El martes desperté más temprano porque un rayo de luz me cortaba la cara, eran más de la siete de la mañana. Mónica dormía como un angelito, acurrucada y soberbia. De repente vibró el celular y advertí que fuera un mensaje para Mónica. La miré y le besé la frente. Te amo le dije susurrando en el oído. Cogí el teléfono y lo abrí. ¿Cómo estás gorda? decía en el mensaje, pensé que se habían equivocado porque Mónica de gorda no tiene nada. Comprobé que el número era desconocido. La contemplé con...
cierta preocupación y dejé el celular en la mesa de noche.
De cuando en cuando, sin que se diera cuenta, le revisaba los mensajes; algunos que otros eran de amigos y familiares. Pero hubo uno que se repetía los días martes y viernes, siempre a la misma hora. La casualidad me partía el alma. Un viernes por la tarde cuando llegué del trabajo, más temprano que de costumbre —caí en la cuenta meses después— sospeché que algo sucedía. Abrí el frigorífico y comí un emparedado y como me había ahogado con la comida, salí en busca de una gaseosa. Pues cuando volví media horas más tarde, Mónica simulaba preparar algo para la cena. La saludé con beso apasionado en la boca y nos fuimos al supermercado. La pasión que me llevaba recorrer y comparar precios de los artículos en exposición, me satisface bastante. Más que nada los electrónicos. En cambio para Mónica es todo lo contrario, nada le conformaba. Pero ese día estuvo muy entusiasmada —motivada o excitada, diría— no sé si era la noche que se prestaba o fue por la fecha de cobro. Y sin embargo cuando ingresamos, en las primeras góndolas se desbordaban de gentes por las ofertas del día. Pasamos a empujones —eso es lo que creí hasta ese momento— aunque seguí caminando y vociferando a los cuatro vientos creyendo que Mónica estaba junto a mí.
No obstante me dí cuenta que estaba solo. No sé dónde se había metido, de manera que me quedé asustado. Mientras la buscaba por el laberinto humano logré encontrarla en el sector de lencerías. Pues ¡Me llevé la gran sorpresa! Un hombre desconocido —hasta ese momento para mí— la tomaba de las manos. Ella gesticulaba reclamando no sé qué y lo abrazaba. Traté de ocultarme entre la gente. Contemplaba la escena y me sentía un espectador más. Comencé a temblar. No sabía si ir a pegarle una trompada al desconocido o salir corriendo. Solo pude escabullirme entre la gente y las góndolas y aparecer como si no hubiese pasado nada. Mónica sorprendida me abrazó y me presentó al desconocido. Lo saludé con un apretón de manos y se presentó como Alejandro, compañero de trabajo.
Después de esa noche, su actitud cambió totalmente, fue más exigente. La notaba más nerviosa y se comportaba como una niña caprichosa. Por las noches antes de acostarnos, se retiraba al baño y tardaba bastante tiempo en regresar al dormitorio. Pocas veces teníamos sexo y antes de tenerlo se excusaba que estaba casada o me reclamaba porqué acababa rápido. Así que decidí espiar el celular para encontrar alguna evidencia, pero era inútil porque borraba todos los mensajes. Un sábado por la tarde se había empecinado en ir al cine y para no pelear la acompañé sin dar motivo alguno para que no fuera malhumorada. Me llamó la atención —antes de salir— pues cuando —sorpresivamente— entré en la habitación y la miré como se había producido sensualmente. El sostén negro con encajes, el hilo dental negro se perdía en la raja del culo, y las medias de lycra negra cubrían sus bellas piernas. Me contempló con cierto desdén. Te gusta, me lo dijo y giró media vuelta. Sí… me encanta!... le respondí. Pero ¿no vas a ir así? le pregunté. ¿Estás loco? veo que me pongo encima porque hace mucho frío, respondió.
