EL ZORRO PIERDE EL PELO….
De joven, diría de pequeño, he tenido debilidad por las mujeres mayores.
En mi adolescencia y en primera juventud disfruté de los cuerpos de tías y vecinas, quienes suplieron la firmeza de sus carnes por una experiencia intransmisible y por unas ansias sexuales insuperables, que no pudieron, siquiera, igualar nunca las mujeres de mi misma edad o menores con las cuales mantuve relaciones sexuales.
Con cada polvo que se echa...
una veterana, le va la vida, lo disfruta como si fuere el último que se echará, es más, como si con ello terminara el mundo.
Esa manía hacia las veteranas, me acompaña hasta ahora, en que estoy cerca de cumplir mis cuarenta y ocho años.
En estos últimos años, he mantenido relaciones con frecuencia con una mujer con un poco más de un lustro que yo. La dama, en cuestión, digamoslé Elena, en los inicios era remilgada, y poco a poco se transformó en una ninfa desenfrenada, una incansable, exigente y complaciente amante
Al comenzar a frecuentar su cama, según parecía la única posición que conocía era la del misionero, tendida boca arriba sobre el lecho, esperando ser penetrada y recibir la descarga masculina sin mayor colaboración.
Ignorante en lo que refería al sexo oral, activo y pasivo, juraba que nunca se había metido una verga en la boca, ni que jamás le habían lamido la raja, sin embargo, en poco tiempo no paraba de saborear el semen y en tragarlo con vicio y deleite. Asimismo me regalaba una catarata interminable de orgasmos cada vez que yo cataba con fruición su henchido clítoris y su chorreante vagina.
Ni que decir del sexo anal. Era refractaria a, siquiera, que le mencionara el asunto. Sin embargo, de a poco, comenzaron mis toqueteos en la zona, primero con mis manos y luego con mi lengua, percatándome que, como de otro modo no podía ser, le gustaba la idea de la sodomización.
En una oportunidad, mientras la cogía en posición canina, con el glande mojado con sus flujos, acaricié su tercer ojo, y sentí un suspiro profundo y caliente, aproveché el momento, le puse dos de mis dedos en su boca, conseguí que me los chupara y los dejara babeados y uno a uno se los introduje en el culo, mientras seguía cogiéndola en perrito, escuchando como con vos ronca me pedía “rompeme el culito, por favor, rompemelo todo”
Eso me sacó, le seguí revolviendo un poco más los dedos en su virgen culo, viendo como se le dilataban los esfínteres, saque mi pija latiendo de su concha caliente, apoyé la cabeza de la chota en el culo y sentí como el primer anillo del ojete se tragaba mi glande, para luego ver desaparecer el resto de la verga palpitante. Me acostumbré a la estrechez de su recto y aguardé que ella se adaptara al volumen de la chota, en unos instantes comencé un bombeo lento, para ir increscendo y revolviendo todo mi paquete dentro de su culo, provocando los suspiros, los jadeos, los gemidos de mi partenaire.
En pocos minutos recibió mi descarga agradecida, de modo tal, que los restos de semen que suelen quedar en la pija luego de una culeada, fueron extraídos hábilmente por una boca y una lengua a esa altura expertas en el deleite masculino
Los revolcones con mi amiga sexual no son tan frecuentes como al principio, pero cuando ella tiene ganas de pija, se aparece por mi despacho, vestida lo más sugestiva que una mujer de su edad puede hacerlo, encendiendo mi pasión y sirviéndose ella misma de mi virilidad en el sillón de la oficina, el cual es testigo de unas cuantas acrobacias sexuales antes de que abandone mi estudio, satisfecha mi socia y exangüe mi poronga de tanto polvo echado.
Ahora mismo, estoy frecuentando a una señora viuda de unos sesenta y cuatro años, con unas ubres que son un portento y unas ganas de marcha que no tiene nada que envidiarle a cualquier niñata.
Les contaré como comenzó todo con la señora a la que por razones de discreción llamaremos Adriana.
Llaman por teléfono a mi despacho, y mi asistente me dice que una señora Adriana, de parte de Fulano, un viejo cliente del Estudio, quería una entrevista con el objeto de formularme una consulta profesional vinculada a la sucesión de su difunto esposo
Le dije a Lilian, mi asistente, que le diera turno para el día siguiente, a última hora, alrededor de las 19,00 hs, suponiendo que por tratarse de un tema sucesorio, sin conflicto, no demoraría más que 20 o 30 minutos y podría marcharme relativamente temprano.
Cinco minutos antes de las siete de la tarde, tocan el timbre del despacho, y como Lilian se retiraba alrededor de las 17,30 hs, abrí la puerta yo. Frente a mi, encontré una bellísima dama, de aproximadamente un metro sesenta de estatura, con el cabello recogido, color rubio ceniza, hermosos ojos celestes enmarcados, una todavía lozana cara a pesar de la edad, marcada por pequeñas arrugas, una boca increíblemente carnosa pintada de carmesí y un cuerpo, a mi gusto, para el infarto.
