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Dona Hebe

Enviado por tanoferoz el 3/2/2010

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Dona Hebe Publicado el 03/02/2010, por: tanoferoz

En un lugar de Buenos Aires, de cuyo nombre no quiero acordarme, ha ya bastante tiempo vivía éste, entonces un adolescente, de verga tiesa, huevos cargados y vieja bicicleta, que pasaba las tardes de sus veraniegas vacaciones oteando en horizonte en busca de alguna fémina que le permitiera perder su insoportable virginidad y dejar de lado su culto onanístico, más que un acto de amor propio una ineludible solución de autoayuda.

En ese entonces, en la barriada donde vivía las...

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chicas de mi edad, eran unas auténticas calienta pollas, era todo cachondeo, magreo, franela o como se lo quiera denominar, pero de allí no pasaba. Besos, caricias, algún que otro toqueteo, pero de coger ni hablar.

Como mis coetáneos, estaba resignado a ir juntando moneda por moneda, para llegar a una suma decente que nos permitiera contratar a una profesional del sexo, aunque fuere una que estuviere fuera de estado y no de tan buen ver, con tal de continuar con la paja como única salida a tanto erupción hormonal.

Sin embargo, sin proponérmelo, la suerte me iba a cambiar y, por otro lado, a trazar una conducta y una inclinación que mantuve durante muchos años.

Para juntar el numerario necesario para el comercio sexual, realizaba todo tipo de trabajitos: cortaba el césped, pintaba muros, lavaba autos, hacía recados, etc. Etc.

Esas labores las hacía en mi cuadra y sus alrededores, pues como vástago de una familia muy antigua en la zona, era de total confianza entre los vecinos.

En una oportunidad, Doña Hebe, una señora soltera, de unos 45 a 50 años que vivía en un encantador chalecito a dos cuadras de mi casa, me pidió que cortara su césped y arreglara sus flores.

Esa era una de las tareas que más me agradaba, pues me sentía a gusto entre animales y plantas.

Corría el mes de enero, aquí, en el hemisferio sur, el más caliente de los meses de verano, así que comencé mi tarea bien temprano, alrededor de las 7,30 hs, para evitar que el sol me tomara de pleno durante la peor hora.

Inicié la actividad en el jardín delantero, solo debía sortear un portal que no llevaba llave y no requería que Doña Hebe estuviera presente o abriera la puerta.

Así principié mi faena. Alrededor de las 8,00 hs, de la casa, ofreciéndome algo fresco para beber, sale la patrona. Grande fue mi sorpresa cuando la vi llegar con un pantalón corto, de jean, que apenas le tapaba las nalgas, una camiseta musculosa, muy ajustada y no menos escotada, que permitía ver no menos de dos terceras partes de sus tremendos senos y una chinelas, con un poco de tacón, que marcaban muy bien sus todavía conservadas piernas.

Del pasmo que me causó a la excitación que provocó en mi pasaron apenas segundos, lo que redundó en una inmediata erección que no pude disimular bajo mi pantalón de baño.


Doña Hebe no consiguió encubrir, tampoco, una mirada extraña, que luego descubrí de irrefrenable lujuria.

Cuando acabé de beber la copa de gaseosa que me acercó mi ocasional empleadora, me pidió la acompañase dentro de la casa, pues tenía que mostrarme alguna cosa – no recuerdo que precisó- que necesitaba arreglo y requería mi auxilio.

Ella tomó la delantera y yo la seguí hacia la casa.

Mis ojos no se apartaban de sus nalgas gordas y algo fofas que se meneaban de un sito a otro.

La pasión crecía en mi a cada paso.

Parecía que toda la sangre de mi cuerpo se depositaba en mi verga, pues estaba henchida, caliente, jugosa, a la vez que mis pensamientos se tornaban cada vez más confusos.

Ya dentro de la casa, en la cocina, se subió a una banqueta, buscando algo dentro de la alacena, requirió mi ayuda, me acerqué y no pude evitar posar mi boca y mi nariz contra sus nalgas y aspirar el aroma de una hembra caliente y madura.

Era una delicia, un perfume embriagador, una fragancia hasta entonces desconocida por mi, pero que tenía más efectos que los taninos vinícolas, pues despertó un ansia incontenible.

La impertinente olfateada provocó un amago de protesta aireada de la hembra, eran sonidos incomprensibles, pues en mi borrachera sexual no comprendía el sentido de las palabras.

