Entré con paso seguro en la reprografía que había en el barrio con la intención de fotocopiar el curriculum que debía entregar en el misterioso sitio al que mi hermano Jacobo me había llevado aquella misma tarde, en donde había un cartel en el que ponía: "Se necesita personal". En efecto. Necesitaban personal para los fines de semana. Se trataba de un restaurante-buffet libre bastante conocido en aquella zona, y en donde había muchísima afluencia de público, sobre todo los sábados y...
domingos.
El encargado me había comentado el sueldo, el horario y las condiciones, y a mí todo me parecía perfecto, porque además podría continuar dedicando los días de entre semana para estudiar y poder sacarme el módulo bastante dignamente y con dinero en el bolsillo. Así que iba a ser algo así como camarero. Aunque también tendría que echar una mano en las cocinas. ¡No importaba! Así que tan contento entre en la reprografía, en donde me encontré con una cola de varias personas que esperaban a ser atendidas.
Despistado, me puse detrás de una señora bastante bien trajeada, ojeando mi curriculum, que tampoco era gran cosa. En ese momento escuché una voz de chica que me resultó familiar. Miré al frente y allí estaba mi amiga Azucena. Y no estaba sola. En seguida reconocí aquellos pantalones de chándal blancos que se ajustaban a un culo redondito y que dejaba entrever unos slips también blancos con lo que parecían dibujos informes.
Raúl estaba apoyado sobre el mostrador, de espaldas a mí, esperando a que le fotocopiaran lo que le había dado a la dependienta. Y Azucena, mientras, le hablaba y le acariciaba la porción de pelo que la gorra que mi amigo llevaba dejaba ver en su nuca. Él giró el cuello, sonrió a la chica mostrándole sus relucientes braquets y le dio un beso en los labios.
Sentí que me flaqueaban las piernas y que quería salir de allí. Tenía que saludarles y… ¡Y no quería hacerlo!
-¡Hey, Nico! –exclamó de repente Azucena, que tras el beso había movido la cabeza y me había reconocido.
La señora trajeada también se volvió para mirarme, así que me vi en la obligación de saludar con la mano. Raúl me echó una mirada que podría haberme fulminado allí mismo, pero yo, sonriendo bobamente, le hice un gesto de saludo con la barbilla.
Azucena vino hacia mí mientras que mi amigo se quedaba en el mostrador y comenzaba a hablar con la dependienta.
-¿Qué tal? –Preguntó Azucena-. En todos estos días no te he pillado por el Messenger.
-Bien. Todo bien –contesté escueto.
-¿Y qué es esto? –tomó mi curriculum para cotillear.
-Nada. Mi curriculum.
-Ya me dijo Marín que estabas buscando curro. ¿Qué? ¿Has encontrado? –continuaba ella tan pizpireta como era.
-Sí. Mi hermano sabía de un sitio y me van a contratar de camarero los fines de semana –respondí.
-¡Qué de puta madre, tío! ¡Cómo me alegro! –hablaba Azu con aquel énfasis que la caracterizaba.
Raúl, que había terminado ya, se acercó a nosotros, me miró serio y me tendió la mano de una forma poco espontánea y más bien forzada.
-¿Qué pasa, socio? –me preguntó, chocándola con la mía, y con un gesto glacial en su rostro.
-Pues nada, aquí, a hacer fotocopias –respondí con tres kilos de acero en la boca de mi estómago.
-Nico ha encontrado trabajo –le comentó Azucena.
-Qué bien –contestó sin entusiasmo alguno-. Me alegro por ti. ¿Nos vamos? –le dirigió esta última pregunta a la que parecía su nueva chica.
-Sí, claro –dijo ella-. Vamos a estar en el banco de la plaza, por si te apetece venir ahora –me convidó.
-No lo sé. Ando muy liado con un trabajo del módulo –mentí-. Pero bueno, tal vez ahora me pase. Ya veremos.
-Muy bien. Pues hasta ahora, entonces –se despidió ella.
-Adiós –dije.
