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Miriam volviendo al barrio

Enviado por tanoferoz el 3/2/2010

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Miriam volviendo al barrio Publicado el 03/02/2010, por: tanoferoz

VOLVIENDO AL BARRIO

Un gran músico de tango, Anibal Troilo “Pichuco”, decía que nunca se había de su barrio, que siempre estaba volviendo. Como Pichuco, yo siempre estaba volviendo al barrio de mi infancia, pero no por nostálgico tanguero, sino con el ánimo de reflotar viejos encuentros sexuales con mis vecinas de entonces.

De pequeño jugaba los juegos prohibidos con la niña que vivía al lado de mi casa, de nombre Noemí, En ese entonces, nuestros encuentros...

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básicamente consistían en reconocimiento de terreno, devaneos voluptuosos, manoseos genitales ocultos, y unos besos inexpertos.

También, con la complicidad de mi amiguita, espiaba a su madre mientras ella se cambiaba, se duchaba o hacía pis, mientras nosotros nos toqueteábamos nerviosamente.
La evocación de esos recuerdos, hacía que mi polla latiera inquieta y volviera a mi terruño, como caballo de noria.

Recuerdo, también de mi preadolescencia, que me inquietaba sexualmente otra vecina, la madre de un compañero de fechorías, un tal Gustavo, que las malas lenguas decían que se ganaba la vida con el oficio más viejo del mundo, aunque no pude comprobar nunca si las habladurías tenían sustento.
Pero la que indudablemente me volvía loco de pasión, me encendía de lujuria, era la cuñada de otro amigo, unos veinte años mayor que yo.

Miriam, así se llamaba, era una mujer de, a la sazón, cerca de 30 años, desenfadada en el vestir, provocativa en el andar, y con un cuerpazo de lujuria.
En un país con muy pocos descendientes de africanos, esta morenaza, descendiente de caboverdianos, era un portento. Medía alrededor de 1,65 mts, tenía unos pechos redondos, turgentes, gigantescos, que exhibía con orgullo y desparpajo en camisetas musculosas escotadas, las que marcaban, a la vez, una cintura estrecha y unas caderas para tomarse en caso de vendaval. Pero lo más maravilloso era su culo, inmenso, carnoso, erguido, como una buena negra preparada para el combate, sostenido por dos piernas torneadas, bellísimas, las que paseaba adornadas por minifaldas para el infarto, como era la moda en ese entonces.

Todo el piberío estaba pendiente del andar de Miriam, a cuyos encantos se dedicaban cotidianas alabanzas y no menos periódicas pajas de la platea masculina barrial. Hasta su cuñadito no podía impedirse malos pensamientos respecto de la esposa de su hermano y soberanas puñetas, según nos contaba.
En mi juventud no tuve la mínima opción de acercarme a Miriam y creo que tampoco la tuvo ninguno de mis amigos.

Sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde, y en materia de encuentros sexuales, yo jamás la he perdido.
Así fue que en uno de mis retornos a la barriada de mi infancia, mientras conversaba con un viejo vecino en el portal de su casa, una hermosa tarde primaveral, pasó por la vereda mi deseada Miriam, que había quedado viuda hacía unos cuantos años atrás.

Había dejado sus camisetas musculosas y sus minifaldas, como correspondía a una señora de unos cincuenta y cinco años de edad, aproximadamente, pero conservaba una figura envidiable.

Por supuesto, al reconocerla, se me iluminó la cara y despertaron todos mis sentidos, como el predador cuando ve su presa.
“Hola Miriam, tanto tiempo, como estas? Tus cosas bien?” le dije
“Hola Carlo, que gusto verte, como pasan los años. Por suerte bien….si tenés un ratito charlamos” me respondió.

“Como no…bueno Don Manuel, me alegro de haberlo visto, hasta la pròxima”, saludé al vecino y me acerqué a Miriam.
“Bueno, bueno…. Que bella se te ve, como siempre” me atreví
“Ah, no digas eso, que ya estoy hecha una vieja que pasó hace rato los cincuenta” respondió halagada.

