Me llamo Almudena, tengo 26 años y soy millonaria. Sí, millonaria, a pesar de proceder de familia humilde, no haber terminado mis estudios en la universidad y no haber tenido nunca un trabajo que me durase más de un año. Y no, no me he prostituido… al menos no en el sentido literal del término. Pero me estoy anticipando demasiado. La historia de cómo llegué a ser poseedora de una fortuna es larga y asombrosa, y tendré que contárosla poco a poco pues, de otro modo, nadie me creería.
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Todo empezó hace un año. Yo había logrado un puesto de administrativo en una empresa pujante del sector inmobiliario y estaba realmente contenta. Después de mi largo deambular por las oficinas del INEM, era el primer contrato indefinido que había firmado en mi vida y, aunque el sueldo no era nada del otro mundo, era un trabajo cómodo que me permitía pagar el alquiler y reservar algo para mis caprichos. Yo compartía piso por entonces con otras dos chicas y el sueño de mi vida era poder tener mi propio apartamento para mí sola pero, dadas las circunstancias, estaba empezando a resignarme a la idea de que eso nunca sería posible.
Por otro lado, el ambiente en mi puesto de trabajo era excelente, me llevaba muy bien con mis compañeros e incluso había un chico bastante guapo, Ricardo, que andaba detrás de mí, si bien yo acababa de salir de una relación difícil y no tenía ganas de embarcarme en nada serio. Además de con Ricardo, compartía despacho con otras dos chicas: Belén, que tenía aproximadamente mi edad, y Sonia, que rondaba ya los cincuenta y era casi como una madre para todos nosotros. Como ya he dicho, el ambiente entre los cuatro era agradable y cordial, por lo que, a pesar del sueldo tirando a bajo, aquel empleo me parecía el mejor de cuantos había tenido.
Recuerdo que era un lunes de finales de junio cuando Belén, la primera siempre en llegar, me recibió con gestos apremiantes. Estaba nerviosísima, y verla así hizo que yo misma me sintiese alterada.
-Date prisa, don Miguel ha preguntado por ti.
-¿Don Miguel? –pregunté incrédula- ¿y ha dicho qué quería?
-No me he atrevido a preguntar.
-¿Parecía enfadado?
-No, la verdad es que me ha parecido contento, pero yo de ti no tardaría mucho en presentarme.
Mientras me dirigía a paso vivo al despacho del dueño de la empresa, miré de reojo mi reloj: ¡las nueve y cuarto! Maldije mi despertar perezoso y mi talante tranquilo, para una vez que el jefe me necesitaba, me pillaba en un retraso.
Debo decir que don Miguel Urquiaga era un jefe a la antigua usanza. Rondando ya la edad de jubilarse, era un hombre delgado con el pelo gris cortado en plan militar y unas espesas cejas que imponían respeto antes de que su propietario empezase a hablar. Tenía un genio de mil demonios, si bien era respetuoso con sus empleados. Exigía el tratamiento de "don", y él mismo hablaba de usted a todos sus trabajadores, tuvieran la edad que tuvieran. A mí me resultaba simpático, a pesar de todo, pues me parecía una persona honesta, que siempre iba de frente y que nunca podría sorprenderte. Aún así, yo iba muy nerviosa camino de su despacho, él nunca acostumbraba a tratar directamente con nosotros, para ello se valía de Antonio, su secretario particular, y no podía imaginar qué quería de mí aquella mañana.
Cuando llegué a la antesala de su despacho, Antonio me hizo sentar un instante.
-Espera, ahora le digo que estás aquí.
-¿Sabes lo que quiere?
-Ni idea, pero no parece de mal humor.
Antonio era un hombrecillo bajito y regordete de alrededor de 40 años. Llevaba ya mucho tiempo siendo el secretario particular de don Miguel y, aunque su sueldo doblaba el mío, yo no me hubiera cambiado por él por nada del mundo. Don Miguel era un adicto al trabajo y no tenía horarios, estar a su servicio personal significaba no tener nunca hora de salida, no tener vida privada y estar siempre a disposición del jefe supremo.
Pasados cinco minutos, Antonio me indicó que podía entrar. Santiguándome mentalmente, entré al despacho de don Miguel.
-Buenos días –traté de esbozar la mejor de mis sonrisas- ¿me ha llamado usted?
-Sí, pase, pase, señorita. Siéntese, ¿quiere un cigarrillo?
Nunca he fumado, y decliné la invitación mientras mi jefe, saltándose todas las normas vigentes, encendía un puro tamaño XXL y empezaba a degustarlo con placer. Así era él, la empresa era suya, y se hacía lo que él quería. Si no estabas contento… Pero no quiero que nadie se haga una mala imagen de mi jefe, ya he dicho que, a pesar de todo, me parecía una persona sincera y directa, y eso es más de lo que se puede decir de mucha gente.
-Verá, Srta. Román, la he mandado llamar porque me he fijado mucho en usted últimamente. Estoy francamente contento con su trabajo.
-¿Ah sí? –no pensaba yo que destacase por mi trabajo. No es que lo haga mal, pero tampoco soy una persona especialmente celosa de mis obligaciones.
-Ciertamente. Escuche, Srta. Román, soy una persona muy directa, me gusta hablar claro y no dejar nada sujeto a ambigüedades. Voy a proponerle un trabajo extra para los tres meses de verano. No quiero que se considere obligada a aceptarlo, ni mucho menos. Si, cuando yo termine de explicarle sus funciones, no le parece a usted bien, no tema ninguna represalia por mi parte, podrá usted seguir con sus tareas tal y como lo ha venido haciendo hasta hoy. Sólo una cosa le pido antes de contarle nada: le pido su absoluta discreción. Si no está dispuesta a aceptar mi propuesta, nadie, repito, NADIE, deberá saber nunca nada al respecto. En caso de que usted se fuera de la lengua y yo me enterase, considérese automáticamente despedida. ¿Está claro?
-S…sí.
Las cejas de don Miguel empezaban a ejercer su influencia sobre mí. Yo estaba intrigada y pasmada al tiempo ¿qué querría proponerme mi jefe con tanto secreto? Ni se me pasaba por la cabeza nada sexual, jamás nadie en la empresa había tenido problemas en ese aspecto. Pero ya empezaba a preocuparme, se acercaba el mes de agosto, ¿peligraban mis vacaciones?
-Como usted sabe –yo no lo sabía- mi mujer murió hace tres años. Éramos uña y carne, nunca dos seres estuvieron tan unidos como nosotros. Le he guardado luto celosamente, cosa por otra parte que no me ha sido muy difícil. Siempre fui hombre de una sola mujer, y mi vida transcurre monótona y ordenada, el trabajo, mi casa… nunca cojo vacaciones, no sabría qué hacer, y además mi mayor pasatiempo está aquí, en esta empresa que he levantado con mis propias manos.
Cada vez temía más por mis vacaciones, a pesar de sus palabras sobre mi libertad de elección.
-El caso, señorita Román, es que, a pesar de ser un hombre austero y trabajador, también tengo mis sueños, mis deseos festivos como cualquier otro. Y aquí es donde entra usted.
Di un respingo. Hasta ese momento, de algún modo me sentía como si don Miguel estuviese charlando para sí mismo, como si yo no tuviese nada que ver con su perorata. De repente, noté que sí, que él quería algo de mí, y yo estaba totalmente desorientada.
