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Silvia mi companerita de curso

Enviado por tanoferoz el 3/2/2010

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Silvia mi companerita de curso Publicado el 03/02/2010, por: tanoferoz

Como he contado en otras oportunidades, ya de pequeño, desde mi primera pubertad, he sido muy ardiente.

Decía Jorge Montes en su novela “Jeringa”, que padecía de un síndrome parecido al mío, y que seguramente sería por algún beso recibido en las bolas de parte de alguna tía, propinado mientras de bebé le cambiaba los pañales y le entalcaba los bajos.

A mi, seguramente, me paso lo mismo, y, quizá a consecuencia de ello, mis tías, primas y vecinas mayores han sido...

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las piezas de caza predilectas desde mi despertar sexual.

Sin perjuicio de la predilección por el mujeramen con mayor carga de años del suscripto, no han existido para mi barreras etarias, excepto, claro está, las que marca la ley al definir el estupro y reprimirlo

En esa inteligencia, cuando estaba terminando mis estudios primarios, alrededor de mis doce años de edad, y con los escozores en el escroto, producto de la revolución hormonal, andaba hociqueando a una vecinita, que además era compañera de grado en mi colegio.

Silvia era la niña, quien ya lucía un par de tetitas más que interesantes, en las que posaban sus libidinosas miradas los muchachos más grandes y también, por que no decirlo, algunos hombres que veían que la niña se estaba transformando en una “femme fatale”

Además de sus protuberancias superiores, mi amiguita tenía una colita abultada que sobresalía llamativamente al finalizar la espalda.

Demás está decir que mis buenas puñetas me echaba en honor a los atributos descriptos de mi colega.

Sin embargo, no me contentaba con ello y pretendía algún encuentro cercano.

Con la excusa de que además de vecinos éramos compañeros de curso, al regresar de la escuela, hacíamos la tarea juntos las más de las veces. Ora en mi casa, ora en la suya, aunque yo prefería que fuere en la suya, pues, primero, solo estaba su madre, compenetrada en sus quehacere, y, segundo, para hacer nuestro trabajo utilizábamos por lo general la intimidad de su cuarto.

Como toda mujer, aunque pequeña, ella era conciente del interés que despertaba en los machos y con típica malicia femenil, acrecentaba ese interés en mi con mensajes corporales, con actitudes, con palabras.

Lo cierto es que me tenía muy caliente, en esa edad que el mínimo detalle provoca una erección y una posterior eyaculación espontánea.

No había oportunidad en que, apenas comenzado el encuentro destinado a hacer la tarea, mi creciente pene quedara henchido, hirviente, húmedo, al punto que era in disimulable el bulto debajo de mi pantalón y la aureola que el líquido preseminal dejaba en la tela de la prenda.

Por supuesto, esto no pasaba desapercibido para Silvia, que miraba y sonreía pícaramente, provocándome, concomitantemente con el deseo, el consabido rubor propio de lasituación

Cada tarde, al terminar la tarea, acababa con un terrible dolor de huevos, producto de la erección continua y la calentura insatisfecha

Así era día tras día. No aguantaba más. Algo debía hacer. Y me decidí a hacerlo.

Un día cualquiera, mientras hacíamos la tarea, con la excusa de exhibirle un dibujo en mi carpeta cambié mi posición, y en lugar de sentarme de frente a Silvia, lo hice a su lado.

Una vez allí comencé a rozarla, disimuladamente. Acerque mi cuerpo al suyo, le hablé muy cerca de su cara, al punto de sentir su aliento en mi cara y que ella sintió el mio en la suya. Acaricié sus manos, y luego sus brazos, no advirtiendo resistencia de su parte. Al contrario, sentí que era receptiva, pues su respiración se entrecortaba y su aliente se hacía más caliente.

Intenté un paso más atrevido y posé mi mano derecha sobre su pierna izquierda, a la altura de la rodilla. Hubo una reacción, no de rechazo, sino de sorpresa, como un sobresalto de su parte, pero ningún intento de quitar mi mano. Luego, girando suavemente, coloqué mi mano zquierda sobre su pierna derecha y así tuve mis dos manos sobre los alrededores de sus tesoros.

El siguiente movimiento fue un poco más atrevido y definitorio. Estiré mi cara y la besé, tímidamente, en sus labios. Tampoco hubo rechazos. Todo era silencio y expectativa por parte de los dos. Mía, para intentar un próximo paso y no ser rechazado, de ella, por saber que más haría o intentaría hacer.

Mis manos cambiaron de posición y sin dejar de besarla sobre los labios, salieron de sobre sus piernas y se posaron sobre sus pechos. Comenzaron a sobarlos suavemente, primero y a apretarlos un poco más luego. Descubrí que no tenía corpiño o sostén y que sus pezones se endurecían y agrandaban. Mientras tanto abría mi boca y con mi lengua intenté abrir sus labios, que cedieron y permitieron mi intromisión lingual. Ella respondió a la altura de las circunstancias y su lengua se enroscó a la mía, transmitiéndonos nuestras babas copiosas y calientes.

Nuestros bajos ardían. Mi verga no aguantaba más debajo del calzoncillo, ni del pantalón, los que además estaban quedando enchastrados con un líquido viscozo y oloroso. Pero ella no iba en saga, pues de entrepierna desprendía un tufo dulce y caliente y, por lo que luego pude comprobar, sus bragas también estaban encharcadas.

Quité mis manos de sus tetitas y las moví hasta que me tomó el pito. Sin requerimiento alguno, primero lo palpó sobre el pantalón y luego con solícita actitud bajó la cremallera, abrió la bragueta, corrió el slip, y liberó mi pájaro de su jaula, tomándolo con su manita y comenzándolo a menear de arriba abajo y de un costado hacia otro

Las delicias de su caricia arrancaban de mi boca suspiros, primero, e imprecaciones luego.

Quise retribuír su faena y dirigí mis manos a su entrepierna, facilitándolo el hecho que como era propio de la época y de la edad, Silvia llevaba una falda muy corta y bastante amplia.

Con dos dedos de una mano retiré el elástico que sujetaba la braga a su pierna y con dos dedos de la otra, comencé una caricia suave por toda la raja, que a esas alturas de la tarde, estaba completamente mojada.

Tuve la ocurrencia, más que ello, la necesidad, de lamer mis dedos mojados por sus líquidos, y su néctar me supo a gloria.

Ella, quizá por reciprocidad, por curiosidad o por un resabio atávico, primero hizo lo mismo, es decir, lamió de su mano el jugo extraído de mi glande, pero luego, no conforme con ello, se agachó y comenzó, primero a dar lametazos a la cabeza de mi pito, y luego, sirviéndose del envase, se lo metió en la boca y comenzó a succionar cual si estuviera chupando un sabroso helado en cucurucho.

En compensación introduje dos dedos en su tierna vagina y comencé un movimiento de pistón ascendente y descendente, un coito manual que provocaba los gemidos de mi compañerita.

La edad, la calentura, la inexperiencia, hicieron que me derramase en la boca de mi partenaire, quien lejos de asquearse bebió el líquido sin queja alguna y hasta con deleite.

Nos miramos a los ojos y reímos en complicidad, entregándonos mansamente al relax que brinda la pasajera saciedad de un orgasmo

Esa fue otra experiencia, que como verán,, más de treinta años después de sucedida, guardo en mi memoria como un gratísimo recuerdo, esperando que lo mismo le suceda a mi querida Silvia.

Ojalá haya sido de vuestro agrado

Saludos

Tano Feroz



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