Los gemidos de Martha acompañaban al traqueteo de la mesa. Totalmente desnuda, ella abría las piernas a un cobrador. El otro esperaba su turno en la misma cocina. Martha no reunía lo del alquiler.
Su humillación había empezado en la puerta de su casa, done Martha en delantal hablaba con dos cobradores.
-No es posible –respondió ella-, ¿debo pagar en vez de 800...?
-... 1,600 –confirmó uno de ellos.
-¿Tanto?
-Debe pagarlos ahora –el otro le...
tendió un recibo, que ella tomó.
-No tengo esa cantidad –Martha se demudó al leerlo-... es mucho...
-Traemos orden de lanzamiento si no paga en este momento.
-Me están elevando el cobro hoy –Martha se angustió, asombrada-, sin avisar...
-Vendrán los encargados de lanzarla, señora –el tipo sacó un móvil-, usted decide.
-No... esperen, yo –respondió pálida, viendo el recibo-... tendría que hacer... unas llamadas...
-Hágalas en su casa. Como no podemos irnos sin el alquiler, esperaremos.
Martha entró al departamento con los dos cobradores. Por delante, el delantal le llegaba a las rodillas. Por detrás, los cobradores vieron que el vestido le llegaba poco debajo de los torneados muslos. Intercambiaron un codazo.
En la mesa de la cocina Martha hizo ocho llamadas, presionada por los sujetos a sus costados y avergonzada de pedir frente a ellos. Al cabo de un rato, colgó. Con los codos en la mesa, se tapó la cara con ambas manos.
-Nadie puede ayudarme –suspiró-, todas mis amistades andan cortas.
-¿Y con su patrón?
Martha negó con la cabeza. Ambos se le aceraron, jalando las sillas.
-¿Su esposo? –preguntó el otro.
-Mi marido no contesta, debe estar en el taller.
-¿Volverá pronto? –quiso saber su acompañante.
-No... sale muy tarde...
-Es una pena, señora, llamaremos a los del desahucio.
-Esperen, por favor... mi esposo llegará...
-Debe pagar el alquiler ya. Él la verá cuando tengan sus muebles afuera.
Los cobradores le miraron las piernas debajo de la mesa. Con la cara en las manos, Martha no se dio cuenta.
-Es un cobro muy sorpresivo –replicó ella-... ¡denme unos días...!
-No se puede, señora.
-No le sería bueno dejar este depa. No tiene para depósito y alquiler en otro.
-¡Lo sé, por eso estoy tan preocupada...!
-Es un barrio peligroso... con sus muebles y usted afuera...
-No me digan eso...
-¿Viste a la otra tipa que lanzamos? –preguntó uno a su compañero- En cuanto la echamos a la calle, los malvivientes se le fueron encima.
-Basta, por favor...
-La forzaron aquí afuera, señora, en pleno día, así le irá a usted.
-¡Bueno...! –suspiró el otro- ¡No le dejaron agujero sin darle!
-¡Basta, basta...! ¡Por qué me dicen eso!
-Es para qué sepa los riesgos.
-Lo que no sé, es cómo arreglar esto...
-Siempre hay formas, señora –respondió, pasándole un brazo por el talle.
Al sentir el abrazo, Martha se preocupó, sin descubrirse la cara.
-Oh, no...
-Hay formas de darle unos días, señora.
Martha fue a tomar el teléfono, pero la detuvieron.
-Se te acabó la oportunidad –se bajó el cierre-, si quieres más días...
-Danos una mamada –el otro le agarró una pierna- y ya veremos.
-¡Ohh...!
-Un minuto a cada uno –el otro también se abrió el cierre.
-Eso colega, que chupe y cambie, hasta que se tome las venidas.
Sin responder, Martha se inclinó en el miembro del tipo a su izquierda, para darles lo que le pedían.
-¡Muy bien! –festejó el cobrador- ¡Así, rápida y sin quejarse!
En tanto el otro contaba el minuto en su reloj, el cabello de Martha aparecía y desaparecía en el borde de la mesa, succionando a su colega.
-Ah... mamas bien... ah... lo haces duro...
-¡... sesenta! ¡Es mi turno!
-¡Mh...! -Martha se levantó y se agachó en el miembro del otro cobrador.
-¡Eso cabrona, cómetela bien, así!
Turnándose, Martha estuvo cambiando de lugar, succionando el miembro de los cobradores, con vestido y mandil remangados. Sobándole las piernas expuestas, uno contaba el minuto mientras ella sorbía a su colega. Pasados quince minutos, los jadeos del que Martha acariciaba bucalmente se hicieron más rápidos.
-Tómatelos, tómatelos puta... ¡aah, aah...!
Martha recibió la copiosa eyaculación en la boca, apretando con los labios. Cuando hizo terminar al cobrador, ella se limpió la boca apresurada por el otro y bajó a su bragueta. El cabello se le removía al masajear el miembro con succiones fuertes. Gimiendo, también se bebió la eyaculación, por orden de ese cobrador.