Llevaba una blusa negra, abotonada y escotada lo suficiente para que se viera el canalillo que formaban dos melones de proporciones pocas veces vistas, que desbordaban por un soutien de anchos breteles diseñado para sostener esas dos inmensas masas de carne. La prenda se ajustaba a la figura de su dueña y dejaba ver una cintura bastante estrecha que se ensanchaba en generosas caderas, envueltas por una falda también negra que en forma de tubo, abrazando sus blancas piernas, terminaba en las rodillas. Las pantorrillas, a su vez, estaban enfundadas por medias de seda negra y sus pies vestidos con zapatos de punta y tacos finos y altos. Toda una vampiresa que me quitó el aire ya a la primera vista.
Se presentó, “Soy Adriana, vda de Tal, tengo una entrevista con el doctor”, y me extendió la mano, la tomé y posé mis labios sobre la misma, diciendo “soy el doctor Mengano, encantado de conocerla Adriana, pase ud, por favor” y con paso decidido entró al despacho antes de mi. Su andar acrecentó mi inquietud, pues en el corto trayecto que va de la entrada de la oficina a la sala de recepción, contoneó su maduro culo de modo tal que mi mirada quedó prendada también de su ir, así como su venir había causado tan grata impresión.
Le rogué que tomara asiento en uno de los sillones de la sala. Allí se cruzó de piernas, brindándome un bello espectáculo de muslos revestidos de medias asedadas que adivinaba terminadas en un liguero de encaje.
La cosa prometía tanto, que ya antes de sentarme en el sillón opuesto a mi cliente, el paquete se marcaba debajo de mi pantalón.
Adriana se percató de mi incipiente erección y la observó con poco disimulo, creyendo ver como se relamía ante la galantería que mi verga le hacía a esa enjundiosa veterana.
Me contó que había enviudado hacía ya poco más de un año, que seguía viviendo de las rentas de las muchas inversiones que había hecho su esposo y que no se había decidido a iniciar el trámite sucesorio por cuanto hasta ese momento no tenía pensado desprenderse de ningún bien. Sin embargo, en el último mes, había sido invadida por la tristeza y, a sugerencia de una amiga, pensaba realizar un largo viaje por Europa, por lo que tenía decidido vender algún inmueble para costear el mismo.
En ese momento, me comenzó a comentar cuanto extrañaba a su difunto esposo, que tan de menos echaba su compañía, cuanto le faltaba un hombre a su lado, y al decir esto se sonrojó en forma evidente.
Aproveché la oportunidad para decirle,
“Bueno Adriana, si me disculpa, no faltaran señores que quieran consolarla, pues no todos los días se puede uno encontrar con una mujer así de bella y además viuda y sin compromiso”
“No vaya a creer, mi querido doctor –me dijo ella- una ya es una vieja que no atrae a los hombres, siquiera para hacerle compañía, imagínese que no estoy con un hombre desde un año antes que mi difunto esposo muriera, pues desde que cayó en cama nunca más tuve intimidad con él ni con ningún otro”
Hacía dos años que la viejita no probaba rabo, noticia que aceleró mi incipiente calentura.
“Mire Adriana – le respondí- no vaya a creer que es por zalamería, pero si no supiera que lo tomaría a mal, le diría que hasta a mi me gustaría poder acercarme a una mujer como ud., no se si me entiende”
“Que va, Carlo, si me permite llamarlo por su nombre, como lo voy a tomar a mal, si un hombre como ud., más joven que yo, profesional, elegante, caballero, se acercara a mi estaría gustosa”, todo esto me lo decía inclinada hacia mí y dejando ver por su escote como querían escaparse sus melones.
A estas alturas de las mutuas insinuaciones, mi pija estaba por completo parada, de su cabeza se resumían los primeros jugos preseminales que amenazaban con manchar el boxer y el pantalón. Me puse de pie y simplemente me acerqué al sillón donde estaba la Señora Adriana, ella estiro su mano derecha para acariciar el bulto y con la izquierda bajó la cremallera, hábilmente dejando la poronga al aire.
La veterana estiró una de sus manos y comenzó a menear la verga, hinchiéndola aún más, acercó su rostro a ella y primero la olió, comentando, “Mmmm, que rico olor a macho caliente…. cuanto hacía que no olía, no tocaba ni veía un pija así, joven, dura, caliente, olorosa, babosa, y ahora me la voy a comer toda” y dicho eso se la engulló de un solo bocado, viendo yo como desaparecía en las fauces de mi glotona Adriana.
La vieja puta se metió la poronga hasta tocar su campanilla, lo que le provocó un pequeño ahogo, pero, enseguida, se repuso, la sacó de la boca y la comenzó a lamer desde la base hasta la punta, dejando una copiosa, cálida y pegajosa baba a lo largo de la chota.
Hábilmente desabrochó el cinturón, luego la presilla del pantalón, y me dejó con los pantalones por los tobillos, de un tirón bajó mi boxer y quedé de pie, en pelotas, delante de la lujuriosa clienta.