-Voy a ir al grano, señorita Román. Quiero que trabaje para mí como secretaria personal durante los tres meses de verano. Sé que le fastidio las vacaciones, pero podrá cogerlas en noviembre o diciembre. Además, seré muy generoso económicamente. Antonio no da abasto y necesita que alguien le ayude, y he pensado que usted es la persona idónea. Repito que puede declinar mi ofrecimiento pero, antes de seguir explicándole sus funciones, prométame que todo lo que aquí se diga no saldrá de este despacho.
-Lo… lo prometo.
Cada vez estaba más preocupada ¿y si, después de todo, el vejete lo que quería era echar una cana al aire? Pero no podía ni imaginarlo, don Miguel era multimillonario, antes de pasar por tan engorrosa situación, podía contratar a las más guapas profesionales. Yo soy una chica mona, pero desde luego no una mujer de bandera. Con el corazón latiéndome acelerado, me dispuse a escuchar su proposición.
-Estupendo. Entonces, voy a explicarle con todo lujo de detalles lo que pretendo. Luego, le daré unos días para pensarlo. Como le digo, desearía que me ayudase los tres próximos meses y que realizase las labores propias de una secretaria personal. No tendría usted vacaciones, ni fines de semana. Estaríamos siempre de reuniones y habría trabajo, mucho trabajo. Pero también momentos de ocio… que usted pasaría conmigo en mi mansión…
Debí poner cara de espanto porque don Miguel precisó de inmediato.
-Una cosa debe quedar clara. Nunca, NUNCA, habrá el más mínimo contacto sexual entre nosotros. Sé que voy a pedirle algo extravagante, fuera de lo normal, pero quiero que sepa que siento el mayor de los respetos por usted, que la considero una chica decente y que precisamente por eso le propongo esto.
Yo cada vez entendía menos. No tenía idea de lo que se proponía don Miguel. Afirmaba que no habría contacto físico pero, por sus vueltas y explicaciones, él que presumía de ser directo como una flecha, estaba claro que algo raro había en todo aquello.
-No… no entiendo qué espera de mí exactamente.
-Disculpe, Srta. Román, disculpe. Sé que no estoy siendo claro, estoy un poco nervioso –¿estaba nervioso él? Yo estaba ya aterrada- Al grano: quiero que, durante tres meses, me acompañe en mi trabajo, en mi casa, en mis reuniones. Nunca exigiré de usted ningún tipo de comercio sexual, para eso habría podido recurrir a cualquier… profesional. Lo único que quiero es que, todas esas funciones, todo ese tiempo que pasaremos juntos, lo pase usted… -carraspeó y bajó la cabeza- desnuda.
Había bajado tanto el tono de voz que por un momento creí que había oído mal.
-¿!Cómo!?
Don Miguel cogió aire y lo soltó todo de un tirón.
-Quiero que sea mi secretaria particular durante tres meses. Y quiero que, cada minuto, cada segundo de esos tres meses, los pase usted completamente desnuda. Repito, para que quede claro, que jamás le pediré otra cosa sino que esté junto a mí tal como su madre la trajo al mundo. Ni siquiera tendremos que hacer mención alguna sobre ello, simplemente, actuar como si todo fuese normal y lógico.
-Creo que se ha vuelto usted loco –las palabras me salieron de un modo automático, sin pensar.
-Antes de que tome una decisión, Srta. Román, quiero explicarle algunas cosas. Soy un hombre serio y aburrido que lleva una vida seria y aburrida, pero eso no quiere decir que no tenga, como todos, sueños y fantasías que deseo hacer realidad. Y mi mayor fantasía, desde que tengo uso de razón, es ésta: siempre he deseado ver a una hermosa mujer hacer las labores cotidianas en el traje de Eva. Ahora, a punto de jubilarme, no tengo nada que me impida hacer realidad mi sueño. Mi mujer no está, mis hijos son mayores, tengo dinero de sobra… Srta. Román, me haría usted tan feliz si dijese sí…
Yo estaba colorada e indignada ¿qué tipo de juego macabro y vulgar me estaba proponiendo mi jefe?
-Ni por un momento habrá pensado que voy a aceptar su propuesta. ¿Por qué no contrata alguna prostituta para sus perversiones?
-Precisamente… porque una prostituta no me interesa en absoluto, Srta. Román. Jamás he recurrido a una, y nunca lo haré. Yo no busco un desnudo provocativo o soez. Tampoco quiero una chica escultural. Quiero una joven inocente, guapa pero que parezca real, no una muñeca de diseño. Alguien que actúe con naturalidad, sin ansias de provocar. Y no quiero verla a usted desnuda en poses sexuales, más bien quiero que haga exactamente lo que hace un día cualquiera de su vida, que actúe con total naturalidad, pero que lo haga sin ropa. A cambio, le daré a usted medio millón de euros, aparte de mi agradecimiento eterno.
Estuve a punto de caerme de la silla. ¿Medio millón de euros en tres meses? Decididamente, don Miguel empezaba a chochear. Era demasiado para mí, necesitaba analizar aquello con calma ¿me estaba tomando el pelo? Ni la más cara de las prostitutas de lujo podría soñar con semejante cantidad, y a mí me la ofrecían por "vivir" desnuda durante tres meses, pero sin necesidad de acostarme con nadie ni dejarme siquiera tocar… ¿realmente lo estaba considerando?
-Le agradecería que lo pensase, Srta. Román. Como ya le he dicho, es libre de declinar mi ofrecimiento. En ese caso, seguirá usted tal como hasta ahora, no tema ninguna represalia por mi parte. Si acepta, hablaremos con Luis, mi abogado, y redactaremos un contrato claro y preciso. Usted se comprometerá a vivir desnuda durante tres meses y, a cambio, yo le ingresaré medio millón de euros en su cuenta, la mitad antes de empezar y la otra mitad al final. No diga nada ahora, Srta. Román, piénselo y me responde… digamos el viernes. Si está de acuerdo, podría venir a mi casa y firmar ese mismo día. Todo empezaría de inmediato.
Salí de allí como una autómata, preguntándome cómo diablos no le había mandado a la mierda en el mismo instante en que hizo su propuesta, ¿se creía que el dinero podía comprarlo todo?
***
Lo peor es que sí, que el dinero quizá sí puede comprarlo todo. Durante una semana estuve huraña, seria y distraída. Belén, Sonia y Ricardo, mis compañeros de despacho, me miraban extrañados. Habitualmente soy una chica risueña, alegre, y durante esos días apenas contestaba con monosílabos y de mala manera.
Tenía un torbellino dentro de la cabeza. Por un lado, la propuesta de don Miguel me parecía una tomadura de pelo, como si nadie en su sano juicio pudiese plantearse semejante locura ¿qué sentido había en exhibirme ante él durante tres meses si ni siquiera pensaba tocarme? Por otro, hacía cálculos mentales. A mil euros mensuales, contando con dos pagas extras, tardaría… ¡35 años! en ganar medio millón de euros. Prácticamente toda una vida laboral, y yo tenía la opción de ganarlo en apenas tres meses…
Tenía, sin embargo, muchos reparos, ¿era aquello prostituirse? Lo peor de todo es que, aunque intentase convencerme de que tenía dudas, en mi fuero interno sabía que, ya en el despacho de don Miguel, yo había tomado la decisión de aceptar. Y había una pregunta que me aterraba, si mi jefe hubiera pretendido acostarse conmigo, si no se hubiese conformado con su papel de observador pasivo, ¿habría sido yo capaz de renunciar al medio millón? Prefería no indagar en la respuesta.
El viernes, a primera hora, entré con las gafas de sol puestas en el despacho de don Miguel. Me pareció que estaba tan nervioso como yo cuando me miró esperando mi respuesta.