Raúl ni siquiera se molestó en mover los labios. Salieron del establecimiento y gracias a Dios la señora trajeada había acabado de hacer sus cosas, porque así no tuve tiempo de pensar en lo que acababa de pasar y en seguida me puse a hablar con la dependienta. Ni que decir tiene que al salir de la tienda no pasé por la plaza. Apreté el paso y me dirigí a casa a toda leche. Iba tan rápido como mis pensamientos.
Raúl era un cretino. Un auténtico cretino. Y ahora estaba con Azucena. Estaba con ella por… por… ¡Pues porque Azucena era la fácil del grupo! Y él… él… seguramente quisiera demostrarme lo machito que era. Pero yo era igual de macho que él. O más todavía. Y más guapo, porque él, con esos asquerosos braquets y… y…
Me detuve en seco, con la mirada fija en la puerta del portal. Junto al buzón en donde los repartidores dejaban la propaganda se encontraba Raúl, de pie, mirándome. Eché a andar de nuevo, tragando saliva e intentando mantener mis nervios.
-¿Qué haces aquí? –le pregunté cuando llegué a su altura.
-Tenemos que hablar –me dijo con un tono muy frío.
-Habla –le ordené.
-¿No podemos ir a un sitio más discreto? –echó un vistazo a las terrazas abiertas que quedaban casi al nivel del suelo, desde donde se podía escuchar perfectamente la conversación.
-Vamos allí –señalé el otro lado de la calle.
Cruzamos dando unos cuantos pasos y nos quedamos de pie, bajo un árbol, en donde todavía piaban enloquecidos los pájaros, esperando a que el atardecer trajera consigo al anochecer.
-Tú dirás –le animé a que comenzara.
-Estos están mosqueados y piensas que tú y yo hemos discutido –dijo.
-¿Y hemos discutido? –pregunté.
-Que yo sepa no. Pero como estamos así…
-¿Así cómo, Raúl? –le ataqué.
-Pues enfadados.
-Vale –asentí con la cabeza-. ¿Y?
-He empezado a salir con Azucena –disparó sin más, cambiando de tema al instante.
-¿Y? –repetí, sin tener otra cosa que decir ante aquello.
-Nada. Sólo quería que lo supieras –contestó, esta vez más relajado por lo que parecía, sin sonar tan seco como al principio.
-Me alegro por los dos. Azu es una tía de puta madre. Y tú… -dejé aquello en el aire aposta. Raúl me miró con una escrutadora mirada-. Y tú parecías serlo, pero de repente te han entrado estas putas neuras y no sé qué coño te pasa conmigo –estallé por fin.
-No me pasa nada, Nico. ¡No me pasa absolutamente nada! –Me chilló, y en seguida volvió a bajar la voz, mirando a ambos lados por si había llamado la atención de alguien con su arranque-. Es sólo que…
-¿Qué? –le insté.
-No te imaginas lo mal que me sentí después de que tu padre nos marroneara. No pude dormir en toda la noche recordando como ese amigo de tu hermano se… se metía mi polla en la boca –puso una mueca de asco-. Y luego tú dándole la tuya para que… -y se calló, como rememorando muy vivamente aquello y sintiendo una buena cantidad de desprecio.
-Pues ya está, Raúl. Ya pasó –comenté, sintiéndome un poco humillado por sus palabras-. Lo hicimos, sí. Y lo hice. Pero ya está. No tiene porque trascender tanto –intentaba hacerle entrar en razón.
-¿Eres marica, Nico? –disparó a bocajarro, dejándome con la mandíbula por el suelo. No me esperaba aquella pregunta.
-¡Claro que no! –exclamé ofendido.
-Porque yo no lo soy ni quiero serlo. Y no quiero tener a mi alrededor a gente que quiera confundirme y que…
-¿Confundirte? –Pregunté con un gran aspaviento-. ¿Crees que yo intento confundirte? -Raúl no respondió, pero su mirada me bastó para saber lo que pensaba-. ¿Y en qué basas esa idea? –dije dando un paso hacia él, quedándome apenas a un paso de su cara. Él bajó la cabeza-. ¿En qué te basas para pensar que yo intento confundirte?
Se mantuvo en silencio, pero acabó por levantar la cara y mirarme directamente a los ojos.
