Irene no cabía en sí de gusto. Pasaba unas vacaciones sensacionales, acompañada de sus amigas de toda la vida y, por si fuera poco, le pagaban. Como una de las guías oficiales del campamento Naturalia para chicas, tenía a su cargo un grupo de doce jóvenes, la mayoría compañeras de la escuela a las que ella misma había convencido de ir, con el argumento de que no había mejor forma de pasar las últimas vacaciones antes de la graduación que en una emocionante expedición al bosque, en contacto...
directo con la naturaleza y el aire libre, puro y fresco del bosque.
Pasados seis días de expedición, en los que se había divertido como nunca al lado de sus amigas, no pudo evitar comenzar a sentir nostalgia: al día siguiente su grupo se reuniría finalmente con los demás escuadrones en el centro estacionario de expediciones de la empresa, donde los autobuses con el logo de Campamentos Naturalia estarían esperando para partir de regreso a la ciudad y, con ello, poner fin a aquellas idílicas e inolvidables vacaciones.
Suspiró. "Todo tiene un fin", concluyó, y se dispuso a disfrutar al máximo su último día de aventura. Revisó la lista de actividades del día: después del desayuno, una caminata en ascenso hacia el mirador del Este, que ofrecía una vista espléndida de todo el valle; en la tarde, emprenderían la marcha hacia un punto de reunión de Naturalia, donde les ofrecerían la proyección de una película; finalmente, en la noche, celebrarían una pijamada a la luz de la fogata. Su última noche de diversión se antojaba la mejor del viaje, pensó, y se emocionó nomás de anticiparla.
Antes de partir, fue a consultar la ruta del día con la otra guía del escuadrón, una chica antipática llamada Marina. Entre ellas dos tenían a su cargo todo el grupo, y eran responsables de que ninguna de las jóvenes se extraviara, de dar primeros auxilios en caso de accidentes y de mantener la comunicación por radio con otros escuadrones, distribuidos a lo largo de todo el bosque. Irene era una de las guías más jóvenes de la empresa, lo que la hacía sentirse muy orgullosa, pero que a la vez era, con toda probabilidad, la causa de que Marina, con 24 años de edad, siempre quisiera imponerse en todas las decisiones, sin tomarla en cuenta para nada: Irene apenas acababa de cumplir la mayoría de edad.
El carácter de Marina para con ella era habitualmente pesado y autoritario, pero últimamente estaba más hosca que de costumbre. Hablaba muy poco y, cuando lo hacía, parecía ignorarla por completo, como si no estuviera allí; en vez de mirarla a los ojos cuando hablaban, se quedaba con la vista en el vacío. Y aún cuando hablaba, era más parca que nunca: frases cortas y volumen bajo. En realidad, su comportamiento era raro. A lo mejor andaba deprimida o algo así. Pero, en todo caso, no era su gran amiga y, si la cosa se trataba de una depresión, no creía que Marina compartiera nada con ella, así que decidió no preguntarle nada.
Para grandes amigas estaban Alejandra y Jazmín. Las conocía desde la más tierna infancia, eran sus compañeras de alegrías y tristezas y sus confidentes más íntimas. Estaba contentísima de que por fin hubieran aceptado venir con ella a un campamento y de haberlas podido acomodar en su escuadrón. Como guía, nunca había disfrutado una expedición tanto como ésta, y todo gracias a la presencia de sus mejores amigas. Con ellas, el trabajo no se sentía como trabajo.
Alejandra, morena en un tono claro, era de baja estatura y unos senos redondos y prominentes; sus ojos grandes y sus labios carnosos hacían contraste con el moreno definido de Jazmín y sus facciones menos agraciadas, pero compensadas por unas nalgas alargadas que le valían la atención inusitada de los hombres.
Por su parte, Irene era un primor de ojos camaleónicos, que parecían cambiar de color de acuerdo a la iluminación: a veces grises, a veces, cafés, miel o grises, con unas pestañas enormes que los acentuaban aún más. Contaminaban graciosamente su tez blanca decenas de pequeñas pecas, al par que sus labios delgados y rosas encubrían unos dientes celestiales. Sus senos no eran grandes, pero sí tenían una forma grácil, acentuada en los pezones, cuya curva se convertía repentinamente en un vientre plano que la hacía lucir, en comparación de sus amigas —más bien esbeltas—, bastante delgada.
Apuró lo más que pudo la discusión con la amargada de Marina sobre la ruta del día, e inmediatamente después de partir se juntó con Jazmín y Alejandra. Todo el camino se fueron desternillando de la risa en cotilleos a cual más triviales. Pasaron un rato encantador en el mirador, y por la tarde se encaminaron al punto de reunión, donde la empresa tenía instalada una enorme carpa blanca abierta. En su interior y al fondo, se encontraba una pantalla.
— ¡Un cine al aire libre! —exclamó emocionada Alejandra. Y todas las chicas del grupo la secundaron en su emoción.
***
Mientras el encargado del punto de reunión instalaba el proyector, el grupo de jóvenes comió en unas mesitas plegables instaladas cerca. El atardecer estaba en su apogeo y no tardaría en oscurecer.
Mientras comían, Irene se fijó en algo muy raro: el encargado, un joven delgado como de 20 o 21 años, parecía estar regañando o sermoneando a Marina. En realidad, él no aparentaba estar gritando ni estar enojado ni nada por el estilo; lo que contribuía a la impresión de un regaño era más que nada la posición de Marina, con la cabeza completamente gacha, inmóvil… ¿estaría llorando? O si no, ¿qué le pasaba entonces? ¿Sería el tipo aquel su novio? ¿Se estarían peleando, tendrían algún problema? ¿De ahí la depresión de Marina?