-He decidido aceptar su propuesta –dije en un hilo de voz- pero que quede claro que no voy a acostarme con nadie.
-¡Por supuesto, por supuesto! Esta misma tarde, pasará mi chófer por su casa a recogerla. No hace falta… que lleve equipaje, ya sabe. Firmaremos un contrato riguroso y los tres meses empezarán justo esta noche. No sabe cómo le agradezco su colaboración…
Me volví precipitadamente y casi le dejé con la palabra en la boca, nunca hubiera pensado que fuese capaz de hacerle eso a don Miguel.
***
El corazón me latía desbocado a bordo de la lujosa limusina. A mis padres les había dicho que me iba a trabajar tres meses fuera, que me habían hecho una oferta irrechazable, ya me las ingeniaría para ocultarles la cantidad ingente de dinero que iba a cobrar. Sólo Lucía y Lidia, mis compañeras de piso, estaban al tanto de la historia en la que iba a embarcarme. Ambas habían pensado que se trataba de una broma pero, cuando se lo expliqué con detalle, las dos terminaron por darme el empujón que me faltaba "vas a ser millonaria, jaja, ojalá nosotras encontráramos un mecenas excéntrico como ese don Miguel tuyo.
¿Cómo demonios había aceptado aquello? ¿y por qué, entre todas las chicas de la empresa, había sido yo la elegida? Ya he dicho que soy una chica atractiva, pero de ningún modo soy una belleza despampanante. Rubia, de uno setenta aproximadamente, soy de constitución delgada, aunque tengo un poquito de culete y unas mínimas cartucheras. No puedo quejarme demasiado por la celulitis, pero tampoco está ausente de mis muslos. Mis pechos son monos, supongo, pero tirando a pequeños… eso sí, tengo una cinturita breve de la que estoy muy orgullosa y unos ojos azules que hacen que mis rostro resulte inocente y sexy al tiempo. ¡Dios! Me irrité conmigo misma, un viejo verde me propone una guarrería y yo, no solamente acepto sino que estoy nerviosa… ¡por si queda defraudado conmigo!
El propio don Miguel salió a recibirme nada más llegar a su casa. Pero no me he explicado bien. Más que casa era una mansión de película, a la que se llegaba atravesando un bosquecillo de proporciones considerables que estaba protegido por un alto muro de piedra. Ya en las cercanías de la casa, el bosque se transformaba en jardín, cuidadísimo y en el que no faltaba detalle, incluida una piscina reluciente e impoluta. El edificio era bellísimo, y el lugar en conjunto parecía un sitio paradisíaco, comparado con el cual mi humilde pisito compartido era algo así como la caseta del perro.
-Me alegro mucho de que haya venido, Srta. Román, temí que se arrepintiera en el último momento, pero veo que es una mujer de palabra.
Entramos en la casa y me dirigió directamente a su despacho, una habitación tan grande como mi apartamento entero y cubierta de muebles caros y estanterías repletas de libros. Un señor calvo y gordísimo se levantó de inmediato a saludarme.
-Le presento a Luis, mi abogado. Ha redactado un contrato breve pero sumamente preciso que delimita los términos de nuestro acuerdo, de modo que no haya posteriormente reclamaciones ni malos entendidos.
La mano de Luis al estrechar la mía me pareció fofa y viscosa. Su media sonrisa me humilló de un modo sumamente desagradable pero, a pesar de todo, me sumergí en una atenta lectura del contrato y procuré olvidarme de él.
En resumidas cuentas, el contrato estipulaba de un modo claro y conciso nuestro acuerdo: yo tendría que despojarme de todas mis ropas y no tendría acceso a ellas en los próximos 90 días. Tendría que trabajar y acompañar completamente desnuda a don Miguel en todo momento, no tendría días libres ni momentos de ocio. Ni él ni ninguna otra persona podrían solicitar de mí favores sexuales. A cambio de todo ello, yo cobraría medio millón de euros, la mitad antes y la otra mitad después del trabajo. Si, antes del tiempo estipulado, yo renunciaba a continuar con mi parte del trato, automáticamente perdía todo el dinero: don Miguel se sentiría defraudado, su fantasía no habría llegado a buen término y, por consiguiente, yo no recibiría ninguna remuneración. Era por tanto, todo o nada, si me embarcaba en ello, debía ser hasta el final.
Todo parecía claro y perfectamente delimitado. Mis obligaciones serían las propias de cualquier secretaria, nadie pediría de mí ni más ni menos. Simplemente, haría mis tareas sin la más mínima prenda encima, y sin acceso a ellas en el tiempo acordado en el contrato. Luego, de la noche a la mañana, sería rica, muy rica. Al final del contrato, vi la firma de don Miguel. Tratando de disimular el temblor de mis manos, estampé mi firma junto a la suya.
-Estupendo, estupendo –Luis me extendió entonces unos papeles- Esto es el justificante de nuestro ingreso a su favor. Esta misma mañana dimos orden al banco, y el lunes sin falta tendrá usted 250.000 euros más en su cuenta.
Capítulo II. El primer fin de semana.
Bueno, ya estaba hecho, acababa de vender mi cuerpo, o al menos la contemplación de él, al mejor postor. Estaba sumida en mis pensamientos cuando, de pronto, fui consciente de que tanto don Miguel como su abogado me estaban mirando fijamente.
-Ejem… -carraspeó mi jefe inquieto.
-¿Sí?, ¿falta algo más? –de un modo absurdo, yo seguía dándole vueltas a los aspectos "legales" de nuestro contrato.
-Bueno, lo que don Miguel quiere hacer notar –Luis acudía solícito en ayuda de su jefe- es que, técnicamente, nuestro contrato acaba de ser firmado, y los 90 días comienzan en este mismo momento.
Yo seguía sin comprender, y mi jefe daba muestras de impacientarse.
-Srta. Román –dijo al fin en un tono más bajo del habitual en él- temo que, siendo fieles al contrato, debería desnudarse en este mismo momento.
-¿A… ahora…? ¿ya? –no sé en qué estaba pensando. El contrato era clarísimo, y todavía hoy me pregunto cómo pude sorprenderme. De algún modo, creo que aún pensaba que todo era un juego, que no era real, que no podía serlo.
-Si no tiene inconveniente –aunque Luis seguía manteniendo su tono neutro y profesional, el brillo de sus ojillos entrecerrados le traicionaba- debería poner sus ropas en esta maleta que yo guardaré durante estos tres meses y que le devolveré al término del contrato.
Puso ante mí una maleta negra y yo me sentí perdida, sobrepasada por las circunstancias. Por un instante, pensé echarme atrás y renunciar al dinero. Pero lo necesitaba tanto…
-¿Podrían dejarme a solas un momento, por favor?
-Por supuesto, Srta. Román –el tono de don Miguel desmentía sus palabras y demostraba impaciencia- Vamos a hacer una cosa. Luis y yo saldremos y la dejaremos sola. Dentro de quince minutos, volveremos a entrar. Si usted sigue vestida, romperemos el contrato y cada mochuelo a su olivo… en caso contrario, mi pequeña fantasía dará comienzo. Me gustaría que se decidiera usted a continuar, le aseguro que no se arrepentirá.
Dicho esto, ambos salieron del despacho y me dejaron sola. La maleta me parecía la llave de mi destino. Sentía mi cuerpo sumido en una ansiedad como nunca antes había experimentado. Estaba a punto de echarme a llorar, indecisa sobre qué decisión tomar. Una cosa era calibrarlo en la seguridad de mi propio domicilio, con Lucía y Lidia a mi lado dándome ánimos con sus risas y sus gritos, y otra tenerlo delante de un modo real, inmediato. Además, ¿estaría también aquel odioso abogado presente? ¿tendría que permitirle también a él ver mi cuerpo desnudo e indefenso?
