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La Mary

Enviado por tanoferoz el 3/2/2010

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La Mary Publicado el 03/02/2010, por: tanoferoz

La Mary

Después del glorioso verano de 1977, comencé el año más agrandado que galleta en mate cocido, tenía la certeza de que no habría mujer joven o madura que se resistiera a mis atributos físicos y a la que creía una destreza incomparable a la hora de satisfacer una mujer.

Durante los primeros meses del año lectivo, sin identificar a mis partenaires por su nombre y apellido, me la pasé contando entre mis amigos mis hazañas sexuales, los que a esa altura me...

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consideraban un ídolo, pues tenían por cierto aquello que les relataba, ya que no era propenso a ventilar mis andares.

La relación de mi trajinar veraniego, era poesía para los oídos de los chicos que, en su gran mayoría, se contentaban con haber rozado una teta o haber visto una mujer desnuda en la tapa de la edición local de Playboy. En honor a aquellas proezas, más de una paja se habrán hecho.

Lo cierto es que yo también tuve que comenzar a contentarme con darle a la “manuela” mas de lo recomendable, puesto que no ligaba una chica, ni una grande ni de casualidad, parecía que había venido el tiempo de vacas flacas, a pesar de los esfuerzos que hacía por levantar alguna mina. Para colmo, no venían de visita mis tías María y Beatrice, ni mi prima Aída, ni a mi madre se le daba por ir de visita.

Estaba resignado a mi suerte cuando, inesperadamente – ya que, como les conté, mi casa estaba llena de mujeres: madre, tías, abuela, etc- se les dio por contratar una empleada para hacer los quehaceres domésticos.

Grande fue mi sorpresa cuando, en lugar de conseguir una señora mayor, con necesidad de completar los dineros para la economía familiar, mi madre trajo una hermosa señorita que creo provenía de la hermana República del Paraguay o de la nacionalísima Provincia de Corrientes, pues mezclaba en su vocabulario el castellano local con la lengua indígena guaraní.

Se trataba de “la Mary”, como le decían todos, una preciosura de alrededor de 20 o 21 años y un físico para el infarto.

Era de piel aceitunada, ojos rasgados, negros y ardientes como dos brasas, una boca pulposa y roja como un tomate cortado al medio, nariz pequeña y fina, pómulos altos, una pequeña cabeza cubierta por un largo y lacio pelo negro como las crines de un potro salvaje, sostenida por un cuello fino y largo que le daba un aire de princesa de la tierra.

Mirarla debajo del cuello era un encanto. Espalda pequeña y recta que culminaba en una angostísima cintura, la que daba paso a dos caderas hechas para soportar un vendabal y unas nalgas abrumadoramente macisas y paradas, que se continuaban con un par de piernas torneadas por un escultor exquisito y morboso.

En la delantera sobresalían dos tetas que parecían fuera de lugar en ese cuerpo estrecho, eran dos melones rotundos y parados, cuyos pezones apuntaban hacia el cielo, desafiando la gravedad.

Si señor, “la Mary” era una lindura, un portento que mis ojos agradecían, que mis manos deseaban y que mi verga ansiaba con determinación cada vez que venía.

En casa era más difícil avanzar una mujer que en otros sitios, aquí las mujeres permanecían casi todo el día y sobre todo cuando estaba “la Mary” haciendo los quehaceres.

Además, no sabía como reaccionaría si me pasaba de vivo.

Corría con desventaja, “la Mary” no me conocía de antes, ni tampoco había tenido oportunidad de verme escaso de ropa de modo de notar mi bulto. Por otro lado, yo era muy chico para ella, y tampoco, salvo mi entrepierna, resultaba especialmente atractivo.

