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Calentura a tres

Enviado por Amber el 5/4/2011

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Calentura a tres Publicado el 05/04/2011, por: Amber

Hacía dos semanas que se repetía que debía hacer algo, hablar con alguien o convencerse de que se estaba volviendo loca. Hacía dos semanas que sentía hervir su cuerpo cada vez que lo miraba, o cuando por la noche pensaba en él. Si rozaba un poco su clítoris por encima de los vaqueros comenzaba a jadear, pensando que era su mano la que lo acariciaba.
Pero por mucho que se tocaba, algo no iba bien, pues la calentura seguía imparable su avance, y comenzaba a desesperar.
Repasó...

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mentalmente todo cuanto hacía, tratando de descubrir qué era lo que hacía mal.
Normalmente esperaba para tocarse cuando estaba en la cama, aunque se pasaba la mayor parte del día soñando con aquel instante.
Primero trataba de imaginarle a él, su cuerpo fuerte, sus ojos oscuros y profundos, fríos y crueles como la peor de las muertes.
Poco después empezaba a dejarse llevar, sabiendo que sólo así aguantaría un día más.
Se bajaba un poquito las braguitas, lo justo para tener libertad de acción. Aunque había pensado en comprarse un vibrador, aún no quería darse por vencida. Algo en su interior le decía que no estaba bien, que no era correcto…
¿Correcto? El placer absoluto sí que era correcto. Jugueteaba primero con el vello de su pubis, mientras con la lengua se lamía insistente los labios. Había descubierto que cuando se masturbaba tenía que mojarse los labios y juguetear con la lengua, como si fuese un instinto primitivo. Fuese como fuese, eso le daba más placer.
Cuando empezaba a sentir que su calor aumentaba, cuando la columna vertebral era sacudida por un estremecimiento eléctrico, comenzaba a jugar con el clítoris con los dedos, arriba y abajo, arriba y abajo, frotando mientras susurraba de placer.
Pero cuando llegaba al clímax se daba cuenta de que no era suficiente. El calor volvía irremediablemente, y aunque trataba de dormirse, se pasaba las noches dando vueltas en la cama, buscándose de nuevo con las manos y temblando mientras se corría.
Por la mañana, sin embargo, se notaba igual de húmeda, con el corazón palpitando con fuerza y el cuerpo gritándole que necesitaba más sexo. Necesitaba que él la follase hasta reventarla, porque sabía que aquel calor no pararía de otra manera.
Se metía corriendo en la ducha, porque sabía que tenía poco tiempo hasta tener que marcharse a trabajar, pero antes de salir aprovechaba para correrse de nuevo. Se sentaba en la bañera y dejaba que ésta se llenase con un poco de agua, lo justo hasta sumergir sus caderas y su vello. Cuando se aseguraba de que la bañera reunía las condiciones idóneas, cuando comenzaba a sentir el deseo saliendo de su propio clítoris y sintiendo que le sacudía todo el cuerpo, comenzaba a acariciar el telefonillo de la bañera mientras se mojaba los labios con la lengua.
Lo notaba duro al tacto, y usando la imaginación soñaba que era su miembro, y que pronto lo usaría como lanza para penetrarla. Sus pechos se erguían y despertaban como por arte de magia, y sus pezones inhiestos comenzaban a dolerle.
El agua corría despacio al principio sobre su piel desnuda, pero poco a poco ganaba en intensidad. Por suerte tenía uno de aquellos telefonillos que permitían regular el flujo del agua, y Sara se aseguraba de dejar que su intensidad quedase bien definida por un grueso goteo, que introducía como en un baile en su miembro, moviendo las caderas adelante y atrás, adelante y atrás, mientras su lengua rozaba sus labios y su mano libre rozaba sus pechos y pellizcaba sus pezones.
Cuando después de susurrar de placer venía el éxtasis y se corría, salía presurosa de la ducha y se iba a trabajar, pero la calma que le cedía el acaloramiento duraba poco. Durante el día debía excusarse un par de veces y marcharse al lavabo, donde de nuevo sus dedos le procuraban un escaso placer.
Y por la tarde, cuando quedaba con sus amigos, de nuevo se sentía morir, acuciada por el calor, cuando pensaba que de nuevo lo volvería a ver.
Necesitaba que la follasen hasta hacerla llorar, hasta que el cansancio la derribase, porque quizá entonces lograse acabar con su acaloramiento.
Lo había conocido un año atrás, cuando se había mudado a su bloque de pisos y, casualmente, su amiga Victoria, que también se había fijado en él, le había invitado a unirse al grupo.
Desde entonces iba cada tarde al mismo bar donde desde adolescentes se reunía la cuadrilla de Sara, compuesta por ocho amigos, cinco chicas y tres chicos. Sara trataba de no acudir a la cita, pensando que así la calentura bajaría sola, pero finalmente Victoria siempre acababa por convencerla para que fuera.
Aquella tarde, Sara no se dio cuenta de que Victoria la había seguido al cuarto de baño hasta que ya fue tarde. Sara pretendía masturbarse para calmar los nervios, pero al notar la presencia de Victoria se frenó en seco.

