El Jardin de los Suenos

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El Jardin de los Suenos

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Ajustar texto: + - Publicado el 28/03/2009, por: Anónimo

No hace mucho una persona maravillosa y a la que quiero de corazón, me recomendó la lectura de un libro de Norman Mailer, Noches de la Antigüedad, fantástico libro. Aunque mi relato no tiene ninguna relación directa sí me inspiré en él en cierta manera. Con todo mi cariño quiero dedicarle a esa persona este relato que he escrito pensando en ella. Para la mejor escritora. Que sepas que te echo muchísimo de menos.

Unas aclaraciones:

Este relato está estructurado en dos períodos de tiempo separados por veinte años. Lo que sucedió en uno afecta al otro hasta cerrar el círculo. El relato está escrito en primera persona y cada capítulo está nombrado con el personaje que está narrando. El principal narrador, el que lleva las riendas y conoce la totalidad de cuanto sucede es una Diosa, la Gran Diosa Isis, que maneja los hilos de los distintos personajes, simples mortales… así como sus vidas.

La ubicación espacio-temporal de cuanto acontece es indefinida. Tanto da si uno quiere imaginárselo en un pasado remoto como en un futuro lejano. Para crear mi Reino de ficción me he inspirado en diferentes escritos relacionados con el antiguo Egipto, entre ellos el libro de Mailer, y en ideas extraídas de relatos inspirados en el protohistórico matriarcado.

Finalmente agradecer de corazón a aquellos que lleguen al final. Es largo, muy largo. Consta de dos capítulos. Entenderé a los que abandonen por lo que si alguien llega a la palabra FIN que sepa que tiene unas birras pagadas en el bar de mi corazón… y a los que abandonen, pues nada, no hay birras, pero sí mi agradecimiento por haberlo intentado. Gracias a todos por vuestro tiempo y vuestra comprensión.

EL JARDIN DE LOS SUEÑOS I

1.KAMEN.

Me desperté agitado. El cuerpo cubierto de sudor. Había tenido una pesadilla. Iba a gritar el nombre de Simut, mi esclavo, cuando escuché sus sigilosos pasos por la habitación aún en penumbra. Últimamente tenía a menudo la misma pesadilla. Suspiré aliviado al ver la grisácea luz del día recién levantado penetrar por entre los pliegues de las cortinas de mi ventana que Simut se aprestó a abrir.

Mientras veía a Simut moverse de aquí para allá en silencio, deslicé mi mano hacia el temblor que comenzaba a nacer entre mis piernas y me acaricié durante un rato. Mi pene se endureció al instante.

—Simut, alíviame – le ordené secamente.

Simut dejó la jofaina con agua tibia sobre uno de los muebles y se arrodilló al lado de la cama. Mi pene apuntaba enhiesto hacia el techo y Simut lo coronó con delicadeza entre sus labios.

Era lo mejor de despertarme. Aliviar mi vejiga en la boca de Simut. Unos años antes además de la orina en su boca vertía a continuación mi espesa semilla pero ahora mi novia se molestaba si iba regalando mi simiente, Tajura quería controlar hasta la última gota de mi semen.

Me ladeé un poco para evitar los efectos de la gravedad y tras las primeras caricias bucales liberé mis esfínteres provocando un pequeño colapso en la garganta de mi esclavo que debía acompasar los movimientos de los músculos de sus tragaderas con la cantidad de orina que recibía de los chorros a presión que brotaban de mi pene. Siempre me ha divertido ver cómo se atragantan los esclavos cuando les meamos en la boca.

Cuando me hube vaciado me incorporé y saqué las piernas fuera de la cama, apoyando los pies descalzos en el suelo. Rebusqué en la cajita de palo rosa en la que guardaba las hojas de cadmia y le di una a Simut que la masticó con avidez.

Permití que Simut extrajera todas las propiedades regeneradoras de la cadmia, que conjugaban la estimulación física con la regeneración corporal. En las orgiásticas fiestas a las que solía asistir los nobles consumíamos la cadmia combinada con vino, cerveza u otros licores de mayor graduación, lo que la convertía en un poderoso alucinógeno y afrodisíaco. Evidentemente a Simut no le daba vino cuando le dejaba degustar un poco de nuestra deliciosa droga.

Lo contemplé masticando la droga de los nobles que le daba cada vez que se tenía que tragar mi orina y vi su cara más relajada. Imagino que beberse la orina de otro debe ser un mal trago. La cadmia le aliviaba las nauseas que le causaba la ingesta de orina, fortalecía su estómago y a la vez lo estimulaba para evitar que se deprimiese.

Muchos esclavos se deprimían al ser maltratados y humillados y eso redundaba en un bajo rendimiento que solía reportarles más malos tratos y más humillaciones, en un círculo vicioso que en ocasiones terminaba con el suicidio del esclavo. Yo no hacía beber mi orina a Simut como parte de ningún castigo, era algo muy habitual entre los nobles pero era consciente de que el esclavo que se usaba de letrina se sentía sucio y humillado y por eso le daba a Simut un poco de nuestra droga regenerativa y estimulante, para evitar que cayera en la depresión.

Pensé en la suerte que tenía Simut de tenerme a mí por amo. Cierto que usaba su boca como letrina para mis aguas residuales pero después lo recompensaba con un comprimido de cadmia. Otros amos eran menos complacientes con sus esclavos.

—Gracias mi señor – musitó e inclinándose hasta el suelo me besó los pies.

Simut permaneció de rodillas y con la cabeza gacha hasta que le di orden de lavarme. Me calzó las sandalias y me siguió hasta las termas que se encontraban al final del pasillo que ocupaban mis habitaciones. Dos esclavas que debía hacer horas que estaban levantadas fregaban los suelos de rodillas. Al pasar por su lado ni las miré pero ellas postraron sus cabezas contra el frío suelo.

El baño matinal era uno de los momentos más reparadores que existía. Me introduje en la artesa y me senté en uno de los asientos de piedra. Me dejé frotar por la mano experta de Simut que armada con una suave esponja natural la deslizó por todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies. Después me vertió agua con un cazo dejándola resbalar por mi cabeza y deslizarse por mi cuerpo proporcionándome una agradable sensación de frescor y limpieza.

Salí de la artesa y me senté en un banco de piedra calentada previamente por dos silenciosos esclavos que habían estado todo el tiempo poniendo y sacando grandes ladrillos ardientes sobre los que escanciaban agua tibia que producía un denso vapor que embriagaba el ambiente y le daba calidez. Luego reemplazaban los ladrillos húmedos por otros secos y calientes, así todo el rato hasta que me vieron salir del agua, momento en que se retiraron. Me senté en el banco y noté en mis nalgas y en la cara anterior de mis muslos la agradable calentura de la piedra. Permití que Simut me secara con su habitual meticulosidad.

Le tendí un pie y el silencioso y obediente Simut me lo secó con sus labios. Pensé en el tiempo que hacía que no lo penetraba, concretamente desde que me prometí con Tajura. No estaba bien que teniendo novia formal me dedicara a juegos de niños… pero la verdad es que cuando veía a Simut tan sumiso me entraban ganas de rememorar viejos tiempos y penetrar su ano como hacíamos unos años antes.

Como la mayoría de hijos de los nobles yo poseía un esclavo desde niño que era mi sirviente, mi confidente, mi compañero y mi amigo y con el que en la adolescencia había practicado deliciosos juegos homosexuales. Todo hijo de noble se había iniciado en el sexo con el culo de su esclavo y yo no había sido menos.

Con la túnica de lino blanca alrededor de mi cuerpo me dirigí descalzo hasta mis aposentos, seguido de Simut que me llevaba las sandalias, y me senté ante mi mesa. Una esclava había dejado en ella pan fresco, cerveza suave, queso y uvas recién cogidas para mi desayuno.

Comí reposadamente mientras Simut en un rincón de la habitación se ocupaba de lustrar mis botas y el peto de cuero protector que como capitán de la guardia de la reina tenía derecho a llevar como parte del uniforme. Las joyas que luciría en mis antebrazos y en mi pecho, de lapislázuli, marfil y oro ya las había abrillantado.

—Cuando me haya ido te acercarás a la mansión de la señora Tajura para hacerle saber que hoy no podré ir a verla hasta media tarde – le dije a Simut mientras me calzaba las botas.

Simut me acompañó hasta la salida y me colocó los correajes de cuero pulido y las armas de mi rango: una espada y un látigo que llevaba enrollado y que colgaba al otro lado del que pendía la espada. Dos esclavos, tras postrarse ante mí, me escoltaron hasta el esquife. Lo bueno de vivir en la margen derecha del Gran Río era que podía llegar a palacio a pie, a caballo, en barco o en litera. Me gustaba usar el esquife.

Los remeros me saludaron humillando la cabeza y el capataz extendió sus brazos hacia el suelo con las palmas de las manos hacia arriba, dobló su cuerpo y caminó hacia atrás mientras yo subía a la veloz nave. Estaba acostumbrado a que los esclavos me reverenciaran. Toda mi vida había visto a los esclavos postrarse ante cualquier miembro de la nobleza pero no por ello dejaba de gustarme. De pequeño sentía que se me removía el pene de placer cuando veía a cualquiera de nuestros esclavos besar los pies de madre para suplicarle que no lo mandara azotar por haber roto algún plato o por cualquier otra falta menor. Ahora, a los dieciocho años, capitán de la guardia de su majestad la Reina Akesha por obra y gracia de la elevada posición de madre en la corte, me sentía dichoso de la vida que llevaba y poderoso cuando nuestros esclavos se inclinaban ante mí con temor.

Me acodé a proa mientras los remos impulsaban la nave que se deslizaba suavemente sobre las quietas aguas del gran río. Mis pensamientos regresaron otra vez a la recurrente pesadilla que asaltaba mi descanso noche sí noche también y medité angustiado sobre su posible significado. El silencio de mis propios pensamientos tan sólo se veía amenizado por el el chasquido del látigo al estrellarse contra las espaldas de los remeros.

Pasé la mañana en Palacio. Mi trabajo era aburrido. Debía velar por la seguridad de la Reina y de sus hijas, las princesas reales, pero lo único emocionante que tenía que hacer era azotar a alguna de las sirvientas de las princesas que con su torpeza había despertado su real malhumor.

Por la tarde tuve la mala suerte de cruzarme con la litera que transportaba a la princesa real Meritra por los inmensos jardines de Palacio. Cuatro fornidos nubios llevaban las andas sobre sus hombros. Yo venía de una inspección rutinaria y me postré en el suelo ante la llegada de la litera con su real carga.

—¡Oh, pero si es nuestro valiente capitán Kamen! – dijo con su habitual tono de burla la princesa Meritra.

—Soy vuestro esclavo, divina alteza – dije las palabras de rigor cuando cualquier mortal se cruzaba en el camino de un miembro de la realeza.

—¡Acércate capitan, mi real pie corre peligro, deprisa…! – volvió a burlarse la princesa.

Me levanté y me acerqué a un lado de la litera. La princesa había sacado uno de sus maravillosos pies por el lado en que yo me encontraba. Mis ojos se posaron en los anillos de oro que cubrían varios de sus deditos, en la ajorca de electro, marfil y rubís que realzaba su delicado tobillo y en el reluciente barniz que cubría sus bien cuidadas uñas.

Conocía el sentido del humor de la princesa Meritra y como si fuese un esclavo me humillé para besarle la suave planta del pie.

—En mis aposentos encontrarás a una de mis sirvientas llorando. Llévatela y encárgate de que llore mucho más. Quedaré satisfecha si llora durante dos días seguidos.

—Desde luego, alteza, así se hará – contesté volviendo a besar su lindo pie.

Una risita malvada y la princesa azotó las espaldas de los dos nubios porteadores que iban delante. La litera siguió su paseo y la risa de la princesa se alejó. La emoción de la tarde fue hacer bramar con hierros candentes a la sirvienta que había molestado el humor de la princesa Meritra.

Antes del cambio de guardia me presenté ante la princesa que se hallaba ya en sus aposentos, llevando a la pobre sirvienta a la que había torturado por indicación suya. Me prosterné en el suelo esperando el permiso de la princesa para hablar. La princesa Meritra estaba muy ocupada con su maquillaje para la recepción de aquella noche y me tuvo postrado un tiempo que se me hizo eterno. Finalmente reparó en mí. Chasqueó los dedos y repté por el suelo hasta llegar a sus pies que besé con reverencia.

—Habla – me dijo sin mirarme, ocupada como estaba con el color del khol que debía embellecer sus pezones.

Le expliqué el castigo que había dado a su sirvienta y esperé su aprobación. Podía ser que se diera por satisfecha como podía ser que me ordenara seguir causándole dolor, todo dependía de su humor. Como la vi nerviosa por la gala de aquella noche temí que me mandara proseguir con el castigo, cosa que me inquietó pues odiaba tener que convertirme en un simple verdugo.

Mi trabajo era plácido, descansado y bien pagado pero que la Reina y las princesas me utilizaran para castigar a sus numerosos esclavos era algo que me ofendía, me humillaba y que molestaba a mi dignidad de soldado. Sería capaz de degollar a mi enemigo con un cuchillo de madera pero azotar a una niña o quemarla con hierros como en ese caso porque probablemente no había dado suficiente brillo a un collar o porque la princesa de turno había encontrado un pelo propio en el suelo o por cualquier motivo estúpido era algo que me indginaba. Pero era mi trabajo y no me quedaba otra opción que hacerlo lo mejor posible.

La princesa Meritra se limitó a mirar someramente a la sirvienta que permanecía postrada a sus pies, a mi lado, y, –doy gracias por ello a la diosa Isis–, le pareció suficiente castigo. Me despidió con un ademán altivo y salí de las reales estancias caminando hacia atrás, la espalda encorvada y los brazos extendidos hacia delante con las palmas de las manos mirando hacia arriba, del mismo modo que recibía yo tributo de respeto por parte de mis esclavos.

Solté un suspiro de alivio al ser sustituído por el relevo a media tarde. Regresé a mi casa en el esquife con el olor a carne quemada de la pobre esclava de la princesa metido en mis narices y sus bramidos crucificando mi cerebro. Un baño reconfortante e iría a ver a mi amada Tajura.

Al entrar en casa me encontré a madre riñendo a una esclava. Subí las escaleras del jardín de dos en dos y entré en la amplia terraza. Madre abofeteaba a la muchacha mientras le recitaba los errores que había detectado en ella. Me acerqué silencioso y besé a mi madre tras su cuello.

Madre, que no me había visto llegar, dejó escapar un grito. Cuando se volvió y me vio su rostro recobró la serenidad perdida por unos momentos de miedo.

—¡Oh… tonto… más que tonto… has asustado a tu pobre madre…! – me dijo frunciendo el ceño y los labios a la par que estiraba los brazos hacia mí para rodear mi cuello y besarme en los labios.

—Por mí puedes seguir pegando a la sirvienta, madre… no sabes cómo me pone cuando te veo ejerciendo tu poder… me excitas como no puedes llegar a imaginar…

Madre fingió escandalizarse por mis palabras pero enseguida me dedicó una amplia sonrisa y me volvió a besar en los labios de manera poco maternal.

—Si no fuese por Tajura te prometo que te llevaría ahora mismo a tu lecho para poseerte como hacíamos antes de que mi corazón y mi pene le pertenecieran a ella… – le susurré a madre mordiéndole los labios suavemente.

Le di una breve palmada en el prieto culo que aún conservaba y la dejé riñendo con renovados bríos a la pobre esclava a la que ya caían sobre su rostro las enjoyadas manos de madre como si de temibles mazas se tratara.

Atravesé el largo y amplio pasadizo de la zona de las habitaciones. Varias esclavas, no sé si las mismas que había visto aquella mañana, estaban arrodilladas fregando los suelos, y como habían hecho por la mañana al pasar por su lado postraron su cabeza sobre el mármol que limpiaban.

—¡Simut! ¡Simut! – grité en voz alta el nombre de mi esclavo para que supiera que había llegado.

Por regla general los amos al llegar a casa queríamos ser recibidos por nuestro esclavo personal. Yo siempre lo llamaba a voces para que supiera de mi llegada pues de lo contrario el pobre podía encontrarse en cualquier parte de la casa, especialmente en la zona reservada a los esclavos, trabajando en la infinidad de tareas que precisaba el servicio a un noble. Mi hermana, si llegaba a casa y su esclava no estaba esperándola montaba en cólera. Yo le había dicho en infinidad de ocasiones que la pobre Bakmut no tenía el don de la ubicuidad y que si tuviera el detalle de anunciar su llegada lograría que su esclava la oyera y corriera para salir a recibirla.

Escuché el rumor de pasos producido por unos pies descalzos corriendo y vi aparecer a Simut subiendo las escaleras que conectaban la zona noble de la casa con los jardines traseros. Simut jadeaba por el esfuerzo y al llegar frente a mí se postró de rodillas.

—De donde sales, Simut? – le pregunté mientras mi fiel esclavo besaba mis polvorientas botas como muestra obligatoria de sometimiento.

—Tu hermana, la señora Sheritra, me ha ordenado que la acompañara al jardín posterior, amo…

—Para?

—Quería acabar con una plaga de insectos que está afectando a su elegante sicomoro.

—Qué pasa, es que no tenemos esclavos jardineros?

—Sí amo… sí los tenéis, pero la señora Sheritra ha querido que fuese yo… – me ha informado Simut sin dejar de besar mis botas.

—¡Jajajajaja…! ¡Esta hermanita mía… tiene cada capricho! Espero que no hayas sufrido sus erráticos cambios de humor, jajajajaja…

Simut no constestó, de hecho había sido una pregunta retórica. Después iría a ver a mi hermanita. Si no lo hacía se ponía de mal humor y eran las esclavas las que lo pagaban. Me dirigí a mis aposentos con Simut detrás de mí.

Me dejé caer en mi lecho, de espaldas, las piernas fuera. No había hecho mucho ejercicio pero había pasado la mayor parte del día de pie y eso me agotaba.

—He salido más tarde de lo que quería y esperaba. Báñame rápido y me vistes… no tendré tiempo para masajes. Luego me limpias las botas a conciencia y me pones un faldellín plisado y túnica corta.

—Sí amo.

Vi a Simut sacar del armario las dos piezas que acaba de indicarle. Las dejó dobladas sobre una silla y luego se arrodilló para descalzame las botas.

Nos dirigimos a la casa de los baños y Simut se empleó a fondo para lavarme del todo pero con rapidez. Al terminar, y para no perder más tiempo, mandé a Simut a mis aposentos para que me limpiara las botas y me quedé en la casa de baños con dos esclavas de madre para que me secaran. Me demoré un poco más de la cuenta porque no pude evitar que aquellas esclavas me pusieran rígido como el pene de un caballo semental.

Yo estaba sentado en el banco de piedra caliente e hice que una de las esclavas, una jovencita nubia, negra como el ébano, se sentara a horcajadas sobre mi embravecido pene mientras que la otra esclava, una preciosidad siria, me amasara la cara entre sus hermosas ubres.

No me pude resistir. Sabía que Tajura se pondría echa una fiera si cuando me reuniera con ella me requería en su lecho y notaba la menor flaccidez en mi pene. A pesar de que por mi juventud y vida sana era capaz de eyacular varias veces en un día sin que se notara que había estado jugando con alguna esclava, Tajura tenía un sexto sentido que le permitía adivinar que le había escamoteado parte de mi semen.

La nubia y la siria rieron como niñas cuando me hicieron explotar en una abundante eyaculación. Después me lavaron los genitales, me vistieron con la túnica del baño, me calzaron, lamieron los dedos de mis pies y regresé más contento que un zafiro a mis aposentos donde encontré a Simut terminando de abrillantar mis botas.

—Has ido a entregar el recado que te di a la señora Tajura, Simut? – le pregunté tras acomodarme en mi sillón.

—Sí amo – Simut cepillaba con vigor mis botas para quitarles el polvo. Después les aplicaría una nueva capa de grasa y betún y volvería a cepillarlas.

Miré por el ventanal y vi que el sol se estaba poniendo. Hacía tarde a mi cita con mi prometida.

—Simut, puede saberse porqué no has terminado de limpiar mis botas? Voy a hacer tarde por tu culpa… – le amonesté con seriedad.

—Lo siento amo, estoy enseguida… de verdad…

Tamborileé con los dedos sobre la superficie de cedro pulido de la mesilla mientras contemplaba cómo el disco solar enrojecía por momentos, epílogo de su actividad por aquel día.

Simut terminó su tarea y me calzó las botas. Iba ya a vestirme cuando de repente tuve una visión clara del porqué Simut venía del jardín interior. Me incorporé hacia delante y con la punta de la bota que acababa de abrillantarme le levanté el faldellín, única prenda que un esclavo estaba autorizado a llevar. El miembro de Simut estaba semi rígido y tenía un enrojecimiento sospechoso. Simut se dio cuenta de lo que yo estaba sospechando y se quedó de rodillas sin mirarme.

—Simut…

—Amo…?

—Qué clase de insecto quería mi hermana que exterminaras?

Simut enrojeció. Balbuceó algunas palabras ininteligibles y se removió nervioso porque yo seguía manteniendo con mi pie alzado su faldellín.

—No estará atacado su Sicomoro por alguna gigantesca lombriz de tierra? ¡jajajajajajaja…!

Mis risas habían sido sinceras, no pretendían herir a Simut. El pobre levantó lentamente su mirada hacia mí.

—Perdóname amo… yo no quería… no quería… le he dicho que aún tenía muchos encargos tuyos que cumplir pero la señora Sheritra no me ha hecho caso… ya la conoces, amo…

—Es cierto, ya la conozco… y es terrible, cuando se le mete una idea en la cabeza no hay fuerza humana capaz de hacerla desistir… ha hecho que la penetres?

Simut se puso rojo como la grana. Agachó la cabeza avergonzado y asintió.

—Sabes el peligro que corres, verdad?

—Sí amo, pero si me hubiese negado, acaso no correría mayor peligro? Solo soy un esclavo, amo, tu esclavo, pero si la señora Sheritra me da una orden debo cumplirla. Estoy atrapado, amo.

Simut tenía razón. En mi ausencia estaba obligado a obedecer a mi hermana igual que a madre o a padre. Si Sheritra le ordenaba que la poseyera y se negaba de buen seguro que lo acusaría de intentar violarla y entonces ni siquiera yo podría salvarlo.

Pobre Simut. No me extraña que Sheritra lo buscara. Era un muchacho muy guapo, muy atractivo. Incluso a mí me atraía y eso que no era de los que se enamoraban de los de su propio sexo. Lo había sodomizado muchísimas veces pero eso lo hacían todos los amos con sus esclavos.

En nuestra sociedad no estaba perseguida la homosexualidad pero una cosa era dar por culo a tu propio esclavo y otra muy distinta enamorarse de él. A mí los hombres que amaban a otros hombres, aun estando permitido, me molestaban pero un trozo de carne era sólo eso, un cálido agujero donde meter el pene cuando uno necesitaba un alivio, y en ese caso qué importaba que fuera de hembra o varón?

—Te has podido controlar? – le pregunté finalmente aceptando que el pobre tenía razón, que estaba atrapado por su condición de esclavo.

—Sí mi amo, por suerte…

—Y la has hecho gozar, bribonzuelo…? – le pregunté en tono pícaro e íntimo, el típico tono de complicidad masculina.

Simut era un muchacho muy sensible y nada vanidoso. El orgullo no sabía lo que era, o eso imaginaba yo, lo cual era bueno para un esclavo, al menos para su amo. Enrojeció de vergüenza y se aplicó a abrocharme el shenti y a pasar por mis brazos la túnica corta de lino blanco con las costuras de hilo de oro.

—Cuéntame, bribón… grita mi hermanita?

—Sí amo… he pasado mucho miedo porque tus padres estaban durmiendo la siesta y he temido que fueran a despertarse por los gritos que daba la señora Sheritra.

—¡Jajajajajaja…! Iré a verla antes de marcharme… ¡jajajajajajaja…! Venga, termina de vestirme, y dame un último repaso a las botas… que todos vean que Kamen Anut-User tiene un buen esclavo que además de tirarse a su joven señora tiene tiempo para mantener mis botas bien brillantes, no crees, semental? ¡Jajajajajajaja…!

Simut, enrojecido de vergüenza, terminó de repasar mis botas y luego me senté en una silla para que me maquillara los ojos con khol azul y diera a mis labios un ligero toque de alenha roja.

—Será mejor que te quedes en mis aposentos arreglándolos… quizás así te libres del acoso de mi hermanita – le dije al marchar.

Antes de ir a ver a Tajura, quien seguro ya estaría de uñas por mi tardanza por lo que no venía de hacerla esperar un poco más, decidí hacer una visita a Sheritra.

Mi hermana tenía un año menos que yo, diecisiete. Aún era muy infantil. A su edad la mayoría de muchachas de la nobleza estaban a punto de casarse y un año después ya eran madres. Las esclavas se iniciaban en la maternidad mucho antes. Eran puestas a preñar con las primeras reglas para alargar al máximo su período de fecundidad y de esta manera aumentar el patrimonio de esclavos para sus amos.

Sheritra era un caso curioso: una niña en un cuerpo de mujer. En mi hermana convivían la niña que aún duerme con una muñeca a la que peina y juega con ella, la niña caprichosa, mimada y consentida – padre y madre se lo aguantaban todo – y la mujer que necesita de varón en su cama.

Como mujer no era de las más agraciadas pero si se arreglaba era atractiva. Tenía unas piernas largas pero era algo patosa. Era alta, casi tanto como yo, pero desgarbada. Tenía unas bonitas tetas pero era más bien delgada. Los huesos de sus caderas sobresalían de manera exagerada y sus rodillas se veían huesudas aunque he de reconocer que tenía buenos muslos. Tenía la nariz grande, ligeramente curva que le daba un aire interesante a su rostro pero no podía decirse que fuese una muchacha guapa, aunque ni mucho menos fea.

Siempre se había sentido acomplejada. No se consideraba bella y aunque no lo fuera tenía su atractivo pero no se atrevía a desarrollarlo. Probablemente de lo que se sentía más orgullosa era de su precioso cabello, de sus manos y de sus pies, aunque no se los hacía cuidar con la insistencia que solían hacer el resto de muchachas de la nobleza que no los tenían tan bonitos.

De pequeños siempre le hacía bromas diciéndole que era fea y no se casaría nunca porque ningún hombre noble la querría. Le decía que sólo podría tomar varón en un esclavo porque éste no tendría más remedio que amarla si no quería morir azotado. Esas bromas la enfurecían tanto que se pasaba días enteros llorando y sin salir de sus aposentos.

Madre solía pegarme con el látigo por hacer llorar a mi hermanita. Como varón que era, y pertenecer a la nobleza no me libraba de ello, mi educación estaba dirigida a someterme y a aceptar el poder femenino. Todo varón, noble o plebeyo, sufría una infancia marcada por el temor reverencial a la mujer, madre o hermana. Yo temía a madre, me infundía pánico y la reverenciaba pero me costaba mucho someterme a mi hermana porque era más pequeña que yo y eso me costó muchos palos.

Madre me castigaba con dureza cada vez que yo hacía llorar a mi hermana y ella se vengaba burlándose de mí cuando yo lloraba bajo los azotes que recibía de madre. Pero después, cuando tenía el culo y la espalda cruzados de verdugones y me veía llorar de dolor y humillación mi hermana me abrazaba y me consolaba.

Ahora, y desde hacía unos años, desde que empecé a abandonar la adolescencia y entré en la edad adulta, era distinto. Ya no la hería, al contrario, me había vuelto su más ardiente defensor y consejero, apoyándola e incitándola a desarrollar sus encantos para encontrar novio, pero Sheritra seguía acomplejada y para colmo no se dejaba influenciar por nadie.

A pesar de mis travesuras de pequeño, debidamente castigadas por madre, Sheritra me amaba. Me quería con locura, probablemente por eso le había hecho mucho más daño cuando de pequeña había herido sus sentimientos.

Por mi parte, a pesar de que nos peleábamos a menudo, yo la quería. No manifestaba mi idolatría por ella por una mera cuestión de orgullo viril – yo era el mayor – pero la quería muchísimo. De más joven había intentado mantener ocultos mis sentimientos hacia ella como una especie de venganza por cada vez que madre me había hecho llorar para someterme. Yo era un varón, me decía madre, y debía aprender a someterme a las mujeres.

Una de las características más destacadas de mi hermana era su crueldad. Creo que los padecimientos psicológicos que le habían producido sus complejos y las burlas de las que había sido objeto por su aspecto desgarbado, habían forjado en ella un carácter cruel. De todas formas en ese aspecto era tan desconcertante como en los demás atributos de su personalidad. Era capaz de ordenar castigos desproporcionados a los esclavos y después, tras ver el resultado de su vesanía podía romper a llorar como una niña.

Sheritra era un ser, para mí adorable, lleno de contradicciones y dudas, una niña en un cuerpo de mujer, una fuerza no controlada, sensible y dura a la vez, niña y mujer.

La puerta de su gran alcoba estaba abierta. Asomé la cabeza y entré.

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2. ISIS. LA DIOSA MADRE DEL AMOR Y DE LA FERTILIDAD.

