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LOS PIES DE ELENA

Enviado por FERABELJO el 16/6/2009

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LOS PIES DE ELENA Publicado el 16/06/2009, por: FERABELJO

La mujer que tiene los pies hermosos
nunca podrá ser fea
mansa suele subirle la belleza
por tobillos pantorrillas y muslos
demorarse en el pubis
que siempre ha estado más allá de todo canon
rodear el ombligo como a uno de esos timbres
que si se les presiona tocan para Elisa
reivindicar los lúbricos pezones a la espera
entreabrir los labios sin pronunciar saliva
y dejarse querer por los ojos del espejo
La mujer que...

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tiene los pies hermosos
sabe vagabundear por la tristeza.

Mario Benedetti



ELENA


Se enamoró de él prácticamente nada más verle, y ya, desde ese primer momento, Elena, supo, intuyo, que su vida no iba a ser la misma debido a ese encuentro. Y estaba en lo cierto, pues sin que el día hubiera acabado, Elena habría experimentando sensaciones tan intensas por causas que no tenia pensado jamás pudieran transmitirle tanto placer, que desearía más a cada segundo.
Hacia dos meses que la habían despedido de su anterior trabajo. La empresa se declaró insolvente y cerró, y Elena, se encontró sola, en Madrid, con 25 años, y sin nadie a quien acudir. Tenía una hipoteca de veinte millones, y sin apenas dinero ni trabajo no preveía un futuro halagador si no encontraba algo pronto.
Gracias al seguro que había firmado al pedir la hipoteca, tenía asegurado el pago de la casa durante un año. Además, acumulaba dos años de paro, y eso era “una especie de colchón” del que podía ir tirando de momento sin tener que hacer uso del seguro. Durante los primeros quince días no dejó de recibir llamadas de amigos y familiares para decirla que fuera con ellos, aunque la peor fue su madre, empeñada en que volviera al pueblo, en su querido Alicante. Pero Elena no podía volver, se había dicho a si misma que ante cualquier tipo de eventualidad debía de salir adelante por sus propios medios, y por fin, así parecía. Tenía ante ella la posibilidad de entrar a trabajar en una importante gestoría de Madrid, solo tenían que responderla en las próximas veinticuatro horas. Estaba tan convencida de que la cogerían que en un principio no tenía pensado acudir a la entrevista en la que conoció a Francisco, pero el día antes, tras unas cervezas con Nuria, decidió que no tenía nada que perder. Aun no la habían llamado del otro trabajo, y podía caber la posibilidad de que no lo hicieran, o lo hicieran para decir la típica frase estúpida “lo sentimos pero tu perfil no encaja con el tipo de persona que estamos buscando” Sabiamente aleccionada por su amiga Nuria, decidió ir a la entrevista, y la verdad, el tiempo la ha dado la razón, fue la mejor decisión de su vida, pero no por el trabajo, sino por la persona a la que conoció, con la que descubrió, y sigue descubriendo, cotas inimaginables del sexo, del placer, del erotismo, del fetichismo.


Tenía hora a la una de la tarde en el despacho de Francisco Garrigues.
Hijo de catalanes afincados en Madrid desde que el naciera, Francisco era un hombre de treinta años que se codeaba con importantes políticos, empresarios y famosos del mundo del espectáculo de Madrid. Conocido abogado, había montado una gestoría en la que llevaba la contabilidad de pequeñas y grandes empresas. Las malas lenguas decían que el no trabajaba, que tenia esclavizados a sus empleados y que el se pasaba el tiempo que estaba en su despacho chateando por Internet, viendo videos pornográficos y bajándose películas usado el EMULE. Bueno, “no tengo nada que perder”, se dijo Elena segura de si misma, simplemente decirle que no cuando la llamen de la otra empresa y arreglado
Aquella mañana cogió el autobús desde su casa en la Avenida de los Toreros y fue hasta la esquina de Goya con Príncipe de Vergara. El despacho del abogado estaba en el número 9 de príncipe de Vergara, y se bajó del autobús dispuesta a afrontar la entrevista, para la cual se había vestido con lo más elegante que pudo. La gustaba ir elegante, siempre, una camisa acompañada de una falda amplia, medias con liguero, zapatos de tacón negros y chaqueta a juego con la falda. Quería causar la mejor impresión, al igual que en la anterior entrevista, a la que fue con traje de chaqueta con pantalón de raya diplomática. Pero para esta pensó que una falda siempre causa mejor impresión a un hombre que un pantalón, aunque sea de traje. Pronto descubriría que a aquel hombre le causaba impresión, y agradable, muy agradable, otra cosa.



