El tecnico

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El tecnico

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Ajustar texto: + - Publicado el 06/04/2009, por: Anónimo

Fue uno de los veranos más calurosos de los que haya tenido memoria. Cuando la ciudad es abrasada por semejantes temperaturas es por demás abrumadora, insoportable, tal es así que ni bien me lo permite mi trabajo, con mi familia escapamos hacia nuestra casa de la costa, y nos refugiamos allí para pasar unos tranquilos días de veraneo.

Pero los días de aquel caliente verano se sucedían uno tras otro bajo soles agobiantes y cielos celestes sin atisbos de nubosidades. Y ese día no iba a ser distinto. Bueno, al menos en el sentido climático de la expresión.

Estaba solo, aún no habían pasado dos horas después del mediodía. Los rayos solares, impiadosos, nos habían acobardado para ir a la playa. ¿Ir a la playa? ¿A qué? ¿A cocinarnos? Por eso mi esposa había decidido ir a la ciudad vecina para visitar a sus parientes. Se había llevado a los niños con ella, y afortunadamente me había dicho: "No te preocupes, cariño, diré que estabas resfriado". ¿Resfriado con este calor? Me dio mucha risa y su mentirilla me pareció adorable, no me interesaba que los parientes se creyeran o no la excusa, lo más importante era zafar de una invitación que me parecía tan poco interesante.

Me agradó la idea de quedarme unas horas en soledad. Me venció el cansancio y dormí una breve siesta, pero me desperté por el calor que se había acumulado en la casa. Me preparé un batido de frutas con mucho hielo y salí al jardín trasero. Me desnudé y me zambullí en la piscina. Mi cuerpo volvió a la vida e hice tres o cuatro largos, dejando que el agua se arremolinara en torno a mí. Siempre que podía, disfrutaba de la libertad inmensa que solo se experimenta al nadar desnudo. Ahí estaba oculto a miradas indiscretas, así que salí del agua y me abandoné en una reposera que situé debajo de la sombra refrescante de los pinos de mi jardín. La brisa tenue refrigeraba mi piel mojada, y eso era suficiente para soportar los 40º que reinaban inmisericordes.

De pronto sentí la bocina de un auto llamar desde la calle. ¡Mierda! ¿Quién podría ser a esa hora?. Me incorporé para escuchar mejor, y otro bocinazo hizo que me levantara del plácido reposo. Busqué mi traje de baño pero la insistencia de otro bocinazo hizo que solo alcanzara a anudarme una toalla a la cintura. Así, entré a la casa y salí hacia el parque delantero. Frente al portón de entrada estaba estacionada una camioneta verde. Era de la empresa de alarmas contra robos a la cual estaba abonado. Atravesé el jardín sosteniéndome la toalla y cuando abrí el portón, de la camioneta salió un hombrote uniformado que me pareció uno de los machos más varoniles que había visto en mucho tiempo. Con los ojos como platos, solo atiné a quedar boquiabierto.

-Buenas tardes, señor. Soy agente del servicio técnico de alarmas.

-Buenas tardes, dígame.

-Por la zona han ocurrido dos robos esta mañana.

-¡Vaya!

-Así es, y fíjese que no se ha podido dar con los ladrones. En eso está la policía pero nuestra función es cuidar su seguridad, y la empresa dispuso cuadrillas para inspeccionar las unidades en los domicilios de los abonados y corroborar que todo esté en orden. ¿Podría pasar a revisar la instalación de su alarma?

-¡Seguro!, pase por acá…

Apenas había podido responder, porque mientras ese hombre me hablaba, yo lo había estado estudiando de arriba a abajo. Su uniforme era gris, camisa de mangas cortas con el logo de la empresa y la insignia "seguridad", charreteras en los hombros, pantalones –muy ajustados- del mismo color, y borceguíes sobre los mismos. No era un hombre muy alto, era moreno, de abundante cabello negro bien corto, afeitado muy prolijamente, cara redonda, hermosas facciones de las que se destacaban su nariz pequeña, sus ojos grandes y oscuros, boca perfecta y una sensual hendidura en medio de su pera. Tendría unos treinta años, y el uniforme le calzaba tan ajustado que no se sabía muy bien si esto era por ser tan corpulento, o por haber llegado tarde a la entrega de uniformes XL.

