Me encantaba cuando ella buscaba pretextos para salir, sin decir que iba a verme. A veces ella trataba de detener la situación y me complacía destruir sus intentos. Otras, yo intentaba zafarme, pero Ana encontraba un poder que la complacía cuando yo cancelaba mis citas desde el hotel donde hacíamos el amor, yo mintiendo a mi novia y mi sobrina al lado en la cama, desnuda. Esa novia sospechó algo, pues dos veces me preguntó celosa, si mi sobrina me gustaba o al revés. “No, qué ideas enfermas”, le dije. Sin embargo, me decía que el enfermo habría de ser otro, pues en mi fuero interno sentía que estaba enamorado de Ana.

Hace poco me mudé de ciudad. Mi sobrina Ana, que tiene 24 años, me llama por teléfono insistentemente. Quiere que lo volvamos a hacer. Me divierte no responder, pero ambos sabemos que terminaré por tomar la llamada.

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Categoría: Confesiones | Comentarios: 0 | Visto: 14558 veces

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