Tu web de Relatos Eroticos

foto de chica sexy

Lorem ipsum dolor

Consectetuer adipiscing elit. Fusce sagittis egestas felis. Donec fringilla lacinia ligula adipiscing.

Ingreso de Usuarios Disfruta del mejor contenido erótico ahora mismo !!

REGISTRARME !!
Buscar Relatos

Búsqueda Avanzada
Cuando nuestras esposas no nos ven Publicado en 28/10/2008, por: luis

Estoy pensando ensimismado: ¿en este pueblecito habrá algún hombre interesado en tener sexo con otros hombres?. Si es así ¿cómo saber dónde encontrarlos? ¿Cuál es su señal, cuál es el código para darse a entender? Allá en Buenos Aires es fácil: un gesto, una mirada sostenida en plena calle, ciertos lugares de encuentro... Pero no, definitivamente ninguno de los tipos que se ven aquí, en los negocios, en los hoteles... ninguno se atreve siquiera a lanzar una de esas señales que por su reconocible "complicidad", dejan perfectamente en claro esas coincidencias de intereses entre dos machos. No hay rastros, al menos visibles, de que aquí se practique esa sublime actividad entre varones, nada que me haga sospechar siquiera que en esta breve estadía gozaré de algún encuentro especial. Vaya... y todavía faltan algunos días antes de regresar a la ciudad.

El camarero, un hermoso ejemplar masculino, disipa mis pensamientos con su insistente mirada, de pié y con una bandeja en su mano. Vuelvo a la realidad y me doy cuenta de donde estoy y con quién.

-Un café doble, por favor – solicito con vacía expresión - ¿Qué querés tomar vos, querida?

-Un té con limón, por favor

-¿Desea acompañarlo con alguna porción de torta, señora?- pregunta el muy apuesto joven, cumpliendo con lo básico de su tarea.

-Sí, tal vez un budín de limón – contesta mi esposa mirando distraídamente la carta.

-Como no. ¿Usted, señor?

-Nada, gracias.

Gente, ruido, niños alocados al final del salón, un ambiente no del todo confortable. Pero es que, después de todo, es el único café disponible en varias cuadras a la redonda en aquella pequeña ciudad de la costa donde estamos pasando unos días de sosiego invernal.

Afuera cae una eterna llovizna, hace frío, y debimos interrumpir nuestro paseo de compras en busca de un reparo cálido. Y en ese rumoroso lugar es casi imposible mantener una charla tranquila. Mi esposa me habla de algo, pero yo apenas puedo seguir el hilo de la conversación.

Hay personas que ríen, charlan en voz muy alta, máquinas de café que no dan abasto, gente que llega para guarecerse del clima reinante y que abre violentamente la puerta, haciendo entrar también el frío del exterior en momentáneas ráfagas. Ya no hay más mesas disponibles, sin embargo hay quienes esperan su turno de pié, en fin, un lugar que bien podríamos haber evitado, pero, vaya uno a saber, es el sitio en el que se eligió estar, a pesar de todo.

Luego de un rato considerable de espera, el camarero vuelve con el pedido y yo lo miro atentamente porque el muchachito ostenta una juventud casi ofensiva. Lleva la camisa abierta hasta la mitad de sus pectorales que avanzan hacia delante como dos colinas firmes y puntiagudas. Apenas un leve vello las protege, -¡Ah! ¡Qué subyugante muestra de juventud...!- y puedo advertir como los enhiestos pezones tiran de la tela blanca, marcando dos agujas atrayentes.

Mi mujer es la que advierte que en vez de un budín de limón nos traen uno de chocolate y un poco de mal modo reclama que le sirvan lo que ella pidió. El camarero no parece apenarse demasiado y con una leve disculpa se dispone a volver a la barra.

-Está bien, no se preocupe... - le digo, mirándolo a los ojos- deje el budín de chocolate, lo comeré yo. Nomás tráigale el de limón a mi señora.

El camarero repara entonces en mí, con una mirada algo detenida. Asiente con la cabeza y se va. Me regala la visión de su trasero enfundado en un pantalón negro que le queda perfectamente y a la medida de sus redondeces.

El sitio sigue siendo un caos y un barullo continuo. Comienzo a sentirme aturdido. Miro entorno a mí. Una mesa con dos matrimonios de gente mayor, otra más allá con una parejita muy acaramelada y de manos entrelazadas, a mi derecha una mesa con dos familias hablando a los gritos... y más o menos, todo el ambiente poblado de animada concurrencia que pasa sus vacaciones de invierno en la más absoluta despreocupación. A duras penas unos pocos camareros pueden atender a toda la clientela, pero nadie lo advierte, a nadie le preocupa eso, ni las esperas, como si se aceptara que todo eso es parte del día de paseo.

Entonces, aburrido por la situación, dejo vagar mi vista por el atiborrado lugar, entonces advierto que atrás de aquella mesa con niños que corretean de un lado al otro del salón, hay dos hombres sentados en la mesa que está al ras de la ventana. Uno es de mi edad, unos 45 años, y el otro, al que puedo ver de frente, de unos 20 años, aproximadamente. Están hablando, y su manera de hablarse me hace intuir que entre ellos tienen una relación más que íntima. ¡Entonces... por lo menos encontré un par de "entendidos"!

