La noche boca abajo

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La noche boca abajo

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Ajustar texto: + - Publicado el 08/05/2011, por: Anónimo

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos; le llamaban la guerra florida.

La noche boca arriba. Julio Cortázar.

Escuché ruidos cerca de las diez de la noche. Estaba completamente desnudo, y hacía casi un mes que permanecía encerrado en mi casa. Esperé un momento, para que el inoportuno visitante se cansara de golpear la puerta, ya que antes de encerrarme había desconectado el timbre, pero como los golpes seguían cada vez más fuertes, caminé sin ganas hacia la puerta. Hacía calor y cuando me apoyé contra la puerta, noté que dejaba manchas de transpiración en ella.

-¿Quién es? –pregunté con el tono de voz cansado que usaba con los vendedores ambulantes, aunque a esa hora era difícil que pudiera ser uno de ellos.

-Somos nosotros –escuché que decía alguien. Era Claudio Villarruel, y al decir nosotros, seguramente se refería al resto del grupo.

-¿Qué pasa? –pregunté mientras abría la puerta y los dejaba entrar.

Como bien yo había pensado, eran los chicos del grupo. Parecían nerviosos y ausentes, y sólo repararon en mi desnudes cuando estuvieron todos acomodados.

-¿Por qué estas desnudo? ¿Estabas con alguien? –preguntó el botija Chávez.

-No –dije mientras caminaba hacia mi pieza. Una vez ahí me puse un calzoncillo y regresé adonde estaban ellos.

-¿Entonces es verdad que estabas encerrado? –preguntó Claudio.

-Sí –dije-, pero ahora no tiene importancia. ¿Por qué vinieron?

-¿Te enteraste lo del vasco?

-Sí. Algo leí en Internet.

Con lo del vasco, Claudio se refería a la muerte de nuestro amigo el vasco Sánchez, también conocido como el José Vélez argentino. Había sentido su muerte, pero lamentablemente no había podido moverme de mi casa.

-¿Y lo de Miguel?

-¿Qué pasó con Miguel? –pregunté asombrado. Miguel, era Miguel Guevara, también conocido como la versión moderna y trotskista de William Cook.

-¿No sabías nada?

-No.

-Lo encontraron muerto ayer.

-¿Y se sabe qué pasó? –pregunté mecánicamente.

-No sabemos nada. La policía no quiere hablar, y los familiares tampoco saben nada. Tenemos que hacer algo.

-¿Cómo qué?

-No sé. Algo.

-¿Qué número viene después del dos? –preguntó el botija, dirigiéndose a mí.

-El tres –contesté.

-¿Y después?

-El cuatro. ¿Vas a hacerme contar mucho?

-No –dijo el botija. Ya no era aquel chico que había hecho primer año de la escuela secundaria conmigo. Ahora era un hombre, y al hablar denotaba cierta autoridad que ciertamente yo no tenía-. Pensá esto: si el vasco es el uno y Miguel el dos, yo soy el tres y vos el cuatro.

-¿Estas diciendo que con lo del vasco y Miguel respetaron cierto orden, y ahora vienen por nosotros?

-Sí –dijo el botija.

-Tenemos que salir de acá –dijo el quemado, que había permanecido callado hasta ese momento.

-¿Para ir adónde? –pregunté.

-No sé. Adonde sea. Pero hay que estar en movimiento.

Mientras yo me vestía, los chicos se hicieron con todo el alcohol que había en mi casa, que consistía a esa altura en una botella de whisky y veinte latas de cerveza.

Ya en la calle, subimos a los autos. El botija y yo íbamos en un viejo peugeot 505 y Claudio y el quemado en un falcon más destartalado aun. En el asiento de atrás del peugeot había dos rifles de aire comprimido con mira telescópica, y luego de bajar la ventanilla de mi puerta, tomé uno de los rifles y saqué el caño por la ventanilla, apoyándolo en el marco de la puerta.

