Éramos jóvenes, tan jóvenes que no hacía mucho tiempo habíamos descubierto los placeres del sexo y siempre buscábamos nuevas formas de depravación… Ambas comenzamos por probarlo con un chico, pero yo por esa época ya notaba algo… Notaba como me quedaba mirando a algunas mujeres, miraba sus culos cuando subían por las escaleras del metro delante de mí, sus pezones erectos cuando iba a la playa… No obstante el deseo no era tanto como cuando veía a un tío marcando paquete o como cuando me...
imaginaba a mi profe de gimnasia con la polla dura. ¿Qué significaba eso? ¿Tenía curiosidad por enrollarme con otra tía o es que me molaban los coños y las pollas, pero éstas me ponían más? La duda no podía tardar en resolverse.
Era un tórrido día de junio cuando me preparaba para salir al día siguiente de vacaciones, iba a ir con mis padres, pero llamé a mi amiga de toda la vida Sonia. Ella vendría esa noche a dormir, pues saldríamos muy temprano.
Después de cenar nos fuimos a mi habitación, desde siempre dormíamos juntas, cuando éramos pequeñas nos contábamos nuestros secretos y así seguía siendo… Sólo que ya no soñábamos con ser princesas, soñábamos con el polvo perfecto, contándonos nuestro último folleteo, muy bajito, en susurros, para que mis padres ultracatólicos no supieran a qué se dedicaba su recta y casta hija.
Allí estaba yo, con ella, desvistiéndonos para dormir. No podía dejar de mirarla de reojo, su pelo largo y rubio cayendo por su espalda, sus pechos al fin liberados del sujetador y quitándose esos ajustados pantalones mostrando un diminuto tanga rojo. Menudo espectáculo, ya quisieran muchas tener esas curvas. Mientras temía quitarme la falda que llevaba por si ella notaba que tenía las braguitas completamente mojadas ella se puso un camisón… corto, tan corto que casi se podían ver sus glúteos, su tela roja, suave y brillante se pegaba a su cuerpo… y era mi perdición. Quería decírselo, decirla cómo me ponía, que quería follarla toda la noche y correrme junto a ella, pero no podía, a pesar de nuestra sinceridad, de contarnos nuestras correterías sexuales me veía incapaz de decírselo, no sabía cómo reaccionaría, no sabía si dejaría de querer dormir a mi lado. Por fin me decidí cambiarme, intenté pensar en otra cosa, pero al mismo tiempo fantaseaba con sus verdes ojos, tan dulces y lascivos a la vez, recorriendo mi cuerpo, que se acercaría a mí y me retiraría mi rizado pelo negro para poder lamerme el cuello… Pero eso no pasó y nos encontrábamos en la cama, ella con su delicioso camisón, yo en braguitas y camiseta de tirantes. Ella estaba tan cerca, notaba su calor, apenas había un centímetro de separación entre nuestros pechos…
-Silvia, te noto tensa, ¿qué pasa?- Me susurró con esa voz de línea erótica
-Nada, estoy bien.
- Tengo algo que contarte del campamento…
Madre mía, el campamento católico para chicas al que la obligaron ir sus padres. Ella detestaba la idea, me decía que si hubiera chicos a los que follase la valdría, pero que ella pasaba de estar sólo con chicas. Esa revelación hizo que me cortara aún más el hablarla de mi terrible atracción por ella, pero también me ayudaba a fantasear cada noche con orgías lésbicas en medio de un bosque…
-…Al principio no me gustaba- continuó hablando-, hasta que conocí a Alicia, una monitora del campamento… Ella fue mi primer polvo lésbico.
DIOOOOOOOOOOOOSSSSS, por un momento creí que iba a correrme de tal forma que llegaría a morir. Me puse aún más tensa, todo por no abalanzarme hacía ese exquisito cuerpo; mis manos, mis tetas, mi coñete… todo mi cuerpo tenía sed de ella. Cerré los ojos y respiré profundamente…
-Clara, me encantaría probar tu cuerpo…
Me cogió de la cintura y se acercó a mí, notaba como nuestros pechos se acariciaban y me besó, muy suave y sin lengua, hasta que comenzó a sacarla para acariciar mis labios, y yo saqué la mía… Nuestras lenguas se gustaban, nosotras estábamos cada vez más calientes. Comencé a acariciarla el cuello, ella subía su mano por mi espalda y de repente me estrechó contra su cuerpo y metió su lengua hasta lo más profundo de mi boca; nuestros pechos se aplastaban, nuestras piernas se acariciaban. ¡Qué maravilla! ¡Qué suavidad! ¡Qué divertido era jugar en esas curvas! Conseguía que me retorciera de placer, notaba que cada vez estaba más mojada.