De pronto, el joven aquél se percató de que lo observaban. En ese momento, le dijo algo al oído a Marina al tiempo que acercaba la mano a su oreja y, repentinamente, ella levantó la cabeza, pareció desconcertada por unos instantes y continuó hablando con él, como si nada. Ninguna de las chicas se fijó en aquella escena tan extraña aparte de Irene. Por lo demás, ésta pronto la olvidó, pues Mina y Alejandra le apartaron de su distracción.
***
— Chicas, es hora de la película. Vayan a sentarse, por favor —ordenó Marina. Se portó más insistente y autoritaria que de costumbre. Dos chicas que no habían terminado de comer le dijeron que irían cuando acabaran. Les contestó, terminante: —No. La película ya va a empezar. ¡Vayan!
Irene y sus amigas se fueron a sentar. Marina se paró al frente y vigiló que estuvieran todas. Anunció que el encargado había ido por la cinta a su camioneta y que no demoraría mucho, por lo que les pidió orden y silencio.
— ¿Qué le pasa a esta loca? Se volvió una maniática de la disciplina —susurró Alejandra a sus amigas. Irene se mostró de acuerdo:
— Sí, está más insoportable que nunca. Pero se le olvida que no es la única autoridad aquí.
— Ya, mejor déjala, que haga lo que quiera, mejor no te pelees con ella por una nadería —terció Jazmín.
—Está bien. Pero de cualquier manera tengo que pararme. Voy al baño.
Marina había dejado de poner atención a las chicas y se encontraba mirando como boba hacia la incipiente noche. Ni siquiera se percató de la salida de Irene. "De verdad que está muy rara", pensó ésta, mirando a su compañera.
Se dirigió a los sanitarios instalados a unos 50 metros de la carpa para orinar. Al salir, y mientras caminaba en dirección a la carpa, avistó a Marina adentrándose en los árboles del bosque. Definitivamente, este asunto ya se está poniendo muy raro, pensó. "¿A dónde rayos irá? ¿Y qué pasó con la película? ¿Ella no la va a ver?". De pronto, recordó: el lugar por donde se estaba adentrando Marina era el camino hacia el campamento instalado para la pijamada nocturna. "Pero, ¿qué demonios tiene que hacer ella ahí en este momento?" A riesgo de perderse una parte de la película, se decidió a seguirla. Llega un punto en que ya no se puede resistir la curiosidad.
Detrás de unos arbustos, Irene observó con estupor creciente cómo Marina conectaba una serie de cables a un aparato —un generador, dedujo, al darse cuenta de que lo que instalaba era un conjunto de potentes luces—, y después colocaba también una cámara de video. "¡Qué rayos…! ¿Vamos a filmar algo", se preguntó. "¿Y por qué yo no sé nada de esto?... A lo mejor es una sorpresa… Pero aún así yo tendría que saber: yo también soy guía… ¿Por qué sólo Marina sabe de esto y yo no?".
No pudo evitar sentirse indignada: algo se preparaba en la pijamada y Marina nunca le avisó nada. Con los dientes apretados del enojo, se retiró de ahí: discutiría con ella después de la película; en este momento no quería preocupar a sus amigas, que debían estarla esperando y, según su reloj, la película ya debía de llevar, ¡caray!, ¡casi media hora de empezada!
Apretó el paso para llegar, pero a unos metros de la carpa otro hecho extraño, decididamente el más extraño de ese día, la hizo detenerse en seco: oyó claramente las voces del grupo entero de chicas decir en un coro perfecto las palabras: "Eres nuestro Amo, te obedeceremos". No, seguramente no había oído bien. Pero eso pareció… "¿Me estoy volviendo loca?"
Se acercó despacio, dudando de lo que había oído, cuando escucho una voz de hombre que decía algo. Inmediatamente, se volvió a escuchar el coro de chicas, como respuesta: "Haremos todo lo que nos ordenes".
El escalofrío que ya había comenzado a recorrerla se convirtió en un temblor que revelaba el profundo miedo que comenzó a invadirla. ¿Qué estaba pasando? Esto era de locos. No podía ser lo que se estaba imaginando, no, esto tenía que ser una especie de broma o algo así… Descubrió un agujero en la carpa por el que se podía asomar. ¡Tenía que ver qué rayos estaba ocurriendo allá adentro! Con el corazón en la boca, se asomó.
Sentadas en sus sillas, en una postura perfectamente erguida que le recordó a la posición militar de firmes, todas las chicas, invariablemente, miraban hacia el frente, concentradas de lleno en la pantalla, a un lado de la cual se encontraba el encargado del punto de reunión, cuya voz era la que acababa de oír hace unos instantes. Una voz autoritaria, imponente, pero a la vez dulce, casi acariciante, pensó Irene. "No… Pero… ¿qué diablos estoy pensando?"
— Somos tus esclavas —retumbó el coro en sus oídos. Era un coro de voces apagadas, asépticas, inconmovibles... Lo estaba viendo y no lo creía. Esto era imposible, sencillamente imposible.
Comenzó a fijarse en el sonido de la película. Era de muy buena calidad, sobre todo para tratarse de un cine improvisado, al aire libre. Vio una de las bocinas instalada en un lado de la carpa. Era una música extraña, muy lenta, pero cadenciosa, rítmica… un compás que la sumía en cada una de las notas… que la aletargaba… que la hacía querer cerrar los ojos y… "¡No!", se sacudió la cabeza. "No debo caer", se dijo a sí misma. "No puedo caer".
Moviendo un poco la lona de la carpa, avistó la imagen que transmitía la pantalla del pequeño cine. Era una especie de esfera… un círculo en el centro de la pantalla. Un círculo que no hacía más que girar y girar... y brillar… brillaba tanto… el brillo capturó su mirada, la fijó, la hizo olvidarse de lo que estaba pasando, del peligro enorme que corría…
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