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De como reprobar una asignatura y sin embargo estar feliz

Enviado por tanoferoz el 3/2/2010

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De como reprobar una asignatura y sin embargo estar feliz Publicado el 03/02/2010, por: tanoferoz

DE CÓMO REPROBAR UNA ASIGNATURA Y SIN EMBARGO ESTAR FELIZ
SEXO CON MADURAS

Promediaba mi carrera de leyes en la Universidad de Buenos Aires sin mayores sobresaltos, si bien no era un alumno brillante, no me iba mal, a pesar de que, simultáneamente con mis estudios, debía trabajar para solventar los costos de la carrera y tener algunos pesos que me permitieran hacer una normal para un joven: salidas a tomar una copas, comprar algo de ropa, pagar el combustible del autito...

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que me había comprado mi madre, etc.

Estaba cursando una de las materias codificadas, Derecho Civil III, “Contratos”.

Rondaba en ese entonces los 21 años de edad y como les conté en anteriores ocasiones, tenía expresa predilección por las mujeres maduras, o, cuanto menos, mayores que yo.

Entre mis compañeras de curso, había una de unos 33 o 35 años de edad, que ya tenía un título de grado, era Psicóloga. Para mi era una combinación perfecta, pues además de las veteranas también me causaban mucho morbo las psicólogas, pues mes las imaginaba desinhibidas en todos los aspectos y especialmente en el sexual, pues imaginaba que todo les parecía aceptable en materia sexual, que nada había de prohibido, que no existían tabúes morales o taras psicológicas.

De más joven había leído algunas cosas de Freud y sus teorías sobre la sexualidad, que seguramente compartirían sus discípulas, me parecían por lo menos excitantes.

Entonces le eché el ojo a Marcela, así se llamaba la psicóloga compañera de estudios, con el firme propósito de pasarla por las armas.

De tal modo, comencé a hacerme amigo, a conversarle después de clase, a invitarla a tomar un café, donde le hacía preguntas sobre las ideas de Don Sigmund.

Los encuentros post aula se fueron intensificando con el transcurso de las clases y entre nosotros se estableció una confianza mayor a la de dos compañeros casuales de una materia, sin llegar, hasta ese entonces, a superar ese calificativo.

Me parecía que había onda, que existía una conexión, que yo no pretendía que fuere algo más que sexual.

Un viernes, próximo a los finales de la materia, le propuse a Marcela encontrarnos el sábado a estudiar, aprovechando que ninguno de los dos trabajaba ese día, pues ella luego del mediodía no tenía consultas y yo en la oficina donde prestaba servicios trabajaba de lunes a viernes.

Marcela aceptó y me propuso dirigirme a su consultorio, pues el edificio donde se hallaba, en el Barrio Norte de Buenos Aires, estaba prácticamente vacío y no habría nadie que interrumpiera nuestros estudios. Por supuesto que su proposición me pareció de lo más adecuada para mis propósitos..

Sabía la fascinación que mi poronga causaba en la platea femenina, un grosor como el que tenía mi verga, no era algo que estuvieran acostumbradas a ver, y menos aún, a sentir.

Conocedor de tal ventaja comparativa, el sábado fui al consultorio de Marcela con pantalones cortos, de tenis, con la excusa que por la mañana había ido a practicar un poco de frontón y que no había tenido tiempo de pasar por mi casa a cambiarme.

Llegué al lugar del encuentro y mi anfitriona me hizo pasar y tomar asiento en el sofá donde sus pacientes se acomodaban en terapia. Crucé las piernas en posición de loto y el bulto debajo de mis pantalones blancos fue como un imán para los ojos de Marcela. No pasó desapercibido para mi y supe, desde ese momento, que la situación estaba bajo mi control.

“Vení Marce, sentate a mi lado y charlemos de tonteras antes de comenzar a estudiar”, le dije

“Bueno, bárbaro, mejor ….así descanso un poco, estuve toda la mañana con pacientes y necesito relajarme un poco”, me respondió

“Ok, si querés te ayudo a relajarte” le retruqué guiñándole un ojo y sonriendo.

“Jajaja…. Sos rápido mocoso¡¡¡…. Seguro que a las minitas de tu edad las envolvés con esa soltura”, dijo Marcela

“No, con esa soltura no, con “esta” las envuelvo” le dije a la par que dejaba la pistola al aire.

Se tapó la boca con las dos manos, abrió los ojos como un dos de copas y dijo “Ohhhhhhhhhh, Dios mío, que es eso¡¡¡¡¡”

“Un regalito para vos” le dije e inmediatamente ví como estiraba la mano hacia la poronga y sentía como comenzaba a menearla de un lado a otro.

Las sacudidas hicieron que el pico se pusiera duro tomando la máxima expresión y provocando que mi compañera no resistiera la tentación, se inclinara hacia delante y abajo y comenzara a darle lengüetazos al glande, saboreándolo: “mmmmmmmmm, que ricooooo”

Me incorporé mientras Marcela continuaba sentada, le recogí el cabello formando una coleta detrás de la nuca, la que me sirvió de rienda y comencé a guiar su cabeza, hacia atrás y hacia delante, viendo como se engullía toda la poronga con cada movimiento y como la sacaba de sus fauces.

