Después de varios días sin ver a amigo, más o menos, una semana. Gregorio me llamó a mi casa y con preocupación me pidió —por favor —textualmente— Podés ir hasta mi casa que mi mamá está descompuesta. Le dije si, que no tenía problemas. Más tarde cuando llegué a la casa, di dos golpes en la puerta, nada, silencio. Minutos después volví a repetir mi cometido. Sin duda, abrí e ingresé y recorrí toda la casa, subí por las escaleras, contemplé las habitaciones y encontré a Graciela desmayada cerca...
de la puerta del baño. La tomé por el torso y la levanté, su cuerpo yacía desvanecido, la sujeté por la cintura y caminé hasta llegar a la habitación matrimonial. La eché sobre la cama, boca arriba.
Esperé a que despertara. Sólo respiraba. Pasaron diez minutos y le di varias palmadas en la cara. Nada. La acomodé boca abajo en la cama. Puesto que llevaba un vestido largo, de modo que, aunque parecía muerta, intenté despertarla y no respondía. Respiraba era normal. Me senté en la cama junto a ella y contemplé sus piernas y su enorme culo, quizá no me importaba si estaba o no dormida o si se enteraba que le viera desnuda. De repente me arrodillé junto a la cama, levanté el vestido suavemente con la mano izquierda y, con la otra me masturbaba. Solo miraba el culo y la tanga que se perdía en la zanja de Graciela. En el momento de terminar, apunté en el cachete izquierdo y despedí todo mi esperma. Ella seguía en un sueño profundo. Cogí mi pañuelo y limpié muy despacio sin dejar huella alguna.
Media hora más tarde, llegó Gregorio. Me encontraba ya sentado en el comedor leyendo un libro. —¿Dónde estaba mi mamá, preguntó preocupado. Y con un ademán le indiqué arriba y que subiera porque ya hacia dos horas que dormía. Ese día me fui antes que anochezca y no podía creer lo que había hecho, aunque temía que me descubrieran.
Miércoles de la semana siguiente, pasé a buscar a Gregorio para jugar un fulbito. Partimos hacia el club. Cuando terminamos de jugar a la pelota, tomamos unos tragos de cerveza y nos fuimos cansados. En el camino me invitó a cenar y le dije que sí. Ya en la casa me pegué una ducha caliente. En la mesa —ya la comida servida— Graciela y Gregorio, saboreaban spaguetis. Pedí prestado una remera a Gregorio y como es muy amigote fue buscarla sin dar rodeos.
Graciela me sirvió un exquisito plato lleno de spaguetis. Bebimos cervezas y Graciela vino Malbec. (Tiempo atrás, Gregorio me confesó que la mamá tomaba demasiado todas la noches y que se emborracha a hasta quedar desmayada en el sillón.) Pues terminamos de comer y pasamos al living para ver una película. Gregorio quedó dormitando en el momento que sonó el teléfono. Atendió. Jessica lo había regañado porque se había olvidado de pasar a buscarla. De pronto, cogió una campera y se fue a buscarla. Graciela preparó café. Cuando llegaron, Jessica tiritaba de frío igual que Gregorio. Ya tarde los cuatro temblábamos de frío o de miedo por la película que habíamos alquilado. Graciela nos trajo una frazada para cada uno. La más grande me la dio a mí. Jessica y Gregorio se taparon por miedo a que saliera el personaje de película y que los matara. Yo me había tapado casi hasta la cabeza. Graciela de a ratos iba y venia tambaleándose para la cocina y arrastraba un vaho a alcohol insoportable.