Él cerró la puerta de su camioneta y me siguió hacia el interior de la casa.

-¡Qué calor! – oí que me decía.

-Sí – contesté sin mirar atrás – y parece que no aflojará ni aún de noche.

-Eso es lo terrible, con estas temperaturas, uno no puede pegar un ojo. Veo que usted, por lo menos, puede refrescarse un poco. ¡Qué hermosa piscina! Disfrútela, no se imagina lo que es tener que trabajar con este uniforme – me dijo mientras llegábamos al umbral de la puerta. Entonces me di vuelta y lo miré.

-¿No tienen una ropa alternativa para el verano?

-¡Ésta es la ropa de verano!, y es obligatorio llevar hasta las botas.

Me quedé en silencio contemplando las curvas corporales que exaltaba su ajustado uniforme. El sudor había humedecido la tela de la camisa debajo de sus axilas en dos aureolas notorias. Iba a decirle algo, pero al chocar mis ojos con los suyos, me di cuenta de que él tenía que hacer su trabajo.

-¿Dónde tiene instalada la caja central?

-Es por aquí, pase, pase… – dije volviendo a la realidad.

La central de alarmas, una caja metálica de donde partían los cables de los sensores distribuidos en toda la casa, estaba sobre una de las paredes del pasillo. El lugar era muy estrecho, apenas cabía una sola persona ahí. Enseguida, él sacó unas herramientas y empezó a trabajar.

-Su señal llega sin problemas a nuestro control, supongo que todo andará bien, así que esto es sólo es un chequeo de rutina.

-Entiendo, no hay ningún problema, agente.

Aparentemente, al abrir la caja, algo en ese chequeo se le había complicado y le estaba llevando más tiempo del acostumbrado, a juzgar por sus caras y el sudor que empezaba a aflorar en su rostro. La tapa de la caja, colgaba de su marco, y él estaba trabajando con ambas manos en unas conexiones, por lo que cada tanto intentaba secarse la frente con el dorso de su brazo o la manga de la camisa. Pronto, el hombre estuvo empapado y su camisa no pudo absorber más sudor.

-¿Quiere tomar algo helado?

-Agua fría estará bien, gracias.

Volví con un vaso lleno al que le había puesto hielo. El hombre interrumpió la labor y sorbió su agua con avidez, mientras se desabrochaba unos botones de la camisa. Estaba bastante humedecida ya, y la tela se le pegaba al cuerpo. En el vaso habían quedado varios cubos de hielo, entonces hizo algo muy sensual: llevó el vaso a su cuello apoyándolo en su piel y frotándolo en círculos. Al sentir ese mínimo alivio, sus ojos se entrecerraron por un momento. Después lo deslizó un poco entre la abertura de su camisa, pasándose el vaso helado en la parte superior de sus pectorales, brillosos por el calor. Al hacerlo, desabotonó la camisa un poco más.

-Tómese su tiempo, y póngase cómodo- le dije.

-Si tuviera que ponerme cómodo, empezaría por quitarme la camisa – rió, resoplando y pasándose el vaso helado por la frente.

-Por favor, siéntase como en su casa, por mí no hay problema, de veras – me apresuré a decir, entusiasmado con la idea de que ese bello ejemplar me mostrara sus notables atributos.

-¿En serio no tiene problema?

-Claro, hombre, además no hay nadie en la casa salvo usted y yo.

-Muchas gracias – dijo el agente, desabrochándose los botones – mire, la camisa ya está empapada.

-En un día como hoy, no se puede pretender otra cosa. Démela, la pondremos a secar al sol.

-Gracias, señor, es usted muy amable.