Justo antes de llegar al portal ocurrió lo que cambiaría el resto de su vida. Mientras se dirigía al portal, el tacón de su zapato derecho se introdujo en el agujero de una de las alcantarillas y al querer sacarlo se partió. Maldijo en alto, unas personas se giraron para verla al oír su expresión, pero nadie se paró a ver que pasaba. Estaba justo frente al portal, con un zapato roto y su tacón en la mano, y por un momento pensó en dar media vuelta y marcharse a casa, llamando desde el móvil diciendo que había ocurrido un imprevisto. Pero algo la hizo decidir seguir su camino, así que cojeando, entró en el portal y le dijo al portero a donde iba, entró el ascensor, pues estaba en el último piso, y apretó el botón. No podía pensar en otra cosa que en la respuesta que le debían de dar de la otra entrevista, y en que esta era solamente un mero trámite, y más ahora que iba a dar este aspecto de torpe estúpida. El ascensor se detuvo en el último piso y salió del mismo. En aquella planta solo había una puerta, estaba abierta y en ella un letrero en una placa dorada. GESTORIA GARRIGUES. GG pensó, y sonrió.
Entró cojeando en la oficina y llegó hasta la mesa de recepción, donde una mujer de unos cincuenta la estudió de arriba abajo y la miró con indiferencia al ver lo ocurrido con los zapatos. Sin dudarlo, se acercó lentamente y la dijo que tenia una entrevista con Francisco Garrigues.
-- ¿Su nombre es?
-- Elena Abad.
La mujer buscó en su ordenador y la indicó que me podía sentar en unos sillones de piel que había en un lado de la inmensa recepción. Así lo hizo, sin dejar de apartar la mirada de su pie derecho, donde con el talón fuera del calzado y el zapato sujeto a su pie por la punta de los dedos, se balanceaba el zapato roto. Estaba muerta de vergüenza.