Una vez que se sentó, temblaba como un muñeco a cuerdas que da pasos de tortuga. Me di cuenta que tenía frío y le ofrecí compartir la frazada. Se acomodó y se contrajo hacía mí, antes había traído una botella de vino que tomaba de a sorbo en una copa cristal grande. Volvimos a disfrutar de otra película, pero esta vez, una comedia. Nos juntamos con Graciela y volvimos a taparnos. Tal como lo había previsto, Graciela de cuando en cuando, hacia rozar su muslo con mi mano que estaba por debajo de la frazada. Yo me alejaba para no mal interpretar la situación ni aprovechar el momento. Gregorio muy entretenido con Jessica, no se percataba del estado de la madre, ya que estaba bastante inconciente. A mitad de la película, Gregorio y Jessica, viendo que Graciela estaba durmiendo, se retiraron a la cocina. Graciela quedó encima de mi hombro izquierdo, la moví lentamente hasta acomodarla de costado mirando hacia la cocina y dándome la espalda. Como era costumbre de Graciela, siempre usaba vestidos alborotados de colores y zapatos cerrados o semiabierto y medias de nylon negra. La película seguía su recorrido, hasta que en una escena, muy subida de tono, proyectó a una pareja teniendo sexo en el living de la casa. Quizá, ese fue mi incentivo para hacerme una paja delante de la mamá de mi amigo. Antes de Gregorio regresara, me bajé la cremallera y la destapé y la vi a Graciela echa una bolita y ofreciéndome el culo. Como estaba muy borracha, puesto no se daba cuenta si la tocaba o apoyaba, levanté el vestido y contemplé su enorme culo.
A la altura del coxis, nacía el triangulito de la tanguita negra que bajaba por un hilo que se perdía por raya del orto. Yá con la verga afuera, empecé a arrimarme y apoyarla suavemente. Aunque estaba totalmente caliente, me agache y olí el culo y la concha. Aspiré profundo. Uff… qué olorcito dije para mis adentros. Me levanté, subí la cremallera y fui directo a la cocina para comprobar que Gregorio seguía con Jessica. Los vi muy entretenido. Cuando regresé me senté en el sillón, viendo que Graciela seguía dormida, me pegué bien detrás de ella y comencé abrazarla y apoyarla minuciosamente. De a poco fui acostumbrándola a esa posición. Con mi mano derecha, ya con el pantalón bajo, corrí a un costado el hilo dental y metí mi verga despacito para que no se diera cuenta de nada. Como costaba entrar, embadurné de saliva mi verga y levanté un poco la pierna derecha para meterla de una.
Era menester este apasionante y morboso episodio. Con mis vaivenes suaves, empujando, Graciela parecía que se iba a despertar pero era imposible por la borrachera que habíase provocado. Dado que me la estaba cogiendo a la mamá de mi amigo y estaba a punto de acabar, dejé de moverme y mantuve la verga adentro de la concha caliente y peluda. Sin embargo seguía dormida y sentía una sensación de fuego dentro de la vagina de Graciela. Para que no me descubriera mi amigo, me apure en moverme y tranquilamente, podía tirar toda la leche acumulada de hacia semanas en el cuerpo de Graciela. Pero cogí una servilleta y me agaché y quedé de rodillas junto a Graciela. La acomodé un poco hacía mí e introduje mi verga erecta. Bombeé uno, dos, tres, cuatro veces y saqué rápidamente la verga y salió el primer chorro de esperma quien sabe dónde, el resto puede contenerlo en la servilleta. Traspiraba. Me limpié y la tape a Graciela con la frazada y me fui al baño a lavarme. Cuando salí, me fui a dormir.
De manera que al día siguiente, Graciela seguía tumbada en el sillón y Gregorio la zamarreaba de un lado para otro para despertarla porque ya era bastante tarde. Me acerqué y advertí que el cabello de Graciela, en el flequillo exactamente, lo tenía como duro. Caí en la cuenta que el primer chorro de leche había estrellado en la cara y en la frente. Entre dormida se había pasado la mano por la cara y hubo de arrastrar toda la leche hasta por el pelo. No obstante, cuando logró despertarse, se escandalizo y salió del living porque estaba echa una loca. Se la llevaba el diablo. Pasó por la cocina malhumorada. En voz alta decía —que carajo tengo en la cara que la tengo dura. Mientras tanto tomaba un vaso de agua. Yo sin inmutarme seguía leyendo el diario de la mañana. Sin embargo, después del almuerzo me fui mí a casa contento por mi historia secreta.
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