Lo miré, disimulando en todo momento. Un torso grueso y fornido apareció al abrirse la camisa. Los pectorales, apenas con muy escaso vello en el centro, remataban en dos grandes pezones de un color casi marrón, oscuros y puntiagudos, rodeados de una aureola de gran circunferencia. Sus brazos eran anchos, rudos, combinaban con sus toscas manos. Tampoco tenía mucho vello en ellos. Unas prominentes venas recorrían sus bíceps, y antebrazos, dándole la más viril y salvaje apariencia. Su abdomen, algo prominente, se empezaba a poblar de pelos a la altura del ombligo. Yo dije alguna cosa sin sentido, como para poder prolongar ese instante en el que no quise perderme detalle. Bajo mi toalla, comencé a sentir el principio de un cosquilleo, típico de cuando se va a tener una erección. Intenté controlarme como pude, entonces salí por la puerta trasera y puse la camisa sobre la soga de la ropa. La camisa, que me parecía increíblemente diminuta para el cuerpo que tenía que vestir, olía a transpiración, pero el aroma me parecía maravilloso.

Cuando volví, el hombre había reanudado su trabajo, insistiendo con un cableado que a su juicio, no estaba del todo bien. Pero al mismo tiempo, no podría sostener la tapa de la caja, conectada a esta con varios cables nada gruesos, fue entonces que me dijo:

-Si es tan amable, le pediría otro favor.

-Será un placer, dígame – me acerqué solícito.

-Venga – me dijo, yo avancé hacia él – colóquese aquí, y sostenga esto, por favor.

Me indicó que me pusiera frente a la caja, sosteniendo la tapa firmemente con las dos manos. Él, no había dejado de trabajar con sus herramientas dentro de la maraña de cables, por lo que quedó algo detrás de mí. Ambos estábamos en pleno contacto, casi pegados uno al otro y con el torso desnudo. Cuando me percaté de esa particular situación, tuve que reprimir una sonrisa involuntaria.

-Caramba, quiero poner esto en orden, pero se me fue complicando un poco- me dijo, hablándome, por la posición en que estábamos, casi directamente al oído. Hacía presión sobre la caja, y por ende, sobre mí, cortando y uniendo cables, y cada tanto me rozaba la espalda y los brazos con su propio cuerpo, sudado, y acalorado a más no poder. En esa posición, y en medio de tal situación, yo estaba en el paraíso. Era todo muy excitante. Detrás de mí tenía a un macho semidesnudo, frotándose contra mi cuerpo, y yo solamente cubierto con una toalla. Para mi sorpresa, la toalla, que me había puesto a las apuradas, se estaba resbalando. Se me había bajado bastante, y estaba seguro que mis nalgas ya asomaban en gran parte.

-Lamento molestarlo así, señor – me dijo, un poco embarazado, y disculpándose.

-No se preocupe, siga nomás – dije cada vez más exaltado.

El sudor de nuestros cuerpos iba en aumento. Me pregunté qué temperatura estaría haciendo en ese momento dentro de la casa, pero en verdad, yo sentía además del calor ambiental, una calentura cada vez más intensa. Él transpiraba y cada tanto las gotas emanadas de su cuerpo caían sobre el mío, deslizándose y chorreando hacia abajo. Podía sentir el recorrido claro y exacto de cada una de esas gotas sobre mi espalda. Bajando lentamente, llegaban hasta el borde de la toalla, que definitivamente se iba aflojando peligrosamente. Pero también sentía su aliento, una y otra vez sobre mi nuca y hombros, su olor a macho, su olor a hombre fuerte y varonil, todo eso me ponía a mil, y mi verga – obviamente – respondió de la peor (o mejor) manera. Se me fue poniendo dura, a tal punto de armar con la toalla una carpa abultada que se inflaba notoriamente. "Por fortuna – pensé – este hombretón está muy concentrado en su trabajo".

-Sostenga bien, por favor, si cae, se cortarán estos cablecitos – dijo, aprisionándome casi entre sus brazos, ya que tenía que ejercer bastante fuerza.

-¿Está bien así?

-Perfecto – me dijo. Entonces sentí como su cuerpo se pegaba más al mío. Me espalda, mi trasero, mis piernas, sentían perfectamente como se chocaban suave y firmemente contra su pecho, su pelvis y sus muslos. Apoyados uno con el otro, sentí más calor que si hubiera tenido fiebre.