Como Diosa Madre, del Amor y de la Fertilidad he considerado mi deber implicarme en las vidas de mis fieles. He considerado mi obligación procurar la felicidad de mi pueblo y por ello me he volcado en controlar las anuales crecidas del Gran Río. El légamo de las crecidas fertiliza los aluviones y permite que mi gente obtenga grandes cosechas con mayor facilidad que otros pueblos.

Los ciudadanos del pueblo de Asuat, con sus Reinas a la cabeza, han sido y son mis hijos predilectos y es por ello que los protejo y los hago fuertes, inexpugnables. Su nobleza me debe su riqueza y su bienestar. Personalmente me he encargado de hacerlos fuertes para poder someter a los pueblos bárbaros y hacerlos sus vasallos. Me he ocupado de debilitar a sus enemigos hasta hacerlos esclavos de mi gente.

Entre nosotros, las Divinidades, también existen luchas y discrepancias como les ocurre a los mortales aunque en realidad son ellos los que se ven influenciados por nuestras vidas. Es por eso que desde el primer Henti de la creación siempre me han interesado las historias de los mortales, siempre me han atraído sus pequeñas mezquindades que ellos consideran tan importantes. Pero de manera excepcional me he involucrado en la vida del joven Kamen y su familia. Ellos no lo saben, no son conscientes, pero de manera caprichosa he decidido convertirme en su protectora… y de paso intervenir en sus destinos.

La pesadilla de Kamen no es más que un mensaje que le hago llegar. Me divierte ver la estulticia de los simples mortales. Pobre Kamen. Si supiera él qué descubrimientos hará en poco tiempo…

Kamen había sabido siempre que era adoptado. No obstante nunca había sentido necesidad de conocer más sobre sus verdaderos progenitores. El certificado que su padre adoptivo Senjat guarda en su despacho sobre la sangre noble que corre por sus venas lo ha mantenido alejado de la necesidad de conocer.

Su padre real había muerto al poco de nacer él. Ese hecho era incuestionable para Kamen. Ahora aquella recurrente pesadilla lo atormentaba. Qué significaba aquel rostro de mujer que se le aparecía casi cada noche. Rostro de contornos difusos que le impedían guardar una imagen fiel en su memoria al despertar.

Y aquella mancha oscura en forma de escarabeo azul que tenía en su ingle y que en su sueño se mezclaba con aquel rostro vagamente hermoso que pugnaba por introducirse en su mente… qué podía significar todo aquello? Era su verdadera madre que se le aparecía en sueños? Porqué nunca nadie le había hablado de ella?

Guié los pasos de Kamen desde niño hasta hacer que fuese aceptado en la guardia personal de la familia real. Me gusta Kamen y por eso lo mantengo en la inseguridad. ¿No es más tierno un hombre inseguro que además vive acomodado en el lujo y el poder? Me resulta atractivo cuando duda. Seguramente me odiaría si supiera que esa debilidad es obra mía, pero no hay problema de que lo sepa: es simplemente un hombre.

Todos los hombres achacan sus defectos a los dioses a los que adoran. Más de una vez Kamen se ha odiado a sí mismo y me ha maldecido a mí por esa peculiaridad de su carácter pero cuando se postra ante mi imagen para orar ni se le ocurre hacerme responsable de ella, no, en absoluto. Me teme tanto que besa mis pies de mármol tan sólo para pedirme fortaleza, sin sospechar que sus debilidades a mí me las debe.

Son tan ridículos los mortales que a veces me encariño con alguno de ellos, como me ha sucedido con Kamen y su familia.

Kamen está perdidamente enamorado de la noble Tajura, una mujer que lo domina hasta el ridículo. Qué patéticos son los hombres. Tal vez sea por mi condición femenina que me encapricho de las mujeres más fuertes y de los hombres más débiles, como en el caso de Sheritra, su hermana adoptiva. Él se creía superior a ella porque era capaz de ver en ella los defectos que no ve en sí mismo y sin embargo ahora sería capaz de perderse entre las largas y desgarbadas piernas de su hermana pequeña.

Cómo me divierto haciendo hoguera de las vanidades de los hombres. Cuando tomo partido, aunque sea como en este caso por un varón, hago descender mi manto protector a las mujeres en las que vive. Su madre, su hermana, su novia… todas ellas ejercen sobre el pobre Kamen un influencia perversa de la que no puede, no es capaz de sustraerse.

Y ahora está ese sueño, esa pesadilla que lo atormenta. Pobre Kamen. Tengo grandes planes para él, por de pronto he alejado a Tajura de su vida porque me apetece que se enamore de su hermana Sheritra.

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3. KAMEN.

Entré en la habitación de Sheritra. Me detuve al escuchar el llanto de Bakmut, su esclava y amiga. Bakmut era aquea, bueno medio aquea. Su madre sí lo es pero creo que el padre… en fin… su padre era nuestro padre. No lo sé del cierto pero eso es lo que temo ya que en ese sentido circulan las habladurías entre nuestros esclavos. En cualquier caso los aqueos, según dicen, son uno de los pueblos sometidos a nuestro Reino que mejores esclavos nos proporciona para servir como criados y compañeros.

Cuando madre quedó embarazada de Sheritra decidió que Disenk, su esclava personal que también hacía las veces de nodriza mía, quedara en estado con un doble objetivo: proporcionarle a su futura hija una esclava y asegurarse de que Disenk tendría las ubres rebosantes de leche para que la alimentara y evitarse de este modo la ingrata tarea de amamantar ella misma a su hija, tarea que terminaría por cobrarse la tersura y belleza de sus pechos.

Era habitual entre las mujeres nobles buscar nodriza entre sus esclavas para que amamantaran a sus hijos. Preñarlas a la vez que ellas quedaban en estado suponía asegurarse el caudal de leche necesario en sus ubres esclavas y además obtenían un esclavo que en el mismo momento de nacer estaría a disposición del hijo o la hija del ama, para tener un compañero con el que jugar o una muñeca con la que quitarse el mal humor. Bakmut era esa compañera, muñeca, criada y esclava de mi hermana.

Me quedé en el quicio de la puerta. No había sido visto y me dediqué a observar la cotidiana escena entre ama y esclava. Era evidente que Sheritra, en uno de sus habituales arranques de mal genio había golpeado a su esclava y servidora personal.

Del mismo modo que Simut había sido mi esclavo y compañero, Bakmut era esclava y amiga de Sheritra. Ambas habían crecido juntas y Sheritra la consideraba, además de su fiel esclava, su confidente y su mejor amiga. Eso no le evitaba a la pobre Bakmut sufrir su inestable carácter y a menudo, mucho más de lo que era habitual en una relación como aquélla, Sheritra la castigaba.

Inevitablemente, después de hacer llorar a Bakmut, Sheritra se arrepentía y se deshacía en excusas y hasta le pedía que la perdonara.

Bakmut lloraba. Pude ver su labio inferior hinchado. A buen seguro uno de los muchos anillos de oro y diamantes que adornaban los hermosos, aunque poco cuidados, dedos de la mano de mi hermana había golpeado el rostro de su esclava.

Sheritra estaba sentada en su silla y Bakmut lloraba arrodillada en el suelo. De repente mi hermana se arrodilló a su lado y la abrazó tiernamente mientras le cubría el rostro de tiernos besos.

—¡Oh, Bakmut, perdóname! ¿Te he hecho daño? – oí decir a mi hermana que había pasado de un extremo a otro de la relación en segundos, y si momentos antes se había comportado como una caprichosa déspota ahora parecía una amorosa hermana o amiga para su fiel esclava.

Bakmut la abrazó y dejó fluir su llanto, como si al hacerlo se sintiera mucho mejor. Me sonreí en silencio y después de dejar pasar un breve instante aplaudí desde el quicio de la puerta en el que me hallaba apoyado.

—¡Qué tierna escena, hermanita…! ¡Estoy conmovido…!

—¡Oh, Kamen…! ¡Eres odioso…! – me gritó Sheritra con una mezcla de falsa indignación y rubor infantil.

Me reí de buena gana y avancé hasta donde se encontraban ama y esclava arrodilladas. Sheritra se puso en pie y me miró con fingida severidad para luego abrir sus brazos y abrirme su más bella sonrisa. La abracé y la besé tiernamente en los labios.

Sin dejar de besarnos nos sentamos ambos en el borde de su cama. Bakmut seguía en el suelo. Mi hermana se sacudió las sandalias y le puso los pies sobre el regazo a su esclava. Separamos nuestros labios y nos pusimos a reír. Bakmut se puso a acariciarle los pies.

—Qué pasa hermanito? Vas a ver a tu señora Tajura? – me preguntó Sheritra echando el cuerpo hacia atrás hasta quedar acodada sobre la cama.

Me estiré también y me apoyé en un codo. Quedé mirando hacia ella. Asentí con la cabeza. Mi hermana levantó una pierna y apoyó lánguidamente su hermoso pie sobre el rostro de Bakmut.

―Acaso estás celosa, She? – le dije apartándole un mechón de su hermoso cabello que se había desprendido de su elaborado moño y le atravesaba el rostro. – Acaso preferirías que te cortejara a ti? – me reí.

―¡Oh, qué odioso eres, Kam… eres un estúpido pretencioso! – me contestó molesta.

Me reí con ganas. Me gustaba cuando se enfadaba. De más pequeño la hacía enfadar porque sabía que ella se enfurecería y con toda seguridad descargaría su malhumor y su rabia en alguna pobre esclava y yo sentía un extraño cosquilleo en la entrepierna cuando veía a Sheritra castigar o humillar a los esclavos.

―Al parecer no tienes ningún interés en que te corteje… creo que tienes tus preferencias y yo no entro en ellas…

―Porqué lo dices?

—Qué le has hecho a Simut, hermanita?

Sheritra enrojeció. Bakmut estaba besándole la planta del pie pero ella volvió a apoyarlo en su regazo al oír mi pregunta. Me pareció que zozobraba.

—¡Oh, venga vamos, She, Simut me lo ha contado todo…!

—¡Deberías hacerlo azotar! – respondió enfadada – ¡Bésame los pies, Bak! – le ordenó enojada a su esclava sin dejar de mirarme.

—¡Vamos, vamos… no me importa que te lo folles… es mi esclavo y sabes que en lo que a mí respecta es como si fuera tuyo…! ¡No te enojes con él… de algún modo lo he averiguado por mí mismo! ¿Te ha gustado lo que te ha hecho?

Sheritra enrojeció pero su rostro se iluminó con una maravillosa sonrisa. Bajó los ojos y luego los levantó mirándome desde abajo, con picardía.

—Ha sido maravilloso, Kamen…

—Me alegro hermanita… siempre que lo necesites es tuyo…

Me dio las gracias volviendo a ruborizarse. Bakmut se había estirado en el suelo para besarle los pies.

—Qué te ha dicho de mí? – me preguntó Sheritra.

Dejé escapar un risita y le di un furtivo beso en los labios.

—Me ha dicho que nunca en la vida se había sentido tan feliz… – mentí.

—De veras ha dicho eso?

—Absolutamente cierto – volví a mentir – pero estaba muerto de miedo – eso sí era cierto.

—¡Jajajajaja…! ¿Por qué?

—Es un esclavo, She… y tiene miedo… es normal…

—No le he hecho nada malo… de verdad, Ka, te juro que no le he pegado…

—Lo sé, pero así y todo estaba muy asustado… aunque por el tamaño de su pene nadie lo diría – me reí y mi hermana me secundó.

Me levanté y besándome los dedos soplé en mi mano para que el beso viajara por el aire hasta ella. Sheritra, acomodada en su cama, me lanzó también un beso. Bakmut seguía tendida en el suelo besándole los pies. Me fui de la habitación.

Crucé el largo pasadizo. El aire limpio barría el corredor sin puertas que daba del jardín trasero al delantero.

Cuando salí al patio principal madre seguía con su pasatiempo favorito, amedrentar a las pobres esclavas. La saludé despidiéndome y ella me hizo un gesto con la mano pero sin dejar de reñir a la pobre esclava nubia que lloraba arrodillada a sus pies. Creo que madre la iba a hacer azotar y la muchachita le suplicaba que la perdonara.

Caminé hasta los establos. Un esclavo se postró ante mí.

—¡Mi litera, rápido! – ordené.

Esperé paseando en círculos a que dos fornidos nubios trajeran mi litera. Los reñí por su tardanza y se arrodillaron y me besaron las botas para obtener mi clemencia.

Me acomodé en la litera y los esclavos me levantaron como si no pesara nada y echaron a andar. Al de delante le toqué la espalda con mi látigo para decirle a dónde debían llevarme y luego me recosté y eché parcialmente las cortinas para no ser visto.

Media hora después mis esclavos se detenían a la entrada del palacio donde vivía Tajura con sus padres.

El guardián de la entrada les dio paso al reconocer primero mi litera y después cuando separé ligeramente la cortinilla para demostrar que era yo el que viajaba en su interior.

Me mecí cadenciosamente en el largo recorrido que tuvieron que hacer todavía mis esclavos por los amplios jardines que rodeaban el palacio hasta llegar al patio principal.

La casa de Tajura, el inmenso palacio, denotaba la gran ascendencia de su familia en la casa Real.

Mis porteadores se detuvieron y depositaron la litera en tierra. Descendí y me alisé el shenti sobre mis muslos. Miré a izquierda y derecha. Normalmente Tajura avistaba mi litera y me enviaba a Vermuro, su esclava personal, pero esta vez no la vi.

En los aledaños de la entrada había varios esclavos trabajando silenciosamente. Me dirigí hacia la entrada principal y entonces me salió al paso Amek, el sirviente esclavo de Paris, el padre de Tajura.

Amek se arrodilló ante mí, se prosternó con las manos extendidas y tras besar mis pies me informó que la señora Tajura hacía cosa de una hora había partido en su esquife hacia las propiedades de su familia en Al Fayum.

—No puede ser… pero si le he mandado recado de que nos veríamos… estás seguro de lo que dices?

—Sí amo Kamen… – el esclavo permanecía de rodillas porque no le había dado permiso para levantarse.

Pateé el suelo con indignación. El esclavo estaba visiblemente nervioso. Tosió un poco para reclamar mi atención y me pidió permiso para hablar.

—¡Habla, necio! – le espeté malhumorado.

—La señora Tajura estaba muy enojada contigo, amo Kamen. Si se me permite te diré que la he oído blasfemar por tu tardanza y finalmente ha decidido irse con su servidora y una corte de esclavas a Al Fayum… con la idea de pasar un par de días.

—Esto es increíble… – resoplé cada vez más indignado – voy a ir ahora mismo a buscarla… mandaré un heraldo para que avise de que llegaré a nuestra finca en Al Fayum para pasar la noche y mañana le haré una visita… – le dije al esclavo aun cuando en realidad hablaba para mí mismo.

—Si me permites, amo, la señora Tajura ha dejado dicho que se te comunicara que no quiere verte. Que ya te hará saber cuando regresa… lo siento amo.

Amek agachó la cabeza. Seguramente temblaba por mi reacción. Cuando un noble recibía una noticia que le contrariaba solía hacer pagar al esclavo mensajero su frustración.

A mí me dieron ganas de golpear a Amek, pero al final desistí. Amek era el servidor personal de Paris, el padre de Tajura, uno de los hombres más influyentes del reino.

Estaba convencido que Paris no me diría nada si le pegaba a su esclavo pero consideré oportuno no cebarme en Amek, por si acaso. Era una cortesía entre nobles no quejarse de los golpes que pudieran recibir sus esclavos de manos de otros nobles, pero reconozco que a mí me molestaba mucho, aunque nunca me había quejado, cuando algún invitado o invitada golpeaba a Simut.

Di media vuelta, me subí en mi litera y ordené a mis nubios que regresáramos a casa. Con ellos sí descargué mi malhumor, azotándole la espalda al esclavo que iba delante. Al llegar a casa tuvieron que llevárselo a curar porque tenía más de dos docenas de profundos cortes hechos con mi látigo.

Al final desistí de mi idea de ir a nuestra finca en Al Fayum. De todos modos al día siguiente no podía desatender mis obligaciones en Palacio. Esperaría noticias de Tajura.

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4. ISIS. LA DIOSA MADRE DEL AMOR Y DE LA FERTILIDAD.

Las reinas de Asuat han sabido fomentar y mantener el culto a mí, su Diosa Principal, su Gran Madre, y por ello he considerado a su reino como mi pueblo predilecto, y a los asuatís el pueblo elegido, el principal. Les he dotado de sabiduría, fuerza y poder. Los he guiado en las conquistas de otros pueblos inferiores que rendían culto a otros dioses. Los he hecho los amos del mundo oriental, esa inmensa zona que abarca los antiguos continentes del Africa Oriental y Asia Occidental, una de las cuatro zonas en que está repartido el mundo.

En mis dominios terrenales he logrado, después de ver periclitar numerosas civilizaciones que se destruían por la ambición y el escaso cerebro masculino, que la mujer, la portadora de la vida, domine todos los ámbitos decisorios.

Reconozco que al principio, cuando logré que nuestra civilización se convirtiera en un matriarcado, las mujeres cometieron muchos abusos sobre los varones. Debieron trascurrir muchos hentis antes de llegar al estadio actual de nuestra civilización. Ahora gobierna la mujer pero el varón no es su esclavo, sencillamente se le somete porque sabe que es superior y por que ella es la perpetuadora de la especie.

En el gran Reino de Asuat es donde mejor han sabido interpretar mis leyes. En Asuat gobierna la mujer aunque sin necesidad de imponerse por la fuerza: sencillamente el varón acepta su superioridad y aunque viven en pie de igualdad la última palabra compete siempre a la mujer.

El factor que ha permitido que esas relaciones entre sexos se den de manera fluida, sin resentimientos, con plena aceptación de los roles que he diseñado ha sido la introducción a gran escala de la esclavitud de los puebles sometidos. Entre los esclavos no hay distinción entre varones y hembras, ni entre niños y adultos, todos son esclavos. La frustración probable que podía acometer sobre los varones de Asuat por tener que someterse a la mujer se diluye cuando se saben poderosos, sin límites, ante los esclavos.

De esta manera la esclavitud permite a los asuatís, gentilicio con que se conoce a los ciudadanos del glorioso Reino de Asuat, vivir en paz según mis designios, nobles y plebeyos, ricos y pobres. Todos veneran a la mujer portadora de la vida, a la que temen porque en sus manos se encuentra la supervivencia de la especie, y todo ello es más aceptable gracias a la existencia de los esclavos que a todos hacen la vida más agradable.

Probablemente entre las capas menos favorecidas de la población se sigan cultivando viejos vestigios del brutal matriarcado aunque ello es debido a la dificultad que tienen para acceder a los esclavos que llegan diariamente a Asuat procedentes de los paises tributarios. Una gran parte de esos esclavos son destinados a trabajos públicos, a las minas, a los campos y a las obras civiles que requieren mano de obra. Otra gran parte son para la reina y la familia real y el resto para la nobleza. A las clases populares llega seguro un esclavo por mujer, por lo que la mayoría de mujeres siguen esclavizando a sus maridos, hermanos o hijos, aunque sin la brutalidad de otros tiempos.

He de reconocer que entre todos mis fieles seguidores siento una gran simpatía por Kamen. El bueno de Kamen, –con sus debilidades– aunque en público no lo reconozca le encantan las mujeres altivas, y desde luego no podía haberse enamorado de otra que lo fuera más, de la misma manera que necesita afirmar su hombría escondiendo las pulsiones homosexuales que le asaltan a menudo, y de la misma manera que humillando a los esclavos se siente feliz cuando una mujer noble lo humilla a él se siente protegido –con sus dudas– esa pesadilla que lo atormenta y que tiene que ver con las inseguridades que le genera saberse adoptado y no saber a ciencia cierta quienes fueron sus progenitores –con sus contradicciones– ese carácter afable y bondadoso que puede llegar a devenir despótico y tiránico en la misma medida que él se lo reprocha a su hermanita Sheritra y a su novia Tajura.

Lo cierto es que me divierto manejando los hilos de su plácida existencia y poniéndole pequeñas pruebas y pequeñas trampas para molestarlo. Así y todo, desconocedor de mis manejos y manipulaciones, me venera como a su diosa principal. Recurre a otros dioses y diosas menores porque es un asuatí convencional, que se cree que cuantos más dioses adore más y mejor se desarrollará su vida. ¡Pobres ignorantes! Yo soy la diosa mayor, aquella de la que fluye la vida y en consecuencia la muerte, que no es más que la ausencia de vida.

Esta tarde he insuflado la ira en el veleidoso corazón de Tajura. Cuan sencillo resulta desairar a esta joven aristocrática que se cree el centro del universo sin saber que ese título tan solo yo lo poseo. Tajura también me honra como es debido y es por ello que la protejo. Además Tajura me divierte. Ella es, junto a Sheritra, el sostén emocional de Kamen y eso por sí solo ya es merecedor de mis cuidados y mi protección.

En mis planes entra distanciar a los enamorados Kamen y Tajura porque me apetece que mi protegido conozca el amor por Sheritra, de esta manera le hago un favor a esa muchacha desgarbada tanto física como emocionalmente pero que tan agradable resulta a mis ojos, aunque ese no va a ser el destino final. Habrá que esperar un poco más para conocerlo. De todos modos os puedo garantizar que el futuro de Kamen pasa por el sometimiento a sus mujeres.

Tajura ha montado en cólera cuando Simut le ha ido a comunicar que su amo no la vería hasta la tarde. Ella pretendía pasar el día con Kamen y eso ya la ha contrariado, hasta el extremo de que el pobre Simut se ha marchado con los dedos marcados en su rostro de las dos bofetadas que se ha llevado. Luego, cuando ha visto que pasaban las horas de la tarde y Kamen no se presentaba ha cogido una rabieta de las suyas y ha mandado a Vermuro, su esclava personal, que le preparase equipaje para varios días, ha seleccionado a media docena de esclavas para que la atendieran y ha embarcado en el esquife de su propiedad para trasladarse a la finca que sus padres poseen en Al Fayum.

Tajura se ha instalado bajo el toldo que ocupa la parte central del esquife con Vermuro. Ha ordenado al capataz del barco doble ración de latigazos a los esclavos remeros porque quería llegar pronto a su finca y se ha abandonado entre almohadones a las caricias que Vermuro le ha hecho en sus finos pies mientras ha durado el trayecto. En solo un par de horas el esquife ha atracado en el embarcadero privado de la finca de recreo de Al Fayum.

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5. KAMEN.

Esa noche estaba de muy mal humor. El plantón inesperado de Tajura me había desquiciado. Simut me recibió en el patio principal. Se arrodilló y me besó los pies. Apenas le dije nada. Estaba de muy mal humor.

—Tu madre, la señora Nubnofer, me ha ordenado que te comunique que quiere verte en sus aposentos cuando llegues, amo.

No le contesté y seguí andando hacia mis habitaciones. Simut me siguió con la cabeza gacha. Una muchacha siria que fregaba los suelos del amplio corredor que daba a los aposentos nobles tardó en agachar la cabeza y me enfureció.

—¡La cara al suelo, rápido, humíllate, esclava! – le grité.

La muchacha se asustó y se postró rápidamente. Simut se quedó detrás de mí, encogido. No era normal que yo me mostrara tan altivo y despótico con los esclavos de casa, pero el plantón de Tajura me había sacado de mis casillas y una esclava era un buen medio, una buena manera para sacar la bilis acumulada.

—¡Simut, avisa a Maehan y dile que quiero que a esta esclava le dé diez latigazos!

—Sí amo.

—Y ven inmediatamente, te necesito…

—Sí amo.

Marché a paso rápido. No quise oír los lamentos de la esclava que se había puesto a llorar y a suplicar. Si me quedaba allí acabaría por perdonarla y no quería. En esos momentos necesitaba demostrar mi poder haciendo azotar a aquella niña que no tenía culpa de nada. Mostrarnos injustos con los esclavos era una manera que teníamos los poderosos nobles de sentirnos superiores, fuertes, poderosos. Cierto que ese tipo de reacción era más propio de las mujeres que de los hombres, pero a veces nosotros también caíamos en la fácil tentación de ejercer nuestro omnímodo poder, sobre todo si previamente habíamos sufrido nosotros humillación a manos de una mujer. Qué maravilloso es tener esclavos en los que descargar nuestras frustraciones.

Me detuve en la puerta de la habitación de madre. Ella quería verme y yo necesitaba su consuelo. Llamé y esperé a oír su voz lánguida dando autorización de entrar.

Madre estaba practicando su diversión favorita: humillar a las sirvientas. En este caso a Disenk, su esclava personal.

Disenk estaba arrodillada en el suelo y en una postura inverosimilmente torcida, con las manos a la espalda, intentaba calzar en el pie, que madre balanceaba con displicencia, la sandalia que mantenía sujeta entre los dientes.

Madre estaba desnuda, recostada en su balancín, una pierna cruzada sobre la rodilla de la otra y en la mano su temido látigo de bambú recubierto de piel de toro. Cada vez que a Disenk se le escapaba la sandalia y fallaba en su intento de calzar a madre, ésta le soltaba un latigazo en la espalda. Me fijé que la espalda de Disenk tenía no menos de una docena de marcas de un color púrpura intenso hinchadas como un dedo de grosor. La pobre lloraba y sudaba. Mamá se sonreía. Después de soltarle un latigazo le acercaba el pie a la cara para que la esclava se lo besara.

Lo que me ocurría con Disenk era muy extraño para mí. No sólo no me importaba ver humillar a un esclavo sino que, según el día y mi estado de ánimo, en ocasiones me había hecho chupar el pene por Simut mientras veía a mamá o a Sheritra vejar a las esclavas. Imagino que eso era consecuencia de la rígida educación recibida en mi niñez, encaminada a aceptar la supremacía de la mujer en nuestra sociedad. Me molestaba, eso sí, cuando se pasaba a la tortura, pero ver a una noble mostrarse altiva y vejar a su esclava, a la que no considerábamos ser humano, podía excitarme. Sin embargo me molestaba que mamá se cebara con Disenk.

La presencia de Disenk, la esclava aquea de madre, me producía una incomprensible turbación. Disenk era abnegada, entregada, sumisa, pero en su presencia yo percibía una extraña sensación.

Sheritra, a quien le había confesado mis turbaciones con la presencia de la esclava de mamá, me decía que seguro que se debía a que de pequeño la esclava me había masturbado.

Disenk había pasado muchas horas con mi hermana y conmigo de pequeños. Cuando fui entregado a madre en adopción yo tenía casi un año y si bien madre me amó desde el primer momento en que recalé entre sus brazos fue Disenk quien se ocupó de mí constantemente.

Al poco de llegar yo a su vida madre quedó en estado y quiso que Disenk la acompañara en ese trance. Nadie lo comenta en voz alta pero los esclavos dicen que fue padre quien derramó su semilla en el vientre de Disenk para preñarla.

Yo fui amamantado durante unos pocos meses por una esclava siria de mamá que había parido hacía poco pero pronto desteté. Después Disenk tuvo a Bakmut y madre parió a Sheritra. Desde ese momento Disenk se convirtió en nuestra nodriza. Sus generosas ubres amamantaban a la amita y a la esclava y yo me hallaba siempre cerca, abrazado a las piernas de Disenk como si necesitara su compañía. Disenk me quería como si fuera su propio hijo y a veces, aunque yo ya había destetado, cuando terminaba de dar de comer a las dos tragonzuelas de las que se ocupaba me sentaba en su regazo y me daba el pecho. Salían de sus ubres apenas unas gotas desleídas pero al parecer yo buscaba sencillamente el contacto de sus tiernos pezones en mi boquita. Algo me unía a Disenk y no sabía qué era.

Cuando me hice más mayor seguí con la costumbre de chupar los pechos de la esclava y después ella me hacía friegas en mi pequeño pene, me lo acariciaba e incluso se lo metía en la boca provocándome un estado de felicidad sólo comparable a la ansiedad que su cercanía me despertaba.

Sheritra decía que se debía a los contactos sexuales de mi infancia con Disenk lo que me provocaba aquel desasosiego cuando veía que la pegaban o humillaban pero yo decía que no. Muchos esclavos y esclavas habían adorado mis genitales en mis dieciocho años de vida y ante ninguno me turbaba como en presencia de la abnegada Disenk y por ninguno sentía pena cuando madre o mi hermana los humillaban o castigaban.

—Hola hijo, ya estás de vuelta? Pensé que no regresarías hasta la noche? Te ha dejado Tajura? – se rió madre al tiempo que le arreaba a Disenk un nuevo latigazo que cayó sobre una reciente marca muy hinchada provocando que la piel se abriera como una sandía madura y de la que comenzó a manar hilillos de sangre.

—No se encontraba bien – mentí para ocultar la vergüenza que me producía la desdeñosa reacción de mi amada.

—Seguramente se habrá mareado viendo asar a un esclavo – comentó sarcástica madre haciendo referencia a la, según ella, crueldad de Tajura, como si las demás damas nobles, incluídas mi hermana y ella misma, fuesen bondadosas amas por naturaleza.

No respondí y me acomodé a su lado, en un diván contiguo.

—¡Besa los pies del amo, perra! – le ordenó madre a Disenk puntuando la orden con nuevos latigazos.

—Ya está bien, madre… por favor, no le pegues más… no has visto cómo tiene la espalda?