Empiezo a tejer una trama imaginaria en torno a esos dos hombres. Uno muy joven, el otro maduro, ambos muy atractivos, y aunque no puedo ver al mayor, compruebo que tiene éste un físico envidiable: buenos hombros, cabello agrisado y muy ondulado, barba muy cuidada y manos grandes y viriles. Su efebo compañero no es menos apuesto. De rasgos aniñados aún, tiene barba de dos días y el cabello, castaño claro, intencionadamente en desorden. Es corpulento como su acompañante, buenos hombros, y lleva la camisa un poco abierta y remangada. Con el calor del ambiente, ambos se han quitado sus abrigos y prendas de lana.

Me los imagino en la cama, desnudos, devorándose con las bocas abiertas, llegando con sus lenguas hasta lugares insospechados. Porque... seguramente serán una pareja en viaje de vacaciones.

Intento disimular, aunque es difícil quitarles la vista de encima. Desde que sé que estoy dentro de mi cómodo closet, todas esas situaciones no me pasan inadvertidas. Es más: me son completamente atractivas. Las busco, las rastreo, me regodeo con ellas, y hasta me excita – en algún modo, morbosamente – dejarme atraer por ese mundillo en presencia de mi esposa, que ni sospecha lo que pasa. Es como si el peligro de ser "descubierto", fuera un disparador para mi excitación.

Vuelve el camarero y mi esposa asiente con la cabeza:

-Ahora sí – dice ella con voz firme – gracias.

-Su budín de limón, señora.

Nuevamente el camarero me mira significativamente. Y se demora algo más, acomodando no sé que cosa sobre nuestra mesa. Mientras lo hace, mi vista se delira entrando por la abertura de su camisa -¿es posible que ahora se hayan desprendido algunos cuantos botones más?- y descubriendo una hermosa y rosada tetilla a contraluz. Es como un capullo que florece con toda la fuerza de su impulsiva juventud. Mi vista queda inmóvil con semejantes encantos hasta que el joven retorna a la cocina dejando mi enfoque libre, pero solamente por un segundo, porque mis ojos se chocan, diríamos, con el rostro del jovencito de la mesa de la ventana, que a la vez me mira penetrantemente.

Los dos hombres están a solo unos tres o cuatro metros de mí, pero no puedo oír lo que hablan entre sí. Ahora el más joven insiste en comentar algo sin dejar de mirarme, creo que está hablando de mí –¿o mi imaginación quiere que así sea? – entonces, en un momento casi imperceptible, el maduro se gira para buscarme con la mirada. Puedo ver su cara al fin. Nuestros ojos se chocan por un breve instante. Sus rasgos son fuertes, viriles, bellos.

De pronto, toda la escena me parece interesante. Muy interesante. Ellos han hecho contacto visual conmigo, y siguen hablando entre leves sonrisas. Algo está pasando entre nosotros tres en medio de ese mar de sonidos molestos. Y mi cuerpo lo nota, porque algo entre mis piernas se empieza a sentir. Noto la presencia de mi pene y me provoca un placer sutil y dulzón. Es un leve cosquilleo, una sensación que me estremece, una pulsación inevitable que hace que me avergüence de tener los muslos tan separados.

-Querido, ¿estás bien?

-¿Eh? ¡Sí, sí!, estoy bien... claro... – contesto cerrando las piernas instintivamente.

-Parecés ausente, amor...

-Solo estoy un poco aturdido... aquí hace tanto calor, y hay tanto ruido... y no me siento muy bien.

-Habrás tomado frío... te dije que te abrigaras bien...

Tomo lo que queda de mi café, alternando mi atención entre el camarero que pasa de vez en cuando con su precioso trasero en movimiento, y los dos hombres que se miran de una manera cómplice y sensual.

Me siento algo ridículo con mi budín de chocolate en la mano. Le doy un tarascón más con bronca que con apetito, con tan mala suerte que toda la pegajosa cubierta va a parar sobre mi camisa blanca.

-¡Mierda! – grito, mientras la otra parte del budín se estrella en el piso.

-¡Ay, querido! ¡La camisa!

-¡Sí, ya lo sé! ¡Ya me di cuenta que me manché la camisa!

-¡Podrías haber tenido un poco más de cuidado, una camisa nueva!

-¡Carajo! ¿Qué querés que haga? ¡Ya está hecho, se arruinó!

-¡Andá al baño y pasale un poco de agua con jabón, tal vez salga un poco la mancha!

-¡Joder... ! Bueno, esperame, a ver que puedo hacer.

Me levanto abochornado, sin mirar a mi alrededor, y menos hacia la mesa de los dos hombres. Me cruzo con el camarero, que percibe mi desastroso accidente y me indica con automática atención:

-El baño está arriba, señor.

-Gracias, ¿hay jabón? – respondo un poco colorado.

-No, pero... enseguida se lo alcanzo.

Subo las escaleras y entro al baño que está inexplicablemente vacío. Me desabrocho unos botones, tres, cuatro, y con una toalla de papel humedecida, comienzo a frotar la mancha sobre mi camisa abierta. La mayor parte del chocolate parece disolverse. Insisto una y otra vez, frotando la tela... parece que la mancha afloja. Me miro en el espejo y es en ese momento que se abre la puerta. El camarero entra con el pan de jabón en la mano.