Me la estaba cogiendo por la boca, primero lentamente y luego con movimientos más violentos, mi pija era un ariete que se había por su garganta y sentía como se atragantaba con cada embestida.

Por no poder cerrar la boca inundada por el volumen de la pistola, hilos de baba chorreaban hacia el suelo, una visión que me obnubilaba y aceleraba mi eyaculación.

La muy puta, a pesar de la violencia, lo estaba gozando, pues no percibía el menor atisbo de resistencia de su parte, al punto que solté sus cabellos poniendo ambas manos en mi cintura y ella continuaba el mete y saca con idéntica velocidad y ansias.

Con la sabiduría de hembra experimentada, adivinó que venían los lechazos, por lo que apretó la base de la pija y dejó de chuparla, haciendo que se interrumpiera el extasis.

“Sentate en sofá… y quedate quietecito….” Me dijo

Con la verga apuntando al techo, vi como se quitaba la ropa, dejando al desnudo un cuerpo de infarto: unas tetas medianas que todavía la gravedad no había afectado y cuyos pezones apuntaban hacia arriba, cintura pequeña, caderas anchas, nalgas redondas y rellenas y un pubis completo de una maraña ennegrecida.

Quería lanzarme sobre ella pero no hubo necesidad, pues ella se abalanzó sobre mí, sentándose en mi regazo y haciendo que mi pijón comenzara a entrar en un chocho que esas alturas estaba completamente chorreado por su flujo caliente y aromático Lo tenía bastante estrecho, por lo que la penetración era más placentera.

“Aghhhh …..seeeeeeee…..que verga preciosa…..clavámela turro, clavámela hasta el fondo” gritaba mi amante ocasional

“Si puta, te gusta la verga, te la entierro toda, toda” le decía mientras mordisqueaba sus pezones.

Una vez que tocó fondo, tomándola de la cintura, elevaba el cuerpo de Marcela y luego la dejaba caer ensartándole toda la poronga. Veía como los ojos de la turra de la psicóloga se ponían en blanco y balbuceaba incoherencias como una poseída, mientras comencé a sentir los espasmos vaginales que anunciaban una acabada de película de mi compañerita

“Ahhhhhhhhhh…..ohhhhhhhhhhhhhhhh…..siiiiiiiiiiiiii………” gritaba y a la vez lloraba de placer.

Por mi parte, sabía que yo también estaba por acabar pero quería más. Así como estaba la hice girar sobre mi pija y quedó sentada de espaldas hacía mi, empujé su cintura hacia delante y se me ofrecieron las dos medialunas de sus nalgas y en el centro el hermoso agujero de su culo.

Con los mocos de su vagina unté mis dedos, dejándolos lubricados, me los chupé saboreando el gusto a hembra satisfecha de Marcela y luego introduje dos en su culo.

“Ayyyyyyy que me hacés hijo de puta….por el culo nooooo……por el culo siiiiiiiiii…metémelos, cogeme el culooooooooo”

Sus deseos fueron ordenes, la tomé de las nalgas, hacíendola levantar, liberando la verga de su concha, la hice deslizar un poco más hacia delante, coloque la cabeza sobre el ojete y nuevamente tomándola de la cintura la atraje hacia mi.

Como el culo estaba suficientemente dilatado por mis dedos y lubricado por sus flujos y mi poronga estaba lustrosa con los mismos, la penetración anal fue relativamente sencilla

Sentí primero como cedía su primer anillo y noté que nunca le habían hecho el culo. El morbo se acrecentó y la dejé caer, con todo su peso, contra mi, enterrándole la estaca hasta lo más profundo.

“Aaaaaayyyyyyyyyyyyyyyyyy……que dolor” dijo en un quejido, pero no se quitó de la verga, lejos de ello luego de que se acostumbró al grosor, comenzó, primero lenta y luego frenéticamente, a subir y bajar, mientras se masturbaba con frenéticos círculos en su clítoris, acabó al poco contrayendo el culo y apretando el pago y también los músculos vaginales, expeliendo un “AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH” que se escuchó hizo eco en todo el edificio.

La estrechez de su ano no permitió que acabara, así que saqué la pija todavía llena de esperma, Marce se dio vuelta, se metió en la boja y la chupó con violencia, tragándose uno, dos, tres, cuatro lechazos interminables, mientras mis piernas temblaban de placer.

Nos pasamos lo que quedaba del sábado y todo el domingo cogiendo como dos bestias salvajes. De estudiar, nada. Demás está decir que Contratos la reprobé, pero que gusto, todavía era jóven y tendría muchas más oportunidades para dar la materia, en cambio, polvos como esos, no debían desdeñarse ni aplazarse nunca

Tano Feroz
tanoferoz@yahoo.com.ar





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