Mi nombre es mauro, tengo 25 años y desde hace cinco años vivo solo en un barrio de clase media de buenos aires, no muy lejos del centro de la ciudad. Todos los días me tomo el subterráneo o subte, como le decimos los porteños, con dirección al centro, donde trabajo como traductor. Mi turno es de 9 a 18 hs., horario de oficina, por lo que comparto mis viajes diarios con un caudal muy molesto de gente que se dirige al centro de la ciudad por la mañana y de vuelta a sus casas, en masa, por la...
tarde. Son momentos que me ponen de muy mal humor.
Esa mañana, para variar, los vagones estaban repletos. Antes de subirme tuve que esperar que un torrente de pasajeros entrara a los empujones antes que alguien se apiadara y me dejara un lugar contra la puerta. Ese espacio, cerca de la salida, me resulta sumamente cómodo. No piso a nadie, nadie me pisa. El mundo y yo estamos en paz, por lo menos durante 20 minutos.
Ya estaba en mi lugar, tranquilo, cuando un instante antes que cerrara la puerta, un hombre de unos 60 años, canoso y grandote entró al vagón. Era peludo por donde se lo viera. Una mujer a mi derecha fijó un segundo su mirada en la mata de bellos blancos que asomaba por el cuello abierto de su camisa y automáticamente apartó la mirada con expresión de asco. El sujeto se mantuvo en su lugar, sin mirarla, inconmovible. Llevaba un diario bajo el brazo, las mangas de la camisa arremangadas y un aire de indiferencia absoluta. Su presencia me resultó molesta. Había perturbado mi ritual diario con su impertinente entrada y en un impulso infantil me dispuse a hacerle lo más incomoda posible su breve estadía en el vagón. Así iba a aprender que ahí, junto a la puerta, desde hacía cinco años mandaba yo y nadie iba a cambiar eso.
Ni bien se puso en marcha el subte, recliné mi codo contra sus costillas. Para mi sorpresa, no hubo reacción. Dejé el brazo en esa posición durante medio minuto. Nada. Me dispuse, entonces, a cambiar de estrategia. Con un suave movimiento, puse la punta de mi pié izquierdo sobre el suyo, pero no hubo caso. El tipo no reaccionaba. ¿Había perdido toda sensibilidad corporal? ¿Qué le pasaba? A esta altura cualquier otro habría, como mínimo, pegado un grito y lanzado una puteada. Lo miré de reojo para ver si había rastros de incomodidad en su cara y descubrí entonces algo que no me esperaba. Me dio un poco de miedo: entre sus labios se dibujó el resto apenas visible de una sonrisa que nada tenía que ver con la alegría. Mientras me miraba con esa cara -que yo aun no sabía entender- sentí a la altura de mi culo el empuje invasivo de una protuberancia que crecía atropellándome con fuerza descomunal. Me quedé callado. Nunca me había imaginado que eso pudiese pasarle a un hombre, a un tipo, como yo. Eso era cosa de minas. Mientras pensaba en esto desesperado, la verga siguió creciendo. Al parecer, no había alcanzado todo su tamaño y su tronco, que al principio había ocupado solo el largo de la raya de mi culo, llegó hasta la base de mi espalda. El viejo de mierda la tenía durísima y me la frotaba toda como si yo fuera un pedazo de carne sin vida. Traté de moverme y la chica que estaba en frente mío me dirigió una mirada salvaje de odio. La muy puta estaba incómoda. El viejo me tenía acorralado. Su respiración cambió. Me agarraba de la cintura para acomodar mejor ese pedazote de verga entre mis cachetes, cosa de no perderse ni un centímetro de carne y hacer que la friccion siguiera excitándole el pene. El tronco era gruesísimo. Calculé que tendría el ancho de mi columna vertebral. Me lo imaginé coronado por una cabeza redonda y gorda, llena de sangre, latiendo en frente de mi boca. El olor a pija sin lavar había empeazdo a activarme las glándulas salivales, cuando un movimiento me despertó del ensueño. El tipo había aprovechado un meneo brusco del subte para agarrarme la mano y apoyarla en la base de su tronco. Se me hizo agua la boca, literalmente. Se había bajado la bragueta y tenía el calzón apenas corrido para que metiera la mano. Sentí restos de semen en la tela. Mi pija también estaba babeante. No me pude contener y rodee con mis dedos esa verga venosa de 20 centímetros. Aprovechando la posición de mi mano, le corrí la piel hacia abajo, cosa de dejar esa cabeza gigante al descubierto. Subí los dedos hasta ella y la rodeé para sentir los latidos de sangre que le llegaban atropelladamente. Esa pija necesitaba un culo urgente. La apreté con suavidad y no necesitó más para eyacularme sobre el traje todo el semen que tenía disponible. Durante unos segundos, la respiración del viejo se calmó. Sin decir nada, se bajón en la siguiente estación y yo me quedé ahí, parado, al lado de la puerta, con una humillación terrible y la sensación de haber sido usado como una puta.
