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La primera comunión

Enviado por Bangabandu el 31/10/2009

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La primera comunión Publicado el 31/10/2009, por: Bangabandu

Después de someterse a los abusos del diputado, Martha acepta su propuesta de un matrimonio de interés, él para tenerla siempre disponible al sexo. Ella acepta para mejorar su posición. Parte de su vida en sociedad es ir a la primera comunión del hijo de un influyente. El diputado arregla un trato, para usar a su flamante esposa de una manera muy particular.

-Mh... mh...

En la cama, sólo con medias puestas, Martha abría las piernas con el diputado encima,...

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recibiendo una penetración lenta y rigurosa. A su lado, en el colchón reposaba la foto de un chico pecoso y peinado con fleco.

-Mh, mh... para qué quieres que sea su madrina... mh...
-Ábrete más... así... es maniobra–respondió él, clavándole el miembro-... eso...
-¡Ohh...! –Martha hizo un rictus- ¡Ya sé qué son esas maniobras...! ¡Ohh...!
-¿Ya sabes? Toma, jmm... -el miembro entraba y salía de la vagina.
-¡El senador, anoche...! –Martha se crispó, separando más las piernas- ¡Hiciste que me cogiera, Renato... fue mucho... ooh...!
-Te oí gritando en la cama.
-¡Siempre hago eso con tus colegas! –reprochó ella- ¡Me ordenas que los complazca... ooh...!
-Esta vez es pura política –el diputado bebió de una copa de champaña-, para posicionarnos con su familia.
-¡... ese chico tiene cara de malandrín...! ¡Mh...! ¡No vayas a hacer que me coja... ah!
-Esta vez no... muévete, eso... su papá será jefe del Partido... ábrete más, así... -el diputado eyaculó en la vagina de Martha.
-¡Está bien! –ella sacudió las caderas frenéticamente- ¡Ahh, ahh!

La iglesia estaba casi vacía.

En la primera banca, medio disimulada por grandes ramos detrás y a los lados, un chico pecoso, de traje blanco y con cara de pilluelo, se sentó junto a Martha.

-Te presento a José... bueno, pepe –sonrió el diputado-, todos le dicen pepito.

Pepito se acomodó en la banca y sus padrinos al lado, viendo descaradamente las piernas de Martha. El diputado pasó un brazo por los hombros de ella.

-Y bien, pepito, ¿cómo ves a tu madrina?
-¡Bien, padrino –el chico la miró libidinoso, de arriba abajo, llegando a los senos-, es muy guapa, oao!
-Eso digo yo. Además tiene buen cuerpo, ¿ya la viste bien?
-¡Renato...! –protestó Martha.
-¡Oh sí! ¡Está buenísima! ¡Qué tetas! Y las nalgas... ¡oao!
-Renato... ¡cómo permites que este mocoso me hable así!
-Es cierto, pepito, las para bien... no sabes cómo grita.
-¡Renato, basta!
-Mira, pepito, te voy a enseñar a tu madrina.

El diputado jaló la prenda hacia arriba, sorprendiendo a su esposa, que trató de levantarse.
-¡Renato, qué haces...! ¡No me subas la falda!

La señora veía hacia atrás, tratando de detener a su esposo, que le alzaba la falda.

-¡Delante del chico no, Renato...!
-¡Oao... qué piernotas! -pepito sonrió al ver a su nueva madrina resistiéndose, mientras el diputado le remangaba el vestido a tirones.
-¡Hasta ahí, Renato! –pedía ella- ¡Más arriba no...! ¡El vestido es demasiado corto! -las miradas de pepito se centraron en las torneadas extremidades, mientras la señora protestaba- ¡Suéltame la falda...! ¡Se me va a ver todo, Renato...!
-... sí que está buena... oao...
-¡No me hagas enseñar las piernas...! ¡El chico me va a ver los calzones...!
-Mírala, pepito -el tipo le subió la falda hasta los muslos, mientras la señora se doblaba-. En su pueblo de Jerez, donde era una pobretona, se la metían bastante.
-¡No le digas eso!
-... así que es puta... se le ve...
-Renato... dijiste que no me obligarías a hacer esto... me mentiste –trató de levantarse-... ya sé por dónde vas...
-Ven pepito –el diputado la retuvo-, tócala.
-Renato, esto es –dijo ella sentándose de nuevo -... ¡enfermo...!
-¡Oao, sí la agarro! ¡Está buenísima!

El chico enterró los dedos en la pierna desnuda, sobando el torneado muslo. Avergonzada, Martha veía a otro lado, temerosa de que los descubrieran. El chico le sobó los muslos en medias con las dos manos, palpándolos y recorriendo sus curvas.

-Madrina... que piernotas tienes... estás bien rica... -metió una mano entre los apretados muslos.
-... no, pepito, espera -Martha se tensó, cerrando las piernas-... está llegando la gente...

Mientras los invitados ocupaban sus lugares y el diputado hablaba por teléfono, Martha estaba inclinada en la bragueta abierta de pepito. Su cabeza subía y bajaba. El chico veía al frente, frotando los muslos de la abochornada Martha. El diputado colgó.