Cuando llegamos al río bajamos por el terraplén que estaba al costado del puente y caminamos casi hasta el borde del agua. El suelo ahí era barroso y olía a podrido. Arrojamos varias latas de cerveza al agua y practicamos puntería con los rifles de aire comprimido, mientras nos íbamos pasando la botella de whisky.

Recordé otra noche, un par de años atrás. Unas manos se habían enterrado en ese mismo barro podrido. Una cara se había movido frenéticamente a un costado y a otro, tratando de no quedar sepultada en el barro. Claro que después había cedido. Siempre cedían.

La botella de whisky estaba por la mitad, por lo que para evitar terminarla, decidimos ir por las cervezas que quedaban. Claudio y yo caminamos hacia el peugeot 505 y cuando estuvimos junto al auto, escuchamos el ruido. Alguien se había caído al agua, y gritaba pidiendo ayuda. Me pareció que podía ser el botija, pero no estaba seguro. Mientras bajamos escuché un disparo de rifle, y luego a Claudio que puteaba.

-¡Tirate al suelo! –gritó Claudio.

Le hice caso y mientras resbalaba por el húmedo pasto mojado por el rocío, logré refugiarme en un hueco que había en el terraplén. Claudio no pudo aferrarse de ningún lugar y rodó hasta el final. Sentí otro disparo de un rifle, sólo que esta vez sonó más cerca.

-¿Estas bien? –pregunté dirigiéndome a Claudio, pero sin saber bien adonde se encontraba.

-Sí. Me pegaron un tiro en el brazo. ¿Quién mierda está tirando?

-No sé.

-Yo también tiré. Pero no veo nada –dijo Claudio-. ¡Boti!, ¿estas bien?

-Sí –contestó el botija-. Estoy en el agua. ¿Qué pasó?

-No sé. ¿Y el quemado?

-¿No está con ustedes? Yo no lo veo.

Un balín pegó cerca de donde estaba yo y en un intento desesperado por defenderme, disparé a la oscuridad. Aunque sabía que era inútil, cargué otra vez el rifle y esperé.

-Andá a buscar la linterna que está en el auto –dijo Claudio dirigiéndose a mí. Cuando estuvo a mi lado, cargó el rifle y trató de buscar un blanco con la mira.

-Yo voy a bajar por el otro terraplén, para ver si puedo ayudar al botija –dijo Claudio-. Vos bajá por este lado y fijate si podés encontrar al quemado.

Lo vi desaparecer en la oscuridad, mientras bajaba por el otro terraplén, y después busqué la linterna en la guantera del auto.

Volví a escuchar el sonido de un rifle varias veces y también como lo cargaban. Alguien gritaba, pero esta vez no pude saber quien era.

Avancé hasta el final del terraplén y una vez ahí me preparé para actuar. Prendí la linterna que tenía en la mano izquierda y como pude apunté con el rifle que sostenía con la derecha. Por la mitad del río, alguien se acercaba al botija, que había logrado salir del agua, y ahora le disparaba continuamente con el rifle. Un poco más atrás, Claudio también le disparaba, pero él que era agredido por ambos frentes parecía no darse cuenta. Giré la linterna a mi derecha e iluminé un espectáculo que me resultó macabro. El quemado estaba tendido en el suelo de costado. Detrás de él, un engendro le sujetaba contra el suelo con un brazo grueso y peludo, mientras le tapaba la boca con una mano gris y venosa que terminaba en unas uñas largas y sucias. La cara del engendro estaba a la altura de la nuca del quemado que estaba completamente mojada por una espesa saliva, ya que el engendro pasaba su lengua una y otra vez, como si la nuca del quemado fuera un helado. El engendro tenía todo el cuerpo cubierto de pelo, y cuando bajé el has de luz de la linterna a través de su cuerpo, pude ver que tenía un enorme miembro erecto, y que con sus pies, que tenían forma de patas de cabra, trataba de bajarle los pantalones al quemado. Tardé un momento en darme cuenta lo que ese engendro trataba de hacer con el quemado, pero cuando lo supe, me di cuenta que tenía que actuar rápido, ya que ese engendro estaba tratando de violar al quemado. Me acerqué lo más que pude y arrimé el caño del rifle al ojo del engendro. Cuando apreté el gatillo, el ojo del engendro reventó y un gritó desgarrador y espeluznante salió de su boca. Como el engendro no soltaba al quemado, cargué otra vez el rifle y volví a dispararle en el ojo. Esta vez el grito fue más fuerte que la vez anterior y ahora si se vio obligado a soltar al quemado. Viendo que se me presentaba la oportunidad que había estado esperando, tomé al quemado de la campera y lo arrastré hacia mí. Sin perder tiempo saqué un balín del bolsillo del pantalón y cargué el rifle. Cuando el engendro se puso de pie para atacarme, le apunté con la mira telescópica al otro ojo y disparé. Al quedar ciego, el engendro cayó de rodillas y quedó descartado de momento.