—¡Jajajajajaja…! ¡Aaaayyyy… mi chiquitín, cómo se preocupa él por una simple esclava…! – me dijo madre en un tono entre burlesco y zalamero mientras me agarraba la barbilla con dos dedos y me zarandeaba la cara cariñosamente.

Disenk se acercó de rodillas a mí y posó sus labios en mis botas. No quise ni mirarla, tal era la ansiedad que me generaba aquella esclava, al tiempo que madre unía sus labios a los míos en un beso profundo y protector.

Madre, cuando empecé a tener edad de eyacular, después de castigarme con el látigo por haber hecho llorar a mi hermana, me llevaba muchas veces a su cama y mientras me acariciaba los genitales me besaba en la boca y a mí me embargaba una placentera sensación protectora, como cuando enterraba mi cara entre sus generosos pechos.

Pasar del terror del castigo al placer de sus caricias había hecho que me forjara una curiosa personalidad y sobre todo había desarrollado en mí un profundo amor por madre, no exento de morbosidad, pero amor filial devoto y entregado. Adoraba a madre.

—Será que le marcó de manera indeleble cuando se la chupaba de pequeño – oí la voz de mi hermana que en aquel momento entraba en la habitación de madre sin llamar, como era costumbre en ella.

Era cierto. Disenk era para mí una segunda madre. O tal vez la primera pues pasé más horas junto a ella que junto a madre, y al igual que ella también me acariciaba los genitales, con la diferencia respecto a madre que ella no me castigaba, incluso se los llevaba a la boca y yo moría de placer infantil o preadolescente vertiendo mis sacudidas en su interior, pero no creía que fuera por eso que me sentía extraño ante la esclava aquea de madre.

—No seas estúpida, She… no se trata de eso. Disenk nos cuidó a los dos cuando éramos unos niños… y a ti te alimentó con la leche de sus ubres. Además, es la madre de tu esclava… creo que al menos tú deberías mostrarte un poco más compasiva con ella –respondí enfadado pero sin poder evitar ruborizarme.

Sheritra se sentó a mi lado pero en el otro extremo del diván. Se recostó, arrellanándose, extendió las piernas y me apoyó los pies descalzos sobre el hombro izquierdo. El shenti que le llegaba a las rodillas se deslizó formando sinuosos pliegues, debido al peso y calidad de la tela del que estaba confeccionado, y mis ojos se dirigieron inevitablemente a sus largos muslos y hacia la oscura raja de su entrepierna que se sugería más que se veía y que por ese motivo aún me excitó más.

—No soy estúpida, cielo… dicen por ahí que a los hombres se les queda grabada en la memoria la primera masturbación, máxime si la recibe de los labios de una bella esclava. Qué edad tenía Disenk cuando la pusiste a servirnos, madre?

—No lo sé. Nunca he sabido la edad de esta pequeña furcia. Cuando la reina me la regaló debía tener unos quince años, más o menos. Probablemente ahora tendrá los treinta… alguno más quizás – contestó mi madre – vino directamente de palacio justo cuando llegaste tú, cielito mío – se refería a mi adopción.

A mi nariz llegaba el inconfundible olor de los pies de mi hermana. Me puso nervioso. Siempre he asociado ese olor con el placer morboso. Siempre he escondido el placer que me producía ver de cerca los hermosísimos pies de mi hermana. Toda la vida he aparentado sentirme superior a ella por el hecho de ser mayor, apenas un año, pues a pesar de la dureza de mi educación infantil seguía conservando ese orgullo masculino y me parecía vital que yo me impusiera a una niña, pero cuando veía a los esclavos, a los que ella siempre ha tratado despóticamente, besarle los pies, en mi interior se inflamaba una pasión que a veces me avergonzaba.

Recuerdo buscar pretextos para acercarme a sus pies… una moneda que se me caía al suelo, agacharme para rascarme el tobillo, sentarme en el suelo, disimuladamente, cerca de sus pies… en fin, pretextos clandestinos para ver sus pies, rozarlos furtivamente y sentir su olor. A veces incluso había llegado a soñar que los besaba y al despertar abjuraba de mis instintos que podían rebajarme a la categoría de un simple esclavo.

Sheritra movió los deditos frente a mi cara y tuve que desviar la mirada para no abalanzarme sobre ellos y lamerlos. Mi hermana acercó un poco más su pie a mi rostro hasta que me rozó la oreja con su delicada planta. Aparté con brusquedad la cara fingiendo que me molestaba y ella se rió con esa risa tonta, entre histérica e infantil, que la caracterizaba.

En una ocasión le confesé a padre ese deseo que experimentaba ante unos bellos pies de mujer y el hombre me tranquilizó diciendo que probablemente sería un estigma del pasado, una herencia genética de nuestros ancestros. Me contó que antes de que la Diosa Isis bendijera nuestra actual civilización que se inició con la dinastía que muchos hentis después aún siguen liderando los descendientes de nuestra familia real, existía un terrible matriarcado. Me contó que en esa época las mujeres tenían a los hombres esclavizados y que probablemente mis pequeños vicios no fueran más que reminiscencias del pasado. Me confesó que eran muchos los hombres que escondían esa fascinación por unos bellos pies de mujer. Muchos hentis seguidos sometidos al poder absoluto de la mujer probablemente había dejado secuelas en el cerebro o el alma de los hombres. Y sobre todo la educación que recibíamos de niños en los que la madre se erigía como una diosa cruel y amenazante que nos castigaba con dureza y después nos acariciaba con ternura.

—Si quieres puedo ordenarle que te la chupe ahora, hijo… – insinuó madre conteniendo una risita al ver el enrojecimiento de mi rostro por lo que para turbarme más añadió – …si lo prefieres puedo chupártela yo misma… no me importaría, ya lo sabes.

—No gracias, estoy servido – contesté bruscamente, enrojecido y avergonzado por el comportamiento lascivo de madre, que no me molestaba pero me hacía sonrojar.

Madre y Sheritra se rieron estruendosamente. Había provocado la carcajada de dos de las mujeres a las que más amaba en este mundo, mi madre y mi hermana.

―No me extrañaría que se la hubiera chupado Simut antes de venir a verte, madre – dijo Sheritra demostrando que cada día que pasaba su lengua se volvía más mordaz – o tal vez ha sido Tajura? ¡Jajajajajaja…! – se rió porque sabía que mi prometida era bastante contraria a darme ese tipo de placer.

El comentario de mi hermana me hirió. Yo estaba aturdido. El plantón de Tajura, la obsesiva presencia de Disenk, las pullas de mi madre y sobre todo las de mi hermana. De un tiempo a esta parte Sheritra se estaba desprendiendo de aquella capa de falsa inocencia con la que había estado conviviendo y empezaba a mostrarse mucho más sarcástica e irónica, características más propias de los adultos.

―No me la ha chupado nadie. Simut me ha dicho que querías verme, madre – dije para dejar claro que no me sentía a gusto entre sus chanzas y bromas a mi costa.

―Así es. De hecho quería hablar con los dos. Esta tarde ha venido un heraldo de palacio. Estamos invitados a las Venusiadas, y la noticia es que por primera vez podréis asistir vosotros dos.

―Pero si es una fiesta de mujeres – objeté.

―Ya sabes que es una celebración en honor a nuestra gran Diosa Madre, Isis, y los varones son imprescindibles en ella.

―Sí, pero para hacer el papel de esclavos… esa es la gran noticia, madre?

―Por favor, Kamen, me ofendes. Sólo es una representación y podrás hacer de esclavo de tu hermana… para ella será como una presentación en la corte…

Sheritra se llevó las manos a la boca para ahogar un grito de alegría. Bajó los pies de mi hombro, se levantó de un salto y se abrazó a madre.

―¿Es cierto, madre? ¿Podré ir a las Venusiadas? ¡Oh, madre, qué alegría!

―Intenta al menos arreglarte un poco – le dije a mi hermana con todo el desprecio del que fui capaz, con el ánimo de herirla.

Me molestó su alegría cuando el papel reservado para mí sería de lo más humillante. Que albergara mi alma reminiscencias de la época matriarcal que se manifestaran por mi gusto por los pies de las hembras y que a consecuencia de mi rígida educación de infante, destinada a aceptar la superioridad de las mujeres, experimentara extrañas y contradictorias sensaciones ante ellas, no quería decir en absoluto que me apeteciera ser humillado e incluso azotado en esa fiesta de triste recuerdo para los varones y que las mujeres celebraban una vez al año en recuerdo de la época en que nos tenían esclavizados.

De hecho, según los filósofos, el mantenimiento del recuerdo a través de esas fiestas conocidas con el nombre de Venusiadas era una manera de recordarle al género masculino que ellas seguían gobernando y que si ahora la relación era de respeto mutuo hubo un tiempo en que no fue así, y ya se sabe, la historia puede repetirse. A decir de los sabios esa anual celebración, tradición y religión aparte, era un recordatorio a los varones sobre su deber de aceptar de buen grado la superioridad femenina en todos los órdenes, en todos los ámbitos.

Abandoné los aposentos de madre tras pedirle permiso para hacerlo y me encaminé a la biblioteca donde seguro encontraría a padre.

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6. ISIS. LA DIOSA MADRE DEL AMOR Y DE LA FERTILIDAD.

Pobre Kamen. La mera existencia de Disenk es una circunstancia perturbadora de su plácida vida. Y no sólo porque de pequeño le chupara la pollita, no, había algo más, algo indefinido que sólo la parte que no controlamos de nuestro cerebro es capaz de percibir. Más que percibir lo que hace es intuir.

Desde luego, como había dicho Sheritra, o había oído decir por ahí, los varones solían tener un apego especial por las esclavas que los cuidaban de pequeños, les chupasen o no la polla.

Con las féminas no sucedía igual. A Sheritra la había cuidado con igual cariño Disenk, es más, la había amamantado con la leche de sus pechos, y sin embargo no pestañeaba lo más mínimo si veía a su madre azotarla. Incluso en más de una ocasión la había humillado ella misma con la crueldad que la caracterizaba, como por ejemplo cuando pegaba a Bakmut por el simple hecho de mortificara a Disenk, su madre.

Esa actitud ante las antiguas nodrizas esclavas no era patrimonio exclusivo de Sheritra, se trataba de una cualidad muy extendida entre las mujeres, especialmente de la nobleza.

La misma Tajura, una muchacha extremadamente rica, consentida, altiva, mimada y pagada de sí misma había castigado hacía poco a su antigua nodriza esclava de la manera más cruel posible habida cuenta la relación que las unía: mandó que le cortaran los pezones de los que había mamado de pequeña.

Claro que la altiva muchacha tenía a quien parecerse. Su madre, la noble señora Nefura, que aún conservaba bajo su servicio a la que había sido su nodriza, la que la había amamantado de pequeña, una esclava nubia que ahora tenía más de sesenta años, edad inusual para una esclava, no dudaba en mandar azotarla si no se postraba velozmente a sus pies cuando la llamaba.

Kamen sentía gratitud y afecto por Disenk en recuerdo de su infancia pero lo que lo perturbaba no era verla sufrir a manos de su ama, su madre adoptiva, o de su hermana Sheritra, no, lo que verdaderamente le inquietaba era algo que planeaba sobre la parte más escondida de su conocimiento, aquella que mantiene cautiva la información que hemos adquirido antes de tener conciencia de nuestra propia existencia.

Era como si un gran secreto amenazara su plácida existencia y que Disenk estuviera implicada o formara parte activa de ese terrible secreto.

No habría de esperar mucho a descubrirlo.

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7. KAMEN.

Entré en la biblioteca sin hacer ruido. Tuve que pasar por encima del cuerpo aovillado de Manet que yacía junto a la puerta de entrada, como un perro guardián. A padre no le gustaba ser molestado y ponía a su esclavo libio echado en el umbral de la puerta.

Crucé el vestíbulo que estaba lleno a lado y lado de altas estanterías en las que se conservaban antiguos papiros lacrados de muchos hentis de antigüedad que contenían informaciones históricas concernientes al pasado de nuestro reino. Padre ocupaba en la corte el cargo de historiador real, es decir, su misión consistía en recopilar cualquier información que se hallara que hiciera referencia a la divina dinastía real de la que descendía la reina Akesha.

Me sentía como en un santuario cuando invadía el sagrado espacio utilizado por padre para llevar a cabo una buena parte de su trabajo. Allí me había contado padre innumerables historias, anécdotas y leyendas relativas a la dinastía que había reinado en Asuat desde el principio de los principios bajo la protección y la bendición permanente de la diosa Isis, es decir, después de superar la Edad Oscura de la que casi nadie tenía conocimiento.

Me pareció escuchar una pesada respiración, como la de alguien que está durmiendo. Me acerqué sigiloso por entre los archivos y pude ver a padre recostado en el diván, las manos cruzadas sobre el pecho, la boca entreabierta, la saliva formando un surco en una de las comisuras de sus labios. Rebah, una de sus esclavas, la mujer de Manet, su esclavo personal, estaba arrodillada en el suelo y le hacía un delicado masaje en los pies con sus pulgares que acompañaba de breves lamidas en los dedos de los pies.

Rebah al verme postró su cabeza en el suelo.

―Sigue besando los pies de tu amo, esclava – le ordené a Rebah.

Padre se despertó en aquel momento.

―Por la diosa entre las diosas, me he quedado traspuesto, hijo – se justificó – claro que con Rebah cuidando de mis pies es inevitable.

Rebah se sonrojó y besó las plantas de los pies de padre en agradecimiento por el cumplido. Padre trataba bastante bien a Rebah, mucho mejor que a Manet, el esposo de ésta y esclavo personal de padre desde la infancia. Me imaginaba que el motivo por el que trataba bien a la hermosa libia era porque se la follaba, y además le gustaba.

Padre con un ademán me invitó a tomar asiento frente a él y se interesó por el motivo de mi visita.

Le conté que un heraldo había traído invitación de palacio a mi hermana para asistir ese año a las fiestas privadas de su majestad en honor de las venusiadas.

―Y tú vas a ir para representar el papel de esclavo de tu hermana, es eso, no? – se anticipó padre conocedor de las tradiciones.

Asentí con preocupación.

―No nos queda otro remedio, hijo. El pacto que la Gran Madre, la diosa Isis, alcanzó con nuestros dioses varones para terminar con el brutal matriarcado y establecer las nuevas bases de nuestra gran civilización actual recogía esa ficción simbólica de carácter anual que son las fiestas de las Venusiadas. Te aseguro que vale la pena pasar vergüenza por unos días, sabiendo que todo es una cuestión simbólica, y a cambio no tener que volver a vivir bajo la férula matriarcal.

―Cómo puedes saberlo?

―Soy historiador, hijo, no lo olvides. En todos estos pliegos que custodio está escrita la historia de cuando ellas gobernaban sobre nosotros sin piedad. Al parecer anterior al matriarcado existió durante cientos de hentis una serie de civilizaciones en las que el hombre era el amo, el fuerte, hasta que el mundo estuvo a punto de desaparecer. Ese largo período del que apenas tenemos noticias se le conoce como la Época Oscura. La estupidez del hombre no tiene fin, hijo, eso lo he aprendido del pasado. Las mujeres tomaron el poder.

»Al principio intentaron evitar los errores que habían cometido los varones cuando eran ellos los que gobernaban en la Edad Oscura pero el poder corrompe, hijo, es perverso, lleva en su seno el veneno que hace que todo se corrompa y las mujeres acabaron llevando las riendas de la civilización que controlaban con mayor violencia, brutalidad y crueldad de lo que habían sido capaces los hombres.

»Pero ellas fueron más listas que nosotros. Claro que ellas contaron con la ayuda y la guía de la Gran Madre Isis, auxilio y consejo del que carecieron nuestros antepasados varones durante la Edad Oscura en que fueron guiados por dioses estúpidos que posteriormente fueron vencidos por las grandes Diosas.

»Las féminas, guiadas por la Gran Madre Isis, supieron rectificar a tiempo. Se dieron cuenta que mantener a sus varones en la más abyecta esclavitud no era productivo y además les ocasionaba grandes problemas de revueltas, pérdida de capacidad de crear riqueza, no podían lanzarse a la conquista de tierras, no podían evolucionar, en suma, como civilización y por eso convinieron un nuevo orden en el que sus varones dejarían de ser esclavos aunque ellas siguieran detentando el poder.

―Y cual fue el mecanismo que permitió dar ese paso, padre? – pregunté extasiado escuchando su tono de voz relajado y reconfortante.

―Concentrar todo nuestro poder, toda nuestra riqueza, todos nuestros medios en esclavizar a los pueblos conquistados. De hecho nada nuevo en la historia de la humanidad solo que esta vez eran las mujeres las que dirigieron los destinos de nuestro reino y supieron consolidar sus conquistas. Para ello nosotros, los varones, éramos imprescindibles. Los varones fuimos, y somos, la fuerza de choque que ellas mueven a su antojo. Desde entonces ellas gobiernan, nosotros ejecutamos sus designios y les debemos obediencia pero sin ser, como antaño, sus esclavos.

»Ahora los esclavos son los pueblos a los que nosotros vencemos y sometemos. Las cosas son buenas ahora para ambos géneros. Ellas mandan y dirigen, nosotros obedecemos sus leyes y ejecutamos sus planes y el resultado es que tanto mujeres como hombres podemos disfrutar del trabajo esclavo de sirios, nubios, etíopes, sumerios, icsos, lefunes, gazos, sudaneses, persas, circasianos, libios, tracios, aqueos… en fin de todos los habitantes de las tierras y pueblos conquistados por nuestras reinas a lo largo de los muchos hentis que hace que nació nuestra civilización de la que la reina de Asuat es su único guía y dirigente en el término oriental de éste, nuestro planeta.

―Pero porqué hemos de pasar por la humillación de recordar aunque sea en una farsa que antaño los varones hemos sido esclavos? Acaso no estamos obligados a obedecer a nuestras mujeres? Qué más quieren?

―El sentido de esta celebración, que estableció al inicio de la nueva era la Gran Madre Isis, no es otro que recordarnos a los varones que si no aceptamos ser cola de león volveremos a ser esclavos de nuestras hembras. Todo es simbólico. Más vale complacerlas con una fiesta inocua que volver a la noche de los tiempos nuevos.

»Además, no debes temer nada. Por unos días te tragas el orgullo y listo. Ellas contentas y nosotros salvamos el pellejo y después todo sigue igual. Tú seguirás teniendo esclavos, igual que yo, igual que todos los varones de Asuat. Créeme, ellas son más listas que nosotros. Han demostrado saber rectificar. La historia nos demuestra y nos enseña que más nos vale seguir con las normas que ellas diseñan que acabar todos destruidos. En el fondo no podemos quejarnos, somos unos privilegiados. Los que si tienen derecho a lamentarse son los pueblos conquistados… y gracias a la Gran Madre nosotros pertenecemos al grupo de los conquistadores.

Suspiré. Padre, como siempre, me había convencido y me había tranquilizado. Rebah había dejado de besarle los pies y ahora se acercaba a la entrepierna de padre.

―Te apetece ver cómo me la chupa Rebah, hijo? – me preguntó padre levantándose el corto shenti y extrayendo con dos dedos su grueso pene. – Si quieres puedo decirle a Manet que te la chupe. Por cierto, supongo que sigue echado en la entrada, no?

―Sí, ahí estaba cuando he entrado, pero no es necesario, gracias, voy a hacer que Simut me bañe y luego haré que me alivie.

―Bien hijo, y no temas, Sheritra te quiere y no será demasiado dura contigo en las Venusiadas – me dijo con una sonrisa – Por cierto, dile a Manet que venga, me gusta que me bese los pies mientras su mujer me chupa el pene.

―Una pregunta más padre – dije casi sin pensar.

Rebah había empezado a acariciar el miembro de padre y no me apetecía ver cómo se lo iba a chupar pero el desasosiego que llevaba días experimentando con mi pesadilla nocturna me obligó a plantear la pregunta. Padre me miró esperando a que se la hiciera.

―Tú sabes quien era mi madre? – me miró extrañado – perdona, ya sé que madre es madre pero me estoy refiriendo a si sabes quien me parió… mi madre natural…

―No hijo. Tan sólo sé que tu padre fue un militar leal y valiente. De tu verdadera madre no sé nada. Sólo sé que llegaste de palacio al tiempo que Disenk, nada más. Pero como tú bien dices tu madre no es otra que Nubnofer, que te ama tanto como a Sheritra, al igual que yo, hijo mío…

―Sí padre, claro… gracias… y perdona… – dije nervioso y decepcionado y me levanté.

Al salir le di una ligera patada en la cabeza a Manet. El muy bruto se había quedado dormido. Se despertó asustado y al reconocerme y comprender que lo había sorprendido en falta se puso a besarme las botas para suplicarme en silencio que no lo delatara a su amo.

―Anda, tu amo te reclama… tu mujer le está comiendo la polla y quiere que vayas a besarle los pies… espabila, perro, sino quieres que le cuente que te he sorprendido durmiendo… – le amenacé sin ningún interés por cumplir la amenaza.

Manet, el esclavo libio de padre, era un buen esclavo al que conocía desde que tengo memoria. Padre no suele comportarse cruelmente con los esclavos pero le agrada humillar y someter a Manet. Sé que a padre le encanta Rebah y cuando se la folla o hace que le chupe el pene le gusta que Manet esté presente.

Marché cabeceando y sonriéndome. Padre era un tipo especial. No era amante de mantener a los esclavos en un reinado de terror, cosa que a mamá y a Sheritra parecía encantarles, pero bajo su inofensiva y bondadosa apariencia se había follado a la mayoría de nuestras esclavas, especialmente las más jóvenes. Creo que muchos de los niños esclavos que correteaban por los jardines, los establos, el patio e incluso servían ya en la casa eran hermanastros de Sheritra y míos. De hecho he oído comentar a algunos esclavos que Bakmut, la esclava de mi hermana, era hija de padre.

Me encontré con Simut que venía de cumplir mis instrucciones sobre la esclava que me había hecho enfurecer cuando llegué a casa, irritado por el plantón que me había dado Tajura. Parecía afectado por lo que le pregunté qué le ocurría.

Mientras me desnudaba y me descalzaba para ir a la casa de los baños me explicó que estaba triste por la esclava a la que había mandado azotar. El bueno de Simut, siempre tan sensible. Le prometí que le daría a la esclava que había hecho castigar por mi mal humor una hoja de cadmia. Eso lo tranquilizó.

En la casa de los baños me encontré con Sheritra. Saber que durante las Venusiadas sería su esclavo me impedía mirarla a la cara como siempre, con franqueza, con alegría. Sheritra estaba siendo lavada por Bakmut y al verme me rogó que me sentara junto a ella para compartir su baño.

―¡Oh, Kamen, siéntate aquí… – golpeó con la palma de la mano sobre la piedra cubierta de agua – …a mi lado! ¡Venga, hombre…! qué te pasa? Estás enfadado conmigo?

Sheritra puso esos morritos de puchero que solo ella sabe poner y mi vergüenza y mi fastidio desaparecieron como por ensalmo. Me acomodé a su lado. Estaba desnuda, el cuerpo perlado de agua tibia, el cabello mojado le caía en gruesas guedejas sobre sus hombros y espalda. Me fijé en sus más que correctos pechos que parecían más grandes por estar delgada.

Siempre había visto a mi hermana como una niña feucha y sin embargo ahora mis ojos la veían como una mujer atractiva. Sentí su piel húmeda y me estremecí. Mi pene saludó el contacto con una ligera elevación y por vergüenza me cubrí con ambas manos mientras escuchaba la risita infantil de mi hermana que se había percatado de mi erección. Ha crecido, se ha hecho mujer y yo apenas me he dado cuenta de ello, pensé.

―Si en las Venusiadas me haces una cosa así me veré obligada a castigarte – me dijo entre risitas.

Me puse colorado. Simut se me acercó para echarme agua por la cabeza y al primer contacto del líquido en mi piel me estremecí y me volteé para pegarle una bofetada.

―¡Estúpido! ¡Quiero el agua tibia, no fría! – le grité.

Simut se arrodilló en el agua, dentro de la artesa, para suplicar mi perdón. Sheritra se reía divertida por mi turbación y mi reacción desproporcionada con el pobre Simut, pues el agua estaba en su punto justo.

―Te ruego me perdones, mi amo – murmuró cabizbajo mi esclavo.

―Está bien, pero mira cómo me sirves si no quieres acabar siendo azotado – le dije sabedor de que había sido injusto con él.

Simut se levantó y prosiguió con mi baño. Bakmut bañaba a su ama. Sheritra se sonreía y acercaba su cuerpo al mío, provocandome estremecimientos de placer.

El vapor que producían los esclavos encargados de mantener calientes los bancos de masaje llenaba el recinto. Cada vez que arrojaban agua sobre los ladrillos ardientes que colocaban sobre el bancal de piedra caliza el vapor subía a andanadas y el siseo que producían las piedras al emitirlo componía una agradable sinfonía que relajaba aún más porque los esclavos esparcían hojas de menta y eucalipto sobre los ladrillos que liberaban agradables aromas que respirábamos con placer.

Sheritra se levantó del asiento de piedra que había en el interior de la artesa. Daba por finalizado su baño y se dirigió al bancal seguida por su esclava.

Los dos esclavos que se encargaban de mantener caliente la piedra caliza del bancal se postraron en el suelo y besaron los pies de Sheritra cuando esta se sentó en él.

Desde mi lugar en la artesa, mientras Simut seguía bañándome, podía contemplar a mi hermana. El desplante de Tajura me había puesto de mal humor pero a la vez me había permitido mirar a mi hermana con otros ojos.

Los dos esclavos circasianos seguían postrados a los pies de Sheritra. Mi hermana metió los dedos de un pie entre los labios de uno de ellos para obligarle a abrirlos. El circasiano abrió la boca y se quedó quieto.

―No sabes aún para que sirve la lengua de un esclavo? – le espetó Sheritra al muchacho.

El esclavo no supo qué decir ni qué hacer. Siguió con la boca abierta, con los dedos del pie de mi hermana apoyados sobre su lengua. Pobrecillo, pensé, está muerto de miedo.

―¡Saca tu lengua de esclavo y lámeme los dedos del pie si no quieres que mande que te la arranquen! – le dijo con aspereza Sheritra.

El circasiano sacó la lengua que parecía que tuviera paralizada y se puso a lamer con fruición los hermosos dedos del pie de mi hermana a quién una perversa sonrisa iluminó su rostro haciéndola más bella a mis ojos.

Después se estiró en el bancal boca a bajo y Bakmut le dio un relajante masaje en la espalda, hombros, nalgas, muslos, piernas y en las plantas de los pies.

Sheritra escondía la cabeza entre sus brazos cruzados por delante. Diríase que dormitaba bajo los efectos sedantes de las manos de su esclava. Me levanté y salí de la artesa.

Me dirigí al bancal. Aparté a Bakmut, quien por un momento me miró horrorizada y me coloqué en su lugar. Mis manos acariciaron el cuerpo hermoso y fresco de mi hermana quien se percató al instante de que las manos que la tocaban no eran las conocidas de su esclava. Reconoció mi aroma y la oí gemir. Levantó las piernas y llevó su pie hasta tocarme la espalda.

Con suavidad me estiré sobre el cuerpo de mi hermana. Con la rodilla le separé los muslos. Mi pene parecía un duro garrote a punto de golpear. Le coloqué la punta en su húmeda raja y le separé las nalgas con una mano. She gimió de placer cuando empecé a hundirme en sus carnes.

Los esclavos se quedaron de rodillas, separados de nosotros, con la cabeza gacha. La tomé, la poseí con dulzura, como les gustaba a la mayoría de mujeres de nuestro reino. La penetré hasta el fondo, hasta que mis testículos golpearon la pared de su culo divino.

Me abracé a su cuerpo tendido, me apoyé en el bancal con mis antebrazos y mis manos contuvieron sus pechos. Bombeé con un ritmo lento, díficil de mantener pero necesario para que Sheritra gozase. Mis delicadas embestidas comenzaron a causar el efecto deseado y pronto mi hermana pasó de los gemidos a los grititos de fruición y de ahí a toda una sinfonía de placer. Me vine en su agujero cuando ella más chillaba. Terminé con mi cuerpo reposando sobre su espalda.

―Ha sido maravilloso, hermanita.

Ella no respondió más que un gruñido que significaba que no me quería encima. Me aparté y ordené a Simut que se ocupara de limpiar mi pene, cosa que hizo metiéndoselo en la boca y succionando lentamente. Aguanté mi pene en su boca hasta que me entraron ganas de mear y me oriné en su interior.

Bakmut se había arrodillado tras el culo de su dueña y ahora la limpiaba de mis fluidos con su lengua esclava.

―Pensabas en Disenk mientras me poseías, o en tu amada Tajura? – me preguntó Sheritra levantando un poco la cabeza para mirarme.

Yo estaba de pie y Simut, que acababa de tragarse todo el contenido de mi vejiga estaba secando con sus labios las últimas gotas de orina que asomaban a la cabeza de mi pene. Posé una mano sobre la cabeza de mi esclavo y miré a mi hermana con rabia por lo que acababa de decir.

―Y tú, hermanita… te figurabas que mi polla era la de Simut? – contesté en referencia a la experiencia que aquella misma tarde había tenido ella con mi esclavo.