No podía llegar a la oficina así, con el saco y el pantalón llenos de leche. Me tomé un taxi, volví a casa y llamé al trabajo fingiendo una fiebre que me permitiera faltar. Corté, me hice un té, traté de limpiar la manchas blancas y me disuadí de pensar en lo que acababa de pasarme. No quería admitir que seguía caliente y que ni todas las novias que había tenido en los últimos 5 años habían podido dejarme la cabeza tan hecha mierda de calentura.
Por primera vez en mi vida, me sentía atrapado, primero, en las cuatro paredes de mi cuarto, después, en mi cuerpo de hombre. A decir verdad, los putos me eran completamente indiferentes. No me calentaban para nada. Esto era otra cosa. Me imaginé con tetas, en mini, paseando por los bosques de Palermo. Los taxistas de mierda se manoseaban poniendo cara de pajeros y me tocaban el culo. Yo les quería hacer petes gratis '); displayAd();" onmouseout="hideAd();" href="javascript:void(0);" target="" id="href_gratis">gratis o por dos pesos, cosa de sentirme bien puta. Quería que me agarraran en banda y me hicieran tragar leche hasta hacerme olvidar de mi nombre. Me venía a la cabeza mi primera pija, la pija dura del viejo en el subte, su cabeza enorme, rígida. Lo que hubiese dado en ese momento por estar arrodillado en frente de esa poronga, con las manos del viejo apretándome la nuca para que me entre hasta la garganta. Moría por pasarle la lengua por el frenillo, bajar por el tronco y meterme las bolas peludas en la boca, succionarlas hasta hacerle descargar toda la leche calentita.
Ya no iba a poder recuperarme nunca más de esas ganas de meterme ese pedazo de carne dura en la boca. No me podía quedar así.
Esa misma noche me decidí. No iba a poder volver a cerrar los ojos hasta que hubiese probado lo que necesitaba probar. Sabía que tenía al alcance de la mano todo lo necesario. Cristina había dejado todo tipo de ropa en casa y despechada por el corte de nuestra relación, no había vuelto a buscarla. Agarré la Gillette, la cera, me armé de paciencia y después de 3 horas de trabajo, no me quedaba un solo pelito. Aun no me animaba a mirarme en el espejo.
Una por una fui probándome las prendas que tenía a mano, hasta quedarme con una tanga y un corpiño negros y un pijama baby doll muy sexi '); displayAd();" onmouseout="hideAd();" href="javascript:void(0);" target="" id="href_sexi">sexi que hace un año me había hecho calentar mucho sobre el cuerpo de Cristina. Los zapatos eran un problema. No importaba. Caminaría sobre el pasto… Ya tendría tiempo para comprarlos otro día.