Cuando alumbré la otra orilla del río, pude ver que el botija y Claudio estaban golpeando a alguien empleando las culatas de los rifles. Estaba por decidir que iba a hacer con el engendro, cuando algo cayó sobre mí y me tiró al suelo barroso. Al sentir una masa de pelos sobre mi espalda, comprendí que estaba siendo atacado por otro engendro, y traté de sacármelo de encima. Mientras luchaba con el engendro, sentí un lejano chapoteo que me dio una pequeña esperanza. Apoyando el rifle en el barro y usándolo como una muleta, me puse de pie y luego golpeé al engendro en el rostro. Al recibir el golpe gritó y me mostró unos dientes enormes y podridos. Su dentadura estaba formada por filas de pequeños dientes filosos y dos largos dientes puntudos que parecían pequeños cuchillos.

Claudio y el botija estuvieron junto a mí cuando el engendro se preparaba para atacarme, y entre los tres lo derribamos a culatazos. Cuando la cabeza del engendro se abrió como una sandía podrida, nos dimos vuelta y la emprendimos con el otro engendro que aun permanecía de rodillas. Claudio dejó el rifle en el suelo, tomó al engendró de la nuca y le aplastó la cara contra el barro. Antes que pudiera terminar de matarlo, el quemado se puso de pie, tomó el rifle que Claudio había dejado en el suelo y le disparó al engendro en el culo.

-Así que querías violarme, hijo de puta. Fijate quien le rompe el culo a quien ahora –dijo el quemado furioso mientras sacaba un balín del bolsillo de la campera, cargaba el rifle y volvía a dispararle al engendro.

Mientras Claudio le sostenía la cabeza firmemente al engendro, conté diez disparos efectuados por el quemado en el culo de este, que a esa altura sólo era una masa de carne y sangre, algo así como una hamburguesa espantosa.

Sin perder tiempo, subimos por el terraplén por el que había bajado yo y entramos en los autos. Una vez en el asiento del acompañante, dejé el rifle y la linterna que había recuperado un momento antes en el asiento de atrás y cerré los ojos. Por poco no habíamos acompañado al vasco y a Miguel.

-¿Adónde vamos? –preguntó Claudio.

Abrí los ojos y pude ver que hacía rato que habíamos dejado atrás el puente. Pensé que no podía contestar la pregunta que Claudio me había hecho, pero al parecer el destino tenía reservado otros planes para nosotros.

-Vamos al refugio –dije.