Para colmo de males, me enteré que mi empleada estaba noviando con un tipo un tanto mayor que ella, al que yo conocía de mentas, sabiéndolo bastante pendenciero y con un físico que metía miedo

Igual, me las ingeniaba para estar cerca de ella cuando trabajaba y oler, con exaltación, la mezcla del sudor de sus axilas y el tufillo que venía de su tesoro escondido. La excitación que me provocaba su aroma me causaba desconcierto, pues precisamente el perfume a transpiración no parecía ser, a priori, algo muy erótico, sin embargo, comenzaba a descubrir lo contrario.

Otra vez estaba alzado en forma permanente, siempre con el fusil cargado como soldado de guardia.

Así además de exacerbar mi sentido del olfato, se me agudizaba el oído para no ser visto por mi madre o mi abuela mientras espiaba a la Mary cuando se dirigía al toilette a orinar.

Era una maravilla verla mear. Una ceremonia para iniciados el preparativo que hacía. No se por que, pero cada vez que iba al baño se desvestía casi por completo. Mi madre le proveía de un vestido, en lugar de un uniforme, que le quedaba de perlas.

Hubiere bastado que se subiera la falda del vestido, pero no: primero se lo quitaba, quedando únicamente con el brasiere y los calzones. Por cierto, ambos parecían más que diminutos para contener semejante humanidad.

Del corpiño se le salían los dos melones descomunales y la bombacha apenas le tapaba la raja y dejaba ver una enmarañada melena negra hacia ambos lados de la tela. Una hermosura de visión.

Quedaba así desvestida de espaldas a la taza, luego inclinaba el torso para delante y rápidamente hacía deslizar su tanga a la mitad de sus esculturales piernas.

Luego se ponía de cuclillas, sin apoyar las cachas sobre el inodoro y largaba un chorro de pis, que parecía una catarata de agua termal, por la cantidad y por la temperatura que se adivinaba, atento lo humeante de la descarga.

Yo era el único espectador de lujo, acomodado tras la puerta y con la vista agudizada sobre el ojo de la cerradura.

Una vez, vi como se le escapaba lo sólido de la puerta trasera y lejos de asquearme me empaló de tal modo que tuve que salir corriendo a mi habitación a masturbarme.

Tanto tiempo de abstinencia, me estaba trastornando. Ya no había paja que alcanzara para apagar mi fuego.

Una mañana de invierno, falté al colegio, pues no tenía ganas de aguantar a los profesores ni los compañeros. Me quedé en la cama hasta tarde y escuche un “toc, toc” en la puerta. No respondí pensando que era una de mi familia, pero, para mi grata sorpresa, era la Mary que venía a acomodar el cuarto. Al verme en la cama, se excusó y amagó con retirarse.

Le dije: “Pasá, podés trabajar tranquila, no me molestas. Salvo que prefieras marcharte”.

“No está bien, aprovecho que sus tías y su abuela han salido a hacer compras y continúo con los cuartos de ellas” me informó.

Casi dormido y todo como estaba, había prestado extrema atención a dos cosas, que mis parientes no se encontraban y que más que un comentario se trataba de una información precisa, lo que me provocó cierta curiosidad.

“Ajá, y no sabes si tardarán mucho” le pregunté.

“Vea, creo haber escuchado que se tardarán un par de horas, pues debían hacer varias compras” dijo.

Pensé, “esta es la mía” y quedé atento como un gato montés, a punto de cazar un ratoncito para su merienda.

La Mary, haciéndose la desentendida, parecía proseguir con su tarea. Repasaba los muebles, trapeaba la silla, limpiaba la lámpara, hasta que comenzó a pasarle brillo al pavimento. Debía agacharse para ello, apuntando con el culo a mi cara.

Para tantear, como quien no quiere la cosa, la dí una palmadita en la nalga y le dije:

“Mirá que estás buena, Mary”

Respondió más por cumplir con las formas que por desagrado:

“Pórtese bien, que le diré a su abuela cuando regrese” , pero siguió meneándome el culo delante de mis narices.