“No digas eso, si le das envidia a cualquier mocosita, jeje” le contesté
“Le dirás eso a todas… siempre fuiste un picaflor” sonrió Miriam y acto seguido continuó: “si no tenés apuro vení a casa a tomar un cafecito y hablamos de la vida”.

“Como no…me encantaría” reconvine pensando que quizá tenía oportunidad de concretar viejos sueños sexuales con la morena.

A su casa había apenas unos metros, que caminamos galantemente tomados del bracete que ofrecí a mi dama como un verdadero caballero.
Entramos a su casa, la seguí, apreciando que sus inmensas nalgas no habían perdido el mínimo encanto a pesar del paso de los años. Las meneaba con gracia natural y con sensualidad innata. Esa visión me encendió, provocándome un cosquilleo prometedor en la verga, que comenzó a abultar mi entrepierna.
Me ofreció asiento en la amplia sala, se quitó el saco sastre que llevaba y quedó con vestido algo escotado, sin mangas, de liviana tela, que se adhería a su fabuloso cuerpo, dejando adivinar sus hermosos pechos, algo más caídos que en su juventud, una pequeñísima barriga, por cierto muy sexy, la cintura un poco más gruesa que años ha, las imponentes caderas y ese culo majestuoso. Quedé embobado mirándola y no pude menos que decirle:
“Miriam, si de pequeño eras una fantasía inalcanzable para mi, ahora no se que decir…mujer, se te ve estupenda”

“Ay Carlo, no sabés cuanto de agradezco el cumplido, desde que murió José me he sentido tan sola, tan ignorada, que es muy grato escuchar algo así, aunque sean mentiras piadosas” me dijo algo ruborizada.
“Que cumplidos, ni cumplidos, es la purísima verdad, más quisiera cualquier hombre tener una mujer así a su lado” retruqué lanzado, a la par que me ponía de pie y le tomaba ambas manos llevándolas a mis labios.
La madura mujer fue completamente receptiva a mis cumplidos y me agradeció dándome un beso en la mejilla, muy ceca de la comisura de mis labios, en el movimiento apoyó sus enormes pechos contra mi cuerpo y mis brazos, lo que me provocó una oleada de calor indisimulable.
Ante esta situación, la besé en los labios, abrazándola y ella me correspondió.
Primero fue un beso superficial, pero viendo que no se resistía, le metí la lengua en la boca y la morree a gusto, dando ella también su lengua
El abrazo fue seguido de una inmediata sobada de culo, no me alcanzaban las manos para acariciar esas inmensas nalgas que se adivinaban debajo del vestido, jugué con el elástico de sus bragas y apoyé mi paquete sobre su vientre:

“Mmmmmmm….si mi amor….que lindo que es esto, como me hacía falta” me decía. Del culo pasé a sus tetas que magree a discreción. Era una franela como de novios, unas caricias lujuriosas que levantaban la temperatura de nuestros cuerpos cada vez más.
Miriam se separó, quitó el vestido desde sus hombros y lo dejó deslizarse hacia el suelo. Allí estaba la imponente morena, con el sostén que no podía sujetar sus inconmensurables pechos y una tanga negra, haciendo juego con el soutien, que apenas tapaba su monte de Venus, dejando ver unos rizos renegridos por sobre la bombacha. Era todo un espectáculo que se ofrecía a mi incrédula vista y una invitación al disfrute de los sentidos, del gusto, del tacto y del olfato, que no tarde en aceptar agradecido.