Un par de cuadras antes de llegar, Claudio dio una vuelta a la manzana, obligando al botija, que manejaba el otro auto a hacer lo mismo. Cuando llegamos al lugar, Claudio dio también una vuelta a la manzana hasta que finalmente se detuvo frente a una especie de deposito. Una vez que abrimos la puerta de entrada, guardamos los autos, y volvimos a cerrar la puerta. De ahí pasamos a otra habitación en cuyo piso había una tapa de madera, que una vez levantada mostraba una escalera que llevaba a un sótano. Una vez ahí pudimos ver las cajas con nuestros nombres, las cuales habíamos cerrado con cinta dos años atrás. Nos pusimos las armaduras, que a pesar de su peso, a nosotros nos quedaban perfectamente y nos permitían movernos con facilidad y después sacamos nuestras armas. Claudio y yo teníamos espadas, el botija tenía un hacha y el quemado una lanza. Completamos nuestro equipo con cascos y subimos rápidamente la escalera. Una vez en la calle y ya dentro de los autos, nos sacamos los cascos y buscamos un teléfono público. Cuando encontré uno, hablé con nuestro enlace y establecí una cita con él para dentro de una hora.

Estuvimos dando vueltas hasta que se hizo la hora, pero por más que lo esperamos, nuestro enlace no apareció.

-¿Y ahora qué hacemos? –preguntó Claudio.

-Plan b –dije-. Cuando el primer encuentro falla, se debe ir a un lugar establecido de antemano y conocido como plan b.

-¿La guarida? –preguntó Claudio.

-Sí. Nilo tiene que estar ahí. Es necesario que hablemos con él.

Cuando llegamos a la guarida, una vieja casa quinta rodeada de árboles, era cerca de la una de la madrugada. Cuando golpeamos la puerta, Nilo salió a recibirnos y se asombró cuando nos vio con las armaduras puestas.

-¿Qué pasó? ¿Por qué están con las armaduras puestas? –preguntó Nilo, que en un principio había participado activamente en el grupo, pero que ahora actuaba sólo como enlace.

Le contamos lo que había pasado mientras nos sacábamos los cascos y nos acomodábamos en el lugar repleto de computadoras. El experto parecía preocupado y me pregunté que tendría para decirnos.

-Tengo noticias del vasco y Miguel. Pude hablar con el médico que hizo las autopsias. Al parecer los dos murieron porque les quebraron el cuello. Lo peor de todo es que fueron violados.

-¿Les rompieron el culo? –preguntó Claudio.

-Sí. Pero lo más extraño eran unas profundas marcas que tenían en la nuca.

En ese momento recordé que cuando los gatos están en celo suelen morder a las gatas en la nuca, para evitar que se les escapen cuando las penetran. Seguramente el vasco y Miguel la habían pasado muy mal antes de morir.

-¿Hablaste con the monster? –pregunté.

-No.

-¿Podemos hablar con él?

-No. No está disponible.

-Más vale que esté disponible, porque si vienen por nosotros, para rompernos el culo, también van a venir por vos y por the monster.

Noté que Nilo se ponía pálido. Trató de disimular, tecleando algo en la computadora, pero supe que él también estaba asustado.

-Voy a ver que puedo hacer –dijo Nilo-. Pero no prometo nada.

Esa determinada noche, le habíamos puesto una capucha en la cabeza, y al llegar al puente lo habíamos largado al suelo barroso para que corriera con las manos atadas. Tenía miedo y lo sabíamos. Eso podía sentirse en el aire.

El botija lo había derribado y se había sentado a horcajadas sobre su nuca sosteniéndolo, mientras Miguel le bajaba los pantalones, como preparándolo para una operación. Sabía lo que le iba a pasar. Lo que íbamos a hacerle, y se resistía pateando desesperadamente. Finalmente había sido Claudio el que lo había violado. Le había costado trabajo, pero finalmente había podido encajar su miembro bien profundo en ese chico que se debatía en el barro.

Pero eso había sido dos años atrás. Ahora la situación era otra. Una vez más estábamos en viaje, y comencé a pensar que si no hallaba pronto una respuesta me iba a volver loco.

Sin saber que hacer nos separamos y fuimos regresando cada uno a su casa. Cada uno conservó la armadura y las armas, pues creíamos que podíamos necesitarlas.