Ello me alentó a avanzar un poco más y ya no fue una palmadita, sino una más prolongada sobada en las nalgas:

Ella, sin quitarme la mano, me dijo:

“Mire niño que ese juguete no es para usted, que le queda grande”

Para que ese comentario, me sonó a desafío, lo que me obligó a retrucarle:

“El que te va a quedar grande va a ser mi juguetito” y ahí nomás de un salto, le exhibí el amigo que tantas alegría me había proporcionado y que tan feliz había hecho a unas cuantas damas.

“Ña menmbuí….¡¡¡ -me dijo en un ininteligible guaraní- que tiene ahí el señorito¡¡¡ y sin escarceo previo adelantó la mano y comenzó a acariciarme la pija.

Eso me encendió aún más e hizo que el tronco se pusiera duro y caliente como una barra de hierro templándose.

La manito de la Mary no alcanzaba para tomar todo el ancho de mi polla y la lujuria se expresó en sus ojos patéticamente.

Tenía la boca entreabierta y se pasaba la lengua alrededor de los labio, barnizando con saliva ese morro carmesí y abundante.

Me acerque y me metí la lengua en la boca, la que comenzó a succionar de tal manera que pensé me la arrancaba.

Mi princesa guaraní era una verdadera guerrera.

Ejerciendo presión hacia abajo, con la palma de mi mano sobre su coronilla, le sugerí que se tragase toda la pija.

Cumplidita como era, no tenía ningún reparo en hacerlo pero, al intentar engullirla, el diámetro de mi miembro le impidió hacerlo de un intento. Mejor para mí, pues me hizo sentar sobre la cama, ella se arrodilló sobre el pavimento, tomó mi verga con ambas mano y comenzó a lamerle la punta primero, luego los flancos de arriba abajo, llegando a los testículo, y de abajo arriba, culminando la cabeza y así en forma permanente.

Luego, escupió la pija con espesa y caliente saliva y comenzó a pajearme de modo tal que los ojos se me pusieron en blanco al rato.

Cuando previó que iba a acabar me dijo:

“Espere che mba´e tuicha tapi´a – algo así como “mi gran pijudo”- yo le voy a enseñar…” y acercó su culazo a mi cara diciéndome “ya que te gusta olerme, oleme che patrón” poniendo su raja sobre mi nariz, y haciendo que el Madame Rochas sea un tufo comparado con la fragancia feromónica de su orto y de su concha.

Luego de haber absorvido con mi naríz su bálsamo, use las manos, o mejor dicho los dados y comprobé como su peludo coño estaba completamente mojado, por la baba espesa y caliente de sus fluídos los que desparramé hacia por los labios superiores e inferiores de esa vagína aborigen que tanto deseaba.

Ese mismo jugo de concha lo saborée con la punta de mi lengua y con el resto lubrique la puerta del ojete. Con la yema de dos dedos hacía círculos por sus esfínteres, arrancándole suspiros de aprobación. Ello me animó a ir más adelante y, despacito, introducir esos mismos dedos en el culito apretado y marrón de la Mary.

Sentí como los dedos eran absorbidos por su ano, como si fueran dos pececitos deglutidos por una anémona. Los músculos de su culo empujaban mis dedos para adentro y se me hizo que a mi empleadita, le encantaría que me la enculara hasta los huevos.

Le dije:

“Te gustaría tener mi chipote dentro de tu ojete???”

“Si pero me va a doler mucho, la tiene muy grandota” me respondió.

Demás está decir, que lo único que escuche es el “si”, sin importarme un bledo el “pero”.

Así que la tomé de la cintura, la puse en cuatro sobre mi cama, con la cabeza mirando la pared y contemple es culazo como quien admira al David de Michelangelo. Lo miré de todos los ángulos, fue un paneo minucioso, acompañado por una manoseada de comprobación que le erizó los vellos a ella y a mí.