Sheritra me sonrió y volvió a recostar la cabeza sobre sus brazos. Movió un poco las nalgas, separando más los muslos para que la lengua de Bakmut pudiera limpiarla a fondo y de repente dejó escapar una sonora ventosidad que dio en la cara de su esclava. Sheritra ahogó una risa entre sus antebrazos y yo le di un golpe a Simut en la cabeza para indicarle que ya estaba servido. Me calzó las sandalias, luego se levantó, me puso mi bata y abandoné la casa de los baños.

Me sentía aturdido. Había hecho el amor con mi hermana por primera vez y me había hecho feliz. Inmensamente feliz pero sus últimas palabras me habían aturdido. Disenk otra vez. Porqué me conmovía ante la simple mención del nombre de esa esclava?

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8. ISIS. LA DIOSA MADRE DEL AMOR Y DE LA FERTILIDAD.

La reina Akesha, la actual soberana del reino de Asuat, ascendió al trono muy joven, apenas tenía diecisiete años. Una grave enfermedad se había llevado a la reina madre y la joven Akesha, la menor de sus hijas, había sido destinada por aquélla para sucederla.

Nada más iniciar su reinado tuvo que hacer frente a una importante rebelión en las fronteras del sur, en la sometida Libia. Un ejército de esclavos rebeldes se había alzado contra el poder del Reino de Asuat, contra la miseria y el hambre a la que los voraces recaudadores de impuestos asuatís en nombre de la reina Akesha sometían al pueblo libio.

Nada más ascender al trono Akesha decretó una importante subida de impuestos en los territorios sometidos, provocando una insoportable presión que abocó a los pueblos conquistados a gran escasez y terribles hambrunas. Los libios se reblearon. Todo el mundo temió que la juventud y la inexperiencia de la reina recién ascendida al trono llevara el reino a su destrucción.

Pero nadie contaba con la determinación de Akesha. Se dejó aconsejar por el consejo de sabios del reino varios de cuyos miembros más relevantes pensaron que podrían manipularla a su antojo. La reina escuchó a todos pero tomó sus propias decisiones.

―El libio es un pueblo esclavo de mi Reino y yo soy su soberana. Pagarán los impuestos que he decretado, aplastaremos la rebelión y daremos un escarmiento que sorprenderá a todos por su crueldad – fueron las palabras de la joven reina ante el sorprendido consejo.

Era evidente que debía enviar un cuerpo de ejército para sofocar la rebelión. Lo hizo. Lo que nadie imaginó es que ella decidiría comandarlo, en persona.

El pueblo llano enloqueció de fervor cuando supo que la joven reina haría honor a sus más ilustres antepasadas, que habían guerreado por la expansión y la estabilidad del imperior, y se pondría al frente de sus tropas.

Cuando la vieron montada en su cuádriga de oro, con la brillante armadura pectoral dorada que dejaba uno de sus pechos al aire, el yelmo también de brillante dorado, su shenti corto de cuero entreverado con hilos de plata, sus altas botas doradas hasta las rodillas dejando ver sus fuertes y atléticos muslos, estallaron miles de gargantas en un estruendo enfervorecido vitoreando a la joven reina.

El sol se reflejaba en sus botas, en su yelmo, en su coraza y talmente el pueblo veía la representación de una diosa. Yo misma habría firmado parecerme a ella. Me sentí orgullosa de mi pueblo y de la dinastía que reinaba en mi nombre.

Más orgullosa me sentí cuando Akesha, antes de partir con su ejército hacia el sur, ofició sacrificios humanos en mi honor, la Gran Madre, la Diosa Isis. Akesha ordenó que fueran escogidos diez esclavos libios. Le trajeron cien. La joven reina se encerró en el templo dedicado a mí y me rezó con fervor para conocer mi bendición.

Me aparecí ante Akesha tomando la forma de su madre muerta. Me aparecí desnuda, envuelta en un manto de luz solar que hirió la oscuridad de la cripta donde Akesha me invocó. La joven se postró de rodillas y besó mis pies. En mi eterna vida de divinidad sólo me he aparecido en contadas ocasiones, en aquellos casos en los que he considerado que la reina invocante lo merecía y Akesha se había ganado mi simpatía y mi respeto por su arrojo y valor.

―Mi pueblo… tu pueblo – rectificó al instante –, ha traído cien esclavos libios para ser inmolados en tu altar, Gran Diosa Madre. Suplico tu bendición para mi reinado.

―Me conformaré con diez esclavos. Quiero que los selecciones tú misma, que sean todos jóvenes, la sangre de los infantes es más agradable al paladar de una Diosa. Quiero que me regales los oídos con sus alaridos y bramidos. Sabes perfectamente que las divinidades tenemos cierta apetencia por la crueldad. Hazme pasar un rato agradable con su tortura y bendeciré tu reinado hasta el fin de tus días.

Akesha cumplió con creces. Seleccionó a los diez más pequeños de entre los cien esclavos que habían sido ofrecidos y ella misma les dio muerte tras espantosas torturas que el pueblo jaleó ávido de sangre y venganza contra los congéneres de los sacrificados. No detallaré los espantosos sufrimientos, sólo diré que Akesha, al terminar la ofrenda de dolor, sangre y muerte de los diez infantes, se encerró en su tienda y vomitó y lloró toda la noche.

Al día siguiente, montada en su carro engalanado con las cabezas de los diez esclavos infantes muertos la tarde anterior, partió al frente de su ejército. Al medio día abandonó el carro para ser llevada en su litera que en realidad era su propia tienda de campaña, la más grande de todas. Cincuenta esclavos la portaban bajo sus espaldas.

Tres quince días de viaje el ejército comandado por la reina acampó junto a la frontera rebelde. Los libios que seguían fieles al poder de Asuat ofrecieron presentes de buena voluntad a la reina pero Akesha los hizo apresar.

Rodeada de sus mejores generales participó en el diseño de la ofensiva. Discutió tácticas de guerrilla, estrategias globales, cautivó a todos sus subordinados más importantes por la preclara visión estratégica de aquella joven a la que suponían una formación nula, la propia de una vida dedicada al placer, a la lujuria, a no hacer nada, a satisfacer el menor de sus caprichos. Al bendecir a Akesha le había infundido la sabiduría necesaria para hacerla fuerte en los retos que la esperaban.

Un mes tardó el ejército de Akesha en terminar con los últimos reductos de la rebelión. Una orgía de sangre y dolor puso fin a la guerra cuando la propia Akesha participó en la última ofrenda de sangre que me hizo: la de los cabecillas de la rebelión libia, aunque antes se libró a una sangrienta represión. Mandó quemar docenas de pueblos. En varios hizo encerrar en el templo a todos sus habitantes y luego mandó prenderle fuego. Saqueó numerosas poblaciones llevándose cientos de esclavos. A más de la mitad los hizo torturar delante de los abatidos libios que no habían participado en la rebelión.

El castigo que aplicó a la diezmada población libia fue atroz. Hacía hentis que un pueblo no sufría un castigo tan desproporcionado. Akesha presenció cómo cientos de jóvenes fueron quemados vivos y obligó a sus padres a presenciar el martirio de sus hijos. La reina mandó un cuerpo de ejército compuesto de fornidos nubios que tenían a gala lucir inmensos penes para que violaran a los hijos y las hijas de los sublevados.

Evidentemente los nubios no preguntaron a sus víctimas si habían participado o no en la rebelión y violaron todos los tiernos culos libios a los que tuvieron acceso ante la desesperación de sus padres.

Akesha quiso mostrarse despiadada, doblegar la rebelión a sangre y fuego para que en los anales se escribiera que no permitiría más revueltas a su poder. Me sentí muy orgullosa de mi querida y joven Akesha.

El último día de la campaña Akesha abandonó sus distintivos reales y se hizo vestir por su esclava como cualquier soldado de su ejército. Dio ordenes específicas a su guardia pretoriana, compuesta por temibles guerreras tracias fieles como perros a su reina y dispuestas a dar la vida por ella, que no la siguieran.

Akesha montó un caballo de su propia guardia y partió a recorrer las distintas guarniciones, quería ver a sus soldados sin que el temor que su real persona despertaba les pudiera cohartar. Ataviada con sencillez parecía cualquiera de las numerosas guerreras que servían en su ejército, un ejército formado mayoritariamente por varones pero en el que tenían cabida aquellas hembras que se sintieran llamadas por la pasión de guerrear.

La reina se sintió feliz yendo de aquí para allá de incógnito. Sus hombres no la reconocieron y la trataron como a uno más. Bebió con ellos, comió con ellos y no fornicó con ellos porque su sangre sólo podía ser fecundada por sangre noble, lo cual le valió algunos groseros reproches por parte de los ofendidos soldados. Al segundo que le negó sus favores lo abofeteó cuando llevado por la frustración la insultó.

―Recuerda que no eres más que un miserable varón. Si doy parte de tu insolencia al consejo de mujeres ten por seguro que será la última vez que luzcas tu miembro.

El joven soldado se arrodilló ante la reina, a la que no había reconocido, y se humilló para obetener el perdón de aquella mujer ofendida. Akesha lo perdonó porque le gustó que el orden de las cosas permaneciera como el día, es decir, inmutable, y el hombre siguiera sometiéndose al principal y superior criterio de la mujer.

Tras ese incidente Akesha montó en su tordo y se alejó de aquel campamento. Akesha cometió la imprudencia de alejarse de las líneas que delimitaban sus guarniciones. El caballo se acercó a un riachuelo para saciar su sed y ella desmontó para calmar la suya. No se veía a nadie. Akesha se dio cuenta de que llevada por su ánimo se había colocado en una situación delicada. La rebelión había sido aplastada pero lejos de la ciudad imperial, en las regiones sometidas, la vida estaba gobernada por el hambre y la miseria que su voracidad impositiva había generado, lo que forjaba peligrosas bandas de salteadores.

Mientras se hallaba acuclillada cogiendo agua con la mano haciendo cuenco para llevársela a los labios sintió un golpe en la nuca y para Akesha se hizo la oscuridad.

Tardó poco en recobrar la conciencia pero se encontró con un pie sobre el cuello y rodeada por tres bandidos, un hombre y dos mujeres con aspecto harapiento y sobre todo hambriento.

Akesha no se identificó como la reina de Asuat pues esta información, en aquellas circunstancias, lejos de amedrentar a los bandidos podía servirles para intentar secuestrarla para obtener rescate. Una operación suicida, seguro, pero el hambre y la miseria crea héroes y locos que no se detienen ante nada.

La joven reina pensó que como no llevaba nada de valor encima probablemente la golpearían, quizás la violarían pero la dejarían en paz. Luego ya se encargaría ella de que fuesen capturados y torturados. Ella misma dirigiría el suplicio de aquellos tres imbéciles.

La mujer que le tenía la bota sobre la garganta le escupió en el rostro.

―Mira tú, una soldadita de la puta reina de Asuat.

―No lleva nada de valor – dijo el hombre que arrodillado a su lado la registraba – pero tiene un coñito fresco y jugoso – añadió el desdentado libio.

Akesha se asustó. Iban a violarla?

―Es extraño, los soldados suelen llevar comida en las alforjas, ésta sólo lleva su espada – comentó la otra mujer, más mayor que los otros dos.

Entonces esa mujer, que veía algo extraño en el cuadro que se ofrecía a sus expertos ojos examinó las manos de Akesha.

―Esta individua lo más duro que ha sostenido en sus manos es un látigo de montar. Fijaros qué delicadas. Es una noble… seguro… podríamos pedir rescate por ella… esperad – dijo y se fue hacia las piernas de Akesha que seguía estirada en el suelo, inmovilizada por el pie de la otra asaltante y con el hombre desdentado metiéndole los dedos en la raja de su coño.

La mujer le descalzó, casi le arrancó, las botas y le tocó los pies.

―Definitivo, es una noble. Fijaros en sus pies. Tiene las plantas de los pies más suaves que el culo de un bebé. Ésta no ha hecho una marcha en su vida. Seguro que la llevan en litera hasta para ir a cagar… lo más duro que han pisado estas plantas son los labios o los pechos de su esclava… me equivoco, bonita? – dijo la mujer dirigiéndose a Akesha y pellizcándole la pantorrilla – y esa belleza… aunque no lleve joyas ni distintivos a mí no me engaña.

Akesha pensó que el hecho de que la que parecía llevar la voz cantante siguiera aquella hipótesis, que no era equivocada del todo, podía salvarla. La suela de la bota de la otra asaltante le estaba llagando el cuello por la presión que ejercía. A una señal de la que parecía la jefe del grupo la que la pisaba aflojó la presión hasta retirar el pie. Lo que no retiró fue la filosa punta de la espada que ahora se le clavaba ligeramente en la garganta.

Akesha, libre de la presión tosió y al hacerlo la punta afilada de la espada se le clavó ligeramente haciéndole un ligero corte del que manó sangre. Akesha la sintió caliente deslizarse hacia su pecho. Ni se inmutó. Se mantuvo serena.

Yo me sentía orgullosa de mi joven reina. Alguno pensará que podía haber intervenido antes pero quise aprovechar para darle un pequeño escarmiento por su prepotencia. A quien se le ocurriría siendo la reina del más poderoso imperio lanzarse sola en territorio hostil… que pagase un poco su inexperiencia no le iba a hacer ningún mal.

El varón desdentado seguía teniendo la mano en la entrepierna de Akesha de la que no emanaba el menor fluido corporal.

―¡Quita tu sucia mano de mi coño, cerdo! – soltó de repente la joven reina.

Lejos de impresionar al bandido aquella pequeña rebeldía lo excitó. Se rió mostrando sus encías descarnadas y se giró hacia la que parecía comandar el grupito en busca de su anuencia.

―Bueno, no creo que una buena penetración de Taras vaya a estropearla demasiado. Si no obtenemos rescate siempre la podemos vender a los yemenitas. Se pirran por las mujeres nobles y ésta es una odiada asuatí. Seguro que nos pagarán bien. Adelante Taras, enséñale a esta delicada dama lo que puedes hacerle con lo que te cuelga entre las piernas. ¡Así sabrás cómo se han sentido nuestros hijos cuando tus malditos nubios los violaban, puta!

Akesha se estremeció. Los insultos no la inquieaban pero pensar en que iba a ser violada por aquel salvaje la puso nerviosa. El tal Taras se arrancó el calzón y a la vista de la reina apareció un poderoso ariete de carne babeante. La joven reina reaccionó lanzando una patada a los testículos del baboso pero a pesar de que alcanzó de lleno al salvaje apenas le hizo daño y la punta de la espada que la vigilaba se le clavó en el pecho izquierdo obligándola a soltar un grito y a detener su furiosa reacción.

La patada encabronó al macho que una vez recuperado de la agresión se abalanzó sobre Akesha. La que parecía la jefa del grupo soltó un chillido de satisfacción por el espectáculo que iba a presenciar. La mujer dejó los pies de Akesha para colocarse sobre su cara, acuclillada, y le silenció la boca con su apestosa entrepierna. El baboso le separó las piernas de un rodillazo y Akesha sintió la quemadura del glande enrojecido de aquella bestia penetrarle en su real raja.

No podía gritar, ni revolverse. Estaba atrapada entre las carnes de la mujer. La espada de la otra que seguía hiriéndole el pecho, dolor que apenas sentía por la tensión de la humillante violación a la que estaba siendo sometida, y el cuerpo del hombre la tenía inmovilizada sobre sus piernas.

Akesha cerró los ojos y lloró de rabia. Cerró cuanto pudo su real entrada carnal para impedir el paso de aquel monstruoso pene pero lentamente y a embestidas y golpes de riñón sintió que se iba abriendo paso. Quería gritar pero la peluda vulva de la mujer se lo impedía. Entonces la humillación alcanzó su punto álgido. El hombre rompió sus defensas vaginales y la mujer bajo cuyo culo se hallaba presa se orinó.

La joven reina sintió el caliente y apestoso líquido bañarle la cara y sintió enfermar de asco, rabia e impotencia. Nunca en la vida una reina de Asuat había recibido un trato tan infame y degradante. Por su mente sólo cruzaban deseos de morir. El pánico la asaltó cuando pensó en la posibilidad de que aquel bastardo la dejara preñada. Intentó hacer fuerza pero no podía. Era inútil.

Cuando pensaba que iba a morir de vergüenza y humillación y cuando el hombre empezaba a golpear con sus testículos rítmicamente contra la entrada de su cueva sintió que el dolor de la espada dejaba de mortificarla. Lo siguiente que escuchó fue el ruido metálico del arma al caer al suelo y un apagado gemido. Después escuchó el ruido sordo del desplomarse de un cuerpo sobre las piedras.

El hombre dejó de moverse de repente y su pene se desinchó en el interior de su coño. Otro gemido, este más fuerte y el hombre quedó como un peso muerto sobre sus piernas y su vientre. La mujer que la estaba orinando se removió, como si se hubiera girado para mirar. De repente Akesha sintió que el sol y el aire acariciaban su rostro. Veía la luz. La mujer que la estaba orinando se había levantado.

Qué ocurría? Vio el cuerpo de la otra mujer en el suelo, con una flecha atravesándole el cuello, la cara girada en una posición antinatural, los ojos abiertos con desmesura y la lengua fuera, colgando de su boca como un pez fuera del agua.

Lo siguiente que vio en una rápida panorámica fue una flecha clavada en el centro de la espalda del hombre que la estaba penetrando. No sabía si su pene fláccido seguía en su interior. El hombre aún se movía, poco, pero parecía que aún vivía.

Akesha empujó con todas sus fuerzas al gigante baboso para quitárselo de encima. No sabía aún qué había pasado, qué estaba sucediendo pero fuese lo que fuese parecía venir en su ayuda y ella iba a aprovecharla. Se puso en pie de un salto. Vio que la meona estaba arrodillada con los brazos alzados, en actitud implorante. Akesha miró en la dirección que suplicaba la mujer y entonces vio a una joven, una muchacha de tez morena pero no oscura. La muchacha tenía la mirada fija en el extremo de la flecha que tensaba en su arco y apuntaba fijamente al corazón de la meona ahora implorante.

―¡Dispara! – gritó Akesha llena de rabia.

La jovencita del arco ni se inmutó. Siguió teniendo a la bandida bajo el punto de mira de su flecha, el arco tensado, los músculos tensos pero calmos.

―¡Dispara he dicho! – volvió a gritar Akesha que seguía de pie, sin moverse.

―La de la espada está muerta. El que te violaba aún vive, es demasiado fuerte. Ocúpate de él. De ésta me encargo yo. No te preocupes, puedo clavar una flecha en un cabello que lleva el viento a doscientos metros de distancia.

Akesha vaciló. No estaba acostumbrada a recibir órdenes. Luego se dijo que tampoco lo estaba a que la violaran y menos aún a que se le mearan en la cara. Después aclararía las cosas con su salvadora. Ahora era mejor hacer lo que decía, al menos parecía muy segura de sí misma y de sus cualidades, que parecían ser muchas, al menos en el arte del arco y la flecha, disciplina en la que Akesha también destacaba, por lo que analizando los disparos que había hecho y la manera de apuntar a la otra mujer dedujo que no era ningún farol lo de darle a un blanco móvil a doscientos metros.

La joven reina dio un salto y cogió la espada del suelo. Luego arrancó los arapos de la muerta y los hizo a tiras con los que después ató las manos del hombre a la espalda y con una cuerda que encontró en la alforja de su caballo hizo un lazo con el que le rodeó la garganta y ató el extremo al saliente de una raíz de un solitario sicomoro.

Akesha respiraba agitadamente. Ni en sus peores pesadillas había sido capaz de sentir tanto pánico, vergüenza y miedo como el que había experimentado ese día. Miró hacia la joven del arco y hacia la mujer que seguía implorando de rodillas.

La sangre tonificó de nuevo su cerebro y a partir de ese momento se sintió con fuerzas para razonar. Avanzó con la espada en la mano, se colocó tras la implorante que la había meado y le asestó un golpe terrible con la empuñadura detrás de la cabeza. La mujer se desplomó inconsciente sobre el suelo.

―Ayúdame a atarla. Llevemos a estos dos hasta el árbol y atémoslas al tronco – dijo Akesha recobrando su autoridad perdida.

La arquera salvadora desarmó el arco y lo dejó apoyado junto a su caballo. Se acercó a Akesha y la ayudó a trasladar el cuerpo inconsciente de la que se le había orinado en la cara. La sentaron en el suelo, la espalda contra el tronco y le ataron las manos a la espalda y a su vez al árbol. Luego arrastraron al gigante que seguía debatiéndose en el suelo, boca abajo. Parecía tarea imposible para dos jóvenes como la reina y la arquera salvadora. La muchacha soltó al hombretón, cogió una piedra grande del suelo y con ella le golpeó en la nuca. El gigante perdió el conocimiento. Luego rompió el asta de la flecha y siguieron arrastrando su mole. Media hora después habían conseguido atarlo, justo cuando recuperaba la conciencia.

―Supongo que querrás tomar venganza, no? – preguntó con cierta morbosidad la arquera desconocida.

―Desde luego, te aseguro que sí.

―Bien, yo tengo hambre. Mejor que los tortures con el vientre satisfecho.

Akesha se dio cuenta de que estaba hambrienta. Ahora que había pasado el peligro, ella al menos así lo intuía, se dio cuenta de que le rugían las tripas.

―De acuerdo. Comamos. Prepara algo… – le ordenó Akesha.

―Alto bonita, qué quiere decir eso de «prepara algo» no soy tu esclava.

Akesha la miró fijamente. Había recobrado su autoridad. Tenían una estatura similar. Por un momento pensó en abofetearla pero se contuvo. En primer lugar acababa de salvarle la vida, más aún, la había salvado de la humillación. En segundo lugar la muchacha no sabía quien era ella.

―Sabes quien soy? Te conviene obedecerme…

―Claro que sé quien eres, y qué… no estás en disposición de mandar que me azoten, ahora eres como yo pero con una gran diferencia. Yo estoy en mi terreno y en él soy la mejor. No estamos en los lujosos salones de tus palacios.

Akesha la miró desconcertada.

―No creo que lo sepas, de lo contrario no te mostrarías insolente.

―He dicho que sé quien eres. Puede que sea de origen campesino pero no soy estúpida. Eres la nueva reina de Asuat, la victoriosa y cruel reina Akesha, aunque de no ser por mí seguramente ahora serías la hermosa esclava de estos – señaló con la barbilla con desprecio a los dos prisioneros.

Akesha se quedó muda ante el insolente desparpajo de la joven arquera.

―Aquí el trabajo se hace a medias. No tenemos esclavas. Sabes encender un fuego? – le preguntó aunque enseguida se dio cuenta de lo estúpido de su pregunta – qué vas a saber tú. Yo encenderé el fuego y tú córtale los pechos a la muerta. Los tiene bastante grandes. Nos servirán.

―Queeeeeé…?

La joven ya se había dado la vuelta y estaba cogiendo ramas secas con las que hacer una fogata para cocinar. Akesha entendió que su comida iba a consistir en comerse los pechos de la bandida muerta. Iba a decir algo pero al final recogió la espada del suelo y se dirigió al cadáver.

Un cuarto de hora después la arquera estaba dando vueltas a un espetón en el que había atravesado los dos senos que Akesha había rebanado con la afilada espada.

Cuando empezó a comer se sorprendió de la extraordinaria suavidad de la carne humana. La arquera comía con apetito. Se notaba que estaba acostumbrada. El hambre y el hecho de que aquella carne era deliciosa hicieron a Akesha olvidar sus prejuicios y comió también con apetito.

―Eres libia? – le preguntó Akesha mientras masticaba un pezón asado de la muerta.

―La mitad de mi sangre lo es. Mi madre lo era. Mi padre era un noble tártaro. Bueno, era, o eso decía mi madre. Seguramente es cierto, así lo dicen el color de mis ojos y esa marca de nacimiento que heredé de mi padre en la ingle, en forma de escarabeo azul. Al parecer sólo la tienen un determinado y reducido grupo de personas descendientes de la nobleza tártara.

Akesha la contempló. Realmente era una muchacha tosca pero era bellísima. Sus ojos eran verdes, su tez morena y su cabello denso de un negro brillante. Una rara mezcla, se dijo para sí la joven reina. No obstante la encontró hermosa, especialmente por la insolencia y seguridad en si misma que empleaba.

―Era? Ya no vive tu madre? Eres huérfana?

―Desde hace una semana. Tu ejército arrasó mi aldea. Yo estaba fuera, de caza. Cuando regresé aún tuve tiempo de verte. Estabas en tu litera, contemplando cómo tus soldados nubios violaban a todos los vecinos de la aldea, hombres, mujeres y niños… todos pasaron por el falo del vencedor, luego ordenaste elevar una gran pira en la hondonada que hay al final del poblado y mandaste quemar vivos a todos los aldeanos. Mi madre y mi hermano murieron asados. Me llené con los gritos de los niños mientras ardían y aún tuve tiempo de ver el rostro de mi madre desencajado por el sufrimiento antes de que la voracidad de las llamas acabaran con ella y con los demás, incluido mi adorado hermano.

»De vez en cuando algún niño o algún adulto lograban salir de la pira. Tus soldados los acuchillaban y volvían a arrojarlos a las llamas. Me fijé en ti, reina Akesha. En ningún momento te vi dudar, en ningún momento advertí en tu rostro la menor señal de piedad o compasión. Tu rostro pétreo, hierático, no dejó translucir la menor emoción.

»Juré vengarme. He estado infiltrada entre tus tropas desde aquel día. He buscado hacer el amor con tus soldados a cambio de que me hablaran de ti. Quería conocerte antes de matarte. Pero todos te adoran. Una jefa de escuadra me llevó a su tienda para que nos diéramos placer. Tras hacer tres veces el amor estuvimos hablando. Como los demás ella te adora. Le conté lo que había visto hacer a la gente de mi aldea, a mi madre. Esa soldado me acarició la cara con ternura y me dijo que tras sofocar la rebelión no te había quedado otro remedio que emprender una dura y cruenta represión. Me dijo que odiabas tener que hacerlo pero que eran las leyes de la guerra, que no me lo tomara como algo personal.

»Estuve meditando las palabras de tu capitana. Seguí indagando y con todos los que hablaba me mostraban que te adoran. Quizás tuviera razón la jefa de escuadra que con tanto amor me trató, me dije, tal vez esta reina hizo lo que habría hecho cualquier otra en su lugar, imponer su autoridad mediante el terror.

»Esta mañana te he visto salir de tu tienda sola. Te he estado siguiendo a distancia. No has podido verme pero yo no te he perdido el rastro en ningún momento. Cuando he visto que te habías perdido el corazón se me ha llenado de júbilo. Te mataría, pero antes te diría porqué lo hacía.

»La aparición de esos idiotas me ha complicado el plan. Les he dejado hacer. He pensado que estaría bien que te hicieran sufrir un poco. Incluso me he divertido cuando he visto que te iban a violar…

Akesha se había quedado muda, paralizada, con un trozo del pecho asado en las manos a medio camino de llevárselo a la boca. No podía creerse lo que estaba escuchando de labios de aquella joven que hablaba de sus intenciones de matarla como si tal cosa, sin dejar de comer. Akesha buscó con la mirada el arco y las flechas. Seguían donde los había dejado la joven. Sus ojos fueron a parar al largo cuchillo que llevaba al cinto. Ella no tenía nada con qué defenderse. Iba a cumplir su venganza una vez hubieran comido? Se maldijo por su cabezonería de querer salir sola y de manera especial por haberle dicho a la jefa de su guardia pretoriana que si se enteraba que la había hecho seguir ella misma le cortaría los pechos.

Akesha estaba totalmente confundida, aturdida por la situación. Aquella hermosa joven que le había salvado la vida lo había hecho para poder darse el placer de matarla ella misma. Y seguía estando sola. Primero a merced de aquellos maleantes y ahora de su teórica salvadora.

―Y bien…? Vas a cumplir tu venganza? Vas a matarme?

Akesha no iba a implorar. Era una reina. Podía haber muerto en el campo de batalla, podía haber caído en manos de los rebeldes. Sabía a qué se exponía. Ahora parecía que iba a llegar su hora y no se mostraría débil, como no se había mostrado débil cuando escuchaba los alaridos de los libios que eran masacrados en la atroz represión que había desencadenado. No se lamentaba de lo que había hecho, eso no quería decir que le gustase pero era su deber como reina hacer lo que debía.

―No. No lo haré. No me preguntes porqué, no lo sé. Sólo sé que cuando ese cerdo ha empezado a penetrate y su ama se ha sentado en tu cara me he sentido como si me hubieran golpeado en el rostro. He escuchado una voz interior. Una gran presión me ha atenazado la cabeza. Me he dejado caer al suelo con las manos apretando mis sienes, dejando caer mis armas. Era como si algo muy poderoso penetrara en mi cuerpo. Sentía dolor y a la vez placer. Era una señal, estoy segura porque he podido escuchar una voz en mi interior, una voz dulce pero severa que me decía que no se mata a la reina de una. El dolor ha pasado como por ensalmo y me he puesto de pie. Entonces en mi corazón no había odio hacia ti, ni deseos de venganza.