Debo haberme dormido en el sillón del comedor, alrededor de las tres de la mañana, pero extrañamente cuando desperté aun estaba oscuro. Eso me extrañó, ya que si todo estaba bien tendría que ser de día. Fue entonces cuando comprendí que no estaba en mi casa, y que la oscuridad que me rodeaba pertenecía al baúl de un auto. Traté de moverme, pero una puntada en la cabeza impidió que lo hiciera. Quise tocarme para ver si estaba lastimado, pero noté que tenía las manos atadas a la espalda. Sin embargo sentí cierta humedad viscosa que me corría detrás de la oreja. Afuera se escuchaban gritos y también música, pero a un nivel muy bajo. Cuando traté de moverme otra vez, algo frío se clavó en mi nuca y me di cuenta que aun conservaba la espada.

Cuando abrieron la tapa del baúl, unas manos frías me sacaron de allí y me dejaron caer al suelo. Luego esas mismas manos me tomaron de los tobillos y me arrastraron hasta dejarme casi a los pies de alguien que estaba sentado en una silla.

-Finalmente nos vemos las caras –escuché que me decía una voz.

Levanté la cabeza, y pude ver a un tipo de unos treinta años, de pelo rubio y largo. Parecía tener varios kilos de más, y estaba vestido con una especie de túnica negra.

-¿Te conozco? –pregunté-. ¿De dónde te conozco?

-Fue hace muchos años, los dos éramos pendejos, y una noche unos chicos a los que yo consideraba mis amigos y vos abusaron de mí. ¿Te acordas de la carpa del amor?

-¡Vos! –dije recordando de repente.

-¿Así que te acordas? Mejor. Te aseguro que voy a disfrutar mucho lo que tengo preparado para vos y tus amigos. Hace mucho tiempo que vengo preparando esta venganza.

-¿Qué vas a hacer con nosotros? –pregunté.

-Vas a poder verlo con tus propios ojos. Mira atrás tuyo.

A unos diez metros de donde nos encontrábamos, el botija y el quemado, arrodillados junto a una carpa, con las manos y los pies atados, miraban el piso en silencio. Estaban muy golpeados y parecían esperar resignados lo que les fuera a pasar. A la izquierda de donde se encontraban ellos, y acostado desnudo sobre el estómago en una enorme piedra estaba Claudio. Le habían atado las manos al suelo usando sogas y los fierros para asegurar la carpa. Lo mismo habían hecho con sus pies. Había varios autos con las luces prendidas que iluminaban la escena, y la música que antes había escuchado, eran temas de Sui Generis.

Otro grito resonó en mis oídos, y ahora supe quien era el que gritaba. Era Claudio, pues seguramente intuía lo que le iba a pasar.

Delante de él, un engendro como de los que nos habían atacado en el río, se masturbaba suavemente mostrándole la enorme erección. Detrás de Claudio, dos engendros le acariciaban las nalgas con sus manos peludas. Un momento después el engendro del miembro erecto caminó hasta ubicarse detrás de Claudio apartando con un gesto a los dos engendros. Desde mi posición pude ver que Claudio cerraba las nalgas tratando en un último intento desesperado de proteger su virginidad.

Con un movimiento preciso, el engendro le abrió las nalgas y rompió las últimas defensas de Claudio penetrándolo sin piedad. Otra vez escuché el grito desgarrador, pero a pesar de eso, no pude dejar de mirar. El engendro se apoyó sobre la espalda de Claudio y después de pasarle la horrible lengua por la nuca lo mordió, clavándole los enormes dientes.