-No… -comenzó, pero se detuvo un instante. Sus labios temblaban con algo parecido a la rabia-. No… no creo que seas trigo limpio.
Aquello me dejó estupefacto. Por un momento mis brazos quisieron caer lánguidos en mis costados, desarmado ante tanta acusación injusta, ante palabras tan duras. ¿Trigo limpio? Pero algo dentro de mí se removió. Se removió y me hizo actuar de una manera demente, porque mis labios y mi boca cobraron vida propia y dejaron salir mi saliva en forma de escupitajo, que manchó todo el rostro de Raúl. Éste se quedó en shock, pues lo último que esperaba era que yo fuera a escupirle.
-Eres una basura –sibilé, con los ojos congestionados de lágrima-. Eres un mierda, Raúl. Creía que eras mi amigo, pero eres una mierda de persona –salían mis palabras solas desde lo más hondo de mi dolorido corazón. Giré sobre mis talones y salí corriendo en busca de refugio.
A día de hoy aún no recuerdo cómo crucé la calle, abrí la puerta del portal, subí las escaleras, abrí la puerta de casa y llegué hasta mi habitación, en donde escalé hacia mi cama y me dejé morir, sumido en un inconsolable llanto que me hizo perder la conciencia de todo. Recuerdo haber oído voces a mi alrededor, recuerdo manos acariciándome, recuerdo… Lo siguiente que recuerdo era estar tumbado boca arriba en una sala que parecía de hospital. Cuando recuperé totalmente la consciencia descubrí que junto a mí estaban mis padres con cara de preocupación, Jacobo con cara de pena y una mujer que parecía ser una enfermera.
-¡Ya está! –dijo ésta, acariciándome el brazo y la frente.
-¿Qué me ha pasado? –pregunté confuso y dolorido.
-No es nada. Los ataques de ansiedad son muy normales –volvió a pasarme la mano por la frente la enfermera, que se giró hacia mis padres y les habló a ellos-. Mañana que vaya a ver a su médico de cabecera. Con la inyección que le hemos puesto descansará bien hasta mañana.
-Gracias –masculló mi madre, que se acercó a mí con los ojos hinchados y llorosos.
-Podéis quedaros aquí hasta que él se sienta con fuerzas –comentó la enfermera antes de salir y dejarnos solos.
-¡Cariño! –Me tomó mi madre de la mano-. ¿Cómo te encuentras?
-Desorientado –respondí, sintiendo la boca pastosa y un adormecimiento general.
-Ya está. Ya ha pasado todo. Ahora nos vamos a casa y a descansar. Mañana nada de ir a clase –continuaba diciendo mi madre.
Al día siguiente aún no comprendía lo que me había ocurrido. Un ataque de ansiedad. ¿Tan descontrolado estaba? Tan… Jamás creí que podría ser víctima de algo así, y menos por una discusión tan… Mentí a mi doctora y mentí a mi madre. Al menos parcialmente, diciendo que todo había sido por culpa de una discusión que tuve con una ex novia que era bastante obsesiva y tal, y al final para que me dejara en paz tuve que decirla cosas que no pensaba y me sentí fatal por ello, porque yo había sido injusto, pero era la única forma que encontré para que no me agobiara más y me acosara, bla, bla, bla. Y ambas se quedaron tan contentas, pensando que eran cosas de jóvenes. Aunque mi madre mantuvo su interrogatorio hasta después de llegar a casa. Diciéndome que quizás deberíamos denunciar a esa chica que por supuesto era imaginaria. La verdad es que construí la historia bastante bien y, al final, pareció quedarse satisfecha con mis explicaciones y decisiones. Sólo me dijo que no la diera más esos sustos.
Ese día se me pasó rápidamente. Después de comer, me metí en la habitación y Jacobo vino al momento, cerró la puerta y me miró con preocupación.
-Esa historia que le has contado a mamá no se la traga nadie –me dijo.
-Pues ella sí se la ha tragado.
-Vale, pero yo no. Así que ya me estás contando lo que te pasó de verdad.
Suspiré hondo y miré la cara de preocupación de mi hermano.