No sabría explicar el motivo pero siempre que, en los últimos días, había intentado imaginar cómo sería aceptar aquel extraño trabajo, pensaba en mí desnuda junto a don Miguel, los dos solos. Nunca se me había ocurrido que alguien más pudiera verme, y la presencia ahora de Luis me ponía especialmente nerviosa. Don Miguel era más fino, más sutil, mientras que el abogado parecía estar desnudándome con la vista desde el primer momento de nuestra reunión.
Pero habían pasado ya cinco minutos y debía tomar una decisión: la exhibición total de mi cuerpo o la renuncia a una vida de caprichos y bienestar. Lo peor es que soy, o era, una persona tirando a tímida. En pocas ocasiones me decidía a hacer topless en la playa y, en mi propia casa, prefería salir del baño con las braguitas puestas, mientras que Lucía y, sobre todo Lidia, no tenían ningún reparo en pasearse en pelota picada delante de las otras. Incluso mi pudor había sido en alguna ocasión motivo de bromas por parte de mis amigas y, aunque en alguna ocasión les había permitido verme totalmente desnuda, lo había hecho de un modo rápido y presuroso, como para cumplir el trámite y que me dejasen en paz.
La tarea que tenía ante mí era, pues, monstruosa. Sólo la cantidad desmesurada de dinero que iba a cobrar y la promesa de don Miguel de que jamás me pondría una mano encima hacían que… que me decidiera a dar el paso.
Porque, mientras mi cerebro seguía pensando qué decisión tomar, mis manos se movían ágiles y nerviosas. Cuando me quise dar cuenta, me había quitado los zapatos, los vaqueros, mi camiseta estampada. Con un mimo excesivo, los doblé y los guardé en la maleta. Luego, con el corazón desbocado, me quité el sostén y las braguitas y las metí con el resto de mi ropa. Producto de los nervios, mis pies notaban el suelo frío a pesar de que la temperatura era sumamente agradable.
En el despacho de don Miguel había un espejo de tamaño medio en el que me miré por unos instantes. Mi media melena rubia enmarcaba unos rasgos correctos y simpáticos, en donde mis ojos azules brillaban como dos faros encendidos. Mi cuello era esbelto y elegante, uno de mis orgullos. Estaba un poco pálida, soy blanca de piel y estábamos al principio del verano, mi pechos, quizá demasiado pequeños pero siempre muy elogiados por mis parejas, tenían un color tirando a lechoso. Sin embargo, tuve que reconocer que eran bonitos, con sus pezones perfectamente marcados y tan retiesos y duros.
Poniéndome de puntillas y mirando hacia abajo en el espejo, me volví y miré mi culete. Era muy redondo, con un pelín de celulitis acumulada en las cartucheras pero, de todos modos, ¡qué demonios! estaba muy buena. Además, ¿cómo podía importarme tanto el gustar o no a don Miguel? Si era él el que se echaba atrás, yo cobraría todo mi dinero de golpe y sin tener que pasar tres meses en cueros, tanto mejor para mí.
Toc toc. Dos leves toques en la puerta me avisaron de que los quince minutos habían pasado. Me volví hacia la entrada, totalmente desnuda. Pasaría así los noventa días siguientes.
***
-Magnífico, Srta. Román, magnífico.
Al asomarse por la puerta, el rostro de don Miguel había expresado sucesivamente ansiedad, asombro y, después, una inmensa satisfacción. Tras él, los ojos de Luis sólo reflejaban una cosa: lascivia y deseo. Por mi parte, noté claramente cómo me ponía colorada de forma inevitable, me pasa siempre que algo me avergüenza, y mi tez es tan clara que suele resultar perfectamente visible.
Mientras los dos hombres entraban en el despacho, me obligué a mí misma a no cruzar las manos sobre mi pubis; por mucha vergüenza que sintiera (y sentía muchísima) estaba decidida a no dar un paso atrás. Lo que más me sorprendió es que, después de gastar una cantidad indecente de dinero en verme desnuda, don Miguel me mirase igual que lo hacía siempre, con seriedad y educación, como si mi exhibición le pasase desapercibida o no le diese importancia. Casi me resultó humillante que no me observase de arriba abajo como hacía Luis sin ningún tipo de consideración. En cuanto al abogado, de buena gana le hubiera degollado allí mismo, su sonrisa de medio lado me hacía sentir más desnuda aún, como si fuese un animal en una feria, un animal al que el público puede observar detenidamente a su antojo.
-Magnífico –repitió don Miguel mientras Luis cerraba la maleta con mi ropa- Estoy seguro de que no se arrepentirá de su colaboración Srta. Román. Esto hay que celebrarlo ¿te quedas a cenar, Luis?
-Por supuesto –la sonrisa del abogado iba ya de oreja a oreja.
En aquel momento, quedarme a solas con mi jefe casi me hubiese parecido una bendición. Si notar la mirada de aquel seboso abogado resbalar continuamente por mi cuerpo era sumamente desagradable, la idea de cenar con él se convertía en una tortura infinita.
Cuando don Miguel me propuso dejar el despacho y enseñarme mi habitación, fui totalmente consciente de cómo los ojos de ambos hombres se fijaban en mis glúteos y, por más que intenté evitarlo, se las apañaron para subir las escaleras tras de mí, por lo que tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no correr hacia arriba en busca de refugio.
-Ésta será su habitación estos tres meses, espero que sea de su agrado. Dentro de diez minutos estará lista la cena, la esperaremos abajo, Srta. Román.
Cuando me vi sola de nuevo, me apoyé sobre la puerta, abatida. Por un momento, las fuerzas parecían abandonarme, las piernas me flaqueaban, el pulso me latía desbocado ¿cómo había podido aceptar aquello, siendo tan tímida como era? Estaba a tiempo de mandarlo todo al cuerno. Sí, eso haría, le pediría a Luis la maleta con mi ropa, me vestiría y saldría de allí a toda velocidad. Pero… en ese caso, perdería todo el dinero, los dos hombres me habrían visto desnuda sin obtener nada a cambio, el mal rato de aquella tarde no habría servido de nada. No podía rendirme, una vez puesto en marcha, el juego no podía detenerse. Apreté la mandíbula, tragué saliva y examiné mi habitación.
Desde luego no podía tener queja, la habitación era amplia y luminosa, con una cama enorme que parecía comodísima y un pequeño cuarto de baño para mi uso personal. Como no llevaba equipaje, no tardé nada en instalarme, lo justo para dejar el cepillo de dientes y el champú especial que uso para mi pelo. Don Miguel había insistido en eso: durante la duración de nuestro contrato, nada de joyas, maquillaje ni ningún tipo de aditivo que pudiera "estropear" mi belleza natural.
Armándome de valor, abrí la puerta y empecé a bajar los escalones en dirección al salón. Allí estaban don Miguel y su abogado, con sendas copas en sus manos y, obviamente, impacientes porque yo apareciese nuevamente ante su vista… tal como mi madre me trajo al mundo. Por más que intenté bajar despacio los escalones, mis menudos pechos se movían insinuantes y pude ver cómo Luis se regodeaba sin disimulo en su contemplación. Por su parte, don Miguel era más discreto, de algún modo se las apañaba para que su mirada fuese más indiferente, menos insinuante.
-¿Le apetece una copa, Srta. Román?