Cuando el engendro empezó a mover su enorme miembro dentro de él, Claudio volvió a gritar y trató de soltarse, pero era inútil. No quise mirar más y cerré los ojos, sabiendo que yo también estaba sentenciado a yacer en la piedra. Sólo era cuestión de esperar. Refugiado en ese corto instante de oscuridad, recordé un cuento de Julio Cortázar, que se llamaba "La noche boca arriba", y en el cual sacrificaban a un indio sobre un altar de piedra como ofrenda a los dioses. Ahora no sólo se habían invertido los papeles, sino también las posiciones. La noche boca abajo, pensé. Era un extraño juego de palabras que en otro tiempo me hubiera hecho reír.

-¿Dónde estamos? –Pregunté mientras abría los ojos.

-En el Cecir –dijo mi maligno anfitrión.

-¿De dónde salieron estos engendros?

-De acá –dijo tocando una pequeña caja de madera que tenía sobre sus piernas y que yo antes no había visto-. De la cajita mágica.

-¿Pero cómo? ¿No entiendo?

-Hace unos cuantos años atrás, fui a un basural a buscar papel para reciclar, y me encontré con un viejo que se ofreció a leerme la mano. Yo hacía bastante que era homosexual y me di cuenta enseguida que el viejo me quería coger. Al poco rato se me insinuó y me ofreció tener sexo a cambio de esta caja que tengo ahora. Como yo no le creía, el viejo tomo un pedazo de papel sucio, escribió con un lápiz la palabra perro, hizo un bollo con el papel, lo prendió fuego y lo arrojó dentro de la caja. Unos minutos después, un perro se materializó frente a nosotros, y a fuerza de ver tuve que creerle. Así que para conseguir la caja se la tuve que chupar como media hora para que se le parara y después dejé que me penetrara un par de minutos hasta que alcanzó un orgasmo miserable.

-¿Y cómo hiciste para qué aparezcan los engendros?

-Los dibujo en un papel y después los quemo dentro de la caja.

Otro engendro había tomado el lugar del primero, pero cuando lo penetró Claudio ya no gritaba. Un engendro se me acercó con un cuchillo y me cortó la soga que me ataba las manos. Me puse de pie lentamente y esperé.

-Voy a darte una oportunidad que no van a tener tus compañeros. Voy a darte cinco minutos de ventaja y después voy a mandar a mi gente a seguirte.

-¿Por qué me das esta oportunidad? –pregunté.

-Porque quiero saber durante cuanto tiempo logras conservar tu virginidad.

Comencé a correr sin una dirección fija. Sólo quería alejarme de ellos. A los dos o tres minutos me detuve y traté de orientarme, ya que era inútil seguir corriendo sin rumbo.

El campamento estaba en la cancha de fútbol grande, y al mirar mejor noté que casi me hallaba junto a la salida del predio. Si hacía unos metros más, fácilmente podía alcanzar la ruta, pero hacer eso sería un error, ya que les simplificaría la tarea. Salí del predio y me dirigí hacia las casas de fin de semana. Necesitaba hablar con alguien o al menos encontrar un teléfono. La primera casa que encontré estaba a oscuras, por lo que decidí probar suerte y refugiarme allí.

Salté un tapial bajo con unas rejas en punta y caí en el pasto del jardín. Sentí los gritos de los engendros que anunciaban el comienzo de la cacería y me pegué al suelo. Me arrastré sobre los codos hasta la parte de atrás de la casa, pero para mi decepción la puerta estaba cerrada. Como último recurso decidí arriesgarme y pateé la puerta hasta que cedió. Una vez dentro busqué por todas las habitaciones hasta que encontré un teléfono en lo que parecía ser el comedor, pero cuando lo levanté noté que la línea estaba muerta. Seguramente habían cortado los cables principales del teléfono para dejarme incomunicado.

Una vez más solo, pensé. Una vez más solo.