Tras cinco o diez minutos de espera, apareció por la puerta de un despacho al final del pasillo que tenia enfrente, la figura de Francisco Garrigues. Se acercó a la joven y esta se levanto torpemente, Francisco le tendió la mano y Elena le dio la suya. Se había enamorado de él nada más verle.
-- ¿Elena Abad?
-- Si. – respondió tímidamente.
-- Bien, sígame.
Debió de darse cuenta inmediatamente, pues no habíamos abandonado la recepción aún cuando se giró y miró a sus pies. En ese momento Elena se puso roja de vergüenza, y Garrigues le miró a la cara y sonrió.
-- Deberían de poner la alcantarilla de abajo con luminosos. Les ha pasado a todas mis empleadas.
Sonrió algo más aliviada, y siguieron el camino hasta su despacho y una vez dentro la indico que se sentara frente a su mesa, el se sentó al otro lado y sonrió.
-- Bueno. Antes de nada… -- cogió el teléfono y marcó un número – Marta, ¿podría bajar a comprar unos zapatos de tacón negros, del numero treinta y siete? Gracias.
Elena se quedó mirándole fijamente. No lo podía creer.
- ¿Va a regalarme unos zapatos nuevos?
-- Es lo menos que puedo hacer.
-- ¿Cómo sabe mi numero de pie?
-- Intuición. – Dijo sonriendo y algo incomodo, nervioso – Quítese los zapatos si quiere, -- dijo a continuación, casi balbuceando -- no tardaran en llegar los nuevos, además, estará más cómoda y desinhibida, se sentirá como en casa.
Elena se quedo de una sola pieza, sonrió sorprendida, casi nerviosa, casi divertida. No sabia que hacer, aquello parecía surrealista. ¿Le iba a regalar zapatos nuevos, hacer la entrevista descalza? Ahora, pasado el tiempo, Elena entiende esto último, y se ha preguntado varias veces con picardía si no pondría Francisco esa alcantarilla ahí.
-- ¿Qué me descalce? – Sonrió sin saber que hacer -- ¿Se lo pide a todas las mujeres que entran en su despacho?
-- No, por dios.
Elena notó que Francisco se ruborizaba, y zanjó el tema sin más. Sonrió levemente y sin saber bien porque, jamás lo sabría pero siempre se alegra de haberlo hecho, la joven se descalzó los pies suavemente, de forma natural, lamentando haberle avergonzado, y sonrió. Gracias a dios el suelo estaba enmoquetado, pues aunque era mediados de abril hacia un frío espantoso, y sintió esa suavidad a través de la tela de las medias que cubrían sus pies. Sin saberlo, con ese simple gesto, Elena acaba de iniciar una cadena de acontecimientos que la harían descubrir lo que seria capaz de hacer con sus pies y el placer que estos pueden darle a un hombre.
-- Esperaremos a que le traigan los zapatos para empezar con la entrevista, salvo que tenga prisa.
-- No, ninguna. De acuerdo.
Francisco, algo sudoroso, según comprobó Elena, y quizás tembloroso, se levantó y se coloco al lado de la mesa donde Elena estaba sentada, con las piernas cruzadas, la izquierda sobre la derecha, y balanceando el pie descalzo en el aire. Francisco se sentó apoyando su propio pie encima de su muslo y sonrió. Inevitablemente Elena se fijó en que la mirada de su entrevistador se desviaba a su pie izquierdo y el hombre se ruborizó mirándola rápidamente a la cara en un gesto que denotaba una culpabilidad y una vergüenza que Elena ahora, pasado el tiempo, no se cree en él.
-- ¿Qué edad tiene? – preguntó Francisco.
-- Cumpliré veintiséis en mayo.
-- Estudió empresariales ¿No es así?
Elena asintió, ahora, Francisco miraba fijamente a la cara a la joven, desviando de vez en cuando sus ojos a sus pies. Se empezaba a sentir menos incomoda y a querer sabe si este hombre era de esos tipos fetichistas que se les pone dura con solo ver un pie descalzo.
-- Estudio Francés en la escuela de idiomas, y después consiguió trabajo en Tuté & Leblanc.
-- Si. También estuve viviendo un año trabajando en la sede en Paris.
-- ¿Cuánto tiempo ha trabajado en Tuté & Leblanc?
-- Seis años. Entré de becaria nada más salir de escuela de idiomas.
Francisco asintió y se quedó mirando los pies de Elena durante al menos medio minuto y en silencio. A Elena aquello, en lugar de incomodarla, le gustaba, aquel hombre, se deleitaba con sus pies, los cuales, la joven apenas había cuidado lo más mínimo, acostumbrándolos a encerrarlos en botas, mantenerlos en zapatos de tacón y embutirlos de calcetines y deportivas de cuando en cuando.
-- ¿Suele hacer las entrevistas siempre sentándose frente a la otra persona sin una mesa de por medio?
En ese momento la miró a la cara y sonrió.
-- Lo siento. No, no estoy acostumbrado a eso, si lo hago alguna vez en la barra de un bar o en la mesa de un restaurante.
-- ¿Podemos hacerlo hoy?
Le sorprendió su osadía, pero de pronto se había sentido tan confiada, tan segura de si misma, que algo dentro de ella le hizo creerse capaz de al menos conquistar a ese hombre si no conseguía el trabajo. Además, si lo lograba, aunque solo fuera una noche, podía darse una alegría en el cuerpo que no fuera el magreo habitual con niñatos de veintidós, o menos, en un oscuro rincón de alguna discoteca.
-- Bueno, no tengo cita alguna, así que…
En ese momento llamaron a la puerta y entró la mujer que había en recepción, Francisco se levantó y cogió la bolsa que traía, dentro había unas sandalias negras de tacón, las dejó en el suelo, y sonriendo, sin dejar de mirarle, Elena se las calzó. Francisco, en ningún momento perdió de vista sus pies, parecía como si se quisiera abalanzar sobre ellos y comerlos, chuparle los dedos y arrancarle las medias a mordiscos, algo que sin duda era lo que pensaba, pero Elena no lo sabia entonces. Ahora sí, quizás lo supo con seguridad después de ese magnífico día.
-- Bien. Pues si no le parece mal, vayámonos a comer.
Elena sonrió mientras asentía con la cabeza.