-¡Ah, qué amable! ¡No sabés cuanto te agradezco...!

-No es nada, señor. ¿Salió la mancha?

-Un poco – y le muestro, abriéndome un poco más la camisa.

El joven se queda mirando. Me extraña que no baje al salón para seguir con su trabajo, parece interesado en mi mancha de chocolate. ¿O me equivoco? Yo paso el jabón por la mancha, y continúo repasando con agua la tela de la camisa. Él mira no solo como enjuago la mancha, sino también mi pecho que queda a la luz hiriente del lavabo.

Lo miro de reojo: es un muchacho de unos 20 años que, ¡Caramba!, está para comérselo entero. En vez de concentrarme en mi tarea me quedo mirándolo aún más. Sus ojos cafés, de almendrada forma y largas pestañas, parecen devorarse los pelos que me salen por la abertura de mi prenda mojada. Quiero comprobar esto, así que me desabrocho el resto de los botones mientras empiezo a sentir el comienzo de una erección. Efectivamente, su mirada parece querer más. ¡Esto está muy interesante! Me abro la camisa por completo, dejo al aire mis pectorales tomando la camisa por las puntas. Mi abultada entrepierna ya es una clara invitación. No dejo de mirarlo un momento, él tampoco a mí. Él se me acerca un poco más:

-Creo que cayó un poco de chocolate en su pantalón, señor.

-¿Dónde?

-Ahí – me indica con el dedo. Puedo ver que su anular izquierdo luce una dorada alianza y eso me excita aún más. ¿Es también un hombre casado?. Bajo la mirada, buscando la mancha en el pantalón.

-No veo bien – digo mintiendo.

-Ahí... y ahí – me contesta, acercando un poco más el dedo. Supongo que él también está mintiendo, pero eso a quién le importa.

-Pero... ¿dónde? - insisto

Entonces el muchacho da otro paso más hacia mí... y tímidamente posa un dedo sobre la mancha del pantalón, en el comienzo exacto de mi abultada bragueta y sobre el centro mismo de mi pene.

-Ah... ¿ahí? – repito haciéndome el tonto.

-También aquí, ¿lo ve?

El joven vuelve a posar su dedo índice sobre mi paquete, esta vez presionando un poco mi glande. Mi miembro responde –educadamente- con un saludo moviéndose con un sacudón muy perceptible. El chico respira profundo y deja un momento ahí su dedo, pero enseguida empieza a frotar la tela, describiendo un pequeño círculo. ¡Ah, ese pequeño roce es como conectarme a la red eléctrica!. Me quedo inmóvil, y miro como él también luce un marcado bulto. Entonces me desajusto el cinturón y me voy desabrochando la bragueta botón por botón, muy lentamente y siguiendo el jueguito.

-¿Te parece que saldrá la mancha?

-No sé, señor – me contesta absolutamente pendiente de mis movimientos – pero es cuestión de intentarlo, ¿no le parece?

Por toda respuesta me abro el pantalón, dejando a la vista mi ropa interior. El dedo del joven se mete por entre las dos prendas ¡Vaya que es rápido este jovencito! Siento el dorso de su mano moverse suavemente alrededor de mis genitales, por encima de mi calzoncillo. Mi excitación es enorme. Con delicados movimientos, él sigue frotando tenuemente toda la extensión de mi verga, que apenas aguanta su prisión. Yo tomo la tela de mi pantalón y con un poco de agua intento limpiar esas máculas que nunca pude ver. La mano de él sigue allí.

-¿Lo ayudo?

-Sí, por favor, es que no veo bien las manchas...

-Venga aquí, a la luz.

El muy astuto me conduce hasta un reservado y yo lo sigo obedientemente. En efecto, ahí la luz es más intensa. Oímos pasos que se avecinan al baño.

-Será mejor cerrar la puerta – susurro tímidamente.

-Sí, claro – me dice, mientras hace el gesto de llevarse el índice a la boca, sugiriéndome silencio. Alguien está entrando al baño. Estamos los dos encerrados en el cubículo, quedamos inmóviles y por un largo rato nos miramos a los ojos. El camarero tiene unos labios muy tentadores. Estamos tan cerca que siento su joven aliento llegar hasta mí.

Él baja la mirada y la posa en mi sexo, cubierto por mi bóxer que emerge de mi pantalón abierto. Yo tiro un poco de él, y cae hasta mis tobillos. Mi entrepierna parece la carpa de un circo. El jovencito, acalorado y extasiado con esa visión, alarga su mano y abarca mi pubis por encima de mi ropa interior. Mis pelos se escapan por encima del elástico. Lo miro a los ojos, invitándolo hacia mí. Con su palma alberga el calor de mi erección, y yo creo desfallecer de excitación. Sus manos suben un poco y apartando los lados de mi camisa abierta, acarician mis grandes pezones rosados y peludos. Con ligeros toques, los sensibiliza magistralmente.

La persona que había entrado al baño se retira. Quedamos solos otra vez. Y esto parece ser el permiso para tomar el elástico de mi bóxer y empezar a bajarlo. El camino de mis pelos abdominales se ensancha ante su vista, el elástico achata por un momento mi sexo ávido por liberarse, pero enseguida emerge el exterior deseado, victorioso y enhiesto. Tengo una erección increíble. El muchacho se arrodilla ante el palo que le ofrezco y abriendo su hermosa boca lo introduce en ella sin mayores miramientos. Esto me arranca un gemido sordo que intento aplacar instintivamente.