Me avalancé sobre Miriam, apretándola con mi cuerpo y pasando mis manos por toda la superficie de su piel oscura y lustrosa, no pudiendo abarcar esa preciosura.
“Siiiii…. Que lindo se siente….. acariciame, apretame, por favor ¡¡¡” me decía apasionadamente.
Pasé las manos por su espalda, desabrochando el corpiño y dejando a la vista sus negros melones. Dos enormes aureola más oscuras aún cubrían un diámetro de unos 6 o 7 cms y en el centro, erectos y gordos pezones, apuntaban hacia arriba, desafiando la gravedad. La tentación fue muy grande, me agache y comencé a succionar esas mamas regias como si fuera un cachorro hambriento, arrancándole gemidos. “Ahhhhhh…..seeeee….chupame las tetas bebé….tomate toda la lechita de mamita…..comemelas con furia” me incitaba la negraza y yo, obediente, chupaba con deleite. Primero la izquierda y luego la derecha y mientras chupaba una y la bañaba en saliva, le apretaba el pezón de la otra, dándole alegría.
Luego de una buena lamida de tetas, la recosté en el sofá donde segundos antes estábamos sentados, tomé el elástico de sus bragas y los deslicé hacia abajo, dejando al aire su gran pubis, poblado por negros bellos y coronado por dos labios inferiores gruesos y babeantes.

La visión no podía ser más acojonante, un verdadero estímulo al cunnilingus, mi especialidad. Alcé sus piernas y las abrí aún más, dejando expuesto su chocho lustroso. Acerqué mis fauces a su entrepierna y fui golpeado por un fuerte olor a hembra en celo, que lejos de espantarme, fue un acicate a mi libido.
Lamí su concha con dedicación y deleite, pasándola por sus labios y su clítoris como si estuviere lamiendo un sabroso helado, aunque éste tenía un cierto tufillo a pescado.

“Ahhhhhhhh….gggggggggghhhhhhhhhh…… daleeeeeeee …… chupame la argolla, siiiiii ……cometela toda…….” gritaba Miriam al borde del paroxismo mientras yo punzaba con la punta de la lengua contra su henchido clítoris. No tardó la viudita en acabar pegando sonoros gritos de placer y llorando de alegria.
Pero la sesión de sexo oral que le había prodigado aún no acababa, así que la hice girar y quedar boca abajo.

A mis ojos se exponían una nalgas inmensas, un poco poceadas por la celulitis, pero carnudas, esplendorosas, separadas por un canal cuya profundidad no parecía tener fin de abultadas que eran las cachas.
Puse debajo de su pancita un almohadón para dejar aún mas expuestos el culazo de la morena y la vista de ese trasero inmenso y apetecible, desató la furia sexual en mi, de modo tal que comencé a lamerla por completo, primero las nalgas, luego el canal que separa las cachas y luego el ojete.
Escupí el ojo del culo de mi negra, y le metí lengua a destajo.
Gritaba de placer y se movía de arriba abajo, empujando en cada movimiento ascendente cada vez más su anatomía contra mi cara.
Mientras a esas lides dedicaba mi lengua, con dos dedos en la concha le hacía una soberana paja.

“Ayyyyyyyy, hijoputaaaaaaa….. que chanchadas me hacés….como me gustan esas cochinadas…..siiiiiiiiii……. chupame el ortoooooooo” gritaba, mientras acababa por segunda vez en minutos.
Mi verga estaba henchida y latiente, estaba a punto de correrme si haber recibido más que una mínimas caricias de mi amante y una apoyada contra su pelvis
Repuesta del segundo orgasmo, la morena se levantó, me sacó el boxer de un tirón y comenzó una mamada inolvidable, parecía que no había nacido para hacer otra cosa que chupar una pija.
Salivó la cabeza y comenzó a lamerla con la lengua ancha, sin dejar superficie descubierta, esparció la baba por el tronco y me hizo una suave paja, luego, con vicio, mirándome a los ojos, mientras con cierta dificultad se iba introduciendo toda la verga en la boca.

No sentía los dientes, solo una cavidad cálida, húmeda, suave por donde se deslizaba la pija enhiesta, como una concha adicional.
Tomé con ambas manos su cabeza y comencé a cogerla por la boca, con violencia hacía que mi tranca entrara y saliera de su boca, provocándole arcadas en cada embestida, tocando su campanilla.
No pude aguantar demasiado y le dije a Miriam: “salí que acabo”, ella, en lugar de sacarse la verga de la boca, me asió de las nalgas para evitar la separación y esperó la descarga del líquido. Uno, dos, tres…cuatro lechazos inundaron boca y garganta. Los excesos del esperma se desaparramaron por su mentón, a través de la comisura de los labios. Con gula, pasó la lengua alrededor de sus labios y depositó la lefa en su lengua, exhibiéndola obscenamente. “Mmmmmm…que rica le lechita que me tomé, estaba calentita y un poco ácida, pero deliciosa” me decía con evidente malicia en su mirada.