-Abre las piernas –ordenó.
-¡Renato...! –Martha se enderezó, con las manos en las orejas.
-Oao –pepito le remangó más el vestido, descubriendo las ligas en las piernas de Martha, igual de negras que las pantaletas y las medias-... qué rica...

Ruborizada, ella tomó la muñeca del chico, que le introdujo una mano debajo de las bragas.

-No, no, pepito... ¡no me metas la mano ahí...! -la señora Gómez sofocó un gemido de temor viendo atrás, aunque los ramos los tapaban un poco- ¡Saca la mano, pepito! ¡Saca la mano!

Pepito sacudía la mano bajo las pantaletas de martha. Martha trataba de no moverse para no llamar la atención. El chico le aferraba la vagina, sacudiéndola. Llevó la mano de Martha a su erección. Involuntariamente, Martha atizó estrujones en la erección de su importante ahijado.

-¡No me agarres ahí! ¡Pepito, no me lo agarres! ¡Saca tu mano, pepito! ¡No sigas...!

Con la espalda recta y la boca en O, Martha saltaba por la mano del chico moviéndose bajo sus pantaletas.

-No, pepito, no... ooh... ooh...
-No cierres las piernas, ábrelas –susurró el diputado.
-¡Renato, tu ahijado me está agarrando...!
-Oao... lo tienes muy mojado, madrina...
-¡Renato...! -Martha volteó a su esposo- ¡Este el chico me está agarrando el...! –su mirada se perdió- me... está sobando... ¡ahí...! oh, oh -su cuello perdió fuerza-... me está sobando justo ahí... me lo –la cabeza se le aflojó, jadeando más rápido-... dile que pare, Renato, ah, dile... dile o me voy a... me estoy...

Martha se sacudió, estirando la espalda, gimiendo por lo bajo a sacudidas de un orgasmo forzado que la hizo agitar las caderas. Contrayendo la cara sofocó sus gemidos. Involutariamente apretó la mano de Pepito que se agitaba veloz. Con los espasmos, ella apretó más el miembro del chico, que eyaculó en su palma.

-¡Mhh... mhh...! –se aflojó, ruborizada.
-La hiciste venir, pepito, eres un campeón.
-¡Renato...!
-Oao... qué buena madrina me conseguiste...
-¿Verdad querida, que pepito es un campeón?
-Pruébalos –el chico llevó los dedos de Martha, mojados, a la boca de ella.
-¡Mh...! –Martha sorbió sus dedos, embadurnados del semen de pepito.

Mientras el sacristán lanzaba la perorata desde el púlpito, el chico tuvo una mano entre las piernas de Martha, que sorbía el miembro del diputado, obligada a hacerlo terminar, esxictado por el espectáculo.

Turbada, Martha acompañó al chico a recibir la comunión, esforzándose por mantener un talante piadoso. Con la mirada baja, le temblaban las piernas. También recibió la comunión, ocultando en una mano los pañuelos con los que se limpiara las eyaculaciones y donde escupiera la del diputado.

Al finalizar, los invitados salían y otros conversaban de pie en voz baja. El diputado fue a seguir cultivando sus relaciones públicas.
-Vamos a conocer –pepito sorprendió a Martha al tomarla de un brazo.

Detrás de una columna, Martha le reprendía mientras el chico volvía a meterle una mano entre las piernas, debajo del vestido.

-No, pepito, ya no me agarres...
-Tú también lo haras otra vez -el chico se bajó el cierre y expuso el miembro delante de Martha.
-Pepito... no puedo hacer eso aquí -crispada, Martha observó la rígida erección-... hace rato estábamos medio ocultos... hay gente...
-Mi padrino dijo que harías lo que yo quisiera, ¿le preguntamos?
-No -para la edad del chico, el pene era bastante grande y pensó “¡ese desgraciado es capaz de hacer que este mocoso me coja aquí! ¡Es mejor que lo haga venirse!”-... no le preguntes...

Mirando si alguien venía, Martha estiró el brazo y asió la erección con una mano.
-¡Vente, pepito! ¡Vamos, vente, agárrame...!

Por el contacto, pepito sonrió enrojeciendo de la cara. La suave mano de Martha y la firmeza de su presión le dieron un placer enorme. Su pene se hinchó en los dedos de Martha, endureciéndose.

Apoyándose en la columna y cuidando quién venía, Martha se puso a jalar la piel del prepucio, dirigiendo el pene hacia ella.
-¡Vente en mi falda! –lo urgió- ¡Ponme tu leche en la falda!

El chico apoyo las manos en las caderas de ella, levantándole el vestido. Pasó las manos por las ligas, en las medias oscuras y en la delicada piel de las piernas. Para evitar que pepito volviera a tocarle el clítoris, Martha se tomó la orilla de la falda, haciendo una envoltura con la mano. Con la tela de por medio agarró la erección, tironeándola potentemente.

-¡Échame la leche encima! ¡Rápido! ¡Échamela...! ¡Alguien va a ver lo que estoy haciendo!
-Oao... qué buenas ideas tienes...
-¡Córrete en mis bragas! –Martha le presionaba el miembro con los dedos-¡Rápido, córrete!