Me está chupando la verga como si fuera lo último que fuera a hacer en su vida. ¡Qué entusiasmo el del muchachito! Su boca avanza y retrocede en agitado menester, y mi miembro entra y sale cada vez más agradecido por tan dedicada labor. Después de un rato de sentir la gloria entre esos calientes labios, le detengo la cara entre mis manos:

-Date la vuelta – le digo con voz baja pero enérgica.

El muchacho no lo piensa dos veces. Se incorpora y se apoya contra la pared, entregándome su trasero. Le aflojo los pantalones y rápidamente se los bajo, junto a su prenda interior. ¡Ah, qué bellísimo culo!, -pienso mientras lanzo una contenida exclamación al ver semejante exposición- Es perfecto: nalgas redondas, peludas, firmes, generosas... el hermoso surco central alberga una mayor vellosidad y surge ante mí como la misma invitación a placeres indecibles. Lo abro anhelante con mis manos y la delicia de su agujero oscuro me hace temblar. Acerco mi cara y siento la vibración de su cuerpo, expectante, vulnerable... entonces saco mi lengua y hago contacto. Primero, y muy lentamente, con las puntas de sus vellos. Él se estremece y gime sintiendo mi ardiente aliento. Después, llego hasta los primeros pliegues de su ano. ¡Su piel! ¡Qué gloriosa textura! Es maravillosa, tersa, muy suave... voy lamiendo cada vello, cada frunce y me introduzco más y más en aquel hueco tórrido y palpitante.

Entonces paso una mano por debajo de sus bolas llenas de pelos y me adelanto para apoderarme de su verga. Es grande, pesada, y está completamente dura. Cuando al fin la puedo abarcar con toda mi mano, siento como, por su humedad, resbala deslizándose entre mis dedos. Él lanza un nuevo gemido muy largo. Al fin y al cabo, lo tengo aprisionado por detrás con mi boca, y por delante con la mano que lo masturba firmemente. Mi mano libre asciende metiéndose por debajo de su camisa y llega hasta su pecho agitado. Voy de un pezón a otro, excitándolos alternativamente y logrando que todo su ser se retuerza de placer.

Un profundo aullido me anuncia su llegada al orgasmo. Aplico más intensidad a mis movimientos y en mi mano siento la inundación de su pegajoso esperma. Respira, traga saliva, espera un rato con los ojos entrecerrados y luego exclama:

-Debo regresar...

-Sí, yo también – le contesto – gracias por tu ayuda.

-Por nada... fue un verdadero placer – me contesta sonriente, poniendo rápidamente en orden su ropa.

Antes de abrir la puerta del reservado, me mira tímidamente, como con vergüenza, otra vez me sonríe angelicalmente, yo le devuelvo la sonrisa, y sale sigilosamente del cubículo. Entonces escucho que alguien entra al baño otra vez. Me oculto en el reservado, mientras percibo una voz que saluda al camarero:

-¡Hola, José! ¿Todo bien?

-¡Gonzalo! Sí, todo bien – responde el camarero - ¿Cómo estás, tanto tiempo?

-Muy bien. ¿Cómo llevás tu flamante vida de casado?

-Muy bien,... muy bien – le contesta algo cortado mi hermoso compañero de cubículo.

-Mandale un saludo a tu mujer de parte mía...

-Sí.... sí... gracias, bueno... hasta pronto.

-Nos vemos.

Escucho irse al camarero y el hombre se queda orinando, puedo sentir el ruido de su descarga. Espero un rato, pero el hombre no se ha movido del urinal. Tengo que salir, mi esposa puede intranquilizarse. Termino de acomodar mi camisa dentro del pantalón y abro la puerta. ¡Vaya sorpresa! ¡Es el joven de la mesa de la ventana!. Verlo ahí, de espaldas y de pié frente a los urinales, hace continuar la erección de mi insatisfecho miembro. De pronto él voltea su cabeza y me mira. Él hace un gesto muy significativo y yo estoy ardiendo de deseo. Doy unos pasos cautelosos y me acerco, fingiendo acomodar mi ropa. El joven da unos pasos hacia atrás, como para mostrarme algo. Mis ojos buscan lo que me quiere mostrar, claro. Me toco la entrepierna, mi pija podría estallar de lo dura que está. Él comienza a desabotonar su camisa. Se da la vuelta... y de un solo movimiento me otorga la delicia de su semidesnudez. ¡Maravilloso!. Su pecho es una delicia de formas bien definidas, de piel lampiña y tersa. Entre las manos sostiene su verga. Una verga extraordinaria, completamente rígida, vibrante, recta. Mis ojos se abren aún más y avanzo con pasos lentos. Él abre sus ojos y levanta las cejas mientras yo extiendo una mano. Su respuesta es depositar su sexo en mis manos. ¡Qué deleite! Exploro esa textura húmeda, suave, pesada.... acaricio sus enormes pelotas, paso y froto mis manos contra su pubis, hundiendo mis dedos entre la mata de pelos negros. Él me mira a los ojos, mientras su mano se aferra a una de mis tetillas.