Tenía el ano lubricado y dilatado, así que no lo dudé, apoyé la punta de la chota en su culo y le dí un empujón:

Se escucho:

“Ayyyyyyyyyyyy…. Que me duele, no sea animal…. Despacito, la quiero adentro pero sin lastimarme”

Con el segundo intento fui más delicado… nuevamente lubriqué el ojete, ayudado por un gel íntimo, el que lo unté con unción en su culo y a lo largo de toda mi chota.

Ahora estaba bien resbalosa, por lo cual, tomé la pija con las dos manos y la guié. Esta vez sentí como los esfínteres cedían lentamente y se deglutían la punta de la cabeza primero y luego el resto del glande. Ya había pasado lo más difícil, por lo que introduje un par de centímetros más del tronco en el culo.

“Uhhhhhh, ahora siiiiiiii, dale pecarí…….. hacele la colita a la Mary….” Decía, mientras meneaba el orto en círculos con la poronga adentro.

Yo seguí echando aceite en el tronco, de manera de lubricarlo aún más y continuaba presionando para que se introdujera en enterita en su cuerpo.

Ese culo majestuoso apretaba mi pija como si fuere un puño cerrado, una sensación indescriptible.

Le comencé a dar bomba, meta y ponga primero lento y luego más y más veloz y ella que me decía:

“Daleeeeee ….. quiero toda la poronnnnnnga adentro….. rompeme el culoooooooo …. Daleeeee”

Sentí que me corría, se la saque del culo para hacer durar más el goce y observé como el orto le había quedado más dilatado que un hoyo de golf.

La recosté boca arriba en la cama, y le comencé a pegar una chupada de concha voraz, me metía en la boca sus labios y jugaba con mi lengua en su clítoris. Se vino no menos de tres veces, bañando mi cara con sus jugos e impregnándome de ese olor a hembra caliente.

Mientras la chupaba, me continuaba haciendo una terrible paja, hasta que sentí, nuevamente, como la leche me subía por los huevos y se encaminaba hacia la chota, a punto de acaba me incorporé, acerqué la verga a su cara y descargué en tres, cuatro, cinco latigazos, toda la leche espesa y blanca que salía de mi interior.

“Grrrrrrr…... ahhhhhhh….. chupatela todaaaaaa …. putita” le decía, mientras ella, con la punta de la lengua se limpiaba hasta donde podía, tragándose el semen que había derramado en su rostro.

Luego tomó la pija semi erguida con ambas manos y se daba pequeños golpecitos en la cara.

Eso, a los pocos minutos, volvió a empalarme.

La Mary era, indudablemente, una viciosa, pues luego de todas las veces que había acabado, quería más.

Me dijo:

“Usted recuéstese y déjeme hacer” y se colocó de espaldas, puso las plantas de los pies a los costados de mis caderas, calculó con precisión la ubicación de sus orificios y con ambos labios de su cálida y húmeda concha envolvió toda mi chota. Primero se metió la cabeza y se meneaba de un lado al otro y luego la totalidad de la polla gimendo y gritando de placer.

Comenzó a hacer sentadillas con mi verga entera dentro de su cuerpo, cada vez mas rápida y violentamente, mientras sentía sus espasmos y sus gritos.

Yo transpiraba y jadeaba como un poseído y todo lo que quería era abrirle un surco con mi poronga.

Hasta que no di más y eché otro prolongado lechazo, el que junto a los jugos de su concha, resbaló hacia abajo, mojándole las piernas, mi pelvis y mis huevos.

Exhaustos, quedamos un rato tirados un al lado del otro sobre mi cama.

Luego, me regaló las bragas y me dijo:

“Tome, guardelas como recuerdo y hágase unas cuantas pajas a mi salud y hasta que lo deje que me atienda”

Como siempre fui un tipo obediente, le hice caso y con bastante frecuencia visitaba en baño con la bombacha de la Mary escondida en el bolsillo.

Tano Feroz








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