Se susurraron al oído unos a otros, echándome un vistazo a mi atuendo y a mi cuerpo.
Pensé lo peor.
Pero todavía faltaba más.
Dirigieron su mirada hacia ti, observando primero tus botas, luego tus piernas, tus senos, hasta llegar a tu boca y tus ojos cubiertos.
--¡Déjenla!—grité.
Y con ese alarido te desperté.
Te meneaste sobresaltada al darte cuenta de que no podías moverte ni ver. Comenzaste a llamarme, a preocuparte también por mí. Agradecí eso. Te...
contesté con palabras que buscaran calmarte, aunque de poco servirían.
--¡¿Qué está pasando?! ¡¿Dónde estamos?!—fueron tus alteradas preguntas.
Te contestaron ellos, con sus voces graves y adredemente tenebrosas. Te hicieron poner más nerviosa con sus frases soeces y sus explicaciones inmorales y diabólicas a los acontecimientos.
Empezaste a temblar. Tu rostro dibujó una mueca de terror. No podías creer lo que decían que iban a hacerte.
--No tiembles, hermosa. Seguramente lo terminarás disfrutando…--acotó uno de los delincuentes.
Mis gritos desafiantes ya no eran tomados en cuenta, a nadie le importaba las amenazas huecas que podía llegar a proclamar.
Lo que siguió a continuación fue salvajemente atroz para tu decencia. Comenzaron a quitarte las botas, luego las medias, los pantalones y la remera que llevabas, dejándote solamente con tu bonito corset y tus bragas blancas. Se asombraron al ver lo sensual que lucías de esa forma, embellecida en mayor monto, según sus mentes desviadas, por tus bramidos de terror y el chirrido incesante de las cadenas oxidadas al sacudirse.
Les decías de todo, los insultabas al principio pero luego hasta llegabas a rogarles patéticamente que no te hagan nada. A lo que respondían con carcajadas malignas e improperios groseros. De un tirón, destrozaron tu corset y observaron atónitos tus senos por unos segundos, relamiéndose y susurrándose entre ellos quién sabe cuántas obscenidades.
Confesaré que yo también me paralicé al vértelos. Nunca había tenido la oportunidad de hacerlo en persona, más allá de las fotos enviadas por ti.
Cuando empezaron a tocártelos, te zamarreaste de un lado al otro, pidiendo que te soltaran y que no te tocasen. Obviamente nadie te hizo caso. Te los apretaron suavemente, además de pellizcarte los pezones, lo cual hacía que pegases un pequeño sacudón por el dolor.
Al verme con mi cara de indignidad, susto y odio, a uno de ellos se le ocurrió una idea. Miró a los demás, y al encontrar miradas afirmativas, se dirigió hacia ti y te quitó el antifaz, permitiendo finalmente que pudieras observar las figuras magnánimas de tus captores.
CONTINUARA
Debes ser un usuario registrado para poder comentar y votar
Registrate Aquí





© RelatosEroticos.com 2010 Relatos Eroticos no tiene vinculación alguna con los links exteriores , y se exime de toda responsabilidad respecto a sus contenidos. Web para uso exclusivo de adultos. Todos los relatos de RelatosEroticos.com son enviados por los navegantes y usuarios de la web.