-No podía dejar de mirarte – me dijo en voz muy baja, mientras me abandonaba a sus caricias. Entrecierro los ojos, y, en ese momento, siento su lengua entre mis labios.

-¡No, no...! lo siento, pero tengo que irme – le digo entrecortadamente, volviendo en mí.

-Sí, yo también... – me dice con seductora sonrisa.

-Tu pareja te espera abajo... ¿verdad?

-¿Mi pareja? – dice, mientras ríe contenidamente - ¡No, no es mi pareja! ¡Es mi hermano mayor!

-¿De veras? – lo miro asombrado.

-Sí, ¿Y sabés qué?

-¿Qué?

-A él le gustaría mucho conocerte.

Ahora él me acariciaba el paquete. Yo lo masturbo lentamente, apenas puedo abarcar ese pene con mi mano.

-¿Así que es tu hermano?. Muy interesante.... ¿Y le gustaría conocerme?

-Sí. ¿Querés...?

-Eh... yo...

-Sí, ya lo sabemos, estás con tu esposa. A nosotros también nos esperan nuestras mujeres.

-Estamos igual, ¿no es cierto?

-Sí – dice sonriendo cómplice.

-Está bien ¿dónde nos vemos, y cuando?

-Ahora

-¿Ahora?
-Te esperamos sobre la avenida 4, a esta altura. Estamos en una camioneta blanca.

-No sé... yo...

-No te vas a arrepentir, y solo se trata de pasar un buen momento juntos... ¿venís?

Pienso (o mejor dicho, no pienso un solo minuto) y le contesto enseguida:

-¡Está bien, espérenme!

-De acuerdo. ¿salió tu mancha de chocolate? – me preguntó. Por lo visto había esto observándome mucho más de lo que yo pensaba.

-Buieno, no del todo, el camarero me...

-¿José? ¡Claro... él te ayudó! Es lo que nos imaginamos con mi hermano – dijo sonriendo mientras abrochaba su camisa - ¡Este José! ¡no se pierde una...!

-Lo conocés, ¿no?

-Desde que íbamos juntos al colegio... lo conozco "muchísimo" – me sonrió con intencionalidad – Bueno... ¿entonces vas a venir?

-Sí.

Los dos nos acomodamos frente al espejo y salimos del baño rápidamente. Al reentrar en el salón, paso cerca de la barra donde veo a José, el camarero, acomodando cosas en su bandeja. Me mira atentamente y me hace un saludo inclinando la cabeza, yo le devuelvo la mirada y puedo percibir una leve sonrisa a mi paso.

-¡Querido, por fin! A ver esa mancha... ¡ay, te has puesto un desastre! – comenta mi mujer al verme llegar a la mesa –... pero bueno, al menos lo peor ya salió.

-¿Nos vamos?

-Sí, yo ya pagué al muchacho. Me encantaría volver al hotel y descansar un poco.

-¿Te importaría si voy a comprar un libro? – invento casi balbuceando, viendo a lo lejos como los dos hombres se levantan y se ponen sus abrigos dispuestos a partir.

-¿Un libro?

-Sí, aquel que te comenté ayer... es que lo vi en la librería "Los Médanos", y me gustaría ir a buscarlo... – digo siguiendo cada movimiento de los tipos.

-Bueno, está bien, de todos modos, yo pensaba dormir un rato.

-Después quisiera caminar un poco, querida...

-¿Con esta lluvia?

-Eh... sí, digo... si es que deja de llover... parecería que el cielo está abriendo un poco ¿no?– le contesto mientras percibo que los dos hombres están saliendo del bar.

-No sé, a mí me parece que no, pero como quieras – me contesta, mientras salimos, justamente detrás de los dos hermanitos. Al sostener la puerta, me topo frente a frente con el mayor. Me mira con unos increíbles ojos marrones y haciendo una seña imperceptible me recuerda que estarán esperándome. Su expresión es de una sensualidad llena de deseo contenido y observo como la punta de su lengua emerge apenas para repasar su labio. Mi pecho vibra con ese gesto, y contesto con un leve movimiento de cejas.

-Hasta luego, mi amor, no tomes mucho frío...

-Nos vemos después, querida.

Todos salimos en direcciones opuestas. Veo a mi esposa alejarse hacia el hotel y disimulo mi caminata hacia la librería hasta que la veo desaparecer en la otra cuadra. Entonces cuando me percato de que mi esposa no me ve, vuelvo rápidamente sobre mis pasos y casi a trancos doblo en la esquina del bar hacia la avenida 4. Cuando llego al lugar señalado, veo la camioneta blanca. Es una pequeña furgoneta comercial. En su flanco un cartel indica: "Vivero Mario – mantenimiento de jardines". Me acerco y veo que desde adentro, el hombre joven me hace una seña. Abre la puerta y subo.

-Hola, ¡qué rápido que llegaste!. Me llamo Gonzalo.

-Y yo soy Mario – me dice una voz desde el interior de la camioneta – ¿Porqué no entrás? Aquí estaremos más cómodos.

-No tengo mucho tiempo – digo sonriendo e intentando disimular mis nervios.

-Nosotros tampoco – me dice Gonzalo - Nos esperan nuestras esposas, igual que a vos.

Gonzalo me da la mano y me conduce hacia el interior, corriendo una cortinita que separa la cabina de la parte de atrás del vehículo, totalmente cerrada y protegida de cualquier mirada externa.

