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Enviado por Beach10 el 21/5/2011

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Una experiencia maravillosa Publicado el 21/05/2011, por: Beach10

Me convocaron a media tarde en un piso del centro de la ciudad. Me avisaron que no trajera nada. Que la cantidad que había pagado lo cubria todo y que solo me tenia que preocupar de buscar placer, todo el que hubiera podido imaginar. Podia liberar absolutamente todas mis fantasias más recónditas, que allí serian aceptadas y, posiblemente, potenciadas. Por esto acudí ansioso y curioso a la vez.
Llamé al piso que me habían indicado en el mensaje electrónico i me abrió una mujer todavía...

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joven, que vestia un uniforme azul marino tipo azafata de vuelo y que llevaba en la solapa el mismo anagrama que ya había visto en el anuncio por Internet. Me saludó y me condujo por un pasillo hasta una habitación, pequeña, con un gran espejo y un pequeño armario como único mueble. “Guarde su ropa en el armario y póngase alguna de ls prendas que hay. Después, pase a la sala contigua. Muy buenas tardes”, me dijo obsequiosa con una gran sonrisa antes de salir y cerrar la puerta.
Abrí el armario y, a parte el colgador para dejar la ropa que llevaba puesta, solo había unos pequeños estantes en los que estaban bien ordenadas unas cuantas braguitas de diversos tipos, colores y texturas. Desde pequeños eslips a minúsculos tangas, de algodón, tul, nylon o microfibra, más o menos transparentes, y de diversos colores: negro, rojo, azul celeste, plata y oro.
Como gran adepto a la ropa interior pequeña y suave, lo más parecida posible a la femenina, quedé gratamente sorprendido por aquél inicio y empecé a tocar todo aquél muestrario de pequeños placeres que se me abria para mi elección. Pasé mis manos por aquella suavidad de texturas, mientras notaba un agradable calorcillo que me subia por la entrepierna pese a la ignorancia de como se iba a desarrollar la sesión prometida. Pero aquél conjunto de piezas, para contentar el más exigente de los fetichistas, excitaban mis sentidos y, sobre todo, mi fantasia.
Dudé, pero finalmente me decidí por un pequeño tanga de tul dorado semitransparente, que cubria suficientemente mi sexo aunque permitia descubrir su anatomía a través de la sublime ligereza del tejido. Era una pieza del tipo hilo y unos pequeños cordoncitos la mantenían prieta alrededor de mi pene, ya de un tamaño más que considerable a causa de la excitación. Por ello esperé un poco antes de entrar en la sala contigua como me había indicado la amable azafata. Ya más calmado, entré.
Quedé absolutamente sorprendido. Era una habitación mediana de espejo, toda ella. Paredes, suelo y techo reflejaban todos los ángulos de mi cuerpo en una luz que, aunque difusa, no ocultaba nada de lo que mis ojos miraban. Desnuda, excepto en un ángulo, donde había como una gran cama redonda cubierta por una gran tela de seda negra. He de confesar que estaba confuso i, porque no decirlo, bastante excitado y esto quedaba claramente reflejado por el volumen creciente de la braguita.
No pude pensar mucho más. Rapidamente se abrió una pequeña puerta disimulada entre las superficies de espejo y penetraron en la habitación dos personas. Delante iba una mujer, joven, alta y rubia, de pelo largo y lacio. De las que me gustan: pechos ligeramente pequeños, caderas estrechas y culo alto y duro. La observación fué rápida y clara. Iba desnuda excepto un minúsculo tanga plateado que cubria su sexo cuidadosamente depilado. Destrás de ella caminaba un negro, un joven mulato alto y musculado, vestido únicamente con un pequeño biquini plateado que apenas cubria sus nalgas y un sexo que adivinaba potente.