Finalmente, y a causa de tantos roces, la toalla no pudo sostenerse más en su sitio y cayó al suelo.

-Ah, lo lamento mucho, señor – me dijo con sus manos ocupadas – ¡pero no deje de sostener la tapa, se lo ruego…!

-Lo siento – dije, avergonzado – es que estaba en la piscina desnudo.

-¿Ah, sí? Qué bien – contestó el hombre.

-Con este calor, se imaginará, uno aprovecha para andar lo menos vestido posible.

-Lo envidio mucho, señor – dijo, siempre maniobrando entre los cables.

-Por suerte, puedo pasearme en cueros- continué más animado – mi patio está rodeado de vegetación y mis vecinos son muy discretos.

Miré de soslayo hacia mi verga, que al liberarse de la toalla que la cubría, creyó entender el permiso para endurecerse del todo.

El hombre me preguntó si yo era nudista.

-No – contesté – pero me gusta nadar desnudo, experimento una sensación de total libertad.

-Sí, lo sé – me dijo con tono más suave – a veces, cuando tomo la ruta para ir a mi casa, detengo el auto cerca de la laguna. No hay un alma ahí. Y yo, cuando la tarde está linda, me quito la ropa y doy unas cuantas braceadas. Tiene usted razón, la sensación es fantástica, ¿verdad?

Había seguido cada una de sus palabras, y me había imaginado la escena con lujo de detalles. Ese pedazo de macho desnudo en la soledad del campo, entre los juncos de la laguna, ¡era demasiado! Mi pija saltaba en el aire, rígida e incontrolable. Pero yo estaba de espaldas y el hombre no podía percibir eso, o al menos, esto creía.

-No suelte ahora, por favor, un momentito que ya terminamos – me dijo.

-¿Ya? – dije con cierta desilusión

-Sí, conecto esto, y ya está.

Pero, lejos de aflojar en su presión, yo sentía que su cuerpo, caliente al máximo, se afirmaba más al mío. Empecé a sospechar. Fue cuando su respiración cobró cierta agitación. Pero lo atribuí al calor intenso. Entonces, como dándome a entender que me equivocaba al pensar eso, se cuerpo se frotó en un empujón más fuerte. Yo me quedé quieto, apenas respiraba. El hombre ya no me dijo nada. Miré el entrevero de cables, y me pareció que ahí no había nada en que trabajar. Hacía un rato que sus manos hacían como que se movían, pero no accionaban nada en concreto. Seguí el juego, tenía que seguirlo hasta el final. Era excitante, y mi pija ya estaba en su máxima erección. A un nuevo empujón de él, yo respondí con un leve retroceso, pegándome a él, y sintiendo mi culo chocar contra su pelvis.

-Aguante un momentito, ya terminamos, señor – me volvió a decir, casi en un susurro. No respondí, pero me abrí de piernas. Ahora él hizo un avance, pero el movimiento había sido claramente pélvico, buscando frotarse intensamente contra mis nalgas, tanteándolas con su bulto prominente. Mi culo respondió de manera automática, adhiriéndose a él. Sentí el contacto entre esas zonas de nuestros cuerpos, ya de una manera contundente y rotunda.

El hombre dejó entonces las herramientas, y en la misma posición, apoyó ya sus manos en la pared. Yo, aún sostenía la tapa, entonces él me indicó tranquilamente que ya la podía dejar. Mi espalda se fundió a su pecho. Era firme, amplio y suave. Nuestra piel, en contacto estrecho, resbalaba entre sí por la lubricación natural de nuestra transpiración. En cada deslizamiento, podía percibir sus formas, sus pezones erectos, y ese calor tan abrasador. Estuvimos un largo rato explorando esas texturas, inflamados por el fuego de ese calor quemante.

-¿Terminó? – le pregunté.

-Aún no – me dijo – en realidad, recién empiezo, señor.