-¿Aquí? – pregunto, un poco desconfiado, pero excitado.

Los tres cabemos perfectamente en la parte trasera de la camioneta, aunque tenemos que estar arrodillados. Gonzalo queda como detrás de su hermano.

-¿No querés quitarte al abrigo?

-Sí, claro – contesto, notando que adentro del vehículo hay buena calefacción. Entonces miro a los dos hombres, que habían quedado frente a mí y veo como Gonzalo, tomando desde atrás los botones de la camisa de Mario, me dice seductoramente:

-Quiero mostrarte al machote que te tenía preparado... mirá qué belleza...

Gonzalo abre la camisa de su hermano y se la quita deslizándola por sus brazos hasta el piso. Mario tiene un cuerpazo de campeonato. Curiosamente, y a diferencia de Gonzalo, está cubierto de una espesa vellosidad que se reparte entre sus dos amplios pectorales. Su pecho sube y baja ante mi vista que devora cada parte de su anatomía. Dos tetillas muy desarrolladas se yerguen por entre los pelos, moradas y bien carnosas. La hilera de vello le divide el torso en dos mitades y baja un poco zigzagueante para ocultarse debajo del pantalón.

Las manos de Gonzalo van a la hebilla del cinturón y la desabrocha enseguida. Abre su bragueta y ayudado por los movimientos de su hermano, me descubre lentamente todos los encantos de ese hombre fascinante. Cuando queda completamente desnudo ante mí, no puedo menos que acercarme atraído por un falo que, si bien está flácido, es de un tamaño que me corta la respiración.

-¿Habías visto antes una verga tan grande? – me interroga Gonzalo mirándome a los ojos, mientras se va quitando la ropa.

En verdad es un nabo increíble, aún en reposo total. (Parece que la cosa viene de familia, pero claro, Gonzalo no la tiene tan grandota) Descansa pesadamente entre sus dos mullidas pelotas. El miembro es muy largo, algo gordo y lo intuyo suave y esponjoso. Por encima, una mata impenetrable de pelos le hacen un manto perfecto y baja cubriendo la suavidad de su arrugado escroto. Extiendo mi mano, ansioso por tocarlo, pero Gonzalo me hace una seña y se apresura a decirme:

-¡Un momento! ¿querés ver como se le pone al palo solita? – me susurra, a tiempo que Mario dibuja una sensual sonrisa mirándome. Lo miro sin entender, entonces Gonzalo me explica:

-A mi hermano lo vuelve loco que le toquen las tetas. Acercate y dame tu mano.

Yo avanzo todavía vestido y con una dureza insoportable entre las piernas. Gonzalo me toma una mano y me la pone encima del pecho de Mario. Entonces toco fascinado su pezón izquierdo. Mario se arquea de placer y queda con la mirada en blanco. Increíble – me digo – y entonces aplico mi otra mano y empiezo a acariciar sus sensibles tetillas, que ya están duras y enhiestas a más no poder. Gonzalo está ya desnudo y sigue detrás de las espaldas de su hermano a quien empieza a besar en el cuello. Miro hacia abajo y lo que veo me maravilla: el pesado pene de Mario empieza a levantarse entre latidos y temblores. Lo hace rápidamente, engordando y ensanchándose. La piel del prepucio se descorre y un brilloso y morrocotudo glande asoma tímidamente. Me acerco más y aparto mis manos para dejar paso a mi boca. Entre mis dientes excito cada vez más sus durísimos y enormes pezones. Mario parece estar fuera de sí ahora. Ahora su verga salta repentinamente y sus venas cobran volumen alrededor de la piel cada vez más tirante.

Mario estira sus manos hacia mí y torpemente empieza a desabotonarme la camisa. Pronto quedo con el torso desnudo y sus dedos se abalanzan rápidamente hacia mis pezones. Sus manos son toscas, tienen restos de tierra entre las uñas. La aspereza de sus palmas raspa ruidosamente el vello de mi pecho y sus dedos rústicos aprietan y juegan con mis tetillas erectas. Yo ya he desabrochado mi cinturón, Mario no tiene más que bajar sus manos y soltarme uno a uno los botones de mi pantalón. En un minuto quedo totalmente desnudo y con mi verga babeante y vibrando al aire, dura y anhelante.

Ambos miembros se tocan, se chocan, se acarician, y por sobre los hombros de su hermano, Gonzalo espía el espectáculo. Me acerco más y Mario me dice:

-¡Qué bueno estás, machito! ¡Quiero comerte la boca!

-Aquí está, es toda tuya – le contesto mirándolo profundamente a los ojos.

Nuestras bocas se encuentran por primera vez y en un beso larguísimo damos rienda suelta a nuestras lenguas, deseosas de darnos y recibir sabores mutuos. Entonces Mario cierra los ojos y me abraza aún más, dando un grito contenido: es que Gonzalo le ha abierto las nalgas y lo está penetrando lentamente. Yo lo sostengo por sus enormes tetas y sigo lamiendo cada parte del interior de su boca. Ese hombre formidable se aferra a mí con fuerza, una fuerza muy intensa, masculina, de macho sumido en indescriptible placer.

Paso mi mano por las pelotas de Mario y sigo un poco más. Puedo tocar el borde de su ano, totalmente dilatado y también me choco con el formidable palo de su hermano que entra y sale rítmicamente.