»Ante mis ojos han vuelto a pasar las imágenes de la crueldad con que oprimiste a los míos, he visto a mi madre y a mi querido hermano quemarse, he oído de nuevo los alaridos de los niños, niños que conocía. Cuando la cara del horror te es conocida resulta aún más horrible. Pero no he sentido odio hacia ti. Nada. Ha sido como si aceptara que habías hecho lo que tenías que hacer. Incluso he aceptado como una señal el hecho de que me hallara ausente en el momento de la matanza, pero no una señal de venganza sino una señal de obediencia. Como me ha dicho la voz interior no debe matarse a la reina de una, y tú eres mi reina, porque libia pertenece a Asuat y tú eres la reina de Asuat y de todos los pueblos que te tributan obediencia.

Akesha estaba absolutamente alucinada. Consternada. Qué habría hecho variar los planes de la muchacha que pretendía matarla? Aún más, qué poder había actuado para cambiar sus sentimientos hacia ella.?

Akesha lo supo. Supo al instante que era yo, la Gran Madre, la Gran Diosa a la que debía veneración, la que había actuado, la que había intervenido. Mi espíritu invadió el alma de la joven Thui para tornar su odio en admiración por la reina. Se lo debía a mi Akesha que antes de partir a la guerra me había ofrendado los mejores sacrificios que ninguna de sus antepasadas me hubiera hecho anteriormente… y por qué negarlo, por que me gustaba aquella muchacha que con sólo diecisiete años había tenido la valentía de asumir el trono de mi pueblo.

La joven reina suspiró tranquila. Acababa de darse cuenta de que había sido yo quien había intervenido y modificado el curso del destino.

Ahora era Akesha la que pensaba en dar un escarmiento a su salvadora. La joven había osado decirle que tenía intención de matarla. El simple pensamiento de herir a lesa majestad estaba penado con la muerte, si además se manifestaba esa intención, el temerario debía morir entre espantosos tormentos.

Sabiéndose a salvo desde el mismo momento en que supo de mi presencia protectora, Akesha se mostró más tranquila y más segura.

De todas formas yo no iba a permitir que Akesha castigara a la joven Thui por su intención de matarla. No. Me divertía jugar con los sentimientos de mis fieles, de la misma manera que hoy me divierto con el pobre Kamen entonces me divertía con mi joven reina a la que había puesto en el camino de su destino a su salvadora, la joven Thui. De hecho yo ya había decidido cruzarles los destinos.

―Bien, creo que es una decisión sensata la tuya. Como bien sabes estoy protegida por la Gran Diosa Isis, y al que ose tocarme le espera una muerte lenta y dolorosa, como a esos dos que están ahí – Akesha desvió la mirada hacia el gigante y la meadora que seguían atados al sicomoro, lamentándose de su mala suerte.

―Qué piensas hacer con ellos?

―Cortarles la lengua, deshollarles las plantas de los pies y llevarlos tras mi caballo hasta mi base militar. Allí haré que mueran bajo las más insoportables torturas…

―Te sientes capaz de cortarles la lengua y depellejarles las plantas de los pies? – preguntó la joven Thui que desde mi divina intervención en su alma notaba que cada vez se sentía más atraída por la verdugo de su familia y su pueblo.

―Tú lo harás por mí.

Akesha miró fijamente a la joven arquera. Ambas estaban sentadas en el suelo. Habían terminado de comer y se sentían satisfechas.

Para Akesha había supuesto un grato descubrimiento el agradable sabor de la carne humana.

Ahora miraba a la muchacha que le había salvado la vida y por momentos se sentía más y más cautivada por su belleza salvaje, y sobre todo por su insolencia juvenil, desprovista del miedo atávico que todos sus súbditos sentían en su presencia.

―Claro, lo haré – confirmó finalmente Thui.

―También me calzarás las botas que esa arpía me ha sacado para tocar mis pies. Haré que le quemen todas las partes de su cuerpo que han osado tocar el mío.

―También lo haré, pero quiero que sepas que no soy tu esclava – replicó Thui.

―Claro que eres mi esclava. Eres libia, pueblo sometido a mi reino, y yo soy la reina, por tanto me perteneces.

―No soy libia, tan sólo la mitad de mi sangre lo es. La otra mitad es sangre de un noble tártaro por lo que mi lealtad tiene más valor. Ya te he dicho antes que te considero mi reina, una libia jamás te consideraría su reina, y menos después de lo que has hecho con ellos.

―Cómo te llamas?

―Thui, majestad – por primera vez las palabras de la joven arquera manifestaron un profundo respeto por la autoridad que tenía delante.

Thui miró fijamente a los ojos de Akesha y se sintió penetrada por ellos. Akesha le mantuvo la mirada. Ningún mortal la había mirado anteriormente a los ojos sin perder la vida por ello, pero allí, en mitad del desierto, vestida como un simple soldado, sin el menor distintivo real, enfrentada a su propia muerte momentos antes todo era distinto.

Para Akesha era una experiencia nueva e insólita la que estaba viviendo.

―Pues bien, Thui, cálzame las botas y afila tu cuchillo, vas a empezar por deshollarles las plantas de los pies. Quiero que caminen sobre las ardientes arenas en carne viva. Después les cortarás la lengua pero primero gozaré con sus alaridos y sus súplicas.

Thui se levantó del suelo. Las botas de la reina estaban allí donde la mujer bandido las había arrojado tras sacárselas para comprobar la finura de sus pies y corroborar así sus sospechas sobre la nobleza de su víctima.

Thui se agachó para recogerlas y se acercó a Akesha que permanecía sentada. Se arrodilló y la reina le tendió los pies para que la calzara.

Privada de la razón, empujada por una fuerza interior que desconocía y que había nacido en el mismo momento en que poseí su alma y su pensamiento, Thui se postró en el suelo y besó los pies de la reina.

Akesha se sonrió satisfecha. Luego Thui demostró sus habilidades con el cuchillo. Después de hacerles una incisión a la altura de los tobillos, Thui se manejó con destreza para arrancarles la piel de ambos pies a los asaltantes.

La joven y orgullosa reina Akesha se deleitó en los alaridos de sus estúpidas víctimas y no perdió detalle del espantoso suplicio.

Thui se manchó el pecho que llevaba descubierto con la sangre de los torturados cuando les cortó la lengua. La arena del desierto quedó cubierta de sangre roja que fue absorbiendo hasta casi hacerla desaparecer.

Terminado el suplicio de los asaltantes Akesha se plantó frente a Thui.

―Tu lengua también debe quedar sellada… para siempre. Tus ojos han visto la humillación de la reina de Asuat y tu lengua no puede reproducirlo. Debería hacer que te arrancaran la lengua pero como me has salvado la vida la sellaremos de otro modo.

Thui la miraba fijamente. Se daba cuenta de que no quería escapar. No sabía qué le sucedía pero se sentía magnetizada por la reina, por su belleza, por su personalidad, por su dominio de sí misma, por su dignidad a cómo había afrontado su suerte.

―Tu lengua se sellará con mi lengua – y dicho esto Akesha cogió la cara de Thui entre sus manos, la acercó a la suya, entreabrió los labios y la besó. La lengua de Akesha penetró en la boca de Thui y entró en contacto con su lengua. Ambas lenguas se enroscaron y ambas jóvenes sintieron en ese mismo momento como la descarga del relámpago atravesaba su cuerpos.

Cuando se separaron ambas se miraron de una manera absolutamente diferente a cómo lo habían hecho hasta el momento. Ahora en sus miradas había amor. Mi intervención había vuelto a ser certera.

―Ahora tus labios están sellados para siempre – le dijo Akesha.

―Sí majestad. Desde ahora mis labios te pertenecen, como yo misma te pertenezco.

Thui parecía fulminada, había caído en las redes de Akesha que yo había tejido y lanzado, pero Akesha también estaba afectada.

Aunque probablemente en ese momento ella no lo sabía era más que evidente que acabaría amando a aquella muchacha que la había seguido con intención de matarla y que había terminado por salvarle la vida.

Dos guarniciones enteras buscaban a la reina desde hacía horas. A media tarde la encontraron. Iba a caballo y tras ella, atados, prácticamente se arrastraban dos libios, una mujer y un hombre, empapados en sangre, que no podían ni andar.

Al lado de la reina cabalgaba una hermosa muchacha de su misma edad, tez morena, cabellos negros como el azabache, sueltos al viento, y ojos profundamente verdes que llevaba cruzado a su espalda un arco y un carcaj con flechas. La cuerda del arco le cruzaba el pecho y le aplastaba ligeramente el pezón que mostraba orgullosa.

La guardia de Akesha vitoreó a su amada reina, más aún cuando vieron el estado de los dos prisioneros.

Thui contó a todo el mundo que quiso escucharla la valerosa azaña de su reina al enfrentarse a tres rebeldes libios que la habían atacado, matando a una de ellas y reduciendo a los otros dos. Ella tan sólo se había limitado a ayudarla a atar a los prisioneros y los había torturado siguiendo sus instrucciones.

La hazaña se extendió como la enfermedad y en poco tiempo Akesha era aclamada en todos los rincones del reino. La joven reina tenía ante sí un largo reinado y entraba por su propio pie en las leyendas vivas de la historia por su valor, arrojo y coraje.

Akesha era la reina que necesitaban sus súbditos, y yo, su diosa protectora, me sentía satisfecha por cómo había sucedido todo.

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9. KAMEN.

Tajura no regresaba de la hacienda de recreo que sus padres tenían en Al Fayum y yo me reconcomía de celos, rabia e impotencia. Necesitaba verla, sentirla cerca. Su presencia era una droga para mí.

Hacía ya una semana de aquel plantón por parte de mi amada y seguía sin verla. Cada día enviaba a Simut a por noticias y cada día regresaba diciendo que no se sabía cuando pensaba regresar la señora Tajura.

Mi trabajo, aun siendo sencillo, se me hacía pesado. Pasaba horas muertas en el palacio real vigilando las entradas, controlando los pases de las audiencias que concedía la reina y yendo de puesto en puesto de las distintas puertas del gran palacio real para comprobar que mis guardias estaban en su sitio, atentos y vigilantes.

La peor parte de mi trabajo consistía en acatar las caprichosas disposiciones de las princesas, las hijas de la reina.

La princesa Oriana, la segunda hija de la reina Akesha, de vez en cuando se quejaba del aspecto de alguno de los guardias que ella consideraba inadecuado y entonces me veía obligado a sustituir al afectado y mandar que le dieran de azotes para satisfacer a la joven princesa.

La princesa Meritra, la mayor, parecía disfrutar humillándome y no había día que no me mandara a buscar para que castigara a alguna de sus incontables esclavas no sin antes reírse de mí y humillarme de cualquier manera que se le antojara.

Por último estaba Pequeño Loto. Ese era el nombre íntimo que la reina Akesha daba a su hija pequeña, la princesa Mutnoymé, una niña de trece años que era una verdadera perturbada. No es que sus hermanas estuvieran en su sano juicio pero en la pequeña Mutnoymé, debido a su corta edad, se hacían más evidentes y ostentosas sus extravagancias de pequeña desequilibrada.

Rezaba cuando era llamado por Pequeño Loto. Era una niña de apariencia frágil pero tenía una mente retorcida y para colmo era la niña de sus ojos de la reina Akesha.

Durante esa semana a diario tuve que acceder a las insanas órdenes de las princesas, lo que transformaban mi aburrido trabajo en mi odiado trabajo. Pero yo era leal a la reina e intentaba por todos los medios obedecer en lo que me fuera ordenado, sin plantearme si era justo o injusto.

Cuando se cumplía una semana de la ausencia de Tajura, al salir de guardia me fui directo a una taberna portuaria a emborracharme. Me sentía extraño, frustrado, colérico y triste.

Mi amada se hacía inalcanzable en su fortaleza de Al Fayum; me había acostado tres veces en una semana con mi hermana Sheritra haciendo tambalear mis sentimientos; la muda presencia constante de Disenk en casa me perturbaba sin saber a qué obedecían aquellos transtornos que me hacían sudar; la pesadilla recurrente en la que veía un rostro difuminado que interpretaba como el de mi desconocida madre seguía persiguiéndome cada noche hasta el alba en que despertaba sumamente alterado; la humillante perspectiva de pasar por esclavo de Sheritra en las cercanas venusiadas y finalmente, como colofón a todas mis inquietudes y temores, la serie de atrocidades que la joven Pequeña Loto me había hecho cometer sobre una de sus esclavas aquella misma tarde me habían empujado a emborracharme.

No solía hacerlo a menudo pero en determinadas ocasiones me gustaba mezclarme con la plebe y beber hasta perder el conocimiento. Me fui en dirección a la zona portuaria, donde los muelles del Gran Río, en busca de una taberna de la peor reputación.

A pesar de ser muy consciente de mi posición social por pertenecer a una de las familias más importantes del reino y de despreciar por principio a los plebeyos a los que en mi interior asimilaba casi como a los esclavos, sentía fascinación por su comportamiento grosero y cruel, sobre todo si me encontraba deprimido tal y como me sucedía aquella tarde.

Las mujeres plebeyas aún conservaban muchos vestigios del antiguo y ancestral orden matriarcal. Tenía su lógica. En las casas de los nobles y ricos como nosotros disponíamos de docenas de esclavos. Algunas casas como la de los padres de mi prometida Tajura contaban con más de cien. Los hombres de la nobleza nos veíamos de esta manera liberados de servir a nuestras mujeres, no sólo eso sino que además nosotros mismos disponíamos de esclavos.

Entre las clases pobres lo normal era poseer uno o como máximo dos esclavos. Las mujeres de Asuat podían ser pobres pero no estaban dispuestas a mover un dedo para trabajar y si no tenían suficientes esclavos echaban mano de los hombres de la casa, maridos, hijos, hermanos, novios…

Era habitual ver a un fornido obrero de la construcción, pendenciero y bravucón con los otros hombres, mostrarse como un perro dócil ante su severa esposa. La esposa, madre, hija o hermana del reino de Asuat, fuese noble o plebeya, rica o pobre, era considerada sagrada y los hombres, sus hombres, éramos plenamente conscientes de su superioridad.

En mis salidas al mundo real, es decir, cuando me iba de borrachera, solía hacer amigos entre los plebeyos –el alcohol es un buen elemento integrador– y en muchas ocasiones me habían invitado a sus humildes hogares, pues esa virtud sí la tenían, eran extremadamente hospitalarios, todo lo contrario de la gente de mi clase.

Había podido presenciar cómo mi fanfarrón amigo de turno se postraba humildemente a los pies de su esposa para suplicarle que le dejara estar un rato más conmigo compartiendo una cerveza.

Me aterraba presenciar aquellas escenas en las que los de mi especie se humillaban ante su mujeres, pero a la vez me reconfortaba saberme exento de esa carga añadida a mi condición de hombre.

Aquella tarde, en la vieja taberna, coincidí con un joven algo mayor que yo con el que ya habíamos trabado conocimiento anteriormente. Le invité yo pues sabía que su mujer le daba el dinero justo para tomar una cerveza y le daba un límite de tiempo, superado el cual recibiría en su espalda un indeterminado número de latigazos en función de la magnitud del retraso y de la capacidad del pobre hombre de satisfacer sexualmente a su esposa. Eso sí lo tenían las mujeres plebeyas: eran muy salidas en cuestión de ardor sexual y se las podía sobornar mediante el placer para conseguir aplacar su crueldad que podía llegar a ser inusitada como había podido comprobar.

El muchacho con el que me había encontrado para beber unas cervezas me había explicado en una de las veces anteriores que una vez la joven hermana de su esposa, a la que él estaba obligado a mantener, le había cortado un dedo, el meñique de la mano izquierda, cuando descubrió que le había sisado dinero a su hermana para unas cervezas. Esta vez gustosamente le invité a tomarse las que quisiera.

La cerveza dulce, una variedad que se hacía con miel, era la bebida favorita de Usem, ese era el nombre de mi amigo plebeyo, y mano a mano nos acabamos un barril pequeño de ese maravilloso néctar de diosas. Al terminarlo salimos los dos a la calle abrazados para aguantarnos el uno al otro. Llegando a las proximidades de su humilde morada Usem me pidió si podía darle una de esas hojas regenerativas de cadmia pues conocía sus propiedades entre las que figuraba ser un potente inhibidor de los efectos malignos de la bebida tomada con desmesura.

―Te daré una de esas milagrosas hojas si ante me chupas la polla – le dije arrastrando las palabras por efecto de las muchas cervezas ingeridas – me estoy meando y no tengo a mi esclavo. Se llama Simut, sabes… y se parece mucho a ti – añadí cogiéndole la cara con ambas manos, atrayéndolo hacia mis labios entreabiertos y besándolo en la boca con fuerza.

Usem aceptó. Prefería que lo humillara yo antes que enfurecer a su esposa y a la hermana de ésta. Nos encontrábamos bajo un árbol, apartados del camino. El sol se estaba poniendo. Usem se arrodilló. El que prefiriese soportar la humillación que le iba a infligir al seguro castigo que recibiría si llegaba borracho a casa no quería decir que la aceptase con gusto. En esos momentos me sentía muy superior a Usem, tenía el poder de humillarlo, igual que hacía con mi esclavo. Di gracias a la Gran Madre Isis por haber hecho de mí un hombre poderoso.

―Antes quiero que me limpies las botas con la lengua. Ya te he dicho que no tengo a mi esclavo aquí. Simut siempre me las limpia, ahora tú eres Simut.

Levantó la cara y me miró. Vi en sus ojos la sombra de la derrota. Hacer que se humillara ante otro hombre para evitar la humillación ante su mujer debía ser muy duro para el pobre Usem.

Lo miré desde arriba y él terminó por agachar la cabeza, sacar la lengua y lamer mis botas. Me estuve tocando el pene mientras lo veía humillarse a mis pies. Después lo hice permanecer de rodillas y le introduje mi miembro erecto en la boca.

―No chupes, sólo tenla dentro de tu boca. Voy a orinar.

Usem no tenía la habilidad ni la experiencia de Simut por lo que cuando empecé a soltar chorros de orina se atragantó y tuvo serias dificultades para ingerir todo el líquido caliente que le introduje en la boca a presión.

Mientras orinaba le sujeté la cabeza por las orejas para que no apartara la cara y rechazara mi pene. Yo estaba excitado al máximo. Sentía unas ganas tremendas de humillar a Usem. Cuando terminé de mear mi miembro perdió turgencia pero la calidez de su oquedad bucal me recuperó en poco tiempo. Usem comenzó a chupar lentamente mi miembro que se había endurecido en su boca.

No tardé apenas nada en eyecular. Los latigazos de semen fluyeron por la punta de mi pene con un vigor superior a lo normal. Cuando terminé de vaciar mis testículos volví a sujetarle la cara, esta vez por el pelo, y lo obligué a que siguiera chupando. Yo estaba muy excitado.

―Ponte a cuatro patas como un perro, y levanta el culo en pompa – le dije cuando mi miembro, tras la primera eyaculación, volvía a exhibirse duro como un palo de los que usábamos para apalear a los esclavos.

Usem me obedeció. Todo por una hoja de Cadmia que lo salvaría de la ira de sus mujeres. Mucho debía temerlas para soportar mi capricho de niño rico. Una vez en posición me arrodillé tras su culo, me cogí el pene con una mano, apunté a su ojete y apreté con fuerza. De dos embestidas de riñón y cadera se la hinqué hasta el fondo.

Sentí una enorme dicha al volver a estar dentro de un hombre. Hacía tiempo que no violaba a Simut y me moría de ganas de hacerlo. Usem era Simut en esos momentos. Me acoplé y empecé a bombear, atrás, adelante, atrás, adelante… sin pausa, con gran placer por mi parte.

Me vine en uno de mis mejores orgasmos, comparable al primero que me proporcionó mi hermana Sheritra una semana antes.

Me retiré de su ano y me puse en pie apoyándome en el tronco del árbol para aguantarme y vencer mi estado de embriaguez, aunque creo que lo que me mantenía ebrio era más la sensación de poder experimentada humillando a Usem que la cerveza que había ingerido, la mayor parte de la cual reposaba ahora en el vientre mi ocasional servidor.

―Límpiame la polla de tus restos de sangre y heces y te habrás ganado tu droga – le dije.

Usem se incorporó sobre sus rodillas. Esta vez no se atrevió a mirarme a la cara. Estaba hundido. Se metió mi polla que aún conservaba vestigios de turgencia y me la dejó limpia de cualquier resto. Mientras aún me la chupaba rebusqué entre mis ropas y extraje una hoja de Cadmia y la arrojé al suelo, a mis pies.

Usem la cogió y en un último gesto de derrota me besó los pies. Después marchó en dirección a su humilde hogar donde esperaba no tener que soportar más castigo por parte de su esposa y de la cruel hermana de ésta.

Al llegar a casa salió Simut a mi encuentro. El pobre estaba asustado. Mi tardanza lo había puesto nervioso. Se arrojó a mis pies y se puso a llorar. Lo calmé acariciándole el lomo como si fuera un perro.

Simut me bañó y me proporcionó un maravilloso masaje. Mi familia ya había cenado y se habían retirado cada cual a sus aposentos. Al retirarme a mis habitaciones pasé por el amplio pasadizo donde se encontraban los restantes dormitorios.

Ante la puerta de la habitación de madre vi a Disenk acurrucada en el suelo, como un perro guardián. Normalmente dormía atravesada ante la puerta de la habitación de madre pero por dentro y esta vez estaba fuera. Me acerqué a la esclava que últimamente turbaba mis sueños sin saber porqué.

Disenk al ver que me acercaba medio se incorporó y me besó los pies que ahora calzaba con unas cómodas sandalias.

―Qué haces fuera de la habitación de madre, Disenk? – le pregunté acuclillándome para estar más cerca de la esclava.

―Mi señora ha comprado un joven tracio y lo está probando, amo – me contestó mi antigua nodriza.

Acerqué mi oído a la puerta y pude escuchar los gemidos característicos de madre. Me sonreí.

―Si se cansa del joven lo echará y entonces entraré yo para limpiarla de los molestos jugos, y si no sale dormiré aquí, amo.

―Entonces la limpiarás mañana cuando despierte, es eso no? Eres una buena esclava Disenk – le dije acariciándole la cabeza.

Disenk se ruborizó y agachó la cabeza. Me levanté y la dejé guardando la puerta de su ama. Me metí en mi habitación seguido por mi fiel Simut. Me acosté. Hacía calor. El efecto del alcohol hacía ya rato que me había abandonado. Me había acercado a Disenk con el único objetivo de patentizar si me seguía acosando ese extraño desasosiego cada vez que la veía. Y sí, seguía sucediendo. Una angustia de origen desconocido me atenazaba los músculos del vientre.

Estuve como dos horas intentando dormir pero no podía zafarme de aquel extraño desasosiego que la proximidad de Disenk había generado en mi interior.

Llamé a Simut al que después de desnudarme le había dado permiso para que se echara sobre su jergón, atravesado ante la puerta de la habitación. No tuve que llamarle dos veces. Simut, como todos los esclavos personales, dormía con un ojo abierto, mejor dicho, con un oído preparado por si lo llamaba. Yo solía llamarlo al menos una vez por noche, normalmente porque tenía sed. Mi hermana Sheritra batía todos los records. Llamaba a Bakmut un promedio de media docena de veces por noche. Simut me contó un día que en una ocasión Sheritra llamó a Bakmut casi al alba para que le soplara los dedos de los pies. Caprichos de mi hermana.

Simut se levantó y se arrodilló a mi lado esperando mis órdenes. Encendió una pequeña lámpara y pude ver que estaba ojeroso.

―Siento una gran angustia interior, Simut, que no me deja dormir. Quédate aquí y métete mi pene en la boca. No lo chupes, sólo tenlo dentro de tu boca. A ver si eso me calma y logro dormirme.

―Sí amo.

No sé si fue consecuencia de esa orden o porque estaba muy cansado, el caso es que logré dormirme con la polla en la boca de Simut, quien no pudo dormir más en lo que quedaba de noche.

Tampoco sé si fue consecuencia de dormir con el miembro calentado por la cavidad bucal de mi esclavo pero el caso es que esa noche mi pesadilla recurrente fue distinta.

Vi el rostro difuminado de la mujer que aparecía en mis sueños, como cada noche, un rostro borroso que ni conocía ni lograba reconocer, de nuevo volví a ver la mancha que parecía un escarabeo azul, la misma mancha que yo lucía en la ingle y que nadie sabía decirme qué significaba pero esta vez en mi sueño apareció Disenk.

La vi claramente. Era ella, Disenk. Y lo que vi fue una señal importante: Disenk era la servidora, la esclava, de la mujer sin rostro que yo intuía que era mi madre.

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10.ISIS. LA DIOSA MADRE DEL AMOR Y DE LA FERTILIDAD.

Cómo me gustaba que Kamen fuera poco a poco descubriendo aquello que le angustiaba. Se había convertido para mí en un divertimento. Muchas veces los humanos nos han acusado a los dioses y diosas de jugar con sus destinos. Es cierto. Y a mí, especialmente, me encanta. Pobre Kamen, una pista más, pero insuficiente para descifrar el enigma que lo atormentaba pero suficiente para estimular su obsesión.

Pero no avancemos acontecimientos, Kamen ya llegará cuando sea la hora al final de su camino. De momento hagamos juntos un camino antiguo, el que realizó Thui. Os acordáis de Thui? La arquera medio libia de ojos verdes y piel morena, la joven que había presenciado la muerte de su madre, su hermano y sus amigos a manos de las huestes de la reina Akesha, la joven que había visto a la reina presenciar impávida la destrucción de sus seres más amados y de su gente, la joven que una mañana partió tras la reina Akesha, que se había aventurado de incógnito a conocer el estado de sus tropas, con la intención de acabar con su vida y que finalmente acabó salvándosela después de mi pequeña intervención en su espíritu.

Akesha fue aclamada por sus tropas como reina guerrera. Para todos ella había dado caza y captura de dos rebeldes y muerto a una tercera sin más armas que su autoridad y su inteligencia. Thui se encargó de hilvanar una historia con tintes casi divinos que pronto se convirtió en leyenda.

Thui, que inicialmente quería dar muerte a la tirana ahora se había entregado a ella en cuerpo y alma. El pacto sellado entre sus bocas había hecho algo más que silenciar su lengua, la había rendido a los pies de la déspota opresora de su pueblo.

Akesha también se había enamorado de la joven arquera. En circunstancias normales, habiendo sido testigo de la terrible humillación de una reina el destino de Thui estaría sellado bajo las ardientes arenas del desierto, sin embargo Akesha decidió confiar en ella y perdonarle la vida.

Finalizada la campaña en Libia, aplastada con gran brutalidad la revuelta del hambre y la miseria, Akesha y sus huestes emprendieron el regreso a la capital del reino donde le esperaba un recibimiento triunfal.

Akesha dispuso que Thui se incorporase al cuerpo de arqueros de su guardia personal. El viaje de regreso duró más que el de ida, el doble, debido a que la reina era recibida con grandes honores en todas las poblaciones del camino. Regresaba triunfal: Akesha, la victoriosa, la llamaban.

La reina viajaba en su gran tienda que era transportada, como si de una litera se tratase, por rebeldes libios capturados especialmente para este fin. Esos esclavos que padecían bajo el implacable peso de la litera-tienda simbolizaban la victoria de la reina Akesha. El pueblo la veía orgullosa siendo llevada por aquellos a los que había aplastado. Representaban esos esclavos el poder de la gran reina Akesha.

Thui avanzaba a caballo, con los demás miembros de la guarnición a la que pertenecía ahora. Constantemente levantaba la mirada hacia arriba para ver la magnífica figura de la reina que viajaba sentada en un trono de oro que incrementaba el tremendo peso que debían soportar los esclavos que la llevaban. Thui no dejaba de mirar hacia su reina esperando que ella la reconociera, pero Akesha miraba como miran las soberanas, altivamente, contemplando a todo el mundo a sus pies.

Cada atardecer Thui ayudaba a instalar el campamento. Compartía la cena con sus compañeros de armas con los que bromeaba y charlaba. Muchos le pedían que les volviera a contar la historia que había divulgado de cómo la reina se enfrentó a los bandidos. Thui se sentía a gusto con ellos pero no hacía más que pensar en la reina que descansaba a cien pasos de ella en la gran tienda real.

Por las noches dormía al raso. Le gustaba ver las estrellas mientras recordaba el rostro de Akesha, pero no el rostro altivo de la reina que se dejaba ver orgullosa en lo alto de su tienda-litera transportada por cincuenta esclavos, no, recordaba el rostro de la reina asustada el día que la salvó de aquellos bandidos, el día que impidió que fuera violada y humillada.

Como pasaban los días y las noches y seguía sin poder acercarse a la reina, Thui se llenó de melancolía. Por las noches, bajo las estrellas, recordaba su infancia y su adolescencia. Sentía añoranza de su hermano de madre, Paar, con quien había mantenido una intensa e incestuosa relación. Paar, dos años mayor que ella, era hijo de distinto padre, era libio totalmente, de piel algo más oscura que la suya, un muchacho bello y fuerte que la adoraba. Como eran pobres y no tenían más que un esclavo la madre de Thui, siguiendo la tradición matriarcal, que entre los pueblos sin civilizar como el libio estaban más arraigadas, decidió que Paar fuese el esclavo de ambas.

Thui quería a su hermanastro con locura. Él le había enseñado a usar el arco y las flechas hasta que había llegado a superar su destreza. Paar le había enseñado a distinguir el canto de los pájaros, a cazarlos, a distinguir las huellas en la arena de chacales y hienas y a seguir su rastro. Le había enseñado a cabalgar y disparar el arco a la vez, sujetando las riendas con la boca.