Tal como lo había premeditado, salió del dormitorio con un tapado que otrora se lo había regalado mi suegra. Con el propósito de continuar su plan, dispuse de mí simpatía para con ella a que eligiera la película. La muy astuta se decidió por una de acción. A lo que yo disimulé mucho entusiasmo. No obstante, en la previa del comienzo de la película, en el salón central pude reconocer al compañero de trabajo de mi esposa, el tal Alejandro, quien fuera acompañado por su mujer por lo que pude advertir. Pocos minutos después ambas parejas nos cruzamos y estrechamos saludos. Sin embargo, antes de entrar al recinto, Alejandro y yo, ingresamos al baño. Pues en cuanto no encontré lugar para orinar, esperé a que alguno saliera de los mingitorios. Sólo el hecho de que el lugar disponible fuera pegado al compañero de Mónica, sentí un escalofrío en todo el cuerpo. En cierta forma pude contemplar sin ser visto por Alejandro, la tremenda verga que lleva entre las piernas. Pensé, creo que hasta hoy, nunca había visto tan grande miembro. Creo que ninguna mujer se atrevería a perder, si es que tiene la oportunidad de encontrar algo tan grande, a tragarse esa hermosa verga. No es que me gusten las vergas, pero la de Alejandro era o es algo nunca visto desde que tengo uso de razón.
Pues con el objetivo de concluir con el plan —sin duda a mí me calentaba— en común acuerdo elegimos la penúltima fila para tener mejor disponibilidad visual y comodidad de salir rápido del lugar. A los diez minutos de haber comenzado la película, pude ver que el celular de Mónica se había encendido. Abrazados como dos siameses, me susurró al oído, que iría al baño por le había venido la menstruación. A pesar de que sabía que mentía, le seguí el juego. En cuanto se perdió en la oscuridad, me di cuenta que había dejado el celular en el asiento.
Lo abrí y en el mensaje decía: ‘te espero el baño de hombres’. Al ver el texto salí enfurecido y entre sin hacer ruido. Pude localizar dónde se escondían. Hice que cerraba la puerta y me quedé un momento en silencio. Pasaron segundos, y escuché gemidos hacia el final del pasillo. Suavemente entre uno de los compartimientos. Me subí arriba del inodoro y pude contemplar a Mónica dándole la espalda a Alejandro. Apreté los dientes con fuerza. Los conocí por las ropas. Tal morbosidad me llevo hacía el arrepentimiento, en vano hacía la locura. Me tomé del cabello, quise arrancármelo. Pero me sentía lleno. Completamente lleno. Creo que la situación me golpeo el pecho. Mientras los miraba mi verga empezó a endurecerse. Los gemidos —creo que fueron más de sufrimiento que de placer— me provocaron una sensación que antes no había tenido. Puesto que no lo dudé y me bajé el cierre del pantalón y empecé a pajearme. Veía que Mónica se arqueaba cada vez más y más. Entregaba todo su enorme culo.
Por momentos me gustaba disfrutar, aunque me dolía en el alma. Quedé tieso, se me entumecieron los brazos y las piernas pero logré descargar toda mi leche acumulada hasta sentir un fuerte dolor de la cabeza. Después que hube regresado a mi asiento. Mónica me regañó porque me había ausentado mucho tiempo. Yo la contemplé y me encogí de hombros. Salimos y no hablamos palabra alguna.
Dado que al día siguiente nos levantamos temprano y conversamos como si no hubiese pasado nada, asimismo tengo que reconocer que lo que ocurrió ayer noche, me gusto hasta cierto punto. Desde la esquina de la mesa la miraba extraña. Se sentó, y me miró y frunció el entrecejo.
tremendo pendejo que eres yo veo q le asen eso ami mujer le doy en la madrel al cabron que sea
q pendejo animal tan estupido sos si seras pendejo como vas a ver q le metan la verga atu mujer sin acer nada eso significa q no te kiere pendejo entonces dejala y q el otro le siga metiendo la verga y vos no te da ni a oler si sreas el mas vivo de la familia animal
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