- ¿Qué es lo que te pasa? – preguntó su amiga, mirándola con preocupación.
- Me siento muy receptiva – indicó Sara, mirando a Victoria con anhelo -. Necesito que Ricardo se fije en mí y me folle.
- ¡Ya estamos como siempre! – protestó Victoria -. ¿Es que no te puedes masturbar a ti misma? El tío no parece estar por la labor.
- ¡Y lo hago! Pero no parece suficiente.
- Quizá no lo hagas bien… ¿Quieres que te ayude?

Victoria lanzó a Sara una significativa mirada, y aunque sintió repulsión al principio, creyó que un nuevo tipo de relación, aunque fuera lésbica, quizá la ayudase con su problema.
Asintiendo con la cabeza se metió en uno de los compartimentos del lavabo y dejó que Victoria llevara la iniciativa. Apoyó las manos en las paredes del lavabo y cerró los ojos, preparándose para la sesión.
Victoria le bajó los pantalones con brusquedad, y Sara empezó a sentir aquel relámpago electrizante en la espalda. Gimió imaginando lo que vendría a continuación, pero Victoria quería jugar y ponerla aún más caliente, si cabe, de lo que ya lo estaba.
Arrodillándose a su lado, comenzó a rozarle con la lengua las caderas, jugueteando con los dientes con la tira del tanga y consiguiendo que Sara gimiera aún más.
Poco a poco bajó la ropa interior, y comenzó a lamerle el clítoris mientras le introducía dos dedos. El susurro que gimió Sara fue más fuerte si cabe, y Victoria sonrió al saber que iba por el buen camino.
Sara movió instintivamente las caderas, sensualmente hacia delante y atrás, como hacía cuando se masturbaba ella misma, pero Victoria la reprendió con un pequeño mordisco en sus partes íntimas. Sara gimió, pero se aseguró de quedarse muy quieta.
Victoria jugueteaba con la mano sobre los pechos de su amiga, acariciándola, mientras con la otra mano seguía empujando sobre su clítoris, adelante y atrás, arriba y abajo, adelante y atrás, arriba y abajo.
Sintió que sus dedos se mojaban, y obligó a Sara a lamerlos mientras continuaba con el trajeteo. La mujer se había corrido en su lengua y sus manos, pero parecía dispuesta a seguir con el juego.
Victoria empezó a comprender que ayudarle a masturbarse no sería suficiente. Sara se había corrido dos veces, pero su cuerpo aún vibraba.

- ¡Chica, realmente tienes un problema!
- Lo siento – susurró Sara, subiéndose la ropa y mirando a Victoria con preocupación -. Al menos lo has intentado.
- Pero tú sigues igual, y como tu amiga no puedo permitirlo. Quizá debamos recurrir a otras tácticas.
- ¿Como cuáles?
- Podríamos llamar a Sergio. Tiene fama de buen amante, y se folla a cualquier cosa que tenga coño – indicó Victoria, mesándose la barbilla.
- ¿Estás segura?
- Espera aquí, en el lavabo. No es muy acogedor, pero servirá. Me aseguraré de montar guardia fuera para que no os molesten, así tendréis más espacio.

Sara asintió con la cabeza, esperanzada. Quizá una sesión de buen sexo bastase para que el dolor que arrastraba desde hacía varias semanas terminase, y eso valía su peso en oro.
Respiró para tratar de relajarse, asegurándose de que su cuerpo estaría preparado para un nuevo asalto.
Antes de cerrar la puerta a su espalda, Sergio le dijo algo a Victoria que Sara no pudo oír. Luego, lentamente, la miró con ardiente lascivia mientras le sonreía y le guiñaba un ojo.