Se acercaron. En primer plano, ella me observó con una ligera sonrisa, me besó con suavidad en los labios y me susurró: “Échate en la cama y mira”. Como un saludo, el chico me recorrió el brazo con unos dedos increíblemente suaves para ser de un hombre. Fue como una descarga porque he de confesar que, aunque no soy homosexual, siempre he sentido la curiosidad de tener una relación erótica con hombres. Y ahora se me ofrecia esta oportunidad única.
Recobrado del asombro inicial, aquella doble visión y la doble caricia despertaron de golpe mi sexualidad y me fui a instalar entre los mullidos cojines en medio de una fuerte erección. Luego comenzó el espectáculo. Seguramente el más increíble y erótico que jamás había vivido.
La mujer y el hombre se abrazaron, sexo contra sexo, mientras sus manos recorrían lentamente todos los puntos de la espalda del respectivo oponente. Acompañados por una música suave, en el tono y en la textura, aquellas manos incansables acariciaban espalda, cintura y nalgas con las puntas de los dedos, mientras los dos movían lentamente las caderas siguiendo el ritmo musical.
Luego, ella se giró y ofreció sus pechos y su sexo a las caricias del muchacho, mientras con las nalgas se frotaban voluptuosamente contra un pene ya muy erecto. Mis ojos no podían apartarse de aquellas manos que recorrían ansiosas los puntos más sensibles de las zonas erógenas de la chica. La excitación de ella se adivinaba fácilmente por el volumen de sus pezones, amasados, pellizcados y rotados por los dedos expertos del chico. Eran como los pequeños tentáculos de un pulpo, que tanto rodeaban y acariciaban los pechos ansiosos de ella como bajaban y bajaban hasta masajear el finísimo tejido plateado del tanga y, a su través, los labios vaginales así expuestos. Mientras, su boca lamia y mordia suavemente el cuello de la muchacha en una imagen de brutal erotismo que me tenia fascinado y ya me había prolongado la lógica erección, a penas contenida por el etéreo tul oro de mi tanga.
Pareció que había pasado una eternidad ante mi mirada, fascinada por aquél espectáculo de intenso erotismo.De improviso, la chica se soltó del lazo que le había tendido el muchacho y se acercó a la cama para besarme y pasar suavemente la palma de su mano por el tul que protegia mi super hinchado sexo. Y se apartó dando entrada al muchacho.
El mulato se sentó encima de mi pecho, dándome la espalda y concentrando su atención y sus manipulaciones en mi pene. Aunque mi órgano seguía cubierto por aquella finísima envoltura, sus hábiles dedos comenzaron a recorrerlo buscando los puntos donde podía procurarme más placer. Mi sexo estaba hinchadísimo, inundado de sangre por la excitación que marcaba con fuerza las fuertes venas que lo envolvían. Desde mi fantasia podía seguir la marcha de aquellos dedos mágicos recorriendo el tul en busca de las sensaciones que provocaran el máximo placer. Cada movimiento de sus dedos me proporcionaba como una descarga eléctrica que arqueaba mi cuerpo como pareciendo que quería abandonar aquel trato. Una sensación falsa, porque en aquellos momentos yo pedia más y más, hasta alcanzar el clímax que parecia que me era prometido. Y todo esto sin que nada hubiera tocado directamente mi pene. Pero el hecho de que todo sucediera con el finísimo tejido interpuesto añadia un plus de erotismo a la situación.
El muchacho quería infligirme más placer y por ello comenzó a alternar las manipulaciones con los dedos con la presión de sus labios sobre el tul que rodeaba el pene. La sensación de su boca sobre mi sexo era mucho más suave comparada con la más enérgica de los dedos, pero ello no representaba un placer menor sino más bien una escalada en la excitación que sentía. En aquél frenesí, en el que había perdido de vista a la chica, casi sin querer mis manos rodearon la cintura del muchacho para ir a posarse en la hinchazón que su pene provocaba en el biquini de finísimo nilón. Sin verlo, mis manos adivinaban un sexo muy potente que latia ansioso por liberarse i actuar sin trabas. Pero era evidente que aquél muchacho era un excelente profesional y su atención y dedicación en relación a mi placer no sufria ninguna alteración a causa de lo que yo intentaba.