Recordaba Thui las veces que su hermano la había llevado en brazos y cómo ella se había quedado dormida abrazada a su fuerte cuello.

Recordaba Thui las veces que marchaba con su hermano y con el esclavo sirio a trabajar las cuatro aruras de tierra que tenían, el equivalente a 3 acres más o menos. A Thui la llevaba siempre su hermano sobre sus hombros, con los pies colgando por los lados de su musculoso cuerpo.

Recordaba Thui que se sentaba a la sombra de una enorme higuera con el látigo en la mano y vigilaba que los dos esclavos, el sirio y su hermano, no dejaran de trabajar. Ella custodiaba el agua y cuando lo consideraba oportuno abandonaba el frescor de la higuera con el odre en la mano para aliviar la sed de sus trabajadores. Siempre permitía que Paar bebiera más y cuando les daba descanso también permitía que Paar descansara un poco más. Si la cosecha era buena y tenía que hacerlos trabajar más rápido para que no se perdiera quien se llevaba la mayor parte de latigazos era el sirio. Paar recibía los mínimos posibles y después, en casa ella misma se ocupaba de curarle las heridas.

Recordaba Thui que había sido con Paar con quien se había iniciado en el sexo. Paar la había penetrado con tanta suavidad, con tanta dulzura que apenas se dio cuenta de que tenía clavada su enorme estaca de ébano entre las piernas. Recordaba con gran cariño las veces que su enorme y cuidadoso pene la había llevado a gritar de placer mientras la cabalgaba con más cariño del que lo hacía cuando montaba su amado caballo.

Recordaba Thui los hoyuelos que se formaban en las mejillas de su hermano cuando sonreía, esas dos oquedades que lo hacían tan atractivo a sus ojos de adolescente, y las veces que las había besado antes de besar sus labios resecos por el sol, la sed y el agotamiento del duro trabajo en el campo.

Pero también recordaba con lágrimas en los ojos cuando lo vio morir junto a madre, abrasado por las llamas. Entonces pensaba en Akesha. Cómo podía pensar en ella con amor y deseo si era la responsable de la muerte atroz de las dos personas que significaban alguna cosa en su vida. Sin embargo, y sin comprender el motivo, no podía odiar a su reina.

Pobrecilla, ignoraba mi divina intervención que todo lo puede. ¿Acaso no soy la Diosa Madre del amor y la fertilidad?

No fue hasta la última noche antes de entrar en la ciudad imperial que una esclava tracia de la reina le dio por señas recado de que la siguiera. Thui había sacado su jergón de lana para dormir al raso, bajo las estrellas, como tantas y tantas veces había hecho en su vida y aún estaba despierta cuando oyó los silenciosos pasos de unos pies descalzos acercarse furtivamente.

La pobre esclava tracia cayó al suelo fulminada. Antes de darse cuenta de qué ocurría tenía el pie descalzo de la joven arquera presionando su cuello.

Thui apretó con fuerza pero de la garganta de la esclava salían unos débiles y extraños ruidos. Finalmente, cuando a la luz de la luna y de la cercana fogata comprobó que era una de las esclavas de la reina retiró su pie. La esclava, servil como todas las esclavas, besó los pies de Thui hasta que ésta la apartó y le preguntó a qué había venido. La esclava no respondió a su pregunta. Le indicó por gestos que la siguiera. La pobre tracia volvió a besarle los pies a la joven arquera y luego se encaminó hacia la gran tienda real. Thui se calzó las botas y se vistió deprisa con el shenti y una corta túnica de algodón blanco. Luego siguió a la tracia.

Cuando la muchacha entró en la gran tienda se preguntó cómo aquellos esclavos que la transportaban tenían fuerza suficiente para hacerlo. Era como un palacio. Si hasta tenía habitaciones, y toda la superficie del suelo era una inmensa tarima de madera de cedro que por si sola ya debía pesar como una casa de las que habían derruido los soldados de la reina en la reciente campaña de Libia. Thui miró embobada la inmensa tienda. Había sillas, divanes, una cama inmensa en un dormitorio, armarios abarrotados de vestidos, túnicas y shentis, cestas conteniendo todo tipo de zapatos, botas y sandalias, un trono de oro, un altar dedicado a la Gran Diosa Isis, y además de la reina había permanentemente cinco esclavas que la atendían en sus menores caprichos.

―¡Es increible… es como un palacio ambulante! – se sorprendió Thui hablando sola mientras no dejaba de mirar y admirar la gran tienda real por dentro.

―¡Jajajajajaja…! Pasa pequeña arquera campesina, adelante… ¿Te gusta mi humilde morada ambulante?

Thui se giró de golpe al oír la divertida voz de la reina. Akesha estaba sentada en su trono de oro, el mismo desde el que contemplaba a su ejército y a los esclavos que la llevaban sobre sus laceradas espaldas durante el día. Ahora el trono estaba en el centro de una de las salas de la gran tienda. Akesha estaba rodeada por sus cinco inseparables esclavas, incluida la pobre a la que Thui había aplastado el cuello momentos antes. Una de las esclavas le hacía señas con vehemencia de que se echase al suelo, de que se postrase y besase el suelo siete veces. Todo se lo indicaba por señas y con el horror pintado en su cara.

Akesha la contemplaba risueña. Estaba ataviada con una túnica dorada, sujeta por dos tirantes de manera que uno de sus pechos emergiera fresco y retador a la vista, el gran pecho real. En su cabeza la gran corona real, de oro, zafiros y platino. En sus muñecas y tobillos las ajorcas de la realeza con relieves de serpientes. El ojo de esmeralda en el centro de un pesado colgante de oro cubría su pecho. Sus manos, sus pies y su rostro habían sido maquillados con extremo cuidado.

Thui pensó que estaba ante una divinidad. Estoy convencida de que pensó que se hallaba ante mí, ante la representación mortal de la diosa Isis. Cayó fulminada al suelo.

―Puedes acercarte, Thui.

Thui no se levantó. Se arrastró por el suelo hasta recorrer la distancia que mediaba entre ella y la gran reina. Akesha descansaba los pies, calzados con sandalias doradas, sobre las cabezas de dos de los líderes de la revuelta que había aplastado. Thui besó los pies de la reina y se quedó con los labios apoyados sobre sus elegantes dedos hasta que recibió autorización para levantarse.

Thui había hablado con la reina, incluso con insolencia, cuando se conocieron, y después sus lenguas se habían amado, pero en aquel momento Akesha iba vestida como un soldado. Ahora Akesha iba ataviada con los signos y atributos reales. La reina no era mayor que ella, más o menos tenían la misma edad, pero ahora estaba ante la representación humana de la divinidad y sintió miedo. Se quedó quieta a los pies de la reina.

―Puedes incorporarte, pequeña campesina.

Thui se irguió. No se atrevió a ponerse de pie y se quedó de rodillas. Akesha la miraba con una amplia sonrisa. Sus labios, rojos de alenha, dejaron ver dos perfectas hileras de blancos dientes.

―Tienes miedo, pequeña campesina?

Thui dejó escapar un largo suspiro. No se había dado cuenta pero gruesas gotas de sudor perlaban su frente.

―Creo que sí, majestad.

―Eso está bien. Todos mis súbditos deben temerme.

Akesha retiró los pies de los cráneos de los vencidos y se levantó del trono. De inmediato las cinco esclavas tracias se postraron de rodillas.

―Levanta Thui.

La arquera se puso en pie. El día que la salvó tenían la misma estatura y sin embargo ahora Thui se fijó que la reina era más alta. Bajó la mirada a los pies de Akesha y vio que las sandalias tenían un fino tacón de una pulgada y media de alto. Thui estaba prendada. La magnificencia de la reina la tenía hechizada.

Akesha echó a andar hacia el dormitorio. Hizo un ademán con la mano y las cinco esclavas la siguieron de rodillas. Thui caminó tras las esclavas. Akesha se quedó de pie ante la gran cama y las esclavas comenzaron a desvestirla. Thui se quedó en un rincón, callada, contemplando la majestuosidad de la joven reina.

Con gran ceremonial la fueron despojando de todos los atributos reales y fueron guardando en distintos cofres de plata cada uno de los símbolos, joyas, corona, túnica, sandalias. Akesha quedó desnuda. Hizo un movimiento de su mano y las cinco esclavas se postraron, le besaron los pies y salieron retrocediendo, de rodillas, sin darle la espalda, hasta que abandonaron la habitación.

―Acércate, campesina… aún te doy miedo?

Thui la miró y asintió. Se sentía poca cosa. Estaba como avergonzada. Se arrodilló y le besó la mano. Akesha le acarició la cabeza con la otra mano y presionó ligeramente obligándola a postrarse de nuevo. Akesha le acercó los pies a la cara.

―Antes de hacerle el amor a Akesha debes postrarte ante la reina. En mí viven las dos y son inseparables y antes que mujer soy reina. Tienes que besar los pies de la reina antes de besar el tesoro de Akesha – dijo ésta con gran calidez en su voz.

Thui, tumbada en el suelo, tomó los pies de la reina en sus manos y los cubrió de besos. Quedó sorprendida de la extrema suavidad de las plantas de los pies de su soberana. Eran extremadamente suaves. Recordó las palabras de los bandidos que habían atacado a la reina el día que le salvó la vida. Tenía razón aquella libia, al decir que tenían la suavidad del culo de un recién nacido.

―Ahora puedes amar a Akesha, mi amada campesina – la autorizó la reina.

La arquera se irguió sobre sus rodillas, lentamente, besando en su recorrido las suaves piernas de Akesha. La cara de Thui se encontró sobre el delicado vello que cubría su monte de venus. Un aroma penetrante, mezcla de hembra y jazmín le turbó los sentidos. Sin pensar en lo que hacía abrió los labios y besó el cáliz sagrado. Con la lengua empezó a separar los pétalos de aquel cáliz que comenzaba a humedecerse.

Las manos de Akesha le acariciaron el cabello y la nuca. Thui estaba atrapada, cautiva de la belleza, la majestad y el poder de la joven reina. Había hecho el amor con una mujer antes de ahora pero siempre había disfrutado plenamente del sexo con su amado hermano Paar.

Akesha se sentó en el borde de la cama real. Separó las piernas. Thui se introdujo entre sus muslos. Su rostro se bañó con los jugos que ahora brotaban del cáliz sonrosado. Su lengua acuchilló con suavidad cada uno de los pliegues reales de aquella concha abierta. La reina comenzó a gemir, cada vez más fuerte.

En un momento determinado Thui sintió las manos de la reina que le tiraban de la túnica hasta sacársela. Después esas manos la cogían de las axilas y la levantaban. Sin apenas darse cuenta ambas mujeres estaban sobre la cama, frente a frente. Thui se había quitado el shenti y se había quedado sólo con las botas.

Akesha le acarició los pechos. Thui notó que tenía los pezones duros. Le devolvió la caricia colocando sus labios alrededor de los pezones de la reina quien gimió de placer. Se abrazaron y entrelazaron las piernas de manera que sus humedades se tocaron. Con fuerza se frotaron la una contra la otra mientras se besaban apasionadamente y sus pechos se aplastaban entre sí.

Los cincuenta esclavos porteadores que dormían a la intemperie repartidos alrededor del perímetro de la inmensa tienda que al día siguiente deberían levantar y cargar sobre sus maceradas espaldas pudieron escuchar los gritos de pasión de la reina y de la joven arquera.

Akesha y Thui se durmieron abrazadas. Al amanecer una de las tracias la despertó tocándole el hombro. Thui abrió los ojos y tardó en reaccionar, en darse cuenta de que estaba durmiendo en la gran cama real y que Akesha, su divina majestad, dormitaba plácidamente a su lado. La tracia le hizo señas de que se levantara.

La esclava la vistió y al terminar se postró en el suelo y le limpió las botas con un paño. Al terminar se las besó y se levantó. Por señas le indicó que debía salir. Thui la siguió y salió fuera. Estaba aturdida. Apenas había hablado con Akesha, se habían limitado a amarse y después se habían quedado dormidas, una en brazos de la otra.

Thui no sabía a qué atenerse. Volvió donde se encontraba su guarnición que comenzaban a despertar. Se sentó en el suelo. Una de las esclavas le sirvió leche caliente y pan negro con higos que bebió y comió con ganas. Estuvo un rato pensando en qué iba a ser de ella, cual iba a ser su destino. Lo único que tenía claro era que quería estar cerca de la reina.

Se sintió mal, peor aún, mala. Amaba a la mujer que había ordenado la muerte de los suyos y que la había presenciado sin parpadear. Cómo podía amarla? Por que la realidad era que la amaba.

El ejército, con Akesha a la cabeza, entró triunfal en Ad’n-Mut, la ciudad capital del reino, que quería decir «La que sirve a la Diosa». Thui contempló admirada cómo el pueblo idolatraba a la joven reina que orgullosa los miraba desde lo alto de su trono de oro y a cada movimiento de su mano el pueblo respondía con enfervorizadas aclamaciones, gritos y vítores.

Nunca había estado en la villa de la corte y para ella todo era maravilloso. Había pasado toda su existencia en la aldea Libia fronteriza, ocupándose de las pocas aruras de cultivo que poseía su madre, en compañía de su hermano y el esclavo sirio, y dedicado la mayor parte de su tiempo a aprender a cazar, disparar con arco y montar a caballo. Su vida era el desierto y la margen del Gran Río que les daba de comer. Cada año tras la retirada de la crecida el fértil légamo era fuente de vida para ella y su familia. Toda si vida estaba influida por el devenir de los ciclos agrícolas y las crecidas y la retirada de las aguas del Gran Río, al que iba a nadar y a pescar a diario en compañía de su adorado hermano.

Durante una semana en Ad’n Mut se vivieron las fiestas decretadas por la aplastante victoria de la reina Akhesa sobre los rebeldes libios y asistió a los interminables festejos en las calles y a los juegos circenses con que la reina regaló a la plebe. En esos juegos la principal atracción consistió en dar muerte a los cincuenta esclavos capturados que habían acarreado a sus espaldas la gran tienda real y a la reina.

Hubo descuartizamientos en la arena del circo. Varios de los esclavos se tuvieron que enfrentar a varios poderosos y hambrientos leones que los devoraron ante el frenesí del populacho que se emborrachó con la sangre y los alaridos de las víctimas.

También hubo unos cuantos que fueron quemados vivos, en grandes parrillas. Un último grupo sirvió de presas de caza para unos cuantos aurigas que compitieron entre ellos para alzarse con el dudoso título de mejor arquero. Thui estuvo entre los pocos cazadores elegidos por la reina para participar en la orgía de caza humana. La misma reina se subió a un carro de combate. En compañía de una de sus fieles esclavas que conducía el carro, la reina, armada de arco y flechas persiguió a los esclavos a los que asaeteó con gran eficacia. Thui fue la única que condujo sola su carro y a la vez disparó sus flechas. Se ató las riendas a la cintura y persiguió con furia a los cinco desgraciados que le tocaron en suerte a los que dio mortal caza de uno en uno.

Ataviada con coraza, yelmo, cota de malla y botas, todo confeccionado en metal y cuero dorado, al igual que la reina, Thui fue aclamada como la mejor auriga y la mejor arquera.

No disfrutó de la cacería. Aquellos hombres a los que cazó como a chacales eran libios que probablemente conocía. No pensó en ellos. Sencillamente acabó con sus vidas con eficacia, pero no disfrutó de los vítores del pueblo ebrio de sangre que la aclamó como la mejor.

Tras las fiestas se recluyó con sus compañeros de la guardia personal de la reina, confinados en su guarnición en palacio. Pasaron muchos días sin hacer otra cosa que entrenarse. Descubrió Thui que la guardia de la reina se entrenaba en el uso del arco con blancos humanos, esclavos de todas las nacionalidades y pueblos sometidos a la reina de Asuat.

En esos días de aburrimiento, después de haber clavado más de cien flechas en unos cuantos esclavos se retiraba a las cómodas instalaciones de las que disponía el privilegiado cuerpo de asalto.

Le gustaba ir a las termas para que una esclava le diera masajes. Tumbada en un banco de piedra caldeada dejaba que las manos de la esclava la sumiera en un profundo y relajante sueño en el que se abandonaba a sus recuerdos de infancia y adolescencia, rememorando en su mente los momentos felices pasados en compañía de sus seres queridos a los que no volvería a ver nunca más.

Pasó dos meses de escasa actividad. Tan sólo en dos ocasiones había visto a la reina y no había sido en sus aposentos ni siquiera en los salones de palacio. Había sido acompañándola, junto a un destacamento de su guardia personal, en las salidas que hizo fuera de los muros de palacio.

Thui tan sólo pudo verla a través de las cortinas de su litera mientras ella, arco en mano, caminaba a su lado vigilante y atenta al menor movimiento sospechoso para actuar con rapidez y eficacia. Sus flechas servirían para proteger a la reina de cualquier intento de atentar contra lesa majestad, hecho harto improbable pues en la ciudad real Akesha era la reencarnación de la diosa Isis, lo mismo que ocurría en todo el reino. De haberse tratado de custodiarla en algún viaje fuera de las fronteras, en los pueblos sometidos, la actuación de la guardia habría sido muchísimo más tensa, pero en Ad’n Mut no corría ningún peligro. La presencia de la guardia real era mero simbolismo, mera figuración.

La joven arquera recibió, en las dos ocasiones que custodió a Akesha, una maravillosa pero distante sonrisa desde la litera en la que la transportaban, cómodamente instalada sobre hermosos cojines.

Tras dos meses de consumirse diariamente a la espera de ser llamada por la reina para poder verla en la intimidad, una mañana recibió una orden que el heraldo de palacio le transmitió en persona.

―Recoge tus pertenencias y sígueme.

―Qué ocurre? Me han despedido? Qué he hecho mal? Exijo ver a la reina.

El heraldo se sonrió ante la airada y preocupada reacción de la impetuosa joven. Todos la conocían por la campesina, aunque cierto es que la llamaban así cariñosamente.

―No hagas preguntas y obedece, campesina. Recoge lo tuyo y sígueme. Dejas la guarnición, cierto, pero nadie te echa. Tu cometido será otro. De momento sólo puedes saber que pasarás una larga temporada en la Casa de las Recluidas, para aprender.

Thui se encogió de hombros. Nada le decía el nombre del lugar al que la iban a llevar según el heraldo. La Casa de las Recluidas, que nombre tan extraño, pensó la joven arquera.

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11. KAMEN.

Por la mañana, al despertar, mi miembro seguía metido en la boca de Simut. Me desperté con una extraña sensación. Recordaba con claridad el sueño. A diferencia de otras veces en que todo lo vivido en el sueño me resultaba clarificador al momento de despertar angustiado y a medida que pasaban los minutos todo se desvanecía y era incapaz de retener las imágenes borrosas que habían aparecido en mi sueño, esa mañana la imagen de Disenk que había aparecido claramente en la pesadilla seguía nítida en mi mente.

Simut estaba dormido de rodillas y seguía teniendo mi pene en su boca. En instantes sufrí una poderosa erección y desperté a mi esclavo.

―Venga dormilón, prepárate que voy a mear – le dije incorporándome un poco sobre un codo, colocándome de lado para poder orinar y zarandeándole ligeramente por los hombros para despertarlo.

Me alivié copiosamente en la boca de Simut que como esclavo bien entrenado en servir de letrina supo acompasar los tragos con los chorros que salieron de mi pene a presión y que le llenaron la boca en momentos.

Una vez hube orinado me volví a estirar. Mi mente no dejaba de repasar las imágenes del sueño que esta vez permanecían nítidas. Mi pene seguía en la boca de mi esclavo. Estiré un brazo y dejé apoyada mi mano sobre su cabeza, señal que significaba que quería que me chupase la polla.

La esclava que llevaba el desayuno a las habitaciones entró mientras Simut todavía me estaba chupando la polla.

―Deja la bandeja sobre la cama, a mi lado – le ordené a la esclava.

―Sí mi amo.

La muchacha desapareció sigilosa y me pareció que se aguantaba una risita mientras se retiraba.

Como siempre tenía ganas de soltar mi semen pero aquella mañana me estaba costando mucho más de la cuenta, así que eché mano al racimo de uvas que acompañaba mi desayuno y empecé a comérmelas mientras Simut seguía chupándome el miembro.

―Luego irás a casa de la señora Tajura a ver si hay noticias de su regreso – le comenté a Simut entre uva y uva.

Simut asintió con la cabeza sin dejar de chupar mi rabo.

―Estoy preocupado Sim… hoy he visto a Disenk en mis pesadillas… era la esclava de la mujer de la imagen borrosa – seguí contándole a mi esclavo mientras él no dejaba de mamar mi pene –. Crees que ella tendrá algo que ver en todo eso?

Simut volvió a asintir con mi miembro dentro de su boca. Nada, no había manera de correrme. Debía estar muy preocupado pero yo lo achaqué a la impericia de Simut. Al final, harto de esperar, le pegué un cachete en la coronilla.

―Qué te pasa Simut? ¡No pones ganas! ¡Espabila, no tengo todo el día!

Simut utilizó sus manos para ayudarse en la tarea de extraer mi esperma. Yo empezaba a estar irritado por la situación. Me había comido todo el racimo de uvas y ahora estaba dando bocados al pan recién hecho. Finalmente noté un temblor en los riñones, un estremecimiento en las caderas, noté una sacudida y eyaculé copiosamente inundando la boca de mi esclavo con mi semen espeso.

Terminé de desayunar en la cama y luego me dirigí a la casa de los baños donde Simut me lavó. Después de que me vistiera con mi uniforme de capitán de la guardia real marché de casa sin darle a Simut la acostumbrada hoja de Cadmia que le aliviaba de las nauseas que le producía beberse mi orina y mi semen.

No lo olvidé, sencillamente consideré que había hecho mal su trabajo y lo dejé sin premio. Podía castigarlo pero preferí quitarle la recompensa a mandar que lo azotaran.

Pasé el día muy preocupado. A mi mente venían una y otra vez las imágenes de Disenk en el sueño. Esta vez no se difuminaban con el paso de las horas, seguían nítidas y eso me causaba obsesión y por ende angustia.

La princesa Mutnoymé, la joven Pequeño Loto, se encargó de distraerme de mis preocupaciones. Me ordenó que quería que le atalajase dos esclavos a su pequeño carro de paseo. Besé los piececitos de la joven princesa y me apresuré a hacer realidad sus deseos. Pero los caprichos de Pequeño Loto eran difíciles de contentar.

Ella misma seleccionó los dos esclavos que iban a tirar de su carro por los interminables jardines de palacio. Cuando me disponía a atarlos a las barras de la cuádriga oí su vocecita histérica.

―Y las herraduras, Kamen? Donde se ha visto unos caballos sin herrar? Y la cola? Quiero que luzcan cola.

―Perdona Alteza. Son hombres, no son caballos de verdad… – le dije arrodillándome y sin mirarle a la cara.

La joven princesa se acercó y me cruzó la cara con su látigo de montar.

―No son hombres, son mis esclavos y ahora van a ser mis caballos. Haz que los hierren y quiero que lleven cola, cola de caballo de verdad… ¡y rápido!

Cómo chillaron los dos robustos sirios que había seleccionado para interpretar el papel de caballos en su fiesta privada. Mis hombres tuvieron que emplearse a fondo para sujetarlos mientras les atravesaban las plantas de los pies con clavos de herrar.

Después tuve que enviar a dos de mis hombres fuera de palacio para que requisaran un par de caballos a los que cortar la cola. Nada más salir del perímetro se toparon con un mercader al que obligaron a desenganchar sus dos bestias. Al pobre hombre no le dimos ni una moneda para compensarle del destrozo que hicimos en sus animales.

Finalmente, y mientras los dos sirios lloraban como niños por el infame dolor que les habíamos causado al clavarle las herraduras en los pies, volvieron a bramar cuando les introdujimos el extremo de la cola en el ano.

Su Aleteza Real la princesa Mutnoymé se divirtió de los lindo azotando las espaldas de sus dos nuevos «caballos», haciéndolos trotar alrededor del gran estanque que ocupaba una superficie de 10 aruras de terreno en uno de los jardines de palacio.

Desde mi garita pude oír los llantos de los dos esclavos mientras tiraban del carro de la princesa. Pobres, pensé, no sé ni como pueden dar un paso, y menos aún tirar de la pesada cuádriga.

Cuando me llegó el relevo monté en mi litera y regresé a casa. No dejaba de pensar en Disenk. Simut me recibió. Estaba un poco triste porque no le había dado su hoja de Cadmia para que se recuperase de su servicio de letrina, pero no olvidó las formas y se arrodilló para besar mis polvorientas botas.

Me senté en la terraza. Una esclava me sirvió cerveza fresca y pequeños trozos de delicioso cordero asado que bebí y comí mientras Simut dejaba mis botas relucientes.

―Qué noticias tienes de la señora Tajura? – le pregunté mientras cambiaba de pie y bajaba el que le había mantenido en el hombro para poner en su lugar el otro y que me abrillantara la otra bota.

―No saben aún cuando piensa regresar la señora Tajura, amo – me contestó sin mirarme y empezando a pasar el paño húmedo por el cuero de la otra bota.

Apenas me importó lo que debía ser una desagradable noticia que por otra parte ya esperaba. Tan obsesionado estaba con los retazos de mi sueño en el que claramente veía a Disenk sirviendo a la mujer del rostro borroso que empezaba a no importarme la pertinaz ausencia de mi prometida. Además estaba Sheritra. Desde que le hice el amor en la casa de los baños habíamos repetido varias veces con gran éxito y notaba que cada día más me tenía bajo sus redes.

Cuando Simut hubo terminado de lustrarme las botas me levanté y él me siguió hasta mis aposentos. Quería cambiarme y ponerme cómodo. Me apetecía nadar. Simut me quitó la coraza, la camiseta blanca de algodón que llevaba debajo, el shenti y las botas y me vistió con una túnica corta que usaba para nadar.

Mientras me calzaba las sandalias me fijé en su espalda. La tenía con recientes marcas de látigo. No eran heridas cortantes pero sí le habían dejado claras líneas rojas e hinchadas.

―Qué ha pasado en mi ausencia, Simut? Quien te ha azotado?

―El ama Sheritra, amo.

No quise saber el motivo. Ni siquiera le pregunté si le dolía. Lo dejé arreglando mis cosas y me fui hacia el río.

Nuestra mansión estaba en la margen derecha, donde se encontraban las casas de los nobles. Teníamos una salida directa al Gran Río, con una pequeña playa. Al llegar vi la litera de mi hermana estacionada en una de las entradas de la playa. Los dos porteadores nubios estaban sentados detrás de la litera, descansando. Cuando me vieron se arrodillaron. Fui hacia ellos. Ambos se postraron y me besaron los pies.

―Puede saberse qué hacéis descansando? – les increpé – os ha dado permiso el ama Sheritra?

Evidentemente mi hermana no les había dado ese permiso por lo que debían permanecer de pie junto a la litera hasta que regresara. Los dos fuertes nubios me suplicaron perdón.

Los dejé de pie, firmes como lanzas y me dirigí a la playa de fina arena. Sheritra descansaba sobre un amplio revestimiento de vicuña que absorbía la humedad de su cuerpo. Acababa de bañarse y estaba tendida boca abajo. Bakmut le hacía un relajante masaje en sus largas piernas.

Me senté sobre el lienzo, a su lado, y la besé en el hombro. Mi hermana levantó la cara que descansaba entre sus brazos cruzados. Me miró frunciendo las cejas porque el sol del ocaso le daba en la cara. Se cubrió con una mano y me sonrió.

―He encontrado a tus porteadores descansando, sentados en el suelo detrás de la litera – le conté.

―Mandaré que les corten una oreja – me contestó y volvió a apoyar la cara entre sus brazos cruzados – ¡Bak, mis pies, cielo! – le ordenó a su fiel esclava mientras los levantaba doblando las piernas por las rodillas y las agitaba un poco en el aire.

―Sí mi ama – respondió Bakmut que se irguió sobre sus rodillas y cogiendo entre sus manos los pies de mi hermana besó sus plantas.

Me levanté y me lancé al agua. Nadé durante un rato con mucha energía. Necesitaba quemarla, agotarme. Cuando salí del agua me eché sobre la estera. Bakmut seguía besándole los pies a mi hermana.

―Hoy mi sueño ha sido diferente, hermanita – empecé a contarle.

Le expliqué la clara aparición de Disenk en mi sueño y le dije que la había visto claramente ejerciendo de esclava de la mujer sin rostro que tanto me obsesionaba.

―Estoy seguro de que Disenk sabe algo de mi madre, de mis orígenes – le dije.

―Interrógala. Es una esclava, puedes mandar que la torturen. Seguro que te contará todo lo que sepa.

―¡No seas salvaje, She… estamos hablando de Disenk… la esclava que nos hizo de madre durante nuestra infancia, de la madre de tu esclava Bakmut… joder She, deberías tenerle un poco más de consideración!

―Eres un sentimental, Kamen – se rió mi hermana.

Sheritra apartó con los pies a Bakmut para darse la vuelta y sentarse a mi lado. Me rodeó con un brazo por los hombros. Bakmut se le acercó de nuevo. Mi hermana estiró las piernas y su esclava siguió besandole los pies. Ahora le pasaba la lengua por los dedos.