Al olfato agregué el gusto y de inmediato comencé a pasar la lengua, ávida, por las piernas desnudas y por sobre el pantaloncito de Doña Hebe.

Las palabras de mi anfitriona dieron paso a los suspiros, a los leves gemidos y a la acción.

Todavía no sabía que reacción tendría la buena mujer, me esperaba una reprimenda, una bofetada, un tirón de orejas, pero no.

Bajó de la banqueta, o mejor dicho, se acomodó sobre la mesada. Previamente se había desabotonado el pantalón y bajado el cierre, quedando solo con un tanga minúsculo, metido dentro de la vagína el que por detrás no tapaba ni un décimo de sus grandes cachetes.

La muy puta tenía todo preparado, pues no era de esperar que usara una prenda tan incómoda solo para andar haciendo compras o los quehaceres hogareños.

Se abrió de piernas, me tomó la cabeza con ambas manos y la dirigió hacia el monte de Venus. Ordenándome:
¡Chupá, pasame la lengüita, comete la conchita”

Estaba en la gloria, bebía con ansias sus líquidos, saboreaba su flujo, percibía el olor del celo acumulado, llenando mi boca, mi barbilla, y mi cara con la marea que esa mujer me entregaba.

Sentía como mi lengua se entrometía en su coño caliente y ansioso, como recorría sus labios, como jugaba con su clítoris

Doña Hebe empujaba mi cabeza, pareciendo que quería una parición inversa, que naciera dentro de ella.

Fregaba su entrepierna contra mi cara, sin parar de decir obscenidades.

Me pidió que jugara con mis dedos en vulva. Introduje el índice derecho en la vagina, lo arquee e hice presión. Había descubierto el punto g, los gemidos se transformaban en gritos de placer de mi ardiente compañera. Detuve un segundo el juego con la lengua y la observé. Tenía los ojos en blanco, la boca abierta, la cara roja, temblaban sus piernas y su vientre se contraía. Volví a agacharme, continué chupando hasta que contrajo su interior, arqueó la espalda, estiró las piernas y junto a un grito gutural, largó un sollozo.

Me asusté, pensé en mi inexperiencia que algo le había sucedido. En eso no estaba errado, pues le había dado la que, me confesó, había sido la mejor comida de coño que le dieron en su vida.

Yo seguía igual de empalado, la cabeza de mi chota estaba hinchada, colorada y completamente cubierta por una película viscosa y fragante.

Me pidió que me sentase en la mesada y abriese las piernas, tomándome por detrás de las rodillas, de modo que quedé expuesto, pija, bolas y culo frente a la señora.

Se agachó, tomó el miembro con la mano, sujetando fuertemente la base del tronco de manera de no permitirme eyacular y comenzó a lamer con fruición las bolas, cubriéndolas de abundante saliva, metiéndose un huevo por vez en la boca y chupándolo con fuerzas, arrancándome suspiros incontenibles y unas ganas locas de acabar.

Luego de dejarme los huevos húmedos y calientes, mientras seguía sosteniéndo la verga fuertemente asida, continuó su recorrido con la lengua, se apartó unos centímetros, escupió sobre mi ano, causándome sorpresa y sin permitirme decir agua va, comenzó a lamer el culo dando toques con la punta de su lengua y jugando con uno de sus dedos en el orificio.

El placer que sentía era intenso, indescriptible, necesitaba eyacular y así se lo hice saber.

Mi maestra sexual, dejó de lado su faena sodomizante, y trocó la mano por su boca, engulléndose de un solo bocado gran parte de mi verga, no sin alguna dificultad, pues el diámetro del tronco dificultaba la introducción.

Con maestría logró meterse toda la pija en la boca y en pocos segundos sentí una oleada de calor que recorrió el palo, los huevos se contraían y sentí como cataratas de leche caliente y espesa se descargaban en la glotis de mi amadora.

Chupó el semen hasta saciarse, pasó la lengua por la cabeza y apretó fuertemente cerca de la base, exprimiendo hasta la última gota del elixir que disfrutaba.

Fue así que Doña Hebe comenzó sus primeras lecciones que culminaron con mi virginidad en las horas siguientes, pues la fogosidad de mi temperamento y la gloria de la juventud, hicieron que otros cuatro polvos siguieran al que nos habíamos echado.

Tano Feroz
tanoferoz@yahoo.com.ar








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