Sin duda dudando de mi capacidad de aguante i excitada por la imagen que le ofrecíamos ante sus ojos, de pronto apareció la chica y apartó delicadamente al negro, que quedó a un lado de la cama. Sin más se echó a mi lado mientras me besaba. Entonces, se giró y en un 69 perfecto su boca fue bajando por el pecho hasta envolver el tul de mi tanga. Allí continuó la manipulación que había iniciado su compañero, aunque ahora sus labios actuaban con una suavidad mucho mayor en su masaje de la bolsa escrotal. Me parecía mentira que con aquél tratamiento a que había estado sometido hasta aquél momento todavía no hubiera estallado en un lógico orgasmo. Después he llegado a pensar que quizá aquél tanga me protegia mucho más de lo que su finura hubiera supuesto. Quizá el tul había sido tratado con algún producto que impedia la eyaculación. No puedo decirlo, pero las oleadas de placer me embestian una y otra vez sin que sintiera la necesidad de correrme de forma inmediata.
De hecho, boca arriba, con mis labios intentaba masajearle su sexo, caliente y ofrecido aunque, como en mi caso, protegido por la finísima bolsa plateada. Y en aquél frenesí, casi sin darme cuenta, ella me había extraido el pene fuera de su protección de tela dorada para introducirlo en su cálida vagina después de apartar la fina tela de su mínima braguita. Ya en una situación más conocida empecé a debatirme con furor para alcanzar de una vez un orgasmo que me rehuía y que me dejaba el pene hinchado, dolorido y goteando.
Completamente absorbido por mis devaneos con la muchacha, en principio no noté que el chico apartaba la tira posterior del tanga para untar con gel el ojete. De hecho lo único que sentí en aquél momento fue la rápida y profunda penetración de un dildo que añadió un plus de tensión a la que estaba sintiendo en aquél momento. Aquí no acababa todo. El negrito dio vida a aquél artefacto que me penetraba hasta acariciar el punto G prostático. Efectivamente, la vibración provocada per un equipo de pilas que el chico maniobraba a su antojo, a sacudidas, enviaba olas de placer a un cerebro que tenia ya superexcitado por el coito con la muchacha. Aquél nuevo tratamiento en una nueva zona erógena multiplicava por cien mi furia por acabar con el terrible deseo que me envolvía. Toda la cintura pélvica era como un volcán a punto de explotar en una grandiosa erupción!
Cuando ya parecía inevitable un orgasmo brutal, la chica se retiró de mi penetración y el muchacho cortó aquella vibración diabólica que me estaba agotando desde lo más profundo de mi placer. Fue un momento, aunque suficiente para una breve relajación. Al instante, mientras la boca de ella se apoderaba, golosa, de mi miembro, el sexo enorme del chico comenzó a penetrarme. Fue una sensación nueva. Ni en mis sueños más íntimos había pensado nunca en ser penetrado. Su sexo era grande y duro, pero bien lubricado entró mejor de lo que hubiera supuesto y la excitación de la novedad me acabó de rendir. En efecto, aquello fue el final porque ya no tenia ni el poder ni la voluntad de retenerme. Exploté brutalmente en la boca de ella que, golosa, no dudó en tragar mi simiente. Casi inmediatamente, él también se corrió y la explosión combinada me produjo un efecto fue muy superior a todo lo que había vivido hasta entonces.
Luego, todo pasó muy rápido. Ella se levantó y me ajustó de nuevo el tul sobre un sexo ya en retirada. Él sacó con reverencia su pene de mi interior y ambos se retiraron silenciosamente por la misma puerta por donde habían entrado. Yo quedé allí, en cima de la cama, con la mente en blanco y completamente agotado por aquella experiencia maravillosa.

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Categoría: Trios | Comentarios: 0 | Visto: 4098 veces

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