-No tienes por qué estar preocupado, Jaco –le sonreí un poco amargamente-. Digamos que alguien me dijo unas cosas que me dolieron mucho y que eran injustas y…
-¿Quién? –me atajó.
-¿Qué más da quien…?
-¡¿Quién?! –me instó rudamente. Pero yo guardé silencio-. Fue ese gilipollas de tu amigo Raúl, ¿verdad? -Permanecí mudo, sabiendo que el que calla, otorga-. No soy tonto, Tate. Tú crees que sí pero no lo soy.
-Yo no creo que seas tonto –dije-, pero da igual lo que me dijera Raúl. Es su problema.
-Y el mío también si te hace algo malo –añadió mi hermano, dejándome alucinado por aquella contestación.
-No, Jacobo. El problema es mío por no saber tomarme las cosas como debo –comenté.
-Es muy difícil que uno se tome las cosas como debe cuando le gusta la persona que se las dice –soltó sin más, sabiendo la granada sin anilla que acababa de dejar caer en aquella habitación.
Le miré confuso y algo avergonzado. Desarmado, quizás. Pero al momento reaccioné.
-Te he dicho que dejes de decir eso –le reprendí-. No tiene gracia. Me estás llamando maricón en mi puta cara y…
-No tiene gracia, no –meneó él la cabeza, cortándome, medio cabreado-. Tú mismo –se encogió de hombros-. Si alguna vez quieres contarme algo, sabes que puedes hacerlo.
-No tengo nada que…
Pero Jacobo se giró y desapareció por la puerta, dejándome a medias y con un sentimiento de estupidez que jamás pensé que pudiera existir. Así que preferí no pensar, porque si pensaba con lo sensible que estaba iba a ponerme bastante mal. Las duras palabras de Raúl no habían desaparecido y lo que acababa de soltarme Jacobo… ¡Joder!
Rápidamente encendí el ordenador con la intención de sumergirme en Internet y pegar unos cuantos tiros virtuales para relajarme. Tardé poco más de tres minutos en conectarme cuando ya estaba dentro del juego on-line al que en los últimos meses había estado tan viciado. Me había pasado casi todo el verano pegando tiros en compañía de otros muchos jugadores on-line, y hasta ya tenía mi propio grupito de colegas. Uno de ellos, Rimbaud, estaba conectado.
-¿Dónde te metiste ayer? –preguntó-. Nos quedamos esperándote.
-Tuve un contratiempo –respondí.
-¡Vaya! Pues pegamos una buena paliza a la pandilla de los "Heartquakers".
-¿Sí? –reí al saber aquello. Los piques virtuales que existían en aquella comunidad de jugadores era tremenda.
-Sí, tío. Ya ves. ¿Y qué te pasó, tronco?
-Nada, un percance sin importancia –le quité hierro al asunto.
-¿Percance de salud? –continuó preguntando Rimbaud.
-Más o menos. –La verdad es que no sabía si contarle lo que me ocurrió, porque aunque llevaba varios meses jugando casi a diario con él ninguno hablaba nunca de cosas demasiado personales. Pero como intentando liberarme, se lo acabé diciendo-. Tuve un ataque de ansiedad.
-¿Y eso, tío? –interpreté las palabras que me aparecían en la ventana de diálogo, en el monitor, como con tono de preocupación.
-Discutí con un amigo y me puse bastante mal. Pero ya estoy bien. No merece la pena ponerse mal por esas cosas…
-Pues la verdad es que no. No merece la pena. Pero si tu amigo se portó mal y te dijo cosas feas…
-Lo hizo –contesté tajante.
-¿Qué te dijo? Si no es mucha indiscreción.
El cursor parpadeó durante unos instantes en el cuadro de diálogo. No estaba muy seguro de contestar. Al pensar en mi posible respuesta se me aceleró el corazón y me martillearon las sienes.
-Me insinuó que yo era maricón –escribí sin al final pensarlo demasiado.
Rimbaud comenzó a escribir su mensaje, el cual pareció corregir un par de veces, pues tardaba. Sentí un poco de miedo por si… ¿dejaba de hablarme al creer que yo podía ser maricón de verdad y aquello sonaba a excusa? Pero noté un pequeño alivio cuando finalmente su frase apareció en la pantalla.