Luego de la descarga el pene perdió rigidez, venciéndolo la fuerza de gravedad.
Casi sin solución de continuidad, y a pesar de lo sensible que tenía aún el glande, Miriam se lo volvió a meter en la boca y succionó con fuerza. Al cabo de un rato, pasado el período de recuperación necesario, recobró paulatinamente la rigidez.

Además, ya no sentía la urgencia de acabar, así que se me ocurrió hacer realidad una de mis más viejas fantasías sexuales, romperle el culo a Miriam.
Volví a tumbarla en el sofá, boca abajo, otra vez le abrí las piernas y dejé expuesto, en parte, ya que la inmensidad de sus cachas lo dificultaban, el agujero del culo, el que volví a escupir para comenzar un masaje profundo.
Con mis babas y el flujo que sacaba de sus labios vaginales inferiores, cree un lubricante efectivo, que servía para masajear su ojete sin fricción molesta. De tal modo, no encontré resistencia en la introducción de un dedo camino a sus entrañas. Por contrario, era placentero para mi compañera y así me lo hacía saber: “uyyyyyyyyyy…que rico que se siente…..seguí, meteme el dedito en el ortito…..” decía con voz gatuna.

Sentía como el dedo se deslizaba por el recto y quedaba atrapado en el cálido y resbaloso túnel. Me animé y en lugar de un dedo, le introduje dos en el culo, que respondía satisfactoriamente, sin resistencia alguna.
Comencé un leve movimiento de mete y saca que agradaba en extremo a mi compañera, que ronroneaba como una gata y abría cada vez más las piernas
Era una visión realmente erótica, unas inmensas cachas oscuras, un culo aún más oscuro recibiendo dos dedos blancos que entraban y salían sin dificultad.
“Me estas cogiendo con los deditos, turrito….si rompeme el culito así, despacito que me gusta mucho, siiiiiiiiii” me decía incitándome al coito anal.


Me incorporé, escupí la cabeza de mi cipote erguido y caliente y lo apoyé contra el horadado ojete de Miriam. Comencé una presión leve, parecía que el marroncito no quería ceder al tamaño de mi cabeza henchida, sin embargo, fue una breve resistencia, pues prontamente sentí como el glande empezaba a ser deglutido por el ano de mi negra. La cabeza venció la resistencia del primer anillo y Miriam dio un breve chillido. “Ayyyyyy despacito mi amor, que la tenés muy gorda” me dijo. Sin embargo, en lugar de buscar mi expulsión, para facilitar mi tarea, tomó ambas nalgas con sus manos, dejando más expuesto el agujero del culo.
Esa maniobra me animó a empujar con decisión y en un nuevo empelló le metí dos o tres centímetros. Esta vez no hubo queja, sino gemidos de aprobación, los que franquearon mi accionar, así que en un suave pero incesante movimiento pendular, fui introduciendo todo el tronco, hasta tocar con las bolas las cachas de Miriam.

La sensación percibida, de mis testículos dando con el culazo de Miriam me hicieron acelerar el ritmo, junto al cual se incrementaron los gemidos y gritos de ambos:
“Si negra puta….te gusta como te rompo el culo?” le decía mordiendo mis labios
“Siiiiiii, papito, clavame….haceme mierda…… rompeme el orto” me respondía mordiendo el apoya brazos del sillón.

Al cabo de unos instantes, acabamos juntos, sintiendo como una columna de lefa bañaba las entrañas de mi negra putona y como el orto de Miriam derramaba, al sacar la verga, los sobrantes de leche, hacia sus piernas, el piso y el sofa.
Exhaustos de semejantes polvos, nos prometimos próximos e inolvidables encuentros.
Espero que les haya gustado y lo voten
Tano Feroz (tanoferoz@yahoo.com.ar)

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