Era extraño, jamás se había sentido así, atraída física, y sexualmente, por un hombre con el que apenas había cruzado dos palabras, pero le había cautivado, que tontería, por como sus ojos miraban, casi lascivos, sus pies descalzos. Estaba segura que se había sentado frente a ella cara a cara, sin la mesa en medio, para poder verla los pies descalzos, pero no entendía como era posible que le hubiera seguido la corriente con lo de la comida. Sin duda estaba solo, no tenía mujer o pareja, y seguramente deseaba, tanto como ella lo deseaba en ese mismo momento, que sus manos tocaran sus pies. Ahora, pasado todo, y cuando lo piensa, Elena cree que tiene que dar gracias a dios, o a quien sea, por haberse roto el tacón aquel día, y por haber accedido a descalzarse en ese despacho. A partir de ese momento, su vida, como descubriría durante la comida, comenzó a cambiar de una forma tan rápida que casi marea. Se sintió, y se siente, la protagonista de un comic de Milo Manara


Cuando llegaron al restaurante, le dieron mesa rápidamente, sin haberla reservado, y enseguida tenían una botella de un lambrusco encima de la mesa. El restaurante, un italiano, estaba en la calle Velásquez, y aunque no tenia el aspecto de los grandes y estilistas restaurantes, ya no solo italianos, a los que alguien con el nivel económico y social que Francisco poseía pudiera ir, era un sitio agradable. Sin darle tiempo a leer la carta, el se pidió unos tortellini al pesto y para ella le pidió unos spaghetti con gulas.
-- Imagino que te gustan.
-- Nunca los he probado, pero ambas cosas me gustan.
Sonrió, él le devolvió la sonrisa, ¿era excitación lo que sentía ante esa sonrisa y esa mirada?
-- Bueno. ¿Qué labores hacías en Tuté & Leblanc?
-- Llevaba la gestión contable de dos empresas. Una agencia de modelos y una empresa de diseño grafico. Me encargaba también de los impuestos de otras dos, además de todo lo de las anteriores. Es mi especialidad, los impuestos.
Francisco sonrió. En ese momento a Elena le sonó el móvil.
-- ¿Me disculpas?
-- Como no.
Descolgó el teléfono. Eran los de la entrevista del día anterior, la habían cogido, podía incorporarse el lunes. Miró a Francisco y su rostro debió de cambiar de expresión pues el suyo también lo hizo. Continuó brevemente la conversación y colgó.
-- ¿Algún problema?
-- Era de una entrevista que tuve ayer. Me han cogido.
Francisco no se inmutó en ese momento, tardo cinco segundos y luego sonrió levemente.
-- Lo lamento señor Garrigues, yo… Creo que debería irme. – Elena empezó a levantarse pero Francisco la detuvo apoyando su mano encima de la de ella
-- No, no te vayas, por favor.
Lo miró levemente, en sus ojos había una expresión de miedo y suplica, eso fue lo que la hizo quedarse.
-- Me alegro por ti.
-- Gracias.
-- No te preocupes por la comida, ya la pagaré yo. Además, así aprovechamos y me cuentas algo más de ti para así poder pedirte salir esta noche sin ruborizarme demasiado.
Se quedó paralizada, sin saber que hacer o decir. Mientras cavilaba lo ocurrido, un camarero trajo una fuente con ensalada, diablos, ni se dio cuenta de que la había pedido, pero eso daba igual, ¿habían oído bien sus orejas?
-- ¿Salir?
-- Si. En parte agradezco que te hayan cogido en ese empleo, así si quieres salir esta noche conmigo nadie dirá que existe favoritismo.
Se mordió el labio inferior, le parecía imposible todo aquello, no se podía creer lo que la estaba ocurriendo, y sin embargo, ahí estaba. Francisco se empezó a servir ensalada mientras Elena se quedaba pensando en lo que le había ocurrido por culpa, gracias a, un tacón roto.
-- ¿No crees que eres un poco atrevido?
-- Puede.
Se llevo a la boca una pinchada grande del tenedor con ensalada y la miró fijamente, sonriendo. Sabia que aquello le iba a funcionar, pero no sabia hasta que punto. No sabia que ella se iba a dejar llevar hasta tan lejos, haciéndose una autentica esclava de sus fantasías y deseos, descubriendo aspectos del erotismo, la sensualidad y la pasión que no había conocido ni con su primera pareja hacia siete años, ni después, cuando aquella primera pareja le dejó tras dos años, con los esporádicos ligues de fin de semana. Y con el simple gesto de descalzarse una de las sandalias bajo la mesa de aquel restaurante italiano, comenzó su historia de pasión.