Llevó sus manos a la hebilla del pantalón, y desabrochó su cinturón. Luego oí el ruido del cierre descorriéndose. Le tomó trabajo bajarse el pantalón, tan ajustado estaba. Pero enseguida sentí su miembro húmedo y durísimo, intentando abrirse paso por el valle de mis glúteos. Pronto quedó en posición, y la punta, mullida y viscosa, presionó firmemente en constante y lento avance. Mi hueco temblaba en deseo de ser atravesado. Toda la zona estaba perfectamente lubricada, nuestro sudor había hecho el trabajo, y, seguramente, el líquido que estaría bañando el glande de mi compañero.

Los pies del hombre, empujando los míos, me abrieron de piernas, más aún de lo que ya estaba. Roté mi pelvis ofreciéndole la mejor posición para que su verga encajara naturalmente en el hueco de mi culo. Él no tuvo que llevarla con la mano. Su pija, como un palo temerario, encontró sola el sendero del placer, y pronto quedó oculta en mi ano. Él me separó aún más, abriéndome las nalgas y apartando cuidadosamente los largos pelos de mi esfínter. Quedé abierto a él, entregándome por completo. Estaba sintiendo un placer de dioses. Me dejé llevar, relajándome a tal punto que mi agujero alcanzó una dilatación maravillosa. Fue cuando retrocedí hacia él y me empalé yo mismo en la palpitante pija de mi amigo, que, agitado, bufaba y jadeaba, íntegramente mojado. Lenta, pero decididamente, el ardiente aparato se metió como por un tubo dentro de mí, en un solo y limpio movimiento. Lo sentí entrar hasta que quedó instalado a tope en mi interior. La base de su pija quedó anillada a mi esfínter. Cuando lo comprimí, él lanzó un agudo gemido. Así, apretando y relajando, fui proporcionándole una especie de masaje con mi ano, como si lo estuviera masturbando con la mano, o mejor aún, con una caliente y húmeda boca. A cada una de estas contracciones, mi verga se enderezaba largando gotas de líquido transparente, agitándose y balanceándose en el aire. Sus pelotas, se unieron a las mías. Sentir su acariciante vellosidad era un mundo de increíbles goces.

Sus manos fueron atraídas por mis pezones. Entre los pelos, los buscó y los sostuvo firmemente. Los fue excitando hasta que se me pusieron como rocas. Los dedos, apenas podían sostenerlos, resbalaban como si hubiera estado untado todo en aceite. Finalmente los atrapó y empezó a pellizcarlos. Esto me puso fuera de mí, excitadísimo, mis movimientos eran espasmos incontrolados. Su pija bien metida en mi culo, y sus manos torturando mis tetillas, era demasiado placer para poder asimilarlo todo de golpe. El hombre, que me sostenía en sus brazos, me besaba la espalda, provocándome estremecimientos constantes. La piel se me erizaba toda, y cada zona de mi piel respondía con vibraciones convulsivas.

La dura viga de su hombría había horadado ya por completo mi elástico esfínter, empezamos a movernos acompasadamente, entonces sentí sus pelotas chocar en mi perineo, pero ahora, de una manera más violenta y en cada golpe, escuchaba un delicioso chasquido. Continuó esa caricia enloquecedora de pelos mojados en cada pliegue de mi retaguardia. El movimiento de entrada y salida se aceleró más aún. Su taladro iba y venía dentro de mí. Por momentos sacaba por completo su miembro fuera de mi culo, para volverlo a ensartar con maestría. La pija estaba tan dura, y mi culo tan abierto, que se encajaba sin ayuda alguna con una correspondencia anatómica fenomenal. Podía sentir sus considerables dimensiones, estacado como estaba, pero en ningún momento sentí dolor. Todo era un emocionante placer, y él, evidentemente sabía coger con una experta habilidad. Me masajeó internamente con su sexo por largo tiempo, logrando de mí, vibraciones impensadas; bombeando sin cesar, acelerando o disminuyendo los movimientos, a cada respuesta de mi gozo. La verga, parecía ponerse más dura a cada momento, daba toda la sensación de crecer y crecer sin parar. Sin lugar a dudas, él sabía dar esta sensación con la magia de su arte amatorio. Es que era un amante muy avezado que en todo momento me hacía gozar a su antojo. Su placer, por lo tanto, estaba íntimamente ligado al mío. Cuando, por fin, dio rienda suelta a su pasión, y la aceleración de sus movimientos habían llegado a un ritmo agitadísimo y constante, los dos comenzamos a gritar y a entrar en la etapa más intensa del placer

¡Que fortaleza se genera en la unión entre dos hombres!