- Victoria me ha explicado algo sobre un pequeño problemilla que tienes – susurró Sergio, acercándose a su lado y acariciándole el cuello con la punta de la lengua -. Quizá el doctor Sergio pueda ayudarte en esto.

Sara asintió sin demasiada confianza, pero se dijo que, ya que había ido para ayudarla, debía dejarse hacer.
La chica se sacó la chaqueta y la puso en el suelo para poder estirarse. Aunque había recuperado el tanga, los tejanos aún estaban sobre un lavabo, apartados hasta que saciara su hambre.
Sergio no se estuvo con miramientos y le arrancó el tanga. Victoria debía de haberle puesto al corriente, pues Sara se extrañó de que no fuera directo a su clítoris. Por algún motivo ambos se afanaban en querer aumentar su acaloramiento jugando con ella, cuando lo que realmente necesitaba era que le metieran algo tan grande y duro que se le quitaran las ganas para siempre.
Sergio acarició su torso, recorriendo sus pechos con los labios, mordisqueándola y haciéndola gemir de placer. Poco a poco fue bajando hasta besarla en los labios internos del clítoris, con lo que Sara sintió una sacudida eléctrica por toda la espalda. Se arqueó su espalda y Sergio la obligó a tumbarse.
Pronto empezó a sentir Sara que Sergio avanzaba con su miembro, forzando con su polla adelante y atrás, adelante y atrás. Sara gimió al sentirse penetrada, y buscó su cuerpo con las manos. Sin embargo Sergio la aprisionó de las muñecas, sin dejarla actuar. Quería que se mostrase sumisa y cálida, no protagonista de su propio placer.
Sara sentía su polla cada vez más adentro, y gemía de dolor y placer mientras Sergio la follaba. Continuaba besando sus pechos y mordiendo sus pezones, mientras él mismo comenzaba a gemir también.
Cuando Sergio se le corrió dentro, Sara creyó que su cuerpo entero se derretía, pero Sergio no había conseguido que tuviese un orgasmo.
Descubriéndolo demasiado tarde, sonrió a la mujer para disculparse y, solícito, comenzó a lamer su coño, introduciendo su lengua todo lo dentro que podía, ayudándose de los dedos tal y como había hecho Victoria un rato antes. Cuando Sergio se aseguró de que se había corrido en su boca, la sonrió mientras volvía a meterle la lengua una última vez.

- Si hubiese sabido que eras una ninfo me habría acostado contigo mucho antes.
- Gracias por la ayuda – indicó Sara, sintiendo que se sonrojaba por el placer que el hombre le había dado -. Pero…
- ¿Aún quieres más? – acusó Sergio, incrédulo.
- Hace una semana que estoy cachonda y no he podido bajarme la lívido. ¿Crees que es fácil pensar todos los minutos del día en sexo?
- Cariño, eso es lo que hacemos los tíos desde que el mundo existe y aún nadie ha muerto.
- Necesito… más – gimió Sara, consciente de que aquella sesión, aunque gratificante, no había servido a sus propósitos.
- ¿Sabes a quién me recuerdas? ¡A Ricardo!

Sara palideció al oír su nombre, y Sergio la miró con cara de complicidad.

- Ese tío es una máquina de follar. Le he visto en acción, créeme.
- ¿Es gay?
- No, qué va, le gusta un coño más que un lápiz a un tonto, pero no tiene fin. Haríais una buena pareja. Le diré a Victoria que le llame.
- No, espera…
Demasiado tarde. Con un rápido gesto Sergio pidió que llamara a Ricardo, mientras él, todavía desnudo, dejaba que su pene luciera al aire con lascivia. ¿Por qué no se vestía todavía?
Cuando Ricardo entró en el lavabo, Sara se sonrojó de manera visible, soñando con su posible contacto, con el tamaño que tendría su polla una vez que entrara en acción
Ricardo pareció estudiar la escena con atención, mientras Sergio le decía sin tapujos qué era lo que pasaba. Sara todavía estaba tumbada, sin tanga, en el suelo del lavabo, mientras Ricardo escuchaba las indicaciones de Sergio y estudiaba el cuerpo de Sara con aprobación.
Al sentir su cálida mirada, sintió que el deseo volvía de nuevo. ¿Aceptaría Ricardo? ¿La follaría como siempre había imaginado?

