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El Club de las Orgías Capítulo 1

Enviado por sadiclove el 4/3/2010

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El Club de las Orgías Capítulo 1 Publicado el 04/03/2010, por: sadiclove

- ¿Cómo está?
- Listo y despertando. Le hicimos un buen lavado por dentro y por fuera, el relajante ya está, si hasta se puede comer encima, aunque creo que nuestros dignos invitados preferirán comer otra cosa… jajajajajaja. Hoy vamos a echarnos una fortuna a los bolsillos.
- Bien, -su asistente sin duda tenía bastante de sádico, pero de cierta forma, eso solía ser muy útil para el negocio- aunque no envidio su suerte. En fin, hora de comenzar el espectáculo.

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/> Ataviado con un frac, como si aquello que iba a suceder en ese lugar fuera realmente una obra de teatro, el tipo entró en el habitáculo circular, pulsando el control remoto para que las ventanas de los veinte palcos se abrieran, sin levantar aún la cortina tubular central que ocultaba al “invitado” de la noche. Aunque los vidrios eran polarizados, él conocía bien las identidades de cada uno de los espectadores presentes esa noche, sin contar con el video-contrato de confidencialidad que persuadía a cualquiera de querer delatarlo a él o al resto de los parroquianos. Personalmente había preparado la lista para ese día, en especial desde que supo que no conseguiría nada esa vez ni con jugosas ofertas de dinero, ni con ninguna clase de chantaje.

El “Club de las Orgías” había sido su idea y lo estaba convirtiendo rápidamente en millonario. Sus clientes pertenecían exclusivamente a la clase social más alta, personas dispuestas a desembolsar verdaderas fortunas con tal de cumplir los deseos que el dinero a veces no logra satisfacer, en especial por falta de encanto, talento o belleza, e incluso, algunas veces porque nadie haría voluntaria y libremente algo tan depravado.

Por su “escenario” circular habían pasado ya varias de las personas más bellas y deseadas del planeta, entre actores, deportistas, políticos, etcétera, tanto mujeres como hombres. Según su filosofía, todo el mundo tenía un precio… o algo que ocultar. Y aprovechándose de eso, conseguía hacer caer en su juego a quien su público exigiera.

Tras seis meses en operaciones, descubrió que la perversión humana tenía pocos límites, si no es que ninguno, negándose a complacer a su audiencia únicamente cuando los requerimientos de edad o salud del “invitado” eran inapropiados. Por tanto cuando semana tras semana en las tarjetas de solicitud se repitió sin cesar un nombre que no violaba ninguna de esas dos reglas, Edgar Hudson supo que debía conseguir a cualquier precio satisfacer a su clientela. El problema fue que, utilizando los métodos de costumbre para valorar la voluntad de acceder de su “mercancía”, supo que no podría tentarlo con dinero y no había forma alguna de chantajearlo, pues al tipo le importaba un bledo que dijeran lo que quisieran de él, incluso que lo probaran y, encima, no tenía una familia que proteger de las habladurías. Por tanto, por primera vez el club presentaría verdadero sexo no consentido, ya que dos días atrás habían tenido que raptarlo.

- Señoras y señores, la casa tiene el honor de haberlos invitado esta noche a probar un “platillo” especial. Estoy seguro que todos van a llevarse una grata sorpresa al saber de quien se trata nuestro “invitado” de hoy. Debo advertir que por causas ajenas a nuestra voluntad y en el sólo espíritu de complacerlos, la sesión de esta noche será forzada absolutamente. Nuestro huésped no sabe donde está ni lo que le espera, por tanto por el momento no existe indicio ninguno de que consienta en lo que aquí va a suceder, por lo que nos disculpamos de antemano por las demoras que se puedan producir al tener que “acomodarlo” apropiadamente para darles a ustedes en el gusto y, como es obvio, deberemos mantenerlo sujeto para evitarles a ustedes cualquier peligro o impedimento para disfrutar de su presencia…-por el audífono podía escuchar las conversaciones en las cabinas y supo que el hecho de violentar a su víctima había despertado ansiedades aún más viles en el excéntrico grupo al que había citado- Dadas las circunstancias, debo hacer algunas advertencias e indicar una nueva lista de precios, pero antes de que comiencen a realizar sus transferencias y que se entregue el orden del servicio, seguramente querrán saber quien es nuestro misterioso invitado, ¿cierto?

En todas las pantallas sobre las ventanas de las cabinas apareció un SI, algunos acompañados de frases apremiantes y comentarios morbosos.

- Muy bien.-el hombre se volteó y apuntó su control remoto hacia el centro del “escenario”, alzándose lentamente la cortina para ir dejando ver a un hombre alto, de contextura atlética, vestido como era costumbre, con un elegante traje de noche, con los pies y las manos, que revelaban el tono bronceado de su piel, esposadas a una estructura metálica, con la cabeza caída sobre el pecho, su media melena oscura cubriéndole el rostro, semiconsciente. El barullo que escuchaba por el audífono era tal que estuvo a punto de tener que quitárselo. Los chacales estaban hambrientos y ese hermoso botín los estaba descontrolando, convirtiéndose por un segundo el ruido en un silencio sepulcral al apretar otro botón para que un suave golpe eléctrico despertara a la atracción principal, amordazado y con una expresión de furia en sus profundos ojos azules- Con ustedes el famoso escritor Kenneth Weiss.