Decidí salir de la casa y cuando crucé la puerta me topé con un engendro. Como no tenía otra opción, saqué la espada y me dispuse a enfrentarlo. Cuando el engendro trato de atacarme, le di un golpe con la espada y conseguí cortarle una de sus manos. Un chorro de sangre saltó de su brazo modificado y mientras el engendro se distrajo mirando estúpidamente como su sangre manchaba el pasto le clavé la espada a fondo en el estómago. Cuando abrió la boca para gritar, su aliento podrido me dio de lleno en la cara, y tuve que correrla hacia un costado para no vomitar. Una vez que sus rodillas cedieron, retiré la espada de su estómago y la guardé en la funda que tenía en mi espalda. Después corrí hacia un pequeño monte que estaba cruzando la calle y me perdí en su oscuridad.

Lo habíamos llevado engañado a la carpa prometiéndole una noche de charlas entre amigos y mucha diversión. Él en ese entonces tenía doce años, sus dos amigos la misma edad y yo quince. Al principio estaba contento pero cuando le dijimos lo que pensábamos hacerle, se puso nervioso y trató de escapar. Mis dos amigos lo habían sujetado y después de mucho esfuerzo yo había conseguido bajarle los pantalones. Ellos trataban de tranquilizarlo, diciéndole que la iba a pasar bien, que se iba a volver loco cuando la tuviera adentro, pero sólo habían logrado que se pusiera más nervioso. Pero sus esfuerzos denodados no habían impedido que lo penetrara a fondo y con una desesperación que se había traducido en ininterrumpidos gritos e insultos por parte de él.

Salí del monte y crucé hacia un nuevo sector de casas. En una de ellas la puerta estaba abierta y entré. Todas las luces estaban prendidas, y ya en la primera habitación me encontré con un tipo desnudo tirado en el piso. Le habían cortado el cuello y cuando me acerqué pude ver dos marcas profundas y sangrantes en su nuca. Ese era el sello inconfundible de que lo habían violado antes de matarlo. Seguí buscando y en la cocina encontré a una mujer y a un chico de unos diez años en las mismas condiciones, sólo que la mujer no tenía las marcas en la nuca.

En la entrada de la casa había visto un auto, así que cuando encontré una botella de gaseosa de plástico vacía, la tomé y busqué también una pequeña manguera. Cuando tuve todo lo que precisaba, corrí hasta el auto y después de sacar la tapa del tanque de combustible, realicé la operación que en cierta forma ayudaría a protegerme. Dejé atrás la casa y al sentir nuevamente gritos que se acercaban no tuve más remedio que esconderme detrás de unos arbustos. Un grupo de engendros pasó cerca de mí y al escuchar nuevos gritos, les devolvieron a sus compañeros la respuesta o lo que mierda fuera lo que significaran esos gritos. No me llevó mucho tiempo comprender que tenían un perfecto sistema de comunicación entre ellos, y que seguramente se estaban diciendo que no me habían encontrado. Por ahora. Me di cuenta también que habían logrado formar un anillo alrededor del predio, y que lentamente lo estaban cerrando. Si no hacía algo rápido, en cualquier momento podía ocurrir lo que yo más temía. Que me atraparan con vida.

Lentamente me saqué la armadura, pero me quedé con la espada que colgaba de una funda en mi espalda. Destapé la botella y me rocié la cabeza y el resto del cuerpo con la nafta que había sacado del auto que estaba estacionado en la última casa en la cual yo había estado. Saqué el encendedor del bolsillo y abandonando mi refugio detrás de los arbustos me ubiqué en el centro de la angosta calle de tierra que comunicaba las casas quintas con la ruta, tomando la postura de la persona que está por largar una carrera. Cuando los primeros engendros aparecieran, me prendería fuego a lo bonzo y comenzaría a correr. Había visto por televisión que un hombre en Neuquén, al cual querían desalojar de su casa, se había prendido fuego y había corrido unos veinte metros antes de caer al suelo. Veremos cuanto puedo aguantar yo.

Dieche.

1 de abril de 2.001 al 7 de abril de 2.001.

Dieche2003@yahoo.com.ar

www.pagina.de/dieche

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