Por último, llené el corpiño con algodón y me puse la peluca castaña de mi tía. Caminé hasta el espejo y cuando abrí los ojos no pude evitar imaginarme la cara que habría puesto el viejo del subte si me hubiera visto así, hecha toda una nenita. Mi cola de pan dulce no necesitaba tacos para llamar la atención y mis piernas musculosas y torneadas debían ser un espectáculo para cualquier macho. Solo me faltaban las tetas, pero confié en que mis ganas de pija iban a compensar, por el momento, la falta de cirugía. Me quedé así, posando en frente del espejo durante media hora. Mi poronga no tardó en ponerse morcilloza y escaparse de la tanga que apenas alcanzaba a taparla. No quise tocarme. Iba a guardar todo para mis hombres.
Una vez que guardé todo en el bolso, bajé al garaje, me subí al auto y tomé la avenida que agarraba para ir normalmente a los bosques de Palermo. Me moría de nervios. Eran las 2 de la mañana de un día de semana y lógicamente, no había casi gente en la calle. Buenos Aires estaba mal iluminada y me agarró miedo de lo que podría pasarme en una ciudad así, a esa hora, sin nadie que supiera donde iba ni en qué situación más delicada estaba. Por otro lado, no podía mentirme, yo no quería solamente ser tratada como una señorita. Quería que tres machos me ensancharan el culo hasta hacerme llorar de dolor y placer.
Cuando llegué, dejé el auto cerca de Libertador y bolso en mano, me adentré en los bosques sin saber qué esperarme. Después de caminar un rato, me acerqué a la zona que conocía, las callecitas por donde alguna vez había visto pasar largas filas de autos en busca de travestis hermosos. Los fines de semana estaba lleno, pero ese martes había apenas algunos grupos de chic@s diseminados a lo largo de la calle.
Me di cuenta que probablemente ellas no iban a aceptar de buena gana la competencia y menos todavía el cafishio que las vigilaba. Era consciente de que yo estaba por mi cuenta y tenía que velar por mi culo sola. No fuera a ser que los travestis me cagaran a trompadas sin que pudiera comerme mis primeras pijas. Me alejé, por lo tanto, de esa calle y me fui contra un árbol a cambiarme en la oscuridad. De lo ansiosa que estaba, no tardé nada en ponerme la ropita y a los dos minutos de empezar, caminaba en dirección a la avenida libertador con unos nervios que jamás había sentido. Estaba descalza y con ese pijama baby doll parecía una nena que se había extraviado en su camino de la cama al baño. Tenía que dejar de pensar en esas cosas antes que la pija se me volviera a escapar de la tanga.
Llegué a la avenida y sin pensármelo dos veces, me apoyé contra el caño de una parada de colectivo. A falta de experiencia, mi instinto de busca verga iniciada me dictaba todos los pasos a seguir. Ante la mirada de los escasos automovilistas que pasaban, comencé a levantar la parte de abajo del baby doll mostrando mi colita redondita, recién depilada. Pasaron 4 o 5 autos. De uno de ellos salieron gritos que apenas alcancé a oir. Si seguía un minuto más exponiéndome en la vía pública, imaginándome los machos que iban a romperme el orto, me iba a acabar en la tanga antes de ver una pija parada. Alguien tenía que aparecer cuanto antes…
El sexto auto bajó la velocidad y me dio con las luces en la cara. Era un taxi… El conductor bajo la ventanilla del acompañante. Sin esperar otro segundo, me acerqué, puse cara de trola y arquee la espalda... Hola, papi, me perdí en el bosque, y necesito que alguien me ayude a volver a casa…
Bebota, creo que encontraste tu papi, yo te voy a enseñar a portarte bien y no salir de casa a estar horas de la noche. Decime, cuánto está el pete?
El tipo era ancho de hombros, morocho, de unos 40 años. Se le notaban sobre el volante las manos de obrero y no pude evitar pensar, proporcionalmente, la pija que debía esconder debajo del jean. Tenía que ser mía…
hola mauro, la verdad me encanto tu relato, me calento muchisimo, pero ademas de eso debo felicitarte xq esta muy bien contado, felicitaciones. quiero mas!!
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