-Sí, gracias. Un martini por favor.
Normalmente no bebo, pero en ese momento realmente lo necesitaba. El propio anfitrión se encargó de ponerme la copa mientras charlaba como si tal cosa.
-Estoy muy contento de que haya aceptado colaborar conmigo estos meses, tenemos mucho trabajo por delante, y el pobre Antonio no da abasto para resolverlo todo.
¿Pero de verdad aquel hombre pensaba trabajar junto a mí de aquel modo? Yo creía que, durante el tiempo del contrato, don Miguel estaría a mi alrededor babeando, sacándome fotos o haciendo vete tú a saber qué. Pero, desde luego, archivar y ordenar papeles en su despacho conmigo en cueros… Me vacié medio vaso de un trago y asentí con la cabeza, procurando olvidarme de la presencia de Luis.
-Pero esto es imperdonable –seguía don Miguel a lo suyo- si va a vivir aquí tres meses, lo primero es presentarle al servicio.
Di un respingo ¿el servicio? ¡Claro! ¡qué inocente era! ¿Pensaba que una mansión semejante se mantenía limpia ella sola? Pero, entonces… ¿también los empleados de don Miguel iban a verme desnuda? Mi jefe hizo sonar una campanilla y nos pusimos a esperar. Yo contenía el aliento, cada vez más nerviosa. ¿Delante de cuánta gente tendría que aparecer desnuda en aquellos tres meses? ¿Y cómo reaccionarían? ¿Les habría puesto en antecedentes don Miguel? Las piernas apenas me sostenían cuando, uno por uno, dos hombres y dos mujeres entraron en el salón y dirigieron disimuladas miradas a mi desnudez. Aunque no podría jurarlo, creí notar en ellos algo así como la cara que ponemos cuando se confirma algo impensable, como si todos se dijeran a sí mismos al verme "pues sí, era verdad".
-A Jacinto ya le conoce, es nuestro chófer y jardinero, todo en uno.
Jacinto, un hombre mayor con bigote y gafas de culo de botella se acercó y me estrechó la mano sonriendo. Yo no sabía dónde meterme ni cómo actuar, ser presentada desnuda a cuatro desconocidos vestidos mientras otros dos miraban me parecía la más descabellada y absurda situación que había vivido en mi vida. Continuamente tenía la sensación de que, en cualquier momento, iba a despertarme y todo quedaría en un sueño ridículo. Sin embargo, el despertar no se producía, la situación era real, muy real.
-Amelia es nuestra cocinera, y Loli se encarga de mantener esto limpio y aseado.
La cocinera era una mujer de alrededor de 50 años, y Loli, una joven teñida de pelirroja que me miró divertida y me susurró al saludarme "qué narices le echas". Yo estaba cohibidísima y colorada como un tomate todo el tiempo. Apenas me atrevía a levantar la mirada y a contestar con monosílabos a cuanto me decían.
-Y, por último, Felipe, el mayordomo.
Para terminar de fastidiar el asunto, el tal Felipe era un cuarentón bien conservado con una sonrisa encantadora y de muy buen ver. Cuando su mano cálida y firme retuvo la mía unos instantes me sentí morir de angustia. Estar desnuda ante él era incluso peor que estarlo ante el resto de los presentes, y a punto estuve de tapar mi rizado vello púbico con mi mano libre. Afortunadamente, detuve el gesto a tiempo, aunque no sin ser dolorosamente consciente de la vibración de mis senos con cada apretón de manos.
-Bien –terminó don Miguel- ya conoces a todo el mundo. Verás que somos como una gran familia. Si necesitas cualquier cosa de ellos, no dudes en pedirlo.
-Ya… encantada de conoceros…
Al fin, mi suplicio terminó y los cuatro miembros del servicio siguieron con sus obligaciones. Sentada a la mesa entre don Miguel y Luis, recobré un poquito la compostura, sólo mis pechos quedaban a la vista, y era un alivio notar mi sexo y mi culete protegidos de miradas extrañas. Aún así, estuve tensa y nerviosa toda la cena y, aunque los platos eran exquisitos, apenas pude comer bocado.
-Come usted como un pajarito, Srta. Román –decía don Miguel.
-Ya sabe cómo son las jóvenes don Miguel –respondía el odioso Luis- con tal de estar guapas, hacen todo tipo de sacrificios.
El muy cretino me guiñaba un ojo mientras yo, tragando con dificultad, apenas podía mantener una conversación coherente. Para empeorarlo todo, aquel mayordomo tan guapo entraba y salía continuamente con los platos preparados por Amelia, y nos observaba, serio y profesional, atento a llenar nuestras copas si éstas quedaban vacías.
Por fin, tras dos horas eternas de cena y charla con los dos hombres, la velada llegó a su fin. Don Miguel consideró que era hora de retirarse, al día siguiente teníamos trabajo, y Luis se despidió no sin echarme una última y apreciativa mirada de arriba abajo. "Al menos –pensé- espero estar unos días sin volver a ver a éste".
Cuando me metí en la cama, estaba totalmente agotada y, contra lo que esperaba, me dormí profundamente. Sólo me quedaban dos meses y treinta días de condena.
***
Un suave toque en mi puerta me despertó temprano al día siguiente. Contra mi costumbre, se me habían pegado las sábanas, probablemente el miedo a lo que debía afrontar hacía que intentase retrasar de modo inconsciente el momento de empezar el día.
-¿Srta. Román? –la voz de Lidia, la doncella, me llegó amortiguada por la puerta.
-Sí…
-Don Miguel está esperando ya en su despacho, ¿bajará a desayunar o le traigo el desayuno a la cama?
-A la cama, por favor.
Suspiré aliviada. Al menos, iba a poder desayunar en la intimidad. Si no fuera por tener que estar en cueros de continuo, debía reconocer que mi estancia en la mansión hubiera sido maravillosa. La cena del primer día fue excelente, y que te lleven el desayuno a la cama no es algo que pase a diario.
En apenas cinco minutos, Loli dio dos golpecitos suaves en la puerta y entró con una bandeja de ensueño: zumo natural, tostadas, huevos revueltos, café recién hecho… La pelirroja cerró tras de sí la puerta con cuidado y, al instante, todo su formalismo desapareció. Sin esperar a que yo la invitase, puso la bandeja a mi alcance y se sentó junto a mí en un pequeño taburete.
Creo que he olvidado decir que no había sábanas en la cama. El tiempo era muy caluroso y realmente no eran necesarias pero, aún así, yo me hubiera sentido más cómoda si hubiese podido taparme mientras charlaba con Loli. Porque era evidente que la doncella no tenía intención de desaparecer, adiós a mis esperanzas de desayunar en la intimidad. Allí, desnuda junto a la joven, empecé mi primer día completo en la mansión.
-Jo tía, ¡qué valiente eres!
Era la única persona que aludía de modo directo a la situación, y pensé que tal vez podía convertirse en mi aliada.
-La verdad es que a veces pienso que me he vuelto loca.
-Haces muy bien, yo no me atreví cuando me lo propuso.
-¿Quieres decir que…?
-¡Claro!, ¿qué te pensabas? Hace unos meses que don Miguel anda detrás de mí por toda la casa, intentando convencerme para que trabaje desnuda durante una temporada. Supongo que contigo ha hecho algo parecido. Al final, claro, alguna tenía que decir que sí.
-Sí –mentí- detrás de mí lleva también una buena temporada.
-Yo estaba tentada de aceptar, pero mi novio es muy celoso y dijo que ni hablar.