Entonces ella se incorporó y encendió la luz “Follarte con la luz apagada es pecado mortal”, me susurró con una sonrisa en su dulce y carnosa boca.
Se tumbó sobre mí, podía notar el calor de su hermoso cuerpo, sus pechos contra los míos, nuestras caderas moviéndose al ritmo que nuestra excitación iba en aumento. Nos besábamos, ella llevó su boca a mi mejilla y me la mordió, ni muy suave ni muy fuerte, ejercía la suficiente presión como para hacerme lanzar un profundo gemido de placer, luego la lamió y la volvió a morder. Fue lentamente hasta mi cuello, lo recorría con su lengua, iba bajando lentamente, dando de vez en cuando uno de esos mordisquitos que me hacían perder la cabeza, no podía parar de gemir… Seguía bajando; hombro, clavícula… hasta que llegó a mis pechos, mordiendo por encima de la camiseta. Me tomó de las manos y se incorporó, obligándome a mí también a levantarme, era como una muñeca que se encontraba a merced de sus deseos, y me quitó la camiseta. Su mirada se encendió con la visión de mis pechos, sonrió y se abalanzó como una fiera hacia ellos, me los lamía, jugaba con la punta de su lengua sobre mis pezones, nunca olvidaré esos mordiscos, jamás había gemido de esa manera… Mis manos, que estaban una en su cabeza para asegurarme que no abandonara mis tetas y la otra en su espalda, bajaron para subirle el camisón, ella con esa sonrisa diabólicamente excitante levantó los brazos para dejar que desnudara su cuerpo… y sus pechos, mi perdición….
-Tus pechos… Me vuelven loca…. Perfectos- Logré murmurar entre gemidos.
-Los tuyos son más grandes- Me contestó ella entre gemidos
Me reí y ella me siguió, era tan preciosa… La tumbé y me recosté sobre ella, comencé a moverme de atrás hacia delante, haciendo que nuestras tetas se frotaran, pero no tardé en llevar mi boca hacia su pezón izquierdo, lo lamí, tan duro, tan suave, tan delicioso… acaricié con mi mano derecha su otro pecho, luego bajé al estomago… hasta llegar a su vulva, aún tapado con el tanga se podía notar toda su lubricación, pudiendo comprobar que estaba tan excitada como yo. A ella le gustaba cómo se la frotaba, sus gemidos subieron mientras me agarraba el glúteo con su mano izquierda, me clavaba las uñas y a mí eso me excitaba aún más, por lo que decidí meter mi mano en el tanga, madre mía jamás volví a sentir un coñito como ese, tan empapado, tan caliente… Acerqué mi entrepierna a ella, Sonia supo inmediatamente lo que yo quería… Metió su mano bajo mis braguitas y sentí como se sumergía en mi mar para acariciar mi clítoris.
-No sé qué hacemos aún con estas cosas puestas…-me dijo mientras me bajaba las braguitas. Luego se quitó el tanga y me lo puso en la boca “para que no hiciera ruido”.
Me hizo abrir de piernas y acercó su excitante vagina a la mía y frotamos, nuestros clítoris disfrutaban como locos. Entonces me quité su tanga de la boca y la pedí que chupara. Con una sonrisa desentrelazó sus piernas de las mía y me comenzó a chupar mi coñito, su lengua acariciaba mi clítoris formando círculos a su alrededor, succionándolo, metiéndome los dedos bien adentro… Me levanté y me tumbé sobre ella con la boca en su entrepierna, ambas dándonos placer oral, cada vez estábamos más calientes, nuestros gemidos se amortiguaban gracias a que una hundía la cara en el coño de la otra. Yo creía que iba a estallar… Hasta que me corrí en su cara (y no parecía que la molestara), por supuesto, continué chupándola gustosa hasta que sentí cómo se corría…
Como nos encantó todo lo que habíamos hecho, pasamos un buen tiempo besándonos y retirando nuestras corridas a lengüetazos hasta que, casi vencida por el sueño escuché su susurro:
-Va a ser un verano interesante.
Y lo fue.
me enkant0 tu relat jala puedaz k0ntarn0z ke maz paz0 durante eze veran0
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