Soy puta(VI): La segunda prueba

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Categoría: Confesiones Comentarios: 0 Visto: 2128 veces
Ajustar texto: + - Publicado el 08/12/2009, por: Anónimo

En el anterior relato os contaba cómo fue mi experiencia con Rafa. Desde aquella vez, más de uno le había visto añadir el desguace como uno de los puntos en su deambular diario por el pueblo antes de volverse a casa. Él no me chantajeó con decírselo a nadie, simplemente agradeció el buen rato que pasó (y que pasé yo también) y volvía a su ‘lugar mágico’ para ver si se repetía la experiencia. Yo decidí acercarme por allí de vez en cuando para darle una pequeña ración de felicidad. Me decía a mí misma que era por compasión, pero también era por vicio. Él me trató bien, y sólo cogió de mí lo que le interesaba: el placer de la carne. Otros necesitan humillar para satisfacer sus más bajos instintos… incluso a mí me gustaba ser humillada, aunque fuera en lo más profundo de mi ser. Además yo tuve que dejar de verme con Luis y los demás chicos de la cabaña, pues el rumor que había extendido Pedro en su día provocó al tiempo un aluvión de mirones que se acercaban a la cabaña a comprobar la veracidad de tales afirmaciones, lo que llegó a un punto que hacía imposible continuar con aquellas orgías… y encima Luis y los chicos acabaron echándose novias.

De repente llegó uno de esos días que trazan una línea que marca un antes y un después en la vida de alguien. Después de un mes de lo de Rafa, yo había seguido citándome con Pedro en el cementerio, como siempre, para ir en su moto por el senderillo que llevaba al pequeño escondite entre los árboles del bosque, como siempre también. En una de esas citas se suponía que me iba a enseñar las fotos que me sacó follando con Rafa, pero antes estuvimos follando un rato. Yo le notaba raro, pues ese día no estaba tan imperativo y autoritario como las demás veces que nos veíamos. Estaba entre abstraído y preocupado, tanto que le dio un gatillazo. Yo le recriminé, diciéndole que ya que me tenía así al menos me hiciera gozar como las demás veces, pero él sólo me dijo "es que tengo que decirte algo". Yo no supe qué imaginarme, o más bien no quería imaginar la idea que acababa de pasar fugazmente por mi cabeza. "¿Tiene algo que ver con las fotos?" le pregunté. Movió la cabeza afirmativamente y yo me puse como un tomate, esperando la peor noticia posible, temor que se hizo realidad cuando dijo "Mi novia las ha descubierto". Se me cayó el mundo encima. No podía creer lo que mis oídos estaban oyendo. Su novia había descubierto las fotos en las que salía follando con él, con Venancio y con Rafa respectivamente. Yo ya supuse que la venganza sería mostrar a todo el mundo aquellas fotos, para desprestigiarnos tanto a él, por cabronazo, como a mí, por… puta.

Fue cuestión de días el que todo el pueblo se enterase del asunto de las fotos. La ya ex-novia de Pedro se ocupó de difundir las fotos o dárselas a alguien que las pudiera difundir lo más rápido posible. En una semana yo pasé de ser conocida como una niña alegre y simpática (con ciertas sospechas, eso sí) a ser señalada y mirada de reojo por todo el mundo a mi paso. Me convertí con todos los honores en la guarra del pueblo, con todo lo que esto conllevaba. Mis padres lo pasaron mal, como podéis imaginaros, pues a parte de la fama que cogí en todo el pueblo, tenían que defenderme de los malos comentarios del resto de la familia, que a excepción de algunos primos más liberales y condescendientes, los demás se apuntaron a la moda de repudiarme y juzgarme desde su condición de conservadores y puritanos (es decir, reprimidos y amargados). Y es que mi pueblo era (y es) muy de ‘derechonas’, y las vergüenzas cada uno se las calla por eso del ‘qué dirán’. ¿¡Qué no habrá oído el cura en el confesionario!? ¿¡Y qué no habrá oído el muñeco de la cruz en boca del propio cura!? Estoy segura de que si hubiera robado 100 millones de pesetas no habría sido expuesta a semejante juicio.

Rápidamente asumí que todo esto ya no tenía vuelta atrás, así que en seguida me desenvolví en mi nuevo papel de guarrilla. Más que como un castigo, me lo tomé como una liberación, pues ahora ya podía hacer lo que me diera la gana, que mi reputación no iba a empeorar. Si la promiscuidad me daba mala fama, pues quizá no merecía la pena preocuparse por tenerla. Además la moda de hablar de mí tampoco duró mucho, igual que casi todos los chismorreos, con lo que al final todo el mundo se acostumbró a mi nuevo ‘status’. Acabé juntándome con una cuadrilla formada por chicas de distintos pueblos de alrededor del mío, donde por supuesto todo el mundo ya se había enterado de mi ‘historia’.

En ese grupo de chicas sí encajé más, pues todas éramos bastante ‘sueltas’, y nos dedicábamos a irnos con la peor calaña de la comarca entera, calaña entre cuya gente yo pasé de mano en mano y de polla en polla. Íbamos a las discotecas y conseguíamos que nos invitaran a copas (y lo que no eran copas), a cambio de unos cuantos magreos que solían terminar con sexo en los WCs (aunque más de una vez con el colocón que llevaba terminaba siendo follada en mitad de la pista, rodeada de un montón de gente que ‘volaba’ en su propio mundo). Dejé de preocuparme por guardar las formas en mi vestimenta, y ya con 18 años y un cuerpo casi desarrollado me dejaba ver por la calle vestida como una auténtica puta. No me cortaba de provocar a hombres de cualquier edad, jóvenes y viejos, solteros y casados, y me daba igual el lugar: un bar, un estanco, la sala de espera del médico, en mitad de la calle o en la puerta de la iglesia, me daba igual. Me encantaba poner nerviosos a todos los que me habían criticado por la espalda… a ellos nerviosos y a ellas furiosas.

Los que más perdieron fueron Pedro y Venancio. Venancio porque se quedó sin follar gratis, y Pedro (sobre todo él) porque pasó de tener una novia y una putita a su merced, a quedarse sin nada. Las pocas veces que nos cruzábamos en la calle, yo le miraba y él no se atrevía a levantar la mirada del suelo. Hay que ver lo que pueden cambiar las cosas en un par de meses. Lo único que no cambió fue lo de Rafa, a quien seguí dando su ración de chochito de vez en cuando… ah! Y mi afición a la lectura jajaja!

En esos 18 años estaba yo cuando empecé a dedicarme a lo mío de una manera más profesional, consiguiendo dinerito caliente, pero tendréis que esperar a que escriba el siguiente relato para saber cómo fue. Besos!

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