-Pues déjalo pasar y no le hagas ni caso –zanjó el tema así-. ¿Damos unos tiros?
-¡Por supuesto! –dije contento y, extraña y torpemente, liberado.
Los siguientes tres cuartos de hora se me pasaron volando, disparando, buscando munición, organizando estrategias de ataque con Rimbaud y algún otro que se conecto y se fue uniendo a nuestro grupo. Mientras jugaba escuché a mi madre despedirse desde la entrada de casa, informándonos a grito pelado que se iba con Dori a su enigmático curso en la Casa de la Mujer. Yo continué enfrascado en mi divertimento y al poco sonó de nuevo la puerta. Esta vez alguien venía a casa, pero tampoco hice mucho caso hasta el momento en que el móvil de mi hermano Jacobo empezó a pitar como loco.
Lo había dejado encima de la mesa del escritorio. Lo alcancé, miré la pantalla y leí el nombre de quien llamaba: "Cristina". Jacobo, que había oído el estruendoso politono que tenía en su teléfono, corrió a través del pasillo, me quitó el móvil de las manos y lo descolgó.
-¿Sí?... Hola, nena –Ante aquello le miré paralizado-. Lo sé, lo sé. Pero es que ha venido Cachu y… -¿Cachu? ¿Era Cachu el que había venido?-. Ahora no pueda, nena –volvió a repetir Jacobo. En la pantalla mi muñeco fue alcanzado de lleno por una granada y mi cuerpo saltó por los aires, quedando despezado.
Emití un aprensivo joder y volví a centrarme en la conversación que mi hermano había entablado con aquella chica que parecía ser algo más que una amiga. Me molestaba un poco que no me lo hubiera comentado.
-Vale. Ahora se lo digo a Cachu y bajo en seguida. Pero, por favor, cálmate, ¿vale? –Finalizó mi hermano la conversación-. Yo también te quiero –y al momento colgó.
-Jacobo –le llamé-. ¿Desde cuándo tienes novia, tío? ¿Por qué no me lo has dicho? –pregunté.
-No es… Cristina no es lo que… -hizo dos intentos de explicarse, pero parecía no salirle nada-. Ahora no tengo tiempo de explicarte. Tengo que bajar a verla. Cachu está en el salón, ¿vale? No le dejes solo.
-No. Claro. No –enmudecí enseguida ante la petición de mi hermano, que cogió su colorida chaqueta deportiva y salió pitando fuera de casa tras explicarle brevemente a Cachu su urgencia.
Con parsimonia, me despedí de Rimbaud y los demás, apagué el ordenador y me dirigí con pasos cortos hasta el salón. Me asomé por la puerta y allí estaba sentado, mirando la tele. Al percibir que había alguien en la puerta observándole, giró su cuello y se encontró conmigo.
-Hola Nico –me sonrió con su perfecta y blanca dentadura.
-¿Qué hay, Cachu? –Comenté, acercándome al sofá y sentando con él, con una pequeña distancia de separación-. Mi hermano te ha dejado un poco tirado.
-Es normal –respondió-. Eso de las pibas es un lío. Y tu hermano está muy enchochado con Cristina.
-No había oído hablar de ella, ¿sabes?
-¿No? –pareció perplejo el amigo de Jacobo, que vestía con aquella ropa ancha y unas deportivas de flipar-. Tampoco llevan mucho. Apenas tres semanas. -Arrugué el morro, un poco ofuscado. Jacobo ni siquiera había hecho mención de aquella chica-. ¿Y tú qué tal estás? –Me sorprendió Cachu con su pregunta-. Tu hermano me ha dicho que ayer te dio un chungo por discutir con tu amigo Raúl.
-¿Jacobo te ha dicho eso? –exclamé sorprendido.
-Joder –tragó saliva Cachu-. ¿He dicho algo que no debía?
-¿Cómo sabe mi hermano que discutí con Raúl? –pregunté.
-Me ha dicho que os vio desde la ventana. Estabais en frente del portal, ¿no?
Guardé silencio y después asentí para responder al alto amigo de mi hermano, que tenía aquella media melena rubia y algunas pecas que se dispersaban por sus mejillas. Acababa de darme cuenta de que Cachu tenía pecas.