El griterío venido del audífono era ensordecedor. Las pantallas se llenaron de mensajes y ofertas. Y no era para menos. Kenneth Weiss era la encarnación de la belleza masculina, el hombre que en pocos meses había pasado de ser un desconocido a publicar de golpe varios best Sellers que ya tenía escritos desde hace tiempo. Pero lo más interesante para ese público era su atractivo físico. Medía cerca del metro noventa, piel mate, músculos sutilmente definidos, el pelo castaño oscuro le caía en ondas por sobre el cuello de la camisa enmarcado un rostro excesivamente hermoso, de nariz recta y labios llenos, sensuales, con tupidas y largas pestañas oscuras como telón para los ojos más divinos y de mirada más inquietantemente misteriosa y seductora que se hubieran visto en años en aquel círculo cínico y hastiado, azules e insolentes.

Curtido en el rigor de provenir de una familia pobre ya desaparecida, trabajando de sol a sol para subsistir antes de que sus escritos fueran devorados por millones de personas en el mundo, cuando el paraíso de los millonarios le abrió sus puertas gustoso con toda su pompa, sus lujos sin sentido y sus mujerzuelas extremadamente costosas, él no había demostrado el más mínimo interés, dando apenas unas pocas entrevistas que le habían valido el poco emocionante título para él de “el Hombre más Sensual e Indomable del Mundo”. Pero precisamente domarlo era el deseo de la mayoría de los presentes. No sólo eso. La idea de verlo humillado y doblegado, gozando de su cuerpo forzadamente excitaba al grupo que con toda intención había sido invitado a aquel espectacular festín.

El veía alrededor sin comprender del todo lo que sucedía, tratando de abrir las esposas para liberarse, notando con horror que sus músculos le respondían escasamente, de seguro por efecto de algún narcótico. Cualquier duda que tuviera quedaría resuelta al escuchar el reglamento y la lista de precios.

- Bueno, me alegra ver que, como siempre, el club da en el gusto a sus miembros, trayéndoles lo mejor de lo mejor. Para hoy las reglas son las siguientes: primero el remate inicial, siendo nuestro invitado absolutamente heterosexual a sus treinticuatro años, será sobre el desquinte…

Kenneth había escuchado esa palabra alguna vez, intentando encontrarle un significado en su mente, sin embargo no fue necesario al leer los mensajes en algunas de las pantallas que tenía en frente, momento preciso en que Edgar se volteó a verlo, sintiendo algo de lástima al notar que había palidecido de golpe. Algún degenerado o degenerados tras esos vidrios polarizados estaban dispuestos a gastar una fortuna por sodomizarlo.

Recuperando algo de fuerza volvió a revolverse y agitarse, intentando librarse de la sumisión de las esposas, logrando sólo herirse las muñecas y los tobillos, enardeciendo más a la turba que gozaba con deleite de su martirio.

En ese momento entraron una chica y un muchacho escasamente vestidos con unas tijeras y una navaja respectivamente, ambos andróginamente atractivos, que se sentaron a sus pies para comenzar lenta y sugestivamente a desvestirlo, cortando sin remordimientos su traje después de quitarle los zapatos. La chica se inclinó para besarle los pies y refregarse contra su pierna, mientras el muchacho continuó, rasgando por completo los pantalones, dejando que su lengua humedeciera justo sobre su sexo la tela de algodón negro del boxer que le habían puesto, bajo la fúrica y asqueada mirada de Kenneth y la risa perversa del chico que frotó en respuesta la cara en su entrepierna.

- Bien, hoy todos y todas querrán tener su parte de acción, ¿no es cierto? Por lo que, a mis amigos adictos a los jueguitos sádicos, les advierto que sólo se permitirán algunos latigazos suaves, un poco de cera de velas, algo de bondage y los juguetes que nosotros autoricemos, incluido un tester eléctrico con una dosis baja…

Edgar conocía ya bien su negocio, volviéndose para acariciar casi con cariño la cabeza de Kenneth como si mimara a su más fino potro de carreras para calmarlo durante su subasta, logrando precisamente lo opuesto. Los jovencitos no dejaban de tocarlo y lamerlo por todo el cuerpo luego de desnudarlo por completo, salvo por el boxer, mientras él no dejaba de luchar para liberarse sin el menor resultado por lo debilitado que estaba. Sabía que trastornar y asustar a la “presa” con sus palabras y gestos ponía más generosos a los enardecidos “cazadores”.

- Shhhhh, tranquilo, hermoso. Edgar no dejará que te lastimen… no demasiado. Te advierto que sólo vas a conseguir hacerte daño si insistes en oponerte a esto, porque antes de despertar te inyectamos un potente relajante muscular que te va a quitar lo rebelde, pero no te preocupes, no te inhibirá ni gota de tu sensibilidad.

Kenneth lo miraba lleno de odio, más aún cuando el hombre se tomó la libertad de meter la mano bajo el boxer y acariciarle evidentemente el trasero, comentando sobre lo duro que era y lo cerrado que estaba, siguiendo para coger su miembro y manosearlo rudamente, prometiendo un magnífico ejemplar cuando solicitaran que lo tuviera duro y preparado para su público. Un fortísimo dolor de cabeza latía en sus sienes ante toda la rabia y la impotencia que sentía y que no podía liberar. Nunca un hombre lo había manoseado y humillado. Nunca lo habría permitido. Y ese sólo era el comienzo de su tortura.

- Bueno, el remate comienza con veinte mil…

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Categoría: No Consentido | Comentarios: 0 | Visto: 6512 veces

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