Cuando él supo que yo iba a tener mi orgasmo, rápidamente salió de mí, y me giró frente a él. Suplantó su verga por sus dedos, metiéndomelos en el dilatado ano, y como un rayo, se agachó ante mi pija enhiesta. Abrió la boca y se la tragó. Yo lancé un estertóreo aullido. Su boca era hacedora de mil delicias abrumadoras. Él no dejó que yo me saliera cuando estuve próximo a eyacular. Me aferró con sus brazos, y mi verga quedó prisionera en su boca. Me acarició, lamió, chupó y succionó tan magistralmente, que, sin poder contenerme, llegué al placer máximo en medio de un rugido profundo. Me derramé en su boca, sintiendo que mi alma se vaciaba en ese momento. Nunca había sentido eso, nunca con esa intensidad. Se tragó todo mi semen. Noté esto porque nada de mi evacuación se escapó hacia afuera. Recibió íntegramente mi caliente jugo, lo hizo gustoso y complacido, bebiendo todo con total entusiasmo en el mismo instante en que fijaba su mirada en la mía y me frotaba agitadamente las piernas, el culo y mi pecho con sus manos mojadas. Nos miramos apasionadamente. Luego, dándole los últimos besos a mi tremulante glande, se levantó, acercando su cara a la mía.

Lo besé, abrí mi boca y metí mi lengua a través de sus labios entreabiertos y golosos. Sentí mi propio gusto de su boca abierta y después bajé y chupé con fruición sus espléndidos y oscuros pezones. Al hacer esto, él se arqueó en un movimiento hacia atrás poniendo los ojos en blanco. Entonces le tomé la verga con las manos. Apenas podía hacerlo, estaba enorme.

-Ahora sí – dijo entrecortadamente – ahora sí que voy a terminar…

No tuve que agitar mucho su miembro. ¡Qué duro estaba! Apenas subí y bajé dos veces su prepucio, cuando desde lo más profundo de sus entrañas me inundó con una entrega de espesa y ardiente leche.

-¡Ah! ¡Toda, sí, toda! ¡Dame toda tu leche…! ¡Así, así! – le dije al oído.

El hombre se contrajo en espasmos de infinito gozo, y su primer chorro fue a dar de lleno a mi barbilla, luego derramó su esperma por toda mi mano, mi abdomen y hasta mi propio sexo. Allí quedaron pendiendo en un balanceo viscoso y caliente.

Él me rodeó y yo me abandoné a su abrazo. Nuestros corazones galopaban a más no poder, queriéndose salir de nuestros pechos. Cuando finalmente empezaba a bajar nuestra agitación, y empezábamos a respirar más calmamente, lo tomé de la mano, y lo conduje hacia el jardín trasero.

-Vamos… – le dije sonriendo.

-¿Adónde? – me preguntó.

-¡Al agua!

Él rió sorprendido y yo lo conduje hasta el borde de la piscina. Nos zambullimos al mismo tiempo, y nos volvimos a encontrar en la superficie, riendo aún más. Él se acercó a mí, y me miró largamente a los ojos. El beso que nos dimos fue entonces muy calmo y lleno de tierna sensualidad.

Después, miró la hora en su reloj pulsera y alzando un poco las cejas me miró y fue saliendo del agua. Yo lo seguí y nos secamos con la misma toalla. Después, fue a la casa, se vistió y puso la caja en orden, recogiendo también sus herramientas.

-Señor abonado, está todo en orden. Su central está en perfecto estado – dijo entre sonrisas. Me acerqué, aún desnudo y rozando sus labios le contesté riendo:

-Creo que tendría que venir a revisarla con mucha más frecuencia.

-¿Le parece bien mañana…?

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