-Sí, Gonzalo... cojeme, metémela toda, la quiero sentir toda adentro... sí, hermanito, sí, así... la quiero adentro...

Gonzalo besa el cuello de Mario dulcemente, mientras me mira sensualmente. Me acerco a él y también uno mi boca al cuello y luego a la boca de Gonzalo. Y enseguida, los tres hombres estamos besándonos apasionadamente. Fluidos, humedades, labios y lenguas, se confunden entre sí, en un juego exquisito de meter y sacar. Exploro pliegues, dientes, encías y me embriago con sus alientos calientes y las texturas de sus comisuras. Somos tres bocas abrasadoras, tres leones hambrientos que tiemblan de placer con cada beso.

Estoy en un estado de voluptuosidad total, me arqueo hacia atrás y cierro los ojos, entonces los dos hermanos abandonando mi boca, se agachan hasta mi pubis y con sus bocas atrapan mi lubricado sexo. ¡Ah, qué placer! ¡Qué experimentadas fauces...!, lentamente me sumen en un limbo indescriptible. Gonzalo lame ávidamente mi glande, sin llegar a introducirse del todo la extensión de mi verga, mientras que Mario no deja de chuparme las bolas, amasándome el perineo con los tenues toques de sus manazas. Y como por descuido, uno de sus dedos llega a mi ano, haciéndome gritar de gozo. Yo lo ayudo, y abro bien mis nalgas. Entonces él mete un dedo... dos... y ¡tres!, en medio de mis convulsivos movimientos.

Gonzalo moja una de sus manos con la saliva que tomó de la boca de su hermano y va a aceitar con ella todo el contorno de mi agujero. Esto facilita la tarea de Mario, que está en un sacar y meter sus dedos, dilatando increíblemente mi velludo ano.

Por un momento, Mario saca mi carajo de su boca y susurra a Gonzalo:

-Tenés que probar este culo, hermanito.

Gonzalo no se hace rogar y se desliza hacia mi trasero. Y... ¡Ah!... siento el sublime calor de su aliento acercándose por entre mi surco bien abierto por mis manos. Mario continúa haciéndome una inmejorable fellatio, y Gonzalo empieza a lamer mi culo ¿Puedo pedir más?. Bueno, sí, siempre se puede pedir más, pero en este caso, no hace falta: mis dos machos se encargan de elevarme con sus lenguas hasta las puertas mismas del paraíso.

Entonces Gonzalo se incorpora y no sé en que momento unta sus dedos con un gel lubricante que esparce por toda mi dilatada abertura. El contacto frío me estremece y a la vez alivia un poco el ardor que siento. Yo estoy cada vez más abierto y en pocos segundos, el rígido pene de Gonzalo se abre camino dentro de mí. Exhalo un gemido intenso cuando toda la extensión de su pija resbala fácilmente hasta el límite de sus pesadas bolas. Está dentro de mi culo. De mi ardiente, lubricado y abierto culo. No sé como aguanto no eyacular ahí mismo.

-¿Verdad que Gonzalo coge como los dioses? – me susurra Mario.

-Sí... – contesto mirándolo

-¿Te gusta? – me pregunta Gonzalo – me enseñó mi hermano.

Rápidamente, al ver la expresión de placer de mi cara, Mario se levanta y su boca se encarga de "esquiar" por todo mi pecho. Le encanta chupar y frotar con sus labios mi vello ensortijado. Acerca su cara ante la mía y tomándome por la cabeza, vuelve a besarme mientras me dice algunas obscenidades. Esto me enloquece y hace que pierda el equilibrio. No tengo más remedio que afirmar mis manos contra el techo del vehículo. Al ver mis axilas expuestas, Gonzalo, sujetándome desde atrás con sus brazos entorno a mi tórax, comienza a pasar su larga y caliente lengua por mis pelos mojados de sudor.

Mario se da vuelta y de espaldas a mí, se pone un poco de lubricante en el trasero, lo abre bien y se ensarta violentamente en mi enhiesta estaca. Yo quedo entre esos dos ardorosos hermanos, presa de sus acelerados movimientos, embriagado por sus agitados alientos que dan sobre mi cara y mi nuca. Penetro y soy penetrado, ¡soy un hombre de suerte! Las bocas van de una a la otra, juntándose las tres cada tanto, probando la que está adelante, la de atrás... es un continuo degustar y darse a probar.

Entonces, Gonzalo es el que detiene la acción por un momento:

-¿Cuándo me toca a mí? Todavía ninguno de los dos me la metió...

Y cambiando de posición, nos ofrece su precioso trasero mientras se pone en cuatro patas. Miro a Mario y él me responde con un gesto como diciéndome "primero los invitados". Embadurna a su hermanito con abundante lubricante, acariciándolo cuidadosamente y metiendo cada tanto un par de dedos, como examinando su óptimo ensanche.

-Ya estoy listo, por favor... ¡la quiero ahora...! – vocifera Gonzalo, abriéndose los glúteos desesperadamente.