Lo cierto era que me sorprendían las confidencias de Loli. Si antes yo había estado preocupada por mi poquito de celulitis o mis pechos pequeños, ahora se me hacía evidente que la perfección del desnudo no era algo importante para don Miguel. Loli era bajita y culona, muy culona, si ella era lo suficientemente atractiva como para satisfacer el sueño erótico de don Miguel, yo superaba con creces el listón.
Mientras hablaba, Loli me miraba descaradamente, pero de un modo amistoso que me hacía sentir apoyada. Parecía una persona franca y sin dobleces, y de algún modo sentía como que la conocía de antes.
-Tienes las tetas pequeñas, pero tienes un desnudo muy bonito, de verdad.
-Gracias…-enrojecí vivamente al oír aquello.
-¿Y cómo te sientes… quiero decir… estando en pelotas todo el tiempo delante de tanta gente?
Sus preguntas directas me invitaban a desahogarme, aunque seguía sintiéndome extraña allí, desnuda delante de ella.
-Ayer me sentí fatal, estuve a punto de rendirme en varias ocasiones.
-¡Ni se te ocurra! Una vez que te has decidido, no puedes rendirte. Si alguna vez te entran ganas de abandonar, cuenta conmigo, yo te ayudaré en lo que pueda.
-Gracias Loli, necesito una amiga, la verdad.
-Ahora tengo que irme, te dejo aquí una toalla para que te seques después de ducharte, pero no se te ocurra quedarte con ella. Recuerda, si tienes momentos de desfallecimiento, ven a hablar conmigo. Y no tardes demasiado –me dijo según se iba- don Miguel está ya trabajando en su despacho.
Tan deprisa como había venido, me dejó sola con mis pensamientos. Terminé de desayunar y me di una ducha rápida mientras me pellizcaba para convencerme de que sí, que aquello era real y me estaba pasando a mí, no a una actriz de una película ni a un personaje de ficción. Me costó salir de la ducha, secarme y, armándome de valor, dirigirme al encuentro de mi jefe.
Afortunadamente, no me encontré con nadie en el trayecto hasta la puerta de su despacho. Con sigilo, como queriendo pasar desapercibida, abrí la puerta y saludé tímidamente.
-Buenos días.
-Ah, pase pase, Srta. Román, la estábamos esperando.
Y es que don Miguel no estaba solo. Junto a él, tan colorado como yo y casi sin atreverse a mirarme, estaba Antonio, su secretario personal. Me parecieron eternos los segundos que tardé en atravesar el despacho y sentarme frente a ellos al otro lado de la mesa. Afortunadamente, otra vez mi regazo quedaba cubierto, al menos momentáneamente. Era evidente que Antonio estaba tan incómodo como yo con la situación. Llevábamos meses trabajando juntos, era un hombre afable y encantador, yo conocía incluso a su mujer y a sus hijos y, ahora, aquel absurdo juego nos reunía en casa de nuestro jefe común de aquella manera tan peculiar. El pobre hombre apenas se atrevía a mirarme, mientras que don Miguel se movía como pez en el agua… hablando de balances, informes, recibos. Era como si, para él, todo fuese normal, y el hecho de que su secretaria trabajase absolutamente desnuda no supusiese nada digno de mención.
Y, sin embargo, era capaz de pagar medio millón de euros para que aquello fuese posible. Por no hablar de los comentarios que su peculiar perversión suscitaría entre sus empleados y colegas. Decididamente, don Miguel era una persona extraña.
Durante toda la mañana, y contra lo que podría esperarse, los tres trabajamos codo con codo concentrados en papeles importantes. Nadie hacía mención a mi vestimenta, o mejor dicho, a la ausencia de ella y, por extraño que parezca, llegó un momento en que incluso yo llegué a olvidar que estaba trabajando en cueros para mi jefe. Sólo la mirada baja y el ligero tartamudeo de Antonio demostraban que algo raro estaba pasando. De no ser por ello, todo hubiera sido un día normal de trabajo en una seria y pujante empresa madrileña.
A media mañana, don Miguel recibió una llamada en el móvil y se excusó.
-Explíquele cómo cerramos los balances de mayo Antonio, para que ella pueda hacerlo sola. Enseguida vuelvo.
Cuando don Miguel salió del despacho y nos dejó solos, la tensión podía cortarse con un cuchillo. Antonio no levantaba la vista de los papeles y yo me sentía incomodísima. Hubiera preferido que me mirase francamente, que hiciese algún comentario alusivo a mi situación, pero el pobre hombre apenas podía hilvanar dos frases seguidas y se mostraba incluso más avergonzado que yo. Siempre nos habíamos llevado bien y parecíamos dos desconocidos. Al fin, no pude resistir más y estallé.
-Bueno, ¿es que no vas a decir nada?
-¿Perdón?
-No finjas que no pasa nada Antonio, prefiero que me mires. Acabemos con esto de una vez, al fin y al cabo, vas a verme así muchas veces en lo sucesivo.
Con una decisión que no sospechaba en mí misma, me levanté y quedé durante unos instantes de pie ante Antonio. Mi rizadísimo vello púbico quedaba casi a la altura de su cara, y los ojos del secretario, rojo como un tomate, se detuvieron allí durante unos instantes.
-Me… me lo dijo don Miguel esta mañana y creí que bromeaba…
-Estarás pensando que soy una guarra.
-¡No!, no, supongo que la oferta habrá sido tentadora –otra vez no me miraba.
-Mírame Antonio, por favor, sigo siendo la misma de siempre, tu amiga del trabajo. Desnuda, pero la misma Almudena de siempre.
-Sí, perdona, es que… no me acostumbro, es tan… extraño.
-¿Lo sabe alguien más en el trabajo?
-No que yo sepa, a mí me lo ha dicho esta misma mañana el jefe. ¿Y cuánto tiempo tendrás que estar así?
-Tres meses.
La cara de sorpresa de Antonio logró incluso arrancarme una sonrisa, la primera desde que había firmado el contrato. En ese momento, don Miguel entró en el despacho y todo volvió a ser como antes: de un modo impensable, los tres trabajamos realmente como en cualquier día normal de oficina.
Al final de la mañana, Antonio se despidió (no sin antes caérsele los papeles un par de veces) y yo me quedé en la casa, ejerciendo mi papel de mascota del jefe supremo. El resto del día fue tranquilo, don Miguel tenía costumbres fijas y no parecía que mi presencia fuese suficiente motivo para alterarlas. Tras la comida subió a su habitación a echarse la siesta y yo disfruté de dos horas de tiempo libre. En otras circunstancias, habría aprovechado para dar una vuelta por los alrededores o un paseo por el bosquecillo que rodeaba la casa pero, como tenía expresamente prohibido usar cualquier articulo de ropa, me contenté con coger un libro de la biblioteca (donde me crucé con Felipe, el mayordomo) y subir a leerlo tranquilamente en mi habitación.
Agotada por las emociones de la mañana, no tardé en quedarme dormida, y cuando desperté estaba ya avanzada la tarde. Nadie me llamaba, nadie me reclamaba, pero era absurdo quedarme encerrada en la habitación. Además, todos los miembros de la casa me habían visto ya desnuda, de algún modo el impacto inicial había pasado, lo peor había sido superado. Aún así, sentía un ligero hormigueo en el estómago cuando salí de mi habitación y me dirigí a la planta baja de la casa.
Don Miguel leía el periódico cómodamente sentado en un enorme sillón.
-Ah, ya está usted despierta, siéntese por favor. ¿Quiere un café?