Lentamente, oculto a las miradas de la gente gracias al mantel que caía por los lados de la mesa, Elena se descalzó ambos pies y con calma y despacio llevó el pie derecho hasta los bajos del pantalón de Francisco y comenzó a acariciar su pantorrilla. Aquello pilló tan de sorpresa a Francisco que casi se ahoga; cuando se recompuso, segundos después, la miro ávidamente, y cuando Elena le hizo la pregunta con la que todo explotaría, sus ojos rebosaban fuego y deseo.
-- ¿Eres de esos tipos fetichistas de pies?
Y sin dejar de acariciar su pierna con el pie, Elena acercó el otro pie hasta la otra pierna de Francisco y lo metió por dentro del bajo de sus pantalones, comenzando a imitar al otro, moviendo en ese momento ambos a la vez con suavidad y sensualidad. La cara de Francisco era en esos momentos una mezcla de deseo y pasión, y la de Elena, de placer, de diversión, de sensualidad, de deseo.
-- Si. Pero no el fetichista al uso. – titubeó Francisco respondiendo.
-- ¿Qué quieres decir? – preguntó Elena llevándose un poco de la ensalada a la boca y sin dejar de acariciar las piernas de Francisco con sus pies descalzos. Este, que sentía la suavidad de la tela de las medias en sus piernas y a través de esta la calidez de la planta de los pies de elena y sus deditos, resopló antes de seguir.
-- El fetichista de pies al uso – balbuceaba, estaba nervioso, Elena, que notó que Francisco estaba empezando a sudar, dudo si parar o seguir. Optó por lo segundo -- se humilla ante la mujer para chupar sus pies, sus zapatos. Deja, desea que le pisen la cara, los testículos, incluso con los pies calzados en zapatos de tacones interminables… -- Francisco paró para beber un poco de vino, después siguió -- Se convierte en el sumiso de la mujer, para recibir el premio de sus pies descalzos en su boca por su obediencia.
Elena estaba fascinada, divertida e ilusionada, también temerosa, al tiempo por lo que estaba oyendo, ¿se atrevería a que ese hombre le chupara los pies, se los tocara siquiera? Diablos, pensó, si ahora mismo estoy acariciándole con mis pies sus piernas, por supuesto que se atrevería a eso, y a hacer con sus pies todo lo que le pidiera, se decía a si misma. Desde el momento en el que se dio cuenta de cómo miraba ávido de deseo su pie descalzo balancearse ante él, allí en su despacho, Elena se dijo que caminaría descalza para ese hombre donde hiciera falta si el se lo pedía. No sabia porque, pero intuía que eso seria gratificante, emocionante y excitante, y que a través de sus pies, descubriría placeres hasta ahora solo soñados por ella.
-- Yo prefiero ser quien lleve la voz. Me gusta ser el amo, ser yo quien le diga a la mujer que hacer con sus pies, y siempre descalzos. Como mucho con medias; pero también me gusta coger los pies de una mujer entre mis manos, chupárselos, besárselos, morderlos, pero eso sí – repitió – sobretodo, me gusta verla descalza siempre.
-- ¿Te han dejado muchas mujeres hacer eso?
-- Alguna, pero o se aburrían ellas o me aburría yo de ellas. No querían salir de lo mismo cada vez, experimentar cosas con sus pies que yo les proponía, y me cansé.
Lentamente, Elena sacó sus pies de los pantalones de Francisco y se calzó de nuevo ante la mirada de Francisco, la cual fue de confusión.
-- ¿Te ha molestado algo que he dicho?
-- Todo lo contrario – sonrió -- Pero comamos antes y luego haré con mis pies lo que usted quiera, siempre que sea en su despacho.
>> Aun no se si esta usted loco.
Francisco sonrió divertido, y Elena le devolvió la sonrisa, descalzándose otra vez pero sin llevar los pies a las piernas de Francisco, solo para sentir el suelo del recinto, agradecida por ello. La joven estaba segura sin ningún lugar a duda de que Francisco tenia muy claro lo que quería hacer en su despacho, y ella, estaba deseando que llegara ese momento, y sus pies, descalzos, por supuesto que también. Elena estaba deseando probar toda clase de experiencias con sus pies, y estaba deseando que Francisco se las enseñara todas.

Calificación: 5 | Votos: 1
Categoría: Fetichismo | Comentarios: 3 | Visto: 4374 veces

Últimos Comentarios Agregados
Fotografia de panchoquique
panchoquique

Estoy de acuerdo con Marina y agrego: besar, acariciar, chupar un buen par de pies es mas exitante y deja mas placer que una penetración ya que al introducir el pene ya sea en el ano o en la vagina estamos ejerciendo cierta violencia pese a la excitacion de ambos poca quizas pero violencia al fin.

Fotografia de marina
Marina

Deberís colgar más textos de este tipo. Me h encantado ;)

Fotografia de marina
Marina

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