Martha se recargó en la silla, jadeando. Los cobradores le comentaban lo buena que había sido con la boca.
-Váyanse –pidió Martha-... váyanse...
Uno de ellos súbitamente le metió una mano entre los muslos.
-¡No...! -Martha lo tomó de la muñeca haciéndose atrás. La silla chirrió.
-¿Pensaste que nos iríamos así nada más?
-Qué ingenua –el otro le desató el delantal.
-¡No, n-no... hice lo que me dijeron...!
-Te diremos más -el cobrador tiró platos y cubiertos al piso con gran ruido-. Quítate la ropa.
-¡No me hagan eso, por favor...!
-Encuérate o no hay más días, ahora te sacamos.
Martha se levantó y se quitó el vestido por arriba, descubriendo su bien formado cuerpo. Obedeciendo las indicaciones, se despojó de las pantaletas y sus senos saltaron al liberarlos del sostén. Los cobradores silbaron. Con los zapatos de tacón puestos, se acostó en la mesa y separó las piernas. Su ropa quedó hecha un montón en el suelo.
-Yo primero -el cobrador empujó entre los muslos de Martha.
-Ah –Martha puso cara de dolor por la entrada de la erección-... ah...
-¡Voy yo, abre esas piernotas! –indicó el otro después de un rato.
Las arremetidas en Martha hacían rechinar la mesa. Ella simplemente se tomaba de las orillas del mueble con las piernas abiertas, recibiendo el miembro en la vagina. Pasados unos turnos, ella dejó de protestar. Su cara cambió y una sonrisa aleteó en su cara, con los ojos fuertemente cerrados.
-Mira, le cachondea
-Ya le gustó la verga.
-Oh... –Martha movió las caderas.
Cambiaron otra vez sobre ella cuando el timbre de la puerta sonó. La mesa rechinaba.
-¡Riing!
-¿Quién es? -le preguntó el que la penetraba, sin detenerse.
-¡... n-no sé...! –balbuceó ella, debilitada-... uh, uh...
-¿Qué quién es?
-¡RIING, RIING!
-Es... ¡debe ser un vecino...!
-Le contestaré.
-¡No, no...! –Martha movió las caderas, reteniendo al cobrador- ¡Dejen que se se vaya...!
-¿Dónde está tu esposo?
-¡RIING, RIING!
-¡Le digo que en el taller... mmh! ¡Sigan... terminen... mmh...!
-¿No quieres que le diga?
-¡RIING, RIING!
-No –pidió escapándosele gemidos-... aah... es chismoso.. si no oye a mi marido... ahh...
-¡RIING, RIING!
-¡... le dirá a los otros vecinos...! –la mesa traqueteó más fuerte- ¡Se van a enterar de lo que estoy haciendo... aah...!
-Mientes, lo que pasa es que no quieres que te la saque. ¡Es eso, dilo!
-¡No me la saques...! –susurró- ¡No me la saques, sigue, sigue...!
-Se lo diré.
Debajo del tipo, Martha lo tomaba de los brazos. Sus senos brincaban con las arremetidas.
-¡No le digas, no le digas... cójeme... no pares...!
-De acuerdo –susurró él, pero volteó a la puerta y gritó-. ¡Somos los cobradores! ¡TENEMOS A MARTHA ABRIENDO LAS PIERNAS!
Al oír eso, las mejillas de Martha se encendieron bruscamente. Sacudida por la penetración, apoyó una mejilla en la mesa y sus labios temblaron en una sonrisa retorcida, agarrándose más fuerte de la orilla del mueble para que el miembro entrara más fuerte en su sexo.
-Tu vecino está oyendo cómo te entra la verga.
-¡... aah, aah...! –la sonrisilla aleteaba en sus labios, gratificada.
-¡La señora nos paga el alquiler en la cama! -el cobrador miró a la puerta penetrándola más rápido! ¡Está puteando!
-¡Ohh...! –Martha le encajó las uñas en los brazos.
-Mírala, se cachondea.
-¡Ahh, ahh...! -los pechos de Martha se bamboleaban.
-Va a contarle a tus vecinos.
-¡Ohh, ohh...! –Martha frunció las cejas, sonriendo.
-Le calienta que sepan que la cojemos.
-Mejor, dile qué le tenemos preparado.
El cobrador dijo algo al oído de Martha. La cara de Martha cambió a una de alarma, sofocada por el miembro en su vagina, desencajándose.
-¡... n-no! ¡Eso no...!
-¡Haz la llamada! –redobló las arremetidas- ¡Quiero oírla, con mi verga en su coño!
-No, no...
-Preárate -el otro cobrador sacó el móvil.
-¡Noo! ¡No lo llamen... no!
Mientras el tipo marcaba, Martha suplicaba debajo del otro sujeto, que la penetraba con fuerza.