- Ponte de rodillas – ordenó Ricardo con firmeza, mirándola con severidad -. Sergio, ve por detrás.
- Vale, tío, tu mandas.
- ¿Tienes hambre, puta?

Sara abrió mucho los ojos cuando le oyó insultarla, pero su lívido aumentó cuando Ricardo cogió su polla y se la mostró sonriendo. Una mamada. Quería que le hiciera una mamada.
Sara, que nunca había hecho una pero que soñaba con hacerlo, especialmente a Ricardo, no lo dudó un momento.
Primero le cogió el pene con la mano para medir su tamaño, y se alarmó cuando empezó a verlo crecer bajo su contacto. Lasciva, lamió su punta mientras le sorprendía un sabor salado. Así que era así como sabía una polla. A sal…
Gimió de placer y comenzó a lamerle la polla con satisfacción, mientras Ricardo echaba atrás la cabeza y también gemía. Sara se sintió gratificada cuando Ricardo gimió. ¡Ella le había hecho gemir de placer!
Cuando supo que el miembro ya no iba a crecer más, comenzó a pensar en las películas que había visto, y comenzó a introducirse la polla entre los labios, gimiendo de placer al sentir que Ricardo se estremecía. Con los labios fue recorriéndola arriba y abajo, mientras su lengua jugueteaba distraída con la punta. Cuando Ricardo se corrió en su boca, Sara se lamió los labios y se lo comió. Tenía un gusto peculiar, pero no era malo.
Ricardo la miró con desconfianza, reacio a guardar su arma.

- Aún no pareces saciada.
- Creo que no lo estoy.
- Ummm… quizá tenga otra idea.

Ricardo se dejó caer en el suelo, con las rodillas levantadas y las piernas separadas. Sara sintió que la lívido estallaba de nuevo en su interior, y se preparó para follarlo.
Con un significativo gesto de la cabeza, Ricardo le hizo una señal a Sergio, quien sonrió con ardor.
Sara, ignorándolos, se sentó sobre Ricardo, tratando de alcanzar el éxtasis.

- Pon el culo hacia arriba.

Sergio, cogiéndola de la cabeza con una mano, le indicó que pusiese el culo enhiesto mientras él le daba por detrás. Sara se escurría hacia delante sobre la polla de Ricardo, gimiendo de placer y haciéndolo gemir a él también, mientras Sergio, a su espalda, introducía su dura polla por su culo, gimiendo también él con su contacto.
Sara sentía el calor de la polla de Ricardo en su clítoris, y gemía y se relamía los labios mientras el hombre la miraba con pasión. También sentía su trasero estallando bajo el contacto de Sergio, y se preguntó si también era multiorgásmica, puesto que sentir a los dos a la vez la llenaba de un placer que jamás hubiese creído experimentar.
Lamía con los labios el torso de Ricardo mientras seguía empujando hacia delante, y su trasero palpitaba mientras Sergio seguía penetrándola.

- Ahhhh
- Ummm
- Sigue, con fuerza, sigue…
Una sola sensación cubría su piel desnuda, mojada por el sudor. Con la mano se acariciaba el vello del clítoris, abriéndose más para que la polla de Ricardo entrase cada vez más adentro, mientras a su espalda Sergio la seguía penetrando por el culo.
Cuando los tres acabaron, se tumbaron sobre el suelo, respirando con dificultad.

- ¿Mejor? – preguntó la voz de Sergio mientras sus manos acariciaban sus pechos.
- Ummmm…. – gimió Sara, arqueándose. Aunque la lívido no había desaparecido, se había quedado bastante satisfecha -. Ahhh…

Ricardo le acarició el muslo por la parte interior, y Sara se arqueó de nuevo.

- Creo que deberíamos repetirlo.

Sara, sonriendo con lascivia, dejó que los dos hombres descansaran lo suficiente para que pudiesen ir a un motel. Una cama sería mucho más cómoda que la pared del lavabo de un bar. Mientras se arreglaban para irse, dejó escapar un cálido gemido mientras esperaba en la noche que les aguardaba.

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