Mientras me pajeaba con la mano izquierda, acariciaba mis bolas con la derecha. Tiraba del capullo para abajo con firmeza, y apretaba las pelotas con deseo.
Luego, bajo del sillón, se puso de rodillas y comenzó a lamerme las bolas, metiéndose en la boca una, luego otra y finalmente las dos juntas, sin dejar de pajearme, estaba a punto de acabar, y así se lo hice saber: “Te voy a llenar la cara de leche, puta, te vas a dar un masaje de crema calentita”.
“Me dijo no, esperá, todavía no terminé. Vení, arrodillate aquí, en el sillón –y yo obediente, lo hice, dándole la espalda a Adriana. En realidad le estaba dando el culo, el que ávida y hábilmente comenzó a lamer. La muy puta me estaba dando un mojado y caliente beso negro, mientras me apretaba las bolas y presionaba mi poronga para abajo, impidiendo mi eyaculación
Luego de haber babeado a placer mi ojete, inesperadamente me metió un dedo en el culo, que provocó un respingo de mi parte. Al haber soltado mi pija y sentir el masaje prostático que me estaba dando, sentía como la columna de leche espesa y caliente subía de las bolas a la cabeza de mi chota. Adriana lo adivinó así que hizo que me diera vuelta y apuntara a su cara, la que recibió una descarga interminable de lefa hirviente, que dio contra sus parpados, mejillas, nariz y boca, la que abrió para saborear, luego con su lengua limpió la nata hasta donde pudo, me tomó de la pija todavía palpitante y le pegó una chupada que exprimió los últimos restos de leche que aún quedaban.
Caí exhausto sobre el sillón, con la verga hacia un costado, todo traspirado, con los pantalones anudados en los tobillos, la camisa y la corbata aún puesta, un espectáculo bochornoso.
Con una sonrisa de lujuria y malicia me dijo, “Ahora me toca a mi” y comenzó un lento streaptease. Se desabotonó lo que quedaba de su blusa, se la quitó despacio y quedó en brasiere, dejando ver un torso más que apetecible para una sesentona. Luego se quitó el mismo y cayeron, no muy abajo, dos tetazas de película, gordas, grandes, con una aureola marrón oscura del tamaño de un plato y con pezones grandes como pequeñas porongas
Estaba cansado por la copiosa corrida que le había prodigado a Adriana en su cara, pero mi verga sintió un pequeño cosquilleo gracias al espectáculo que me brindaba mi caliente cliente
Luego se desabrochó la falda, y la dejó caer. Como ya imaginaba, llevaba medias con liguero y una minúscula tanga – más que atrevida por su edad- que apenas tapaba el peludo coño. Se quitó la pequeña prenda y dejó ver una raja cubierta por una abundante cabellera negra, que comenzaba a platearse. Esto despertó más todavía a mi amiguito adormilado hasta ese entonces
Aún con las medias puestas y sin quitarse el calzado, se subió con sorprendente agilidad al sillón donde yo permanecía desparramado, se paró sobre los apoyabrazos y puso sus bajos a la altura de mi cara.
Primero olí el exquisito e inconfundible aroma de una hembra madura y caliente, embriagando mis –bajos- instintos y luego comencé a meter lengua por la raja de Adriana
Sabía ácido y caliente, un manjar exquisito llenaba mi boca y arrancaba los gemidos de la caliente veterana. “Ayyyy, que rico, chupame toda, turro, meteme la lengua en la concha siiiiiiiiiii, daleeeeeee” me decía y yo mordisqueaba su clítoris, sintiendo como de esa caliente y vieja concha bajaba una catarata de flujos
Mientras le metía lengua en el chocho, con sus propios mocos, unté los dedos mayor e índice de mi mano derecha, y con esa sustancia biscosa como ungüento le metí los mismos en el culo sin contemplaciones, en reciprocidad por el tacto que rato antes me había hecho la putona; “Agggggggghhhhhhh, que mierda me haces? Me encanta, revolveme los dedos en el culo, siiiiiiii, por favorrrrrrrr, dame massssssss….” Me decía con vos ronca y viciada por la lujuria
En instantes, sentía en mis dedos y en la lengua como el útero y los esfínteres de Adriana se contraían como recibiendo una descarga eléctrica y escuchaba un lloriqueo gozoso de mi veterana clienta, quien después de dos años estaba teniendo su primer orgasmo.
Se bajo refregando su pubis por toda mi cara y mi cuerpo, llenándome de su olor de hembra satisfecha, quedó de rodillas sobre el suelo y con mi pija dentro de su boca, la que chupaba en muestras de agradecimiento.
Ese fue el primer encuentro con Adriana, una sexagenaria que con su figura y su performance sexual provoca la envidia de mujeres mucho más jóvenes que ella
Ya les contaré como siguieron mis aventuras con Elena y con Adriana y como conseguí llevarlas a las dos simultáneamente a la misma cama y, sorprendentemente, fui testigo de un debut sáfico de mis amigas sexuales
tanoferoz@yahoo.com.ar
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