-No es por nada, pero por muy bueno que esté tu amigo Raúl no tiene porque darse tantos aires –continuó el chico.
-¿Aires? –repetí sin comprender.
-Venga, Nico, tío. ¿No te has dado cuenta? Antes de ayer me lo crucé en la plaza. Me miró y comenzó a morrease con esa chica morena que se va con vosotros. No me quitaba ojo de encima mientras yo caminaba, como demostrándome lo guay que es, sin dejar de morrearla. -Permanecí mudo mientras Cachu me contaba aquello-. Y hacia todo eso sabiendo que unos días antes yo me había metido su rabo en la boca. Y ya viste cuál fue su reacción cuando lo hice. Se moría de gusto.
-Ya –murmuré algo triste. Cachu me dio un toque en el hombro para que dijera algo-. Está muy raro, tío –le comenté.
-Discutisteis por lo que paso, ¿verdad? –me preguntó.
-Sí. Es todo por lo que pasó en ese dichoso cuarto –dije apesadumbrado, refiriéndome a la habitación de mi padre.
-Pues el problema lo tiene él, tronco. No tú. Tú has sabido cómo tomártelo y encauzarlo.
-Creo que sí –asentí-. Pero me duele que él reaccione como lo está haciendo.
-Pues olvídale –concluyó tan campante.
-No es fácil, Cachu. Raúl es… -hice una pausa para corregirme-. Era mi mejor amigo.
-¿Sólo eso? ¿Era sólo tu mejor amigo?
-¿Qué quieres decir? –salté como un muelle, sonando un poco borde.
-Nada. No quiero decir nada –me miró Cachu directamente a los ojos.
Nos quedamos callados, mirándonos. El silencio sólo estaba roto por el volumen de la televisión. Me sentí algo incómodo. Me sentí un poco intimidado. Pero sentí algo más entre todas aquellas sensaciones confusas.
-¿Te enfadarías mucho conmigo si ahora mismo te doy un beso? –disparó el amigo de mi hermano sin venir a cuento.
-¿Un beso dónde? –tragué saliva tras preguntar.
-Un beso. En la boca.
-No… no… -tartamudeé-. No creo que sea buena idea. No… no… -tomé una gran bocanada de aire para terminar de contestar-. Yo no soy marica.
Cachu continuaba con sus ojos clavados en los míos.
-Sé que tal vez no seas marica –aquello me molestó-. Sólo quiero besarte por mí, porque me apetece, porque pienso que eres una pasada de pibe, Nico. Si tu colega Raúl no se da cuenta, a la mierda con él –dijo Cachu mientras se inclinaba hacia delante y se acercaba a mí.
-No… ¡Cachu! –intenté pararle, echándome hacia atrás. Pero su cara quedó a un palmo de la mía.
Noté su respiración en la piel de mi rostro. Cerré los ojos, para abrirlos de nuevo lentamente y descubrir que continuaba allí. No podía hablar. No quería hablar. El corazón me latía a cien por hora y estaba paralizado. Totalmente paralizado.
-Dime algo –me instó el amigo de mi hermano, que con aquellos ojos claros y su expresión angelical y adolescente me tenía acongojado.
-No… -volví a titubear-. Cachu, quítate, por favor –le rogué.
Pero como un cabrón, cambió la expresión de su cara y se convirtió en un demonio. Me cogió con brusquedad de la cabeza y tirando con bastante fuerza de mí hacia delante, hizo que cayera un poco sobre él. Puse los brazos en el sofá e intenté resistirme, pero en ello estaba cuando los apretados labios de Cachu se estrellaron en los míos, en lo que fue un estúpido pero cálido pico.
Abrí mi boca levemente para respirar. Mis pulmones funcionaban de forma agitada. En una milésima de segundo otro pico se estrelló en mis labios. Las grandes manos de Cachu me tenían tomada la cabeza de ambos lados. Tiré con fuerza para incorporarme y recuperar mi postura, sentarme lejos de la cercanía de Cachu. En esos momentos tenía medio cuerpo sobre él, que estaba tumbado totalmente en el sillón. Una de mis manos se apoyaba en el asiento del sofá y la otra en la cintura de él, intentando oponer resistencia.