Sin más, me pongo a horcajadas de él y miro su joven ano, vulnerable y entregado. Apunto mi erección hacia la roja carne, y hundo lentamente mi sexo entre gemidos entrecortados. Entro con un poco más de dificultad que al penetrar a Mario, éste es un culo más joven, por lo tanto, tal vez menos usado – pienso para mis adentros – de todos modos, me proporciona un placer impresionante y mi verga queda bien sujeta en el interior caliente de Gonzalo. Mario me acaricia la espalda y no puede contenerse a comerme el culo. No escatima esfuerzos para llegar hasta mis bolas, que primero golpean inmisericordes su barba y luego se pierden dentro de su angurrienta boca. Después de un rato, creo que es tiempo de cederle el turno a Mario:

-Ahora vos, el culo de tu hermano te está esperando... – le digo, dejándole libre el acceso.

Gonzalo espera pacientemente, mientras sigue lanzando sonidos de enorme placer. Veo como su esfínter se contrae, como pidiendo más verga, y al hacerlo, el efecto de la lubricación hace que el ano lance pequeños chasquiditos.

-Me está llamando – sonríe Mario, dispuesto a dar lo que se le está pidiendo. Es un espectáculo increíble ver en acción esa verga descomunal. Poco a poco se va introduciendo en el apretado agujero de Gonzalo, a tiempo que éste eleva cada vez más sus jadeos y gemidos. Pronto todo el chipote de Mario desaparece hasta quedar oculto dentro de Gonzalo. Yo los acaricio, pasando mi mano por sus testículos y devorando todo con mi tacto.

Quiero entrar una vez más en el culo de Mario, me acomodo y lo atraigo a mí, clavando mi mástil en él. Mario se enloquece, y más aún cuando lo agarro por las tetillas. Grita incontroladamente, bufa, se contrae, y no puede dejar de mover su pelvis entre Gonzalo y yo. Pero mi culo se siente algo vacío, entonces, después de un tiempo de estar bombeando el culo de Mario, lo abandono y me voy a situar delante de Gonzalo. Él me recibe con los brazos abiertos y me sujeta por mi torso. Ya su miembro se instala en el surco de mi trasero y besándome el cuello hace que se me erice la piel con el contacto de su crecida barba. Retrocedo presionando mi culo contra él, y Gonzalo me penetra otra vez.

Los tres somos uno. Nos movemos cada vez más, y pronto estamos listos para descargar. Entonces, cambiamos de posición de nuevo y nos ponemos los tres de frente... queremos ver los trallazos de nuestro esperma al salir. Frenéticamente, nos masturbamos: Gonzalo a su hermano, Mario a mí, y yo cierro el círculo bombeando con mis manos al hermanito más joven.

-¿Listos? – grita Mario entre suspiros y respiraciones agitadísimas.

Gonzalo y yo contestamos que estamos listos ya. Casi al mismo tiempo, las tres vergas lanzan su mar de esperma. ¡Qué gozo inmenso! ¡Qué deleite! ¡Qué fuerte...! ¡Qué...!

-¿Qué hora es? – pregunta Gonzalo.

-¡Carajo, ya es muy tarde! – dice Mario mirando el reloj.

Gonzalo me alcanza una toalla que buscó en el asiento de la camioneta. Los tres nos limpiamos, estamos bañados en nuestro propio semen. Rápidamente nos vestimos e intentamos poner nuestro aspecto en orden.

-¿Podemos verte otro día? – insinúa Mario

-¡Claro! ¡Con todo gusto! – digo saliendo de la camioneta – estoy en el "Hotel Olimpus"

-¿En el Olimpus? Mañana tenemos que pasar por el Olimpus para hacer el mantenimiento del jardín – sonrió Mario.

-Entonces hasta mañana, pero...

-Sí, sí... no te preocupes, si está tu esposa... seremos muy cuidadosos – me aclara Gonzalo poniendo en marcha la camioneta.

Empiezo a caminar, sin poder abandonar la sonrisa de mi cara y la llovizna, apenas perceptible, baña mi rostro. Al llegar a la avenida principal, enfilo camino al hotel, y noto que en dirección opuesta viene hacia mí un matrimonio. En un momento ella se detiene en un escaparate mirando algo que llamó su atención. Su esposa no lo ve, y él, que la toma por los hombros, clava sus intensos ojos en mí. Sostenemos esa mirada hasta que nos cruzamos, a pocos centímetros. El tipo está muy bien... y sus ojos verdes casi queman los míos. Y... sí, hay miradas que lo dicen todo...

Continúo mi camino, pero ahora pienso diferente: "Está bueno este pueblecito..."


voto positivo voto positivo voto positivo voto negativo voto negativo
Categoría: Gay | Comentarios: 1 | Visto: 890 veces | Añadir a Favoritos
Últimos Comentarios Agregados
Fotografia de %UserNick%
voto positivo voto positivo voto positivo voto negativo voto negativo
tio pelotas

par de putetes los dos cabrones

[ 1 ]
Debes ser un usuario registrado para poder comentar y votar
Registrate Aqui
0 Usuarios online

Política de Privacidad | Contacto | Webmasters | Intercambios

Phasellus e rat sem, laoreet vel, scelerisque nec, mattis at, eros. In hac habitasse platea dictumst. Morbi urna pede, aliquam nec, eleifend ut lacinia ut, elit. Suspendisse et dui! Ut libero. Aliquam eget risus et odio tincidunt bibendum. Fusce urna. Vivamus eros. Donec condimentum felis.