Me senté frente a él y crucé las piernas, de modo que mi sexo quedase oculto a su mirada. Me desarmaba la indiferencia con la que él encaraba la situación ¿es que no le excitaba verme en cueros todo el día? Y, si así era ¿Por qué se gastaba una fortuna en ello? Loli entró con una bandeja con café y me sonrió afectuosamente. Cuando volvimos a quedar solos, mi jefe dejó el periódico y me miró por primera vez desde que había entrado. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo al notar sus ojos recorrer de pasada mis pechos, mis caderas.
-¿Está usted a gusto, Srta. Román?
-Sí…
-Seamos francos. La noto tensa, nerviosa. Temo que quizá esté pensando en dejarlo. Sepa que me está haciendo muy feliz, que estoy encantado de que esté conmigo. Ojalá usted pudiera disfrutarlo igual que yo.
Era la primera vez desde el día anterior en que don Miguel hablaba, aunque de un modo indirecto, de mi desnudez. Hasta ese momento, había actuado como si, distraído por sus tareas, no hubiese reparado en el pequeño detalle de que yo no llevaba ropa alguna. Curiosamente, el hablar del tema me hizo sentir un poquito más relajada.
-No quisiera abusar de mi situación, Srta. Román. A mí me hace feliz este pequeño juego, pero si usted lo está pasando mal, estoy dispuesto a permitirle dejarlo. No cobraría usted todo lo estipulado, pero sí le firmaría un talón por 100.000 euros, en agradecimiento a este maravilloso día que me ha brindado.
Por unos instantes sopesé su oferta. Suponía llevarme la quinta parte de lo acordado… por un único día de trabajo. Realmente, era una propuesta tentadora. Pero ya me habían visto desnuda el abogado, Antonio, el servicio, mi jefe… ¿qué importancia tenía prolongar un poco más la situación y solucionarme el tema de la vivienda de golpe y porrazo?
-No –respondí- con voz firme. Quiero seguir. A no ser que sea usted el que no esté satisfecho de mí.
No sé cómo dije aquello. En alguna parte de mi interior, sentía vergüenza de mostrarme desnuda, pero el pudor era mayor aún si pensaba que mi cuerpo pudiese no gustar a quien lo observaba.
-¿Qué está diciendo? ¿cansarme yo? ¡ni en un millón de años! Estoy encantado con usted y, si me lo permite, le diré que es una verdadera preciosidad.
Recibir ese piropo en circunstancias normales de un hombre que casi podía ser mi abuelo hubiese sido normal y corriente. Pero allí, desnuda y con las piernas cruzadas intentando apenas cubrir mi cuerpo, no pude evitar enrojecer violentamente.
-Y para celebrar que haya decidido seguir conmigo, voy a invitarla a cenar a un restaurante estupendo, ¡Felipe!, ¡Felipe!
El apuesto mayordomo apareció al momento junto a nosotros ¿por qué me ponía tan nerviosa cada vez que él se acercaba?
-Sí señor.
-Llame al "Miña Terra" y reserve una mesa para dos por favor.
-Enseguida señor.
Inocentemente, mi primera reacción fue de alivio, si íbamos a salir a cenar fuera, por fuerza don Miguel debería prestarme algo de ropa y, al menos por unas horas, volvería a ser una persona "como todas las demás". Esto me hizo relajarme y durante un rato los dos charlamos amigablemente. Tanta era su naturalidad que, por momentos, yo casi olvidaba que estaba desnuda y mantenía una conversación totalmente normal. Sólo cuando alguien más entraba (Loli, el mayordomo) volvía a tomar conciencia de mi estado y me sentía incómoda, observada. Curiosamente, al estar a solas, si bien seguía cruzando obstinadamente mis piernas para sentirme más segura, mi estado me parecía más llevadero y menos extraño.
Pero cuando llegó la hora de salir a cenar toda mi tranquilidad se esfumó de golpe. Don Miguel consultó su reloj y dio orden a Felipe de que avisara a Jacinto, el chófer, para que estuviera preparado.
-Estoy hambriento –dijo levantándose- espero que le guste el marisco, Srta. Román.
Mi jefe se dirigía ya a la salida sin hacer mención alguna al único tema que ocupaba mi mente.
-Pero… don Miguel…
-¿Sí?
-Bueno, yo… supuse que… podría vestirme para salir a cenar…
-Pues… disculpe si le he dado esa impresión Srta. Román… pensé que nuestro contrato había quedado muy claro.
-Sí, está claro pero, ¿no pretenderá que vaya a cenar desnuda a un sitio público?
-Oh, no se preocupe por eso, el "Miña Terra" es mío, será como cenar en casa. Y la limusina lleva cristales tintados, nadie podrá verla por el camino.
-Pero ¿y la gente que esté cenando en el restaurante?
-Pierda cuidado Srta., Felipe ya ha dado aviso de nuestro pequeño juego. He reservado un pequeño saloncito para nosotros, apenas habrá una par de mesas aparte de la nuestra, y estoy seguro de que nadie se asustará de ver a una hermosa joven desnuda. Le garantizo que estará absolutamente segura a mi lado.
Si antes había notado mis piernas flaquear, ahora tuve que volver a sentarme para no caer. Me notaba cada vez más perdida, pasearme en cueros por la casa era duro, pero ¡salir así a un sitio desconocido donde quién sabe qué podría ocurrir! Por un momento me arrepentí de no haber aceptado la reciente propuesta de mi jefe. Quise hacer un último intento de detener aquello pero Felipe había vuelto a aparecer en escena.
-El coche está listo señor.
-Estupendo, ¿vamos Srta. Román? –me ofreció el brazo mi jefe, galante- ¿todo bien?
Como una autómata que no sabe lo que hace, me agarré al brazo de mi torturador y le seguí hasta el coche. Estaba tan anonadada que ni reparé en lo cerca que pasé de Felipe, tan elegante con su uniforme de servicio, que tan fuerte contraste hacía con mi piel suave y expuesta. Al llegar al coche, Jacinto nos esperaba con la puerta abierta, creí ver una sonrisa malévola en su rostro, pero tal vez fueran imaginaciones mías.
Por el camino, don Miguel hablaba por los codos. Nunca le había visto tan contento, supuse que, después de todo, su pose de indiferencia no era tan sincera como parecía: imaginé su erección bajo su impecable traje y volvió a extrañarme la idea de que se contentase con tan pueril juego durante tres meses.
El corazón me latía de un modo salvaje cuando, llegados al restaurante, Jacinto aparcó en un jardín interior y se bajó para abrirnos la portezuela. Afortunadamente, no había que salir a la calle pero, aún así, tuve la sensación de ser arrojada al vacío cuando, descalza y abrumada, me bajé de la limusina. Incluso agradecí el brazo que otra vez me ofrecía gentilmente don Miguel, me así a él como un naúfrago a una tabla en una tempestad, y traté de olvidarme de mis temblorosos pechos mientras el maitre salía a saludarnos con una espléndida sonrisa.
-¡Don Miguel, qué alegría! Hacía mucho que no nos visitaba.
-Trabajo Miguel, mucho trabajo. Mira, te presento a la Srta. Román, mi secretaria. Almudena, éste es Miguel, el mejor maitre de la ciudad.
-Encantado Srta., es un placer conocerla.
No sabía dónde meterme. Noté mis mejillas ardiendo cuando Miguel me tomó la mano y procedió a besarla solemnemente. Yo no daba crédito a lo que sucedía, cada poro de mi cuerpo me parecía bañado en sudor, mi pulso estaba agitado y no conseguía hacerme a la idea de que todo eso me estuviese ocurriendo a mí. Precedidos por Miguel, entramos en el restaurante.