Quise apartar la cabeza cuando volvió a acercar la suya a mi boca, pero él me sujeto con una fuerza que me conmocionó y por tercera vez consecutiva sus labios se estrellaron en los míos.
-¡No! –grité esta vez, agitándome azorado y molesto.
Ante mi reacción, el amigo de mi hermano me soltó y yo me puse en pie de un salto. Le miraba congestionado, enfadado. No quería hacer aquello. Yo no era maricón. No quería que me besara.
-¡Yo no soy maricón! –le escupí. Al decir aquello mis ojos se humedecieron y sentí un líquido acuoso chorrear desde el interior de mi nariz-. ¡No soy maricón, te enteras! –le grité profundamente cabreado.
Cachu había cambiado su gesto por uno de gravedad y preocupación.
-Lo siento, Nico –se disculpó-. No pensé qué…
-¡No lo soy! –continué, sintiendo que perdía el control de mi mismo y que unas lágrimas escapaban.
-Pero… pero… –tartamudeó Cachu, levantándose y quedando de pie junto a mí-. No te pongas así, tío –me rogó.
-¿Tú eres maricón, eh? ¿Tú eres marica? –le chillé.
-Yo… sí… No… no lo sé, Nico –se intentó explicar el chaval sin mucho éxito.
-Yo no lo soy. No lo soy, Cachu. ¿Me oyes? –intenté respirar para calmarme.
-Lo entiendo, lo entiendo –asintió el chico, aún preocupado-. Perdóname, Nico. Perdóname, por favor. Yo pensé que lo del otro día cuando tu padre nos pilló y que lo que te pasa con Raúl… Lo siento.
En ese momento vi en los ojos de aquel chico una gran carga de arrepentimiento. Vi que se sentía mal e intentaba disculparse por algo que en parte había provocado yo mismo. Yo le había enciscado mi polla en la boca días atrás y le había obligado a que me la chupara, yo había dejado entrever que tal vez mi relación con Raúl fuera más intensa de lo normal, yo…
-Perdón –musitó con la frente despejada, diciéndolo de corazón.
Me sequé con la manga una lágrima que corría por mi mejilla, respiré hondo e intenté contener mi temblorosa y desencajada voz.
-¿Por qué has hecho eso? –le pregunté confundido-. ¿Por qué has querido besarme?
Cachu bajó la cabeza, dio unos pasos atrás y se sentó en el sofá.
-Pues porque me molas, joder –respondió, mirando al suelo.
-¿Te molo? –le pregunté sin entender muy bien qué sensación era aquella que provocaban esas palabras en mi interior.
-Claro, Nico. Claro que me molas.
-¿Pero por qué? –le azucé sin comprenderlo.
-¿Por qué? ¡No lo sé! –Me miró el chaval desarmado, sin saber a qué venían aquellas preguntas-. Porque me molas. Me mola cómo eres. Me gusta tu físico, tu forma de ser, la manera en que hablas…
-Pero apenas me conoces –comenté, sintiendo algo muy raro en mi interior.
-¿Y voy a poder hacerlo? –me preguntó.
Guardé silencio, sintiéndome bastante violento.
-¡Joder! –exclamó Cachu, que se puso en pie con su metro noventa, agarró su bolsa de deporte, en donde llevaba la ropa del entrenamiento, y pasó por mi lado, en dirección a la puerta.
-¿Dónde vas, Cachu? –le pregunté-. Jacobo subirá ahora. -Pero no me contestó y salió del salón hacia el pasillo-. ¡Cachu! –le llamé, saliendo tras él y tomándole por la muñeca.
Entonces se giró y me miró consternado.
-En esta familia estáis como chotas, tío –soltó mosqueado-. El otro día me metes tu polla en la boca, hoy te pido una mierda de beso y me dices que no. Tu hermano siempre anda con pibas, enamoradísimo, pierde el culo por ellas, pero le encanta que le mame la polla. Y luego tu padre…
En ese momento hizo un forzado silencio.
-¿Mi padre qué? –pregunté, todavía con su muñeca agarrada entre mis dedos.