-... cuelguen, cuelguen... ah... por favor... se los pido... ah, aah...
-Está llamando.
El cobrador encima de ella la penetraba alzándole las piernas por los tobillos. Sus zapatos negros de tacón apuntaban al techo. Sudando y con la mirada perdida, la señora Gómez jadeaba. El teléfono insistía.
-... no me hagan hablar con él... se va a dar cuenta... ¡... aah, aah...!
Acercó la bocina a la oreja de la señora, que abrió la boca, desencajada.
-... ahh, no, no... va a notar cómo estoy... ¡ahh, ahh!
-Va a contestar –puso el altavoz.
-... no, noo... -viendo a su abusador, la señora movió la cabeza suplicante, pidiéndole que parara.
“¿Diga?”
Al escuchar la voz de su esposo, Martha puso los ojos en blanco y sacó un poco la lengua. Sus pezones se levantaron. Soltó unas palabras interrumpidas con el miembro entrando y saliendo de su vagina.
“¿Quién habla?”, preguntó su esposo.
-... querido, soy... ¡soy yo...!
“¿Dónde estás?, no es tu número”.
La señora apartó la cabeza tomando aire, movida por la penetración, pero el sujeto la volvió al teléfono. El del teléfono la penetró le pasó la ereción por la cara, haciéndola soltar un gemido apagado.
“¿Qué te pasa?”, se intrigó su marido.
-¡Nada, querido...! –la señora lamió el miembro- ¡Nada...!
El cobrador acrecentó los empujones, haciéndole saltar los senos. Martha seguía lamiendo la erección del otro.
-¡... unas vecinas... vinieron...! ¡Están aquí... es su teléfono...!
“Te oyes rara, ¿qué te pasa?”
El tipo sostenía el teléfono en la cara de la penetrada señora, que dio una mamada al miembro.
-¡Mh... nada, querido...! ¡También... también vendrán los cobradores...!
“Dales lo que te dejé”
-¡Mh... sí, querido... les daré todo...! ¡Hasta lo último...!
“¿Son muy cargantes tus visitas?”
El miembro entraba y salía de su vagina. Tomándola de las pantorrillas, le alzó las piernas ocultándole la cara ruborizada.
-¡No me sueltan para nada, querido...!
“Tengo otra llamada, no cuelgues”.
Cuando él cambió de línea, la señora lanzó fuertes gemidos destemplados. El cobrador le dio penetraciones más duras para castigarla y su colega la hizo chupar nuevamente la erección.
-¡Mff... se los ruego... mff...!
Su esposo volvió. “Me están diciendo que debemos reparar un camión, voy a llegar tarde”.
-Mh.. sí...
“Llegando te daré una sorpresa, hace mucho que no lo hacemos”.
-¡Sí querido! –Martha vio al cobrador que la montaba- ¡Cójeme... cójeme...!
“Así me gusta, diviértete”.
El colgó y el cobrador aceleró los empujones anunciando la eyaculación. Martha se agarró de la mesa con la mirada extraviada. Sin poderlo contener, sacó el aire que retenía, acompañado de un orgasmo que le estiró la cara en una mueca. Gritando sacudió las caderas, maldiciendo con ansiedad.
-¡Ahh, ahh! ¡Son unos desgraciados! ¡Ahh...! ¡Canallas...! ¡Ahh, ahh...!
-Voy yo... ¡mmh...!
-¡Ahh, ahh! –sacudida por las arremetidas del otro, el semen brotó en los labios de Martha, escurriendo por sus mejillas.
Martha quedó en la mesa casi desmayada. Los cobradores se quitaron la ropa, dejando más montones sobre el piso.
-Muy bien, ahora... -le acercó el teléfono la bocina a una oreja, llamando.
-No... ése es mi móvil...
-Hablarás al restaurante donde trabajas.
-¡No!
-Excelente, colega, oigamos cómo responde.
–¡Ahh! -se colocaron encima y debajo de ella, penetrándola el mismo tiempo- ¡Se los ruego! ¡Otra vez no, no!
Encima de uno, que la agarraba de las caderas y la penetraba, el otro metía a empujones el miembro en el ano de Martha. Ella gemía sin saber qué penetración la hacía sufrir más, balbuciendo palabras entrecortadas.
Respondió su patrón. “Qué tal Martha, ¿cómo estás?”
Martha alzó la cara penetrada atrás y adelante, gritando y gimiendo sin control.
Esta marta ya sueño con ella me querra iniciar al sexo. preguntome yo
Debes ser un usuario registrado para poder comentar y votar
Registrate Aquí





© RelatosEroticos.com 2010 Relatos Eroticos no tiene vinculación alguna con los links exteriores , y se exime de toda responsabilidad respecto a sus contenidos. Web para uso exclusivo de adultos. Todos los relatos de RelatosEroticos.com son enviados por los navegantes y usuarios de la web.