Esto pasó casi un año después de mi primera experiencia sexual. Mi vida estaba empezándose a poner difícil; ya tenía 19 años, mis padres empezaron a pasar por una crisis económica muy fuerte, y me habían anunciado que iba tener que aplazar el semestre de la U y buscar un trabajo; yo por mi parte no sabía en que trabajar y no quería abandonar mis estudios; por otro lado, ya estaba muy apegado a mis compañeros, ya tenía una vida social; mi mejor amigo de la U resultó ser Open Mind, y a él le...
contaba todo lo que me estaba pasando en mi familia y con mi identidad sexual.
Cierto día revisando una cuenta de correo electrónico, encontré un nuevo mensaje en la bandeja de entrada, era de un tal Oscar, al leer no entendí muy bien el mensaje, luego caí en la cuenta de lo sucedido; había dejado abierta la pagina del correo en un café internet y esa persona la había husmeado, se dio cuenta de mi condición sexual por los mensajes de la bandeja de entrada, y había dejado un mensaje diciendo que él tenía curiosidad de saber cómo era ser homosexual, y que si yo quería lo llamara y habláramos del tema.
Yo le contesté el correo electrónico y le dejé mi número telefónico. Un día estando solo en casa, me llamó; era un pelado como yo, me agradó su voz y le pregunté si nos podríamos citar en algún lugar para hablar.
A los pocos días lo estaba conociendo en persona, este tenía 20 años, de mi estatura, un poco más acuerpado que yo, en ese entonces era muy flaco; pero éramos muy parecidos, eso me pareció súper. Le pregunté sobre su vida, él me contó que era seminarista, que había solicitado unas cortas vacaciones para reflexionar sobre su vocación y su futuro sacerdotal. Me dijo que nunca había siquiera insinuado a alguien que sentía atracción por hombres, que era la primera persona con la que hablaba al respecto, yo agradecí su confianza y entendí su estrategia, la confesar a un desconocido su inclinación.
Por mi parte, le conté acerca de mi primera experiencia, y propicié un ambiente de excitación, hablamos de las relaciones sexuales, obviamente nosotros éramos unos inexpertos, pero nos pusimos cachondos rapidito.
Pero ni él, ni yo teníamos un lugar que nos acolitara el deseo y las ganas, decididos a abandonar la idea de caer en la tentación del sexo gay, empezamos a caminar hacia ningún lugar, cuando a mí se me ocurrió la idea de darle más emoción al asunto. Le propuse a mi nuevo amigo meternos a un terreno cerca de la U, que estaba cercado por maleza. Era un fin de semana y era de noche, por lo que en la U solo estaba la gente de seguridad, pasamos por el lugar cada uno por separado y nos metimos al encercado, esperamos a ver que se podía presentar, y al estar todo tranquilo nos empezamos a poner cómodos.
Nos empezamos a besar, él fue el de la idea, yo le seguí la cuerda; le contaba en una de nuestras conversaciones esos días, que esos fueron los más ardientes besos que me habían dado en la vida; con él probé realmente la saliva de otro hombre, excavé con mi lengua la profundidad de su boca, sentí por primera vez como me seccionaba la lengua y mi saliva. Nos quedamos embobados probándonos.
Para estar más cómodos nos sentamos cerca de un árbol. Nos empezamos a acariciar el cuerpo, pasaba las manos por su abdomen, pecho y espalda, sus manos recorrían mis glúteos y buscaban mis testículos, hacían una pequeña parada en mi paquete y subían hacia mi pecho. No nos quitamos la ropa para no ser devorados por los mosquitos, pero le bajé con mi boca el cierre de su pantalón, y busque un espacio para darle paso a su voluptuoso miembro que quería salir de su encierro. Usé mis manos para ayudarme a sacarlo, pero volví a usar mi boca cuando este ya había salido, y empecé a probar su sabor, mi lengua se deleitó con ese delicioso glande, a lo que Oscar reaccionaba con gemidos de placer y tomó con sus manos mi cabeza para poder dirigir él mismo el ritmo de aquella mamada.
Luego yo le pedí que hiciera lo mismo al mío, él estaba más renuente, pero accedió, y me pidió que aguantara para poder eyacular juntos. Se notaba lo nervioso que estaba, lo olía, luego lo lamía, y por último se introdujo esos 18 centímetros de carne en su boca. Luego de haberse albergado mi paquetico de carne en su boca, ya no quería abandonarla, empezó a succionar con fuerza y lamer con más efusión, ya estaba perdiendo el miedo al sexo gay; le pedí que se detuviera para hacerlo juntos, nos empezamos a besar y masturbarnos el uno al otro, y el momento de máximo placer se acerco, nos empezamos a besar con más fuerza y empecé a sentir el corrientazo estremecedor en mi cuerpo, luego sentí que mis manos y pecho empezaron a mojarse con nuestro semen, me lo unté en el pecho y tumbe al suelo, fijé mi mirada en sus ojos, le tomé la mano y la apreté, mantuvimos esa posición unos minutos y nos arreglamos para salir.
Camino a casa, nos mirábamos y se nos salían unas risillas.
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