Estuvimos abrazados hasta que el sol convirtió el cielo en una inmensa capa enrojecida. Empezó a refrescar y decidimos regresar a casa. Bakmut secó a su ama con el lienzo y le calzó las sandalias. Sheritra me ofreció viajar con ella en su litera. Cuando los porteadores nos dejaron delante de casa Bakmut ayudó a su ama a bajar.

―Bak, ve a buscar a Maehan y dile que les corte una oreja a cada uno de ellos – le ordenó en referencia a los porteadores nubios – así aprenderán a comportarse.

Los dos esclavos se arrojaron a los pies de mi hermana para implorar su perdón pero Sheritra había tomado la decisión y se mostró inconmovible. Sentí pena por haberlos delatado. Cuando Sheritra me contó en el río el castigo que pensaba imponerles pensé que estaba bromeando.

―No crees que podrías dejarlo con unos latigazos y un par de días sin comer?

―Buena idea… ¡Bak, dile a Maehan que además de cortarles la oreja les dé treinta latigazos a cada uno y dos días sin comer!

Me quedé con cara de tonto. Sheritra se rió mientras entrábamos en la casa.

Durante la cena no dejé de contemplar a Disenk que servía a madre. Apenas probé bocado lo cual debió alegrar a los esclavos de la casa porque comían nuestras sobras. Yo pensaba solamente en cómo abordar a la esclava de mamá y en cómo interrogarla.

Tras la cena padre, madre, Sheritra y yo pasamos al salón de las infusiones, donde tras cada comida permanecíamos tumbados en divanes para ingerir una infusión digestiva que nos servían los esclavos antes de retirarnos a nuestros aposentos a descansar.

Una nube de esclavas recogió la mesa y luego nos sirvió las humeantes y digestivas infusiones. Yo me tomé la mía e incluso repetí. Apenas había probado la comida, que en esos momentos estaba disfrutando mi esclavo Sitmut en la cocina, y el líquido aromático y caliente me sentaría bien.

Sheritra batió las palmas y Bakmut, que en ese momento estaba también en la cocina devorando a toda velocidad los escasos restos que le había dejado su ama en el plato, abandonó su parca cena para venir corriendo a su llamada.

―Porqué no está aquí la pequeña esclava caldea que he comprado? – preguntó mi hermana con irritación.

Bakmut, de rodillas a los pies del diván que ocupaba mi hermana, rápidamente posó los labios sobre los dedos de sus pies antes de responder.

―Está en la casa de los sirvientes, ama, con su mamá.

Sheritra encogió la pierna y la disparó a toda potencia impactando con el talón de su pie en la cara de Bakmut quien salió despedida dando con sus huesos por el suelo.

Dirigí la mirada hacia Disenk, que se ocupaba de madre, y pude apreciar el gesto de dolor en su rostro. No debía ser agradable presenciar cómo humillaban y pegaban a su hija y más aún si quien lo hacía era aquella a la que había dado el pecho como a su misma hija.

Normalmente no me paraba a pensar en los sentimientos de los esclavos. Para nosotros los esclavos no eran más que animales que hablaban, máquinas de obedecer y trabajar a los que no atribuíamos sentimientos como podíamos tener nosostros, sus amos, pero Disenk me tenía totalmente obsesionado. Era como si fuera la portadora de algún secreto que me afectaba y la veía más como un ser humano que como una esclava por lo que comprendí el gesto de dolor al ver a su hija golpeada y humillada por mi hermana.

―No te he dicho que la quería aquí para la hora de la infusión? Qué estabas haciendo tú? Dónde estábas?

―Estaba cenando, mi ama… – respondió Bakmut que se había vuelto a arrodillar y estaba sorprendida por la patada que acababa de recibir en la boca.

―Siempre pensando en ti, siempre pensando en comer… eres una egoísta, Bak, al final me veré obligada a castigarte…

Bakmut comenzó a llorar en silencio. Creo que no había esclava en todo el reino que quisiera más a su ama que Bakmut. Adoraba a mi hermana. De pequeñas habían estado tan unidas que ahora eran inseparables. Incluso Sheritra sentía por Bakmut un afecto y un cariño especial, sólo que mi hermana reunía todas las características de las mujeres de la nobleza que las hacía parecer crueles: nada podía interponerse en sus deseos y caprichos. Si ella decía que una cosa debía estar hecha es que debía estar hecha, y no valían excusas. Tal vez no le hubiera dado la orden de traerle a la nueva esclava al salón de las infusiones pero eso a Sheritra no le importaba. Ella la quería allí y la esclava no estaba, consecuencia: pagaba Bakmut.

―¡Maehan! ¡Maehan! – gritó Sheritra.

La temible Maehan, una sirvienta que no era esclava pues era una plebeya asuatí contratada por madre para docilizar y disciplinar a los esclavos, se presentó corriendo al llamado de mi hermana. La mujer hizo una profunda reverencia y se quedó con el lomo doblado a escuchar las órdenes del ama Sheritra.

―Ve a la cocina y tira las sobras de mis platos a la basura, Bakmut ya no comerá nada más… y posiblemente te la envíe esta noche para que le apliques la vara de avellano en la espalda… pero ya veremos.

―Sí señora Sheritra… alguna cosa más ordena la señora?

―¡Nada, imbécil, retírate!

La mujerona se retiró sonrojada por los insultos humillantes de mi hermana. Bakmut estaba abrazada a los pies de Sheritra y lloraba en silencio.

―Ve a buscar a la esclava caldea y tráemela aquí ahora mismo – ordenó Sheritra.

Bakmut se retiró sollozando. Sentí pena por la pobre Bakmut. Me encontraba excesivamente preocupado como para sentir ningún impuso sexual. Reconozco que cuando madre o mi hermana castigaban a algún esclavo solía tener una erección. No sabía porqué me ocurría pero era así. Esa noche no estaba demasiado predispuesto debido a mis preocupaciones.

―Tienes una esclava nueva? – le preguntó padre a mi hermana.

―Esta mañana me he hecho llevar en litera al mercado de esclavos y me he dirigido a la zona privada, donde pueden comprarse fenómenos, monstruos, engendros deformes… ya sabéis, esos animales de feria que van tan buscados . Me apetecía mirar si había algún esclavo raro. Como era muy temprano acababan de abrir y sólo habían un par de señoras revisando la mercancía. He tenido una suerte increíble. En un rincón he visto a una hembra. No me parecía que tuviera ninguna deficiencia que la hiciera especial y me he preguntado qué hacía allí.

»Me he acercado y la hembra, una caldea joven, ha hecho ademán de esconderse. La he golpeado varias veces con mi fusta y al removerse la he visto. No os lo creeréis hasta que la veáis. La niña estaba escondida bajo los pechos de su madre.

Todos nos hemos quedado mirando a mi hermana sin comprender, como si estuviera loca.

―Pero qué tonterías dices, Sheritra? – intervino madre que acababa de introducir todos los dedos de uno de sus pies en la boca de Disenk.

―Esperad a que Bakmut la traiga y lo veréis. No es una enana, no, es una niña diminuta. Es como una de esas muñecas de porcelana que venden los artesanos. Tengo aún muñecas que son más grandes que esa niña. De verdad. Si la miras ves que tiene todos los rasgos y todas las proporciones de una niña… no sé… de diez o doce años… pero no mide más de dos palmos… os lo juro… es como una muñequita.

»Me he agachado y la he cogido. La tenía en una mano… era increíble… he llamado rápidamente al tratante y le he pedido precio. Me ha dicho que tenía que comprar también a la madre pero yo no la quería para nada. Además su madre es normal… ya tenemos esclavos normales… yo quería un engendro, una atracción de feria, quería a la muñequita.

»El tratante se ha resignado después de que viera que no me iba a ablandar. Ha puesto en juego todos los recursos de la pena, que si la niña sin su madre, que era muy chiquitina. La madre no paraba de lamerme los pies para ablandarme pero yo me he mantenido firme. No la quería para nada. Entonces cuando ya marchaba con la chiquitina en brazos para pagar la niña, que por cierto me ha costado un dineral, se me ha abrazado y se ha puesto a llorar mientras me suplicaba que comprara a su mamá.

Mi hermana hizo una pausa estudiada. Todos nos la quedamos mirando. Esperando.

―Y? – pregunté yo.

―Pues que la chiquitina me ha robado el corazón y he accedido. Ahora está con ella… con su madre…

Nos reímos todos de la anécdota de mi hermana. A mí se me enterneció el alma. Sheritra era imprevisible. Igual era capaz de desayunar presenciando una ejecución que se conmovía ante las lágrimas de una pequeña esclava a la que acababa de comprar y no conocía de nada y gastaba su dinero en comprar a la madre.

Lo mismo le sucedía con Bakmut. Si la castigaba después le sabía mal y la abrazaba y la besaba y hasta lloraba. Padre me decía que las mujeres eran así, emocionalmente unas desequilibradas, y que mi hermana Sheritra la que más.

Bakmut trajo en brazos a la pequeña esclava. Todos nos quedamos admirados. Sheritra tenía razón, era diminuta. Todo un fenómeno de la naturaleza. Era como si desde el mismo momento de nacer hubiera dejado de crecer pero al mismo tiempo hubiese desarrollado todos los rasgos y formas que correspondían a la edad que tenía. Era talmente una niña pero en un cuerpo de muñequita de porcelana. No medía más de dos palmos, era increible. Si la mirabas bien veías que tanto su rostro como sus miembros como todo su cuerpo correspondían a una muchacha mucho mayor de lo que en estatura representaba. Tampoco era una enana, no, sus miembros no eran grotescos, al contrario, eran proporcionados y finos, sólo que pequeñísimos. Era sencillamente una niña diminuta, reducida, una niña que no había crecido, un auténtico espectáculo de feria.

―¡Por la gran Diosa Isis! – exclamó madre al ver a la esclava caldea de mi hermana – ¡pero si es un fenómeno de feria! ¿Cuánto te ha costado?

Sheritra se tapó la boca para reír, esa risa tonta y estúpida, de niña traviesa que tan bien sabía hacer pero no dijo cual sería la cantidad de monedas de oro a la que ascendería la factura que padre pagaría religiosamente.

―¡A ver, déjamela ver!

Sheritra sonrió orgullosa. Nunca nadie alababa lo que hacía y estaba necesitada de reconocimiento para elevar su autoestima. Me satisfizo verla tan orgullosa con su acertada compra. Realmente la esclava era como una niña a la que hubieran reducido a la mínima expresión pero conservando sus proporciones y sus características.

A una señal de Sheritra, Bakmut, que aún se la veía aguantarse las lágrimas y lucía un moretón en los labios, allí donde le había alcanzado el talón desnudo del pie de su ama, acercó la pequeña a madre que la cogió en sus manos, la levantó sin esfuerzo y la sentó en el diván, al lado de sus voluminosos pechos.

―Es increíble. Te la compro.

―No, no, ni hablar… es mía…

―Tiene nombre?

―La llamaré Dimi. Bakmut me ha dicho que en caldeo quiere decir pequeñita, diminuta.

―Dimi… – repitió madre – bonito nombre – dijo mientras con sus manos bien cuidadas examinaba los bracitos diminutos de la pequeña y le abría la boquita con el dedo índice introduciéndole la larga y lacada uña hasta que a la pequeña le dio una arcada.

―¡Jajajajajaja! – se rió mi hermana – pero que no ves que tu dedo es más grande que su estómago… ¡jajajajajaja!

Luego mi hermana reclamó a su esclava con ella. La pequeña Dimi iba de madre a mi hermana como si se pasaran una muñequita, que eso era lo que parecía, una pequeña muñeca como esas que hacían los artesanos y que los padres compraban para sus niñas.

―Si hubiera tenido una esclava así cuando era pequeña… – exclamó Sheritra con teatral suspiro cuando tuvo a la esclava caldea entre sus brazos – hubiese sido la niña más feliz del reino.

Incluso Bakmut, que se había arrodillado a los pies de su ama y se los besaba para tratar de aplacar su injusto enfado de antes con ella miraba a la pequeña esclava con curioso deleite.

―Sabéis qué he hecho con ella esta tarde? Dimi no se estaba quieta. He ordenado a Bakmut que trajera mis botas y la he metido dentro de una de ellas. La niña ha cabido perfectamente dentro de una de mis botas. La caña de la bota es más alta que la niña. La he tenido un par de horas encerrada en mi bota, jajajajaja…

Todos reímos la ocurrencia de Sheritra.

Madre se irguió cuando vio aparecer en el salón a su joven esclavo tracio a cuatro patas. Lo traía Disenk, llevándolo de una correa. Madre se disculpó ante nosotros y alegó jaqueca para retirarse a sus aposentos. Entonces un impulso irrefrenable me obligó a levantarme de mi diván y seguir a madre.

En el salón quedaron padre y Sheritra quien estaba encantada jugando con su nueva muñequita. Avancé por los pasadizos y cuando madre iba a entrar en su dormitorio vi que le ordenaba a Disenk que se acostara fuera, ante la puerta pero fuera.

―Madre, perdona… veo que esta noche no vas a necesitar a Disenk – empecé.

Me miró divertida.

―Eso no lo sabré hasta que tenga necesidad de ella.

―Claro, es cierto – contesté dándome cuenta de mi escasa diplomacia. Era evidente que iba a follar con el tracio pero no quedaba delicado que dijera que no iba a necesitar a su esclava – lo que quería decir es que, si no te importa, buscaría a una esclava para que permanezca ante tu puerta, por si la necesitas…

―Para eso ya tengo a Disenk…

―Sí, claro, desde luego… es que quería pedirte… si no te importa… que me la dejaras…

Madre me sonrió y me pellizcó la mejilla.

―¡Uyuyuy…! No me dirás que has hecho una regresión a la infancia y te apatece que Disenk te chupe el miembro… eh, bribón? – dijo acariciándome la entrepierna con su mano de uñas largas, cuidadas y pintadas de rojo que tanto me gustaban y que al mismo tiempo me provocaban sudoraciones al recordar que de niño solían estrellarse contra mis mejillas con contundencia por la menor de mis travesuras.

Me puse colorado. Madre me cogió las manos y me besó dulcemente en los labios.

―Está bien… búscame una nubia y que se estire delante de mi puerta… puedes llevarte a Disenk esta noche… – accedió madre.

No me costó trabajo encontrar una esclava nubia a la que ordené que se echara en el suelo ante la puerta de la señora.

―No entres si no te llama, pero si lo hace muéstrate servil como un perro si no quieres que mañana te falten las orejas – amenacé a la ya de por sí asustada esclava – la señora no admite fallos, entendido?

―Sí amo, descuide amo… no fallaré… no dormiré para poder estar atenta si la señora me llama – me aseguró la temerosa esclava mientras besaba mis pies.

Me sonreí ante el temor que despertaba madre, superior incluso al que provocaba Sheritra, entre los esclavos y me encaminé a mis aposentos seguida por Disenk, quien estaba un poco nerviosa por el hecho de haberle solicitado a madre que me la prestara para pasar la noche.

Simut había encendido los cirios que ahuyentaban los mosquitos, el sándalo quemaba en los cuatro rincones de la habitación, la cama tenía la colcha doblada en forma de pico para que pudiera meterme dentro.

Mi esclavo esperaba arrodillado. Me besó los pies y me desnudó. Disenk permaneció en un rincón, con la mirada gacha.

―Hoy dormirás fuera, Simut, ante mi puerta. Sólo entrarás si te llamo.

―Sí amo – me contestó arrodillado y me volvió a besar los pies.

Cogió su jergón y salió de la habitación cerrando la puerta tras él. Me recosté sobre mi cama. Llamé a Disenk, que se acercó y se arrodilló a un lado de la cama e inclinó respetuosamente la cabeza a la espera de mis órdenes.

Yo estaba recostado de lado, desnudo. Había doblado una rodilla y sobre ella descansaba una de mis manos. Mi pene estaba medio excitado y por la postura daba la impresión de que si crecía más apuntaría directamente a la boca de la esclava que no dejaba de mirarlo de reojo.

No sabía cómo empezar. Por la postura de mis piernas dejaba al descubierto la ingle en la que lucía la mancha que asemejaba un escarabeo azúl, de la que nadie conocía nada. Como en mi sueño aparecía siempre una mancha similar decidí empezar por ahí.

―Qué sabes tú de esa mancha que tengo en la ingle? – le pregunté.

Noté que Disenk se movía nerviosa. Tuve la sensación de ir por el buen camino. No me respondió.

―Fuiste regalada a mi madre, es cierto, no?

―Sí amo.

―Según tengo entendido eras esclava de palacio y llegaste aquí, como regalo para madre, el mismo día que me adoptaron.

―Sí amo, así es.

―Cuantos años tienes?

―Creo que treinta y cinco, quizá más, no estoy segura, mi amo.

―Bien podrías aparentar diez menos – le dije a modo de cumplido aunque era cierto del todo. Disenk parecía más joven de lo que era.

―Gracias, amo – enrojeció levemente.

A los treinta y cinco una mujer noble está en la flor de la vida porque su cuerpo no ha sufrido desgaste alguno, sin embargo para una esclava esa misma edad podía representar el inicio de la vejez.

Los sufrimientos constantes, los golpes, castigos, las torturas incluso, las privaciones, el hambre, la falta de descanso, los duros trabajos, la angustia permanente hacían mella en sus cuerpos por bonitos que hubiesen sido de jóvenes, pero Disenk parecía absorber las penalidades sin que le afectase a su cuerpo y menos aún a su rostro que seguía siendo dulce y aniñado.

―Servías en palacio… de quien eras esclava.

―De una joven noble, reina menor de la reina Akesha.

―Fue tu ama quien te regaló a madre?

―No amo.

―Cómo se llamaba tu ama?

Disenk no contestó. Estaba claro que no quería mentir.

―Tú sabes quien era mi madre… ¡contesta…!

Disenk siguió encerrada en su mutismo. Miraba al suelo y callaba. Su silencio era significativo. Prefería callar a mentir. Eso quería decir que sabía algo. Iba por el buen camino.

―Eras la esclava de mi madre? De mi verdadera madre, la que me parió?

Siguió callada. Yo estaba excitado. Sabía que ella conocía pero algo la impedía hablar. Un secreto relacionado con la casa real?

De inmediato mis pensamientos volaron a Palacio. Para mi desgracia tenía mucha relación con las jóvenes princesas pero apenas veía a la reina Akesha. Sólo la veía cuando se mostraba al pueblo y como todos yo asistía emocionado a su contemplación.

Como capitan de su guardia privada, a parte de permanecer en el salón de los juicios una vez por semana cuando estos tenían lugar, había estado en su presencia unas pocas veces. No había podido alzar la cara ante ella y me había limitado a besar sus pies. Las pocas veces que me había postrado ante ella había tenido la sensación de hallarme ante la mismísima diosa Isis.

Porqué pensaba ahora en la reina? Tal vez porque Disenk acababa de decirme que antes de ser regalada a madre había sido esclava de una concubina real, de una amante de la reina, de una de las llamadas reinas menores. Era ella mi madre?

No me di cuenta pero vi los ojos de Disenk clavados en mi entrepierna. Sin enterarme había desarrollado una poderosa erección y ahora mi pene apuntaba a la boca de Disenk que se hallaba a un par de pulgadas de mi babeante glande.

No lo pude evitar. Retiré la mano que reposaba en mi rodilla levantada y la puse detrás de su nuca. La empujé suavemente. Disenk abrió la boca y se introdujo mi pene en ella.

Me sentí morir. Disenk comenzó a sorber lentamente, con la maestría que le recordaba.

Las remembranzas de mi niñez y de mi finalizada adolescencia se agolparon a la puerta de mi mente y de mi corazón. La dulce Disenk me chupaba con la misma dulzura que recordaba de niño.

Viajé a mi reciente pasado y me vi siendo niño, apenas diez años, tumbado en el lecho de la habitación de Sheritra que en aquella época compartíamos. Disenk arrodillada junto a la cama, como ahora, el cuerpo doblado sobre mi entrepierna, como ahora, sólo que entonces mi pene era el de un niño que daba gracias a la diosa por tener una esclava tan dulce como Disenk. Amaba a Disenk como a mi propia madre.

El conocido temblor tras los riñones, la sensación de vacío en la médula espinal y ese dulce estertor que anuncia que la eyaculación es ya inminente e irreversible. Mientras acariciaba el rostro y la cabeza de Disenk le desagüé mi semen espeso y caliente en la boca. Ella se lo tragó, como hacía cuando yo era niño sólo que entonces el líquido era clarito y menos pegajoso.

Me dejé caer de espaldas mientras Disenk con la lengua terminaba de limpiarme los restos de semen del prepucio. Como siempre que terminaba de eyacular tuve la imperiosa necesidad de orinar, pero no podía desaguar en la boca de Disenk. La aparté suavemente de mi sexo y llamé a Simut.

Simut tardó apenas unos segundos en entrar. Chasqueé los dedos.

―Quiero mear – le dije secamente.

Se puso de inmedito de rodillas, al lado de Disenk que se había retirado un poco. Se introdujo mi miembro en la boca y esperó a que le orinara.

Al terminar de aliviar la vejiga lo aparté y lo despedí con un gesto autoritario. Simut salió y cerró la puerta a sus espaldas. Oí cómo se volvía a estirar en el suelo a esperar por si volvía a llamarlo. Disenk seguía de rodillas. Me estiré, me acodé y con el brazo doblado apoyé la mejilla sobre la palma de mi mano. No dije nada. No era necesario. Ella sabía que yo sabía, o al menos intuía.

Levantó un momento el rostro y me miró furtivamente. Sabía que con cualquier otra esclava me hubiera orinado en su boca, así que me agradeció que a ella no la usara de letrina.

―Sabes quien era mi madre… es cierto, no? – volví a insistir.

Esta vez Disenk asintió con la cabeza. Una sensación de júbilo invadió mi pecho. Me incorporé en la cama y me senté sacando las piernas fuera. Disenk quedó entre mis muslos. Sus ojos se clavaron en mi ingle.

La mancha, recordé, la mancha en forma de escarabeo azul que tenía grabada en la ingle, una marca de nacimiento, la misma que aparecía en mi sueño. Noté que Disenk temblaba. De repente se puso a llorar.

No pude evitarlo. Me incliné hacia delante, me deslicé de la cama y caí de rodillas. La abracé. Disenk se abrazó a mí y dejó via libre a su llanto. La acaricié para calmarla.

―No puedo decirte nada, amo. La señora me mataría. Ella hizo el juramento y a mí me amenazaron con la muerte más horrible si te contaba nada – me explicó Disenk entre llantos y sollozos.

―Calma, calma Disenk, calma. No debes temer nada de mí. Jamás te traicionaría. Lo que me cuentes no lo sabrá nadie.

Esperé pacientemente a que se calmara. No quería obligarla, ni podía. Ella me lo contaría o no lo haría. Yo estaba convencido de que lo haría. Tarde o temprano hablaría.

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12. THUI.

Fui llevaba a la Casa de las Recluidas. Aquello significó para mí, una joven campesina devenida arquera de la guardia real, un cambio brutal. La Casa de las Recluidas era un pequeño palacio dentro del Gran Palacio Real, situado en el extremo norte del complejo palaciego, en una zona rodeada de bosques, jardines y pequeños lagos navegables.

El heraldo me entregó a una mujer de rasgos serenos y bellos, vestida con una túnica corta. Yo llevaba mis escasas pertenencias en un hatillo y el arco y el carcaj de flechas atravesados a la espalda,

―Te esperábamos, joven Thui – dijo la mujer con voz suave.

―Qué tengo que hacer aquí? Qué es esto? – me encaré con cierto desdén.

La arconte, ese era el título de la guardiana de la Casa de las Recluidas, se sonrió ante el insolente ímpetu que mostré. Le habían dicho que se trataba de una campesina hermosísima a la que había que moldear y pulir. Ciertamente, debió pensar, hay trabajo, pero sé que le gusté.

―Sígueme, por favor – me dijo la arconte girando sobre sus talones y entrando en la Casa de las Recluidas.

La seguí. De mala gana, pero la seguí. Caminamos por un amplio pasadizo que bien podía tratarse de un salón debido a su amplitud. La luz entraba a raudales por las incontables aberturas en forma de ventanas que además permitían una constante circulación de aire que mantenía el ambiente fresco.

Por todas partes se veían esclavos y esclavas limpiando. El palacio tenía varios pisos a los que se accedía por una amplia escalera de brillante y pulido mármol negro que varias esclavas limpiaban con total dedicación. Las sandalias de la arconte y las botas que yo calzaba resonaban sobre aquel mármol oscuro con betas rosadas y puntitos dorados que parecía una bóveda celeste puesta boca abajo.

Pasamos ante diversas puertas cerradas y otras tantas que permanecían abiertas. Yo trataba de atisbar en su interior pero los andares de la arconte eran presurosos y apenas me daba tiempo para ver que en cada una de aquellas salas había una muchacha joven rodeada por algunos hombres y mujeres que parecían estar transmitiéndole algún tipo de enseñanza.

Subimos dos pisos. Las esclavas que limpiaban los lustrosos peldaños postraban la cabeza en el suelo a nuestro paso. Finalmente la arconte se detuvo ante una puerta cerrada y yo tomé aire. Abrió las dos hojas de la gran puerta y se hizo a un lado, mostrando con un movimiento de la mano el camino para invitarme a entrar.

―Estas son tus habitaciones desde ahora y hasta que abandones la Casa de las Recluidas, joven Thui.

Entré lentamente, mirando a todos lados. Estaba impresionada. Se trataba de una habitación espaciosa, muy espaciosa, amplia, con mucha luz. La arconte, con las manos cruzadas sobre su regazo me siguió con pasos lentos, como si ella también estuviera disfrutando de la misma emoción que Thui.

Había una gran cama en un extremo de la habitación. En el lado opuesto una mesa con su silla. Un cómodo diván y varias sillas, así como una preciosa mecedora se encontraban dispuestos en el centro de la habitación. Varios muebles bajos, media docena, con forma de baúl, se encontraba pegados a una de las paredes a los que seguían dos impresionantes armarios y a continuación dos inmensos espejos dispuestos de tal manera que podía verme de cuerpo entero, tanto por delante como por detrás. Un altar en el lado norte con una imagen de la diosa Isis. En el extremo más alejado de donde me encontraba una puerta daba a otra estancia. La puerta estaba entornada y de su interior podía escucharse una cancioncilla.

Me quedé en el centro de la gran sala. Anonadada. Siempre había sido pobre. Cuando vivía con madre y con mi hermano disponíamos de una pequeña casita que no era ni una cuarta parte de grande de lo que era aquella habitación y en ella tenía cabida el salón y dos pequeños dormitorios, el de madre y el mío pues mi hermano dormía en el suelo de la habitación y el esclavo sirio en el corral con los pocos animales que teníamos.

En el tiempo que había servido en la guardia real como arquera había compartido una tienda de campaña con otras cuatro arqueras en la que mi espacio vital equivalía al espacio que necesitaba para extender mi jergón y un pequeño baúl donde guardaba mis pertenencias. Y ahora aquella elegante y serena mujer me decía que todo aquel inmenso espacio sería mío. No me lo podía creer.

La puertecilla entornada se abrió y vi aparecer a una muchachita linda, casi desnuda, con un cepillo en una mano y una bayeta en la otra. La muchacha dejó escapar un ahogado gemido de sorpresa al vernos a la arconte y a mí.

―Thui… – se dirigió a mí la arconte – ésta es Disenk, tu esclava. Ella se encargará de hacer tu estancia cómoda y agradable. Disenk es servicial, sumisa, obediente y leal además de culta. Es una esclava aquea. Como sabrás los aqueos son muy apreciados por ser cultos e instruídos. Aprenden rápido y obedecen aún más rápido. No creo que necesites usar demasiado el látigo con ella.

Disenk se arrodilló y besó los pies de la arconte. Después se desplazó sobre sus rodillas y se tendió en el suelo a mis pies. Puso sus labios sobre mis botas y se quedó quieta esperando que la autorizara para levantarse.

Era la primera vez que tenía una esclava para mí sola. El sirio que era propiedad de mamá no era otra cosa que un animal de trabajo y carga y mi hermano Paar era esclavo de las dos. Además ambos eran varones y sobre todo en el caso de Paar no era ninguna distinción especial que fuese mi esclavo ya que en Libia salvo en las familias adineradas de la nobleza colaboracionista que podían tener muchos esclavos, la mayoría de mujeres debía recurrir a la tradición matriarcal para obtener los esclavos de los varones de su propia familia. El sirio era un lujo que nos pudimos permitir porque madre le hizo un gran favor a una mujer muy rica y como compensación le regaló un esclavo.

Sentí una emoción especial. Disenk era una mujer y además era mi esclava. Si una mujer lograba tener a otra como esclava alcanzaba prestigio social. Ese hecho por si solo me daba alcurnia.

La arconte me hizo un resumen de lo que me esperaba y lo que se esperaba de mí en la estancia que iniciaba ese día en la Casa de las Recluidas. Era sencillo.