Ocultándose en la columna, Martha refregaba el miembro propinándole marcados apretones. La rugosa tela del vestido estimulaba la erección. Martha apoyó la cabeza en la columna, adelantando las caderas y mirando la masturbación que daba. Con la falda subida, mostraba al chico las ligas y las medias oscuras, acicateándolo.

-Vente encima de mí... córrete en mis medias... en las pantaletas... hazlo, hazlo...

La erección se hinchó anunciando la eyaculación. Al sentirla crecer en su mano, Martha la apretó más, espoleándolo a terminar.

Los ecos del grito satisfecho de pepito se oyeron por todo el lugar. Algunos buscaron el origen del ruido.

Con una mejilla apoyada en la columna, cerrando los ojos, Martha ahogó un gemido, friccionando el miembro rápidamente. Con las manos en los muslos de ella, el chico gritó de nuevo, eyaculando con abundancia. La tela de la falda de Martha se oscureció sobre la punta del miembro que palpitaba. Con el miembro pulsando entre sus dedos, Martha lo dirigió a varios lados debajo del vestido alzado. Los surtidores de semen ensuciaron las piernas de Martha y el líquido blanco le salpicó las pantaletas. Ella seguía moviéndolo y pepito gritando. El semen escurrió por las ligas y las medias oscuras, goteando por las piernas de Martha.

Cuando avergonzada, Martha se bajaba la falda sucia y pepito se subía el cierre del pantalón, el sacristán en hábito se les acercó.

-¿Qué sucede aquí, hijos?
-Es mi madrina –sonrió pepito, poniéndole una mano en la cintura.
-Eres un chicuelo muy abusivo. ¿Sabes qué puede suceder si hablo de esto?
-Sí, señor sacristán –pepito le puso en la mano, varios billetes de mil.
-También eres muy listo –el sacristán los guardó-... bueno, vete, la señora se queda un rato.

El sacristán la condujo al fondo de la iglesia.

-Tienes manchas en la ropa –dijo-, mira, los feligreses se te quedan viendo, se nota que se te vinieron en el vestido.
-¡Por favor, señor sacristán... no le diga a nadie...!
-Sospecho que me darás algo por callar lo que vi... una limosna, por ejemplo.
-¡Tome...! -Martha se quitó un anillo de brillantes y se lo tendió.
-Está bien –él comprobó lo valioso del anillo y lo guardó-, de todos modos, debemos hablar.
-¿De qué...?
-Vamos por aquí, hija mía... –la tomó de un codo.

Medio oculto en la puerta entreabierta de la sacristía, el diputado sonreía. “¡Jajá! ¡Deveras que eres una puta!” Sonrojada, Martha se entregaba al sacristán por detrás. Apoyada en una mesa dando la espalda al sujeto, tenía el vestido en las caderas y las pantaletas en los tobillos, sacudida y quejándose por la entrada del miembro en su orificio trasero. “¡Bien, este buen hombre ya nos debe un favor!” El sacristán tenía recogido el hábito, clavando el miembro entre las nalgas de Martha, que tenía cara de dolor.
-... ay... ay...

El robusto pene se hincaba en las redondas nalgas de Martha, clavándose en el orificio trasero.
-... ah, ah...
-¡Tienes apretado el culo! –él la tomaba de las caderas- ¡Qué nalgotas!
-... aah... aah...
-¡Páralas, páralas, cabrona! ¡Tengo una boda en seguida!

Martha alzó las nalgas y las juntó, apretando el miembro con la cara contraída.
-¡Te va la venida, en tu culo... oof, OOF...!

Ella mantuvo las nalgas erguidas, con el miembro dentro. La erección hundida en sus posaderas se dilató, expulsando el semen como fuente en su ano.

-¡Ohh... ohh...!
-¡Ahh...! ¡Las paras como puta, como lo que eres!
-¡Ay, ay...! –Martha sacudió las nalgas- ¡Ohh...!

Cuando el sacristán terminó, Martha siguió agitando el trasero, extrayendole hasta la última gota de semen.

-Mh –el sacristán se recuperó, dando una nalgada a Martha-... muy bien, ésa fue una buena contribución.

El sacristán se acomodó el hábito y salió. Su esposo la llevó fuera de la sacristía.

-Vamos a la residencia, tenemos una fiesta.
-Si... si eso quieres... -la señora Gómez asintió resignada.
-Oao -Pepito llegó por la espalda y tomó uno de los senos Martha-... ya quiero ver cómo las paras...
-¡Oh...!
-Irán amigos de la escuela, madrina, ¡primero te cogeré yo!
-¡Renato...! –la señora frunció el ceño, saliendo con ellos- ¡Eres un infeliz...!

La señora Gomez pasó la noche en la cama, gritando por las penetraciones de varios chicos.


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Categoría: No Consentido | Comentarios: 1 | Visto: 16631 veces

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Fotografia de keichu
keichu

Marta martita quisiera que me enseñaras a comulgar como a este chico.

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