-Y tu padre echándome charlas sobre lo que debo o no hacer –salió bien resuelto de aquel escollo-. Si no eres maricón, Nico, me alegro por ti. Pero si en realidad lo eres, o lo eres un poco, o no sabes lo que eres, deberías solucionar tus dudas. Y yo te estoy brindando esa oportunidad. Aunque quizás prefieras que te la de… Otro –concluyó.
Le solté la muñeca y miré al suelo. Él se quedó un momento allí de pie, esperando a que reaccionara.
-Quédate –le pedí-. Al menos hasta que venga Jacobo. Luego te vas si quieres.
-¿Para qué me voy a quedar? –me preguntó el chico, que me sacaba una cabeza.
-Quédate. Simplemente quédate –volví a pedirle.
En ese momento Cachu dejó su bolsa de deporte en el suelo. Su rostro estaba serio. Creí que estaba incluso enfadado y que me iba a decir algo más. Pero simplemente, se inclinó hacia mí lentamente, acercó su rostro al mío y esa vez cerré los ojos, dejando que sus labios se pegaran a los míos. No correspondí a aquel beso. Simplemente lo recibí.
Abrí los ojos y le miré. Vi como volvía a separarse de mí.
-Sólo es un beso, Nico –comentó.
-Ya veo –me acaricié los labios con la lengua-. Dame tiempo, ¿vale? Ahora no… yo no puedo… no siento eso que…
-Tienes todo el tiempo que necesites. Ya te he dicho que quiero conocerte y que me gusta como eres.
-¿Te quedas entonces? –pregunté, con una sensación de congoja en el cuerpo. Sintiéndome infinitesimalmente más pequeño que aquel chaval que, a pesar de su altura, era dos años más pequeño que yo.
-Sí. Me quedo.
-Gracias –le agradecí. Y acto seguido le pedí algo que jamás hubiera pensado pero que necesitaba enormemente-. Necesito un abrazo.
Cachu sonrió y entremezcló en su cara aquella expresión de ángel adolescente con la de demonio rebelde.
-Eso está hecho –abrió sus brazos, estrechándonos en un intenso y descompensado abrazo, a causa de su altura.
-Estoy muy confundido, Cachu. Estoy… -di un fuerte suspiro-. A mí me gustan las chicas… -comenté.
-¿Y cómo crees que me siento yo, Nico? –Me preguntó sin romper nuestro abrazo-. ¿Crees que para mí es fácil? Yo tampoco me entiendo a mí mismo.
-Pues parece que lo tienes más claro que yo –respondí, rompiendo aquel abrazo y quedándonos frente a frente.
-Sólo tengo claras un par de ideas que sé que son ciertas. Y a ellas me agarro.
-¿Y cuáles son? –pregunté curioso.
Aquella respuesta era lo que jamás habría imaginado y me dejó totalmente descolocado, pero Cachu me la dio sin inhibición alguna.
-Uno: me encanta comerme la polla de tu hermano; dos: me encantaría que fueras mi novio, Nico. Me molas. Y no lo voy a decir más veces.
Cachu se detuvo cuando yo bajé la cabeza al oír aquello, sintiéndome mal por él. Bueno, y un poco por mí. Porque yo no quería gustarle. No quería gustar a Cachu.
-¿Y la tercera? –le pregunté finalmente, al ver que no continuaba hablando y el silencio se me hacía difícil.
-Y tres: desearía que tu padre me follara salvajemente hasta destrozarme y dejarme inconsciente de tanto petarme.
Mis ojos se abrieron como platos, mi corazón se encogió y mi polla palpitó por un instante al oír la vehemencia y el contenido de aquellas palabras.
-¡¿Mi padre?! –repetí escandalizado-. ¡¿Quieres qué?!
Debes ser un usuario registrado para poder comentar y votar
Registrate Aquí
© RelatosEroticos.com 2009 Relatos Eroticos no tiene vinculación alguna con los links exteriores , y se exime de toda responsabilidad respecto a sus contenidos. Web para uso exclusivo de adultos. Todos los relatos de RelatosEroticos.com son enviados por los navegantes y usuarios de la web.