―Estás aquí por orden expresa de la reina Akesha. Eres bella, hermosa diría yo. Tu cuerpo y tus facciones podrían pasar por los de una mujer noble, pero eres tosca. Para retozar en un campamento de soldados podrías servir perfectamente pero para vivir en la corte no. Mi cometido es el de refinarte, convertirte en una noble. Porqué? –se preguntó en voz alta– no me compete a mí interpretar las órdenes y deseos de su majestad, pero diría que si sales de aquí convertida en toda una dama tu futuro está en el Jardín de los Sueños. Recibirás instrucción, educación y cuidaremos tu cuerpo con ese fin: que llegues a ser una amante digna de la reina. Que alcances el rango de reina menor depende de ti.

La arconte abandonó mis aposentos y me quedé con Disenk que seguía con su cara sobre mis pies. Pasé sobre la cabeza de mi esclava y recorrí las que iban a ser mis propiedades, al menos mientras estuviese allí.

Dediqué más de una hora en curiosearlo todo. Me senté en el diván, me estiré en la amplia cama, abrí los baúles y los armarios, entré en el pequeño cuarto del que había salido Disenk cuando llegamos. Me sentí inmensamente feliz y turbada cuando vi los vestidos y zapatos que escondían los armarios. Igual que me conmocionó ver todos los cosméticos y las joyas que iban a realzar mi belleza.

Disenk se reveló una auténtica joya. No tenía que preocuparme de nada pues ella ya se había ocupado. No tenía que hacer nada por mi misma pues ella lo hacía por mí. Incluso llegó a anticiparse a mis deseos y cumplirlos antes de que pudiera expresarlos.

La principal ocupación de Disenk en relación a mi cuerpo la constituyeron, especialmente en un principio, mis manos y mis pies.

―Las manos y los pies de una mujer son la máxima expresión de la nobleza de una dama, ama Thui – me decía Disenk, en especial durante las primeras semanas en que se pasaba horas y horas aplicándome refinados aceites y masajeándolos hasta que le dolían las manos y puliéndomelos a base de frotar las callosidades y duricias de mis plantas con una piedra volcánica después de tenerme varias horas los pies en remojo en una mezcla de aceites y agua tibia perfumada.

Para mí era muy cómodo. Acomodada en mi diván con las piernas extendidas me dedicaba a picotear granos de uva o dátiles dulces mientras Disenk recorría mis manos y mis pies con las suyas.

No hacía nada. Acostumbrada como estaba a vigilar el trabajo del esclavo sirio de madre primero y los entrenamientos del ejército después, mi vida en la Casa de las Recluidas empezó como un canto a la holganza, incluso disponía de una silla de manos que cargaban dos esclavos nubios por si quería ser llevada para desplazarme por el palacio.

Cada mañana me despertaba Disenk besándome los pies. Yo alargaba el momento de levantarme porque me gustaba sentir los labios de la jovencita aquea recorrer las plantas de mis pies.

―Aún tienes muchas durezas, mi ama – me decía Disenk mientras yo desayunaba pan blanco, fruta, queso y cerveza suave y ella continuaba tratando mis pies y mis manos.

Eso quería decir que debía evitar al máximo caminar y disponía mi silla de manos incluso para ir hasta la casa de los baños.

―Voy a engordar, pequeña esclava – me quejaba yo a Disenk – si no hago ejercicio me pondré como un buey.

―Otros y yo haremos el ejercicio por ti, ama – me respondía la esclava con una sonrisa encantadora.

Y lo hacían. En la casa de los baños, después de que Disenk me frotara con sales esparcidas sobre un esponjoso paño mientras yo permanecía medio sumergida en una enorme artesa de agua sulfurosa, me tumbaba sobre un banco de cálida piedra caliza y dos gruesas sirias me daban un masaje tan intenso que al terminar agradecía que me colocaran sobre la silla de manos pues me sentía incapaz de dar un solo paso por mi misma.

―Si tenías un ápice de grasa, mi ama, esas sirias te lo han hecho desaparecer – me decía Disenk con su habitual sonrisa mientras caminaba a mi lado.

Al llegar de nuevo a mis aposentos Disenk me peinaba, me maquillaba, me vestía y me calzaba con hermosas sandalias en cuyas plantas, allí donde yo apoyaba las mías, habían cosido la suave piel de una cabritilla recién nacida con el fin de que mi piel no se resintiera al andar y todo el trabajo de Disenk se echara a perder.

―De verdad es la piel de una cabritilla recién nacida, Disenk? – le preguntaba yo sorprendida de semejantes invenciones.

―Yo misma la escogí, ama. Vi cómo la deshollaban y seguí de cerca el curado de la piel para comprobar que se hacía como era debido.

―Pobrecilla – me estremecía al pensar en su triste destino – conoció a su mamita?

―No pienses en eso, ama… no es más que un animal. Peor destino tienen los hijos recién nacidos de algunas esclavas de palacio.

―A qué destino te refieres?

―Los usan como a las cabritillas, para forrar con su piel las sandalias y las botas de las princesas reales, para proteger sus pies.

Thui recordó el día que en la gran tienda real, acampados durante el regreso de la victoriosa campaña sobre el pueblo libio, hizo el amor con la reina. Antes de besar el jardín de venus de Akesha tuvo que humillarse a los pies de la reina, y recordó la dulce suavidad de sus plantas.

―Quieres decir que despellejan recién nacidos para… – no me atreví a terminar el resto de la frase. Disenk la terminó en silencio por mí, asintiendo gravemente.

Una vez vestida y protegidos mis pies, enguantadas mis manos para absorber los aceites con que previamente las había untado Disenk, me encaminaba a los jardines interiores para recibir mis tres horas diarias de instrucción a la sombra de hermosas acacias.

Mi tutor era un esclavo aqueo, como no, que me instruyó en diversas artes. Su preparación había sido integral, del mismo modo que proyectó mi instrucción. Aari, así se llamaba el esclavo, era un muchacho hermoso, con un gran parecido físico con mi desaparecido hermano Paar. Eso hizo que me enamorase perdidamente de él.

Aari y yo paseábamos o permanecíamos sentados, o íbamos en barca por los estanques de palacio y en ese tiempo él hablaba y hablaba, siempre en tono serio pero siempre con una sonrisa en la boca que dejaba ver sus bien formados dientes y dibujaba un hoyuelo a cada lado de sus mejillas que lo hacían intensamente atractivo. Al menos para mí.

Él me hablaba de todo, de cómo debía comportarme con nobleza ante los nobles, me enseñaba normas y convenciones sociales apreciadas entre la aristocracia, me enseñaba filosofía, me enseñaba a expresarme correctamente y me enseñaba la historia, la historia del reino de Asuat que básicamente era la historia de las gestas de sus reinas, que era lo él me explicaba con mayor emoción y yo escuchaba con mayor agrado.

Le interrumpía muchas veces, continuamente, y él se mostraba siempre complaciente con mis dudas y nunca se burlaba de mi ignorancia, cosa que yo le agradecía.

Era evidente que siendo un esclavo si yo me sentía ofendida por su insolencia podía mandar que fuera azotado. Yo no era su única pupila, cuando terminaba las tres horas diarias conmigo se ponía a las órdenes de otra muchacha que aspiraba también a entrar en el Jardín de los Sueños pero a diferencia de mí esas jóvenes eran hijas de la nobleza y tenían una educación que yo no tenía. Si estaban allí era porque la ley decía que cualquier persona que fuese elegida para morar en el Jardín de los Sueños debía hacer una estancia de seis meses a un año en la Casa de las Recluidas.

Por ese motivo yo agradecía la honestidad y la amabilidad de Aari que nunca intentó hacerme quedar como una idiota por mi incultura, aún cuando algunas de las chicas se burlaban de mí por mi procedencia.

―No sé porqué la reina me hace pasar por esto. Sé que me ama, lo presiento, y además creo que me ama por ser como soy, distinta a todas esas estúpidas. Nunca seré como ellas – le dije en una ocasión a Aari mientras el remaba, yo iba sentada en la barca frente a él y Disenk, detrás de mí, me protegía con una sombrilla de los rayos del sol.

Aari se sonrió mostrándome esos hoyuelos tan agradables de mirar y que tanto me gustaban porque me recordaban a mi amado hermano y después de menear la cabeza me dijo:

―Ninguna de ellas vale la mitad que tú, ama, pero tanto ellas como tú debéis superar la estancia aquí. Puedes estar segura de que tú la superarás. No sólo eres hermosa y radiante como el mismo sol sino que gozas de una inteligencia muy superior a la de la mayoría de muchachas ricas que aspiran a lo mismo que tú.

Me puse roja de vergüenza. No le contesté. De buena gana le hubiera besado pero ahora no estábamos en casa y no podía hacer lo que quisiera. Cuantas veces había besado a mi hermano Paar en la boca cuando me decía que yo era la más linda de las muchachas, o la más fuerte, o la más lista, o la más valiente. Paar siempre tenía palabras agradables para mí y yo le pagaba besándole en los labios, el mejor premio que podía recibir un esclavo. Ese día me entraron ganas de besar a Aari pero me contuve.

La arconte evaluaba mi evolución una vez al mes. Me llamaba a su despacho y allí nos sentábamos en un diván. Dos esclavas nos servían licor de higos y pastas y mientras comíamos charlábamos. La arconte me hacía preguntas que yo contestaba con mi habitual sinceridad. Al terminar la charla me despedía con una sonrisa y me decía que todo iba bien, según lo previsto.

A los dos meses de estar en la Casa de las Recluidas sufrí una decepción. Oí a las otras novicias, así nos llamaban a las residentes en esa peculiar institución, comentar con gran alegría que en dos semanas habría una fiesta en palacio y que tres de nosotras, éramos seis, asistirían a ella. Pensé que Akesha, mi amada reina, haría para que yo estuviera entre las tres afortunadas pero cuando llegó la mañana de ese día la arconte dio los nombres y el mío no figuraba.

Aquella mañana me mostré muy desagradable con Aari. Hice valer mi posición para humillarlo. Él era un esclavo, instruido, educado, inteligente y civilizado pero no dejaba de ser un esclavo. Yo lo trataba con mucha familiaridad y generosidad porque me caía bien, porque me gustaba y porque me abrumaba su conocimiento y su personalidad pero ese día lo obligué a mostrarse ante mí con el respeto que me debía. Aari, no obstante, estaba bien adiestrado. Normalmente trataba de instruir a altivas muchachas de la nobleza que no se caracterizaban precisamente por un trato familiar y benévolo con sus inferiores y menos aún con los esclavos.

―Borra esa estúpida sonrisa de tu cara, no me mires a los ojos cuando me hables y póstrate y bésame lo pies como es tu obligación – le dije con sequedad aquella mañana cuando me recibió en los jardines donde solíamos reunirnos para comenzar las clases.

Creo que Aari dedujo de inmediato el motivo de mi inesperado cambio en el trato con él. Era inteligente y me dijo que no debía alterarme si no había sido llamada para acudir a la recepción de la reina, que apenas llevaba dos meses de instrucción y que las tres seleccionadas llevaban casi seis y además eran nobles.

Disenk lo pasó bastante peor. Aari, aún siendo esclavo, estaba protegido por la arconte, es decir, si alguna de nosotras quería que Aari fuese castigado era la arconte y solo ella la que, después de escucharnos a nosotras y a él, decidía si había que castigarle y si convenía que era necesario establecía el cómo en base a la petición que hubiera hecho la novicia ofendida. Disenk, en cambio, no tenía ninguna protección. Era mi esclava. De mi propiedad. Por el simple hecho de haber llegado a la Casa de las Recluidas ya me pertenecía.

Ese día fue duro para mi Disenk. Ella no cometía nunca ni un error sin embargo ese día no hice más que quejarme injustificadamente de su lentitud, de su torpeza, de su impericia, de su pereza… qué se yo… de todo lo que se me ocurrió.

A mediodía llevaba anotadas cinco tandas de cinco latigazos cada una. Las esclavas personales de las novicias iban acumulando sanciones durante el día y al llegar la noche, tras la cena de sus señoras se presentaban en la Casa de las Penas, el lugar donde se ejecutaban los castigos, para ser cumplidas las sentencias dictadas por sus amas.

En dos meses nunca había enviado a Disenk a ser azotada. A veces, mientras daba mi último paseo bajo la luz de las estrellas seguida por Disenk a dos pasos tras de mí, veía pasar a las sirvientas de las otras novicias, llorando, camino de la terrible Casa de las Penas. Incluso en alguna ocasión me había acercado para presenciar cómo alguna de ellas era azotada o apaleada, según las instrucciones dadas por su señora y que las propias esclavas llevaban escritas en un papel.

Si alguna vez Disenk me ponía nerviosa yo misma le pegaba un par de bofetadas y arreglaba al instante el asunto, pero nunca la había hecho ir a la Casa de las Penas.

Tal vez fue porque en ese tiempo yo apenas estaba comenzando a escribir y a leer y probablemente me avergonzaba de tener que pasar más tiempo en escribir el castigo del que ella tardaría en recibirlo. A decir verdad no creo que fuese ese el motivo de no haberla enviado nunca a castigar, más bien fue porque Disenk era una joya e incluso cuando la abofeteaba lo hacía más para sacarme mi mal humor que porque ella se lo hubiera merecido.

A media tarde eran diez las tandas de cinco latigazos que llevaba yo anotadas en la tablilla.

Antes de la cena empezaron a llegar las literas enviadas de palacio que trasladarían a las tres afortunadas a la fiesta donde pasarían la velada con la reina y otros invitados de alcurnia. Yo estaba en mi habitación, enfadada, enfurruñada, de un mal humor intenso, viendo los maravillosos vestidos que lucían las elegidas, reconcomiéndome de envidia ante la visión de las lujosas literas cuya estructura de madera de cedro estaba recubierta de oro y sabiendo que no podría ser llevada en ellas.

Me encontraba de pie, ante el ventanal. El sol se ponía y derramaba sus lágrimas rojas por el cielo. Disenk se arrodilló y me besó los pies para pedirme permiso para hablar.

―Qué quieres?

―Tu cena está lista, mi señora.

―Trae la mesa aquí, junto al ventanal, cenaré aquí.

Disenk obedeció, silenciosa. Abandoné el ventanal cuando la última litera partió con su femenina carga y a mis oídos llegaron las risas de las privilegiadas así como sus exultantes comentarios referentes a la inmensa suerte que tenían y las expectativas que esa maravillosa fiesta les abría para su inmediato futuro que no era otro que alcanzar el rango de reinas menores.

Disenk me ayudó a sentarme en la silla y se colocó detrás de mí para servirme. Lancé varias maldiciones y me quejé del aspecto del asado que humeaba en mi plato. Mi fiel y leal Disenk permaneció en silencio.

Siempre hablábamos mientras yo comía. Le pedía su parecer sobre tal o cual cosa o sobre tal o cual hecho del que había tenido conocimiento tras la jornada lectiva con Aari y ella siempre solícita me ayudaba a entender cosas que no me habían quedado claras. Como Aari, Disenk era una aquea con buenos modales, buenos conocimientos y perfectamente adiestrada.

Esa tarde-noche no hablamos. Yo no le pregunté nada y ella no abrió la boca, se limitó a servirme. Yo estaba muy dolida por no haber sido seleccionada pero es que Disenk tenía pendiente un castigo de diez tandas de cinco latigazos y un último de dos tandas de apaleamiento, una auténtica tortura, consecuencia de mi estado de irritabilidad y constante malhumor de ese día. Asimismo, y especialmente a medida que avanzaba el día y por tanto la hora en que vería a mis rivales montar en las lujosas literas, además de acumular castigos la pobre Disenk se llevó un montón de broncas, bofetadas, patadas y pellizcos por los mismos falsos motivos que me habían servido para anotar las tandas de latigazos y apaleamientos en mi tablilla de arcilla y que habría de sufrir por la noche.

A pesar de mis imprecaciones la cena estaba deliciosa. Dejé en el plato los huesos con algunos restos de carne y aquellos tejidos y tegumentos más duros así como un poco de la deliciosa salsa, un trozo de pan blanco mordisqueado y el corazón de una manzana, todo un festín para Disenk, pero como he dicho antes ese fue un día malo para mí pero peor para mi esclava.

―Tira las sobras del plato a la basura… – le ordené secamente mientras me retiraba la silla al hacer yo ademán de levantarme.

―Sí mi señora.

Me dirigí al diván. De una patada me descalcé de mis sandalias lanzándolas por los aires y me dejé caer de un salto sobre el diván.

―Traéme la tablilla donde he ido anotando los castigos, Disenk.

Mientras Disenk me hacía friegas en los pies estuve repasando mis anotaciones. Me costaba contar, apenas estaba aprendiendo los rudimentos de las matemáticas, por lo que tuve que concentrarme para calcular el número de latigazos y palos a los que iba a condenar a mi esclava. Finalmente hice el recuento y me di cuenta que la pobre muchacha no aguantaría lo que le esperaba. A pesar de que mi irritación no había menguado me di cuenta de que estaba siendo tremendamente injusta.

Noté sus labios en mis plantas, señal de que quería hablarme.

―Dime…

―Si la señora lo prefiere puedo ir a la Casa de las Penas cuando la haya encamado y se haya dormido.

Me hizo sentir ruin y miserable. Pobrecilla, encima se preocupaba por mí, de mi comodidad y bienestar. La miré. Ella bajó los ojos y volvió a besar las plantas de mis pies, cada día más suaves gracias a sus constantes masajes y tratamientos. Rompí la tablilla en cuatro pedazos y la arrojé al suelo.

―No vas a ir a ningún lado. Quiero que me abaniques, y quiero que pases la noche en vela. Quedarte sin cenar y sin dormir será tu castigo. Entendido?

―Sí mi señora, gracias mi señora… mi señora es muy buena con esta tonta esclava que no hace nada al gusto de su señora – me dijo volviendo a pasar sus labios por mis pies.

No era cierto. Disenk era una joya, un encanto que llegaba incluso a intuir mis deseos para anticiparse, pero no la contradije. Moví los dedos de los pies y flexionándolos le pellizqué con ellos la mejilla. Abrió los ojos y me miró. La sonreí.

―Anda, empieza a abanicarme… hoy ha sido un día especialmente caluroso.

Disenk pasó la noche despierta, abanicándome primero, después aceitando mis manos y mis pies y finalmente dándoles delicados masajes. A la mañana siguiente la pobre estaba muy débil y yo muy reconfortada. No había oído la llegada de las literas al alba, probablemente porque las tres afortunadas novicias habían regresado ebrias y según supe después los porteadores tuvieron que subirlas en brazos a sus aposentos porque eran incapaces de dar un solo paso por si mismas y no caer redondas al suelo.

Mi instrucción se alargó aún seis meses más. La arconte y Aari me vaticinaron más de un año pero aprendí deprisa. Incluso pasé por delante de dos de las muchachas que habían sido elegidas para asistir a la fiesta de la reina. A esas dos las echaron definitivamente de la Casa de las Recluidas por que la arconte descubrió que no sangraban en cada ciclo lunar.

Una mujer era incompleta si la diosa Isis no la bendecía con la ofrenda de su sange cada 28 días. Las dos novicias que fueron despedidas cada mes hacían incisiones a sus esclavas en la vulva con una daga y empapaban compresas con su sangre para disimular. Todas creíamos que la sangre sagrada que expulsábamos las mujeres provenía de una herida interna de nuestra vulva. La arconte descubrió el engaño cuando una de las novicias produjo una herida tan importante a su esclava para tomar su sangre que la pobrecilla se desangró y murió.

Matar a una esclava no fue lo que puso a la arconte sobre la pista del fraude. Matar a una esclava era algo perfectamente entendible, pero no lo era que la sustituta muriese 28 días después también a consecuencia de una profunda herida de cuchillo en el cuello del útero. La arconte sospechó. No era la primera vez que muchachas nobles infértiles intentaban engañarla para llegar a ser concubinas de la reina, las llamadas reinas menores, pero la arconte era una mujer sabia y descubrió el intento de engañarla, no a ella, sino a la mismisima diosa, y eso era intolerable.

Una de las funciones de las favoritas de la reina y las princesas era la de procrear futuros príncipes que a su vez servirían de sementales o futuros maridos para la descendencia real y también para las casas más nobles del reino. Era imprescindible ser fértil pero eso no quería decir que fuésemos libres para usar nuestra fertilidad y nuestra sexualidad a nuestro antojo. Cualquier contacto sexual con varones y desde luego cualquier embarazo de una de las reinas menores, así eran llamadas las concubinas que llegaban al Jardín de los Sueños, debía contar con el visto bueno de la reina Akesha.

Me entregué al conocimiento de Aari y a las manos de Disenk. Mi relación con el primero se hizo muy intensa. De algún modo me recordaba a mi hermano, al menos por el hecho de que era mi guía, me enseñaba, como hacía mi hermano. Además era un joven muy agraciado. No tenía los músculos ni la fuerza de Paar pero su inteligencia y su personalidad me cautivaron. También fue su inteligencia fuente de conflictos entre nosotros pues yo era testaruda y susceptible y muchas veces cuando me rectificaba me sentía ofendida y entonces utilizaba mi poder sobre él para tomarme pequeñas venganzas, pero Aari las soportaba con entereza.

Habíamos generado una cercanía casi íntima, en la que incluso cuando estábamos en silencio nos sentíamos a gusto uno al lado de otro. Esa confianza, debido a nuestra diferencia social, trajo como resultado que Aari llegó a creerse que yo sentía algo por él. Y era cierto pero en ese momento yo estaba sólo pendiente de mi objetivo que no era otro que triunfar y me hizo portarme cruelmente con el muchacho.

Un día, cuando estaba próximo el fin de mi estancia en la Casa de las Recluidas tuve uno de esos pequeños altercados con Aari. No recuerdo el motivo de la discusión pero el caso es que si el dijo blanco yo dije negro. Él tenía razón, seguro, pero ese día estaba yo muy guerrera y no di mi brazo a torcer. Intentó demostrarme de todas las maneras posibles que su postulado era el válido pero yo, que ese día estaba inspirada, encontraba el resquicio para desbaratar su teoría. Al final logré perturbar su mítica flema e hizo un comentario poco elegante sobre mi testarudez campesina.

Aquella observación me molestó, más aún, me indignó y le solté una bofetada con todas mis fuerzas. Lo pillé desprevenido. Acabábamos de levantarnos del jardín donde habíamos pasado una hora discutiendo y no se esperaba mi reacción. Aarí rodó por los suelos y con una rodilla en tierra y acariciándose la mejilla golpeada me lanzó una mirada que consideré insolente.

―¡Al suelo, la mirada al suelo… no te levantes… sigue arrodillado! – le grité indignada.

De repente lo que por mi parte había empezado más como una manera de llevarle la contraria para divertirme provocándolo acabó convirtiéndose en un conflicto de autoridad.

El sería un esclavo muy inteligente y muy bien preparado pero no dejaba de ser un esclavo y en ese sentido, el único realmente importante, yo era superior a él, muy superior. Me debía absoluto respeto y al provocarlo, a pesar de estar muy bien adiestrado y tal vez porque nos habíamos cogido una gran confianza y afecto, no supo encajar mi broma, como hacía con las demás novicias a las que realmente temía, y olvidando su posición y mi jerarquía se había atrevido a mostrarse insolente y vanidoso, dos defectos intolerables en un esclavo.

―¡Póstrate, bésame los pies y suplícame perdón! – le ordené con el tono de voz más duro que conseguí que saliera de mi boca.

Una vez lo había humillado cuando me sentí frustrada por no ser elegida para asistir a una fiesta dada en palacio por la reina. Lo había vejado por un capricho de consentida y engreída y él supo estar a la altura de su estatus servil. Esta vez vi muy claro que Aari se había atrevido a mostrarse insolente porque no me consideraba de la misma categoría que a las demás novicias que provenían de la nobleza, y no estaba dispuesta a que se me hiciese de menos.

Aarí palideció. Mi tono no invitaba a la broma. Inclinó la cabeza y puso sus labios sobre mis pies. Disenk nos miraba asombrada. Ella sostenía la sombrilla para protegerme de los rayos del sol y llevaba en una mano las sandalias que me había descalzado porque me gustaba sentir el frescor de la hierba en mis pies mientras hacíamos la clase.

―Ve a por una vara de bambú, Disenk – le ordené a mi esclava.

Disenk se quedó mirándome extrañada.

―¡He dicho que vayas a buscarme un látigo, idiota! – le espeté con desprecio.

Disenk dejó la sombrilla en el suelo y partió corriendo en pos de un látigo formado por una recia pero flexible caña de bambú forrada con piel de rabo de buey, un auténtico instrumento de tortura si sabía emplearse.

―Sabes que cualquier castigo que quieras imponerme debes comunicarlo previamente a la arconte, señora – me dijo Aari sin despegar los labios de los dedos de mis pies.

―No te he dado permiso para hablar. De eso sí dare parte a la arconte. De tu grave ofensa me ocupo yo misma. El reglamento dice que no te puedo enviar a la Casa de las Penas para ser castigado sin el beneplácito de la arconte, pero nada dice de que yo misma no pueda castigarte si me siento insultada. Y eso haré. Yo misma te castigaré. Y ahora cállate y sigue besando mis pies. No tienes permiso para volver a hablar.

Aari se calló y obedeció. Disenk llegó jadeando por culpa de la carrera que se había pegado para cumplir mi orden. Me entregó el látigo y se retiró para recoger la sombrilla y seguir protegiéndome del sol.

Mientras Aari besaba mis pies le azoté la espalda con crueldad. Le apliqué diez latigazos. Conocía perfectamente la técnica para azotar y si no que se lo preguntaran al sirio e incluso a mi hermano.

Rápidamente en la piel de la espalda de Aari comenzaron a aparecer violáceos verdugones, rallas de intenso color púrpura que se fueron cruzando unas con otras a medida que el látigo tralleaba sobre su espalda. A partir del cuarto latigazo lo oí gemir para luego sollozar.

Espacié los golpes para que sintiera mi furia en toda su extensión. Sus hombros se agitaban con el llanto a medida que descargaba los golpes y mis pies se fueron mojando con sus lágrimas. Después del décimo arrojé el látigo al suelo.

Gotitas de sangre perlaban su espalda amoratada y cruzada por los latigazos. Aarí continuó abrazado a mis pies. Sollozaba silenciosamente. No había gritado, tan sólo gemidos de dolor.

Me sorprendió su valor. Sabiendo que era un muchacho de escaso vigor físico y muy bien cuidado para ser esclavo pensé que no soportaría los vigorosos latigazos que le propiné. Pero sí lo hizo. Ahora sollozaba y me di cuenta que no era por el dolor que pudiera sentir en su espalda sino por el que mortificaba su vanidad. Yo, una simple campesina, le había hecho morder el polvo y pisoteado su orgullo.

Tan buen punto hube terminado de azotarlo sentí que mi corazón daba un vuelco. Me había dejado llevar por mi intransigencia sin reparar que Aarí se había volcado en hacer de mí una novicia ejemplar.

Ahora que él estaba postrado a mis pies, llorando y con la espalda destrozada, miré hacia atrás y vi todos los detalles de comprensión y dulzura que me había estado prodigando. Me arrepentí al instante de haberme mostrado tan dura e implacable.

Lentamente me dejé caer de rodillas al suelo y lo cogí con cuidado por los hombros para obligarle a levantarse. Aarí se incorporó sobre sus rodillas y quedamos frente a frente, a la misma altura. Él bajó los ojos en señal de sometimiento.

Siempre había estado sometido a mí. Yo le había provocado y había reaccionado como era previsible pero yo había buscado demostrarle mi superioridad. Había querido quitarme el complejo de campesina que en ocasiones me hacía sentir inferior a los demás. Y sentirme inferior a una noble era una cosa pero sentirme inferior a un esclavo era algo que mi orgullo no podía tolerar.

Le cogí la cara con ambas manos y le obligué a levantarla y a mirarme. El bajó los párpados. Sentí una cálida corriente recorrer mi corazón. Acababa de darme cuenta de que lo amaba. Era muy parecido a lo que me había ocurrido con mi hermano cuando vivía.

Acerqué mis labios a los suyos y se los besé. Él se dejó hacer. Yo seguí besándolo. Cada vez lo besaba con más pasión. Me aparté ligeramente para mirarlo. Él levantó los párpados y me miró. No vi insolencia ni reto en sus ojos. Volví a besarlo con fiereza.

No le dije nada. No me dijo nada. Todo había pasado. Yo lo había puesto en su sitio, había sacado de paseo mi orgullo y me había impuesto. Después había decidido que lo amaba. Él entendió. No dijo nada pero sus labios respondieron a la agresión de los míos.

Nunca hablamos de la humillación a la que lo sometí. Tan solo una referencia a su espalda a los pocos días, al ver que le molestaba la túnica que llevaba para que nadie viera las marcas del látigo.

―Aún duele? – le pregunté con una sonrisa en los labios cuando lo vi hacer un gesto de dolor.

Aarí me miró y me sonrió mostrándome sus deliciosos hoyuelos.

―Espero no volver a provocarte, mi señora… hasta azotando eres la mejor – me dijo y ambos nos reímos. Le besé con suavidad en los labios y seguimos con las clases.

Unas semanas más tarde, después de ocho meses de mi entrada en la Casa de las Recluidas estaba preparada para intentar el asalto al corazón de Akesha. Estaba preparada para morar en el Jardín de los Sueños, para ser una reina menor.

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(Continuará…)

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