No guardo un recuerdo preciso de cómo llegamos a nuestra mesa. Sé que atravesamos un pasillo estrecho, donde dos jóvenes camareros cargados con bandejas tuvieron que cedernos el paso, sé que sus ojos expresaron incredulidad. Sé que uno de ellos me miró de arriba abajo, que por unos instantes su boca se abrió levemente, y que luego estuvo a punto de dejar caer su carga. Tuve la sensación de flotar en una nube, el tiempo se me hizo eterno e insignificante a la vez, como si nuestro paseo hasta nuestra mesa durase apenas unos instantes y horas a la vez.
Como había dicho don Miguel, Miguel nos llevó a un pequeño reservado. Sólo había tres mesas más aparte de la nuestra. Sin mirar a los lados, procurando mantener la vista fija en el frente, corrí tan rápido como lo permitía el decoro hasta la silla que me presentaba el maitre y me senté, aliviada como si hubiese llegado a un refugio. De un modo inconsciente, crucé las piernas y cogí la carta, intentando taparme con ella tanto como me era posible. Sé que una de las mesas del reservado estaba vacía, pero las otras dos estaban ocupadas; sé también que, al entrar yo, un silencio repentino sustituyó al tranquilo rumor de las conversiones. Una de las mesas ocupadas quedaba a mi izquierda, y la otra detrás de mí. En cuanto a la que estaba libre, era la más próxima, y agradecí profundamente que no hubiese nadie. No me atrevía a mirar a mi alrededor ¡dios mío, estaba completamente desnuda en un sitio público!
Oía un sospechoso rumor a mis espaldas pero, por el momento, nadie parecía escandalizado hasta el punto de llamar a la policía o montar un espectáculo. Pensé amargamente que, más bien, el espectáculo corría de mi cuenta. Aunque llevaba varios minutos con la carta en la mano, no conseguía entender nada de lo que leía, pero para eso estaba el sonriente Miguel.
-Le recomiendo a la señorita unas ostras, son fresquísimas y exquisitas.
-No sé –la voz apenas salía de mi cuerpo- nunca las he comido.
-Entonces no se hable más –rugió feliz don Miguel- ya sabes Miguel, ostras, centollo, un poco de todo.
-Y el vino de siempre, supongo.
-Por supuesto, por supuesto.
Miguel casi tuvo que arrancarme la carta a la fuerza. Cuando se alejó con ella… me sentí como desnuda. Sí, es cierto, ya no sabía cómo intentar cubrir mis pechos. Probé a poner de modo estratégico los brazos sobre la mesa, pero era un postura absurda, incomodísima, y finalmente tuve que resignarme a que mis senos quedasen totalmente al descubierto. Al menos, estaba parcialmente protegida por la amplia y cómoda silla y la elegante mesa con su mantelito. Mi culete y mi delicado sexo se libraban por un rato de miradas extrañas.
Con timidez, de reojo, miré a la mesa de mi izquierda. Había una pareja ya entrada en años. Él, gordo y totalmente calvo, no me quitaba ojo. Su mujer me miraba también, pero más disimuladamente. Tenían aspecto de ser gente de mucho dinero, como mi jefe, y de estar acostumbrados a todo tipo de excentricidades. Supongo que don Miguel sabía perfectamente lo que hacía, y que en los círculos de la alta sociedad la moral es menos convencional. De momento, el ver a una mujer desnuda no impedía que el gordo y su mujer se atiborrasen de marisco. En cuanto a la mesa que tenía a mi espalda, oía continuos cuchicheos, pero no me atrevía a girar la cabeza para verlos.
No pude evitar sobresaltarme cuando un camarero joven apareció súbitamente a mi izquierda con una botella de vino blanco. Con movimientos precisos, descorchó la botella y sirvió primero a don Miguel.
-Excelente, excelente, pruébelo, Srta. Román, es un vino delicioso.
A pesar de que no estoy acostumbrada a beber, vacié la copa de un sorbo. Era un vino suave que me calentó por dentro de un modo dulce y reconfortante. De algún modo, ya que no podía cubrir mi cuerpo de las miradas de los demás, el exquisito caldo me servía para protegerme de aquella increíble situación. Atento, el camarero volvió a llenar mi copa antes de retirarse, no me atrevía a mirarle a los ojos cuando le di las gracias.
Don Miguel estaba exultante frente a mí. Se prodigaba en anécdotas, en historias de su juventud; lo cierto es que su conversación era agradable, detrás del hombre serio y enamorado de su trabajo que todos podíamos ver, había un hombre con un espíritu alegre e incluso cierto sentido del humor. En cuanto a mí, me dolía el cuello de mantenerlo fijo obstinadamente para no mirar a los lados, la tensión bajaba por los músculos de mi espalda y, a veces, me descubría con los glúteos doloridos por el agarrotamiento de todo mi cuerpo. Cada fibra de mi ser estaba alerta, como esperando que algo terrible sucediera. Sin embargo, el resto de comensales parecía no dar tanta importancia al pequeño detalle de una joven en cueros y la noche discurría tranquila, al menos para ellos.
Por fin, apareció el camarero con las ostras. Volvió a llenar mi vaso (no recuerdo cuántas copas llevaba ya) y, por primera vez en mi vida, probé aquel extraño manjar. Me sorprendió a mí misma descubrir que, pese a mi estado de nervios, tenía apetito. No era extraño, apenas había probado bocado desde que empezó mi nuevo trabajo, y mi estómago reclamaba su parte, indiferente a los padecimientos de su dueña.
-Veo que le gustan –observó feliz don Miguel- espere a probar el centollo. Es un capricho de dioses.
Animada por el vino y viendo que el resto de los comensales me dejaba tranquila y nadie se alteraba por mi desnuda presencia, decidí disfrutar en la medida de lo posible de la cena. Al fin y al cabo, mi acompañante resultaba ser un hombre agradable, el vino era excelente y la comida exquisita, y no todos los días puede una darse un atracón de marisco gratis.
Durante un rato, me dediqué a mis ostras y al centollo con entusiasmo y dedicación, mientras don Miguel me contaba chistes malísimos pero que curiosamente conseguía culminar de un modo simpático. Por un instante, estuve a punto de olvidarme de mi entorno y… disfrutar de aquella cena de lujo en un restaurante en el que jamás habría entrado por mí misma. De hecho, si no fuese por haber "olvidado" ponerme un vestido, hubiera resultado una velada muy agradable.
Pero, de repente, un nuevo motivo de preocupación invadió mi mente. Don Miguel acababa de pedir otra botella de aquel vinito que entraba con tanta facilidad (imposible saber qué número hacía) cuando noté que, entre los nervios y lo mucho que había bebido, necesitaba urgentemente ir al cuarto de baño. Quizá os parezca una tontería, pero la idea de tener que levantarme, pasar por entre las mesas y buscar el lavabo de señoras me parecía algo terrible, imposible de superar. Al fin y al cabo, llevaba al menos una hora ya allí, desnuda entre un montón de gente vestida, ya no debería importarme exhibirme un poco más. Pero, sentada a la mesa, mi sexo quedaba protegido, mis nalgas apenas insinuadas, sólo mis pechos eran visibles. Era como estar menos desnuda. Por el contrario, intuía que, si me levantaba, todas las miradas confluirían en un único punto: mi pequeño y asustado conejito. Ese solo pensamiento me llenaba de angustia y hacía subir el rubor de mis mejillas.
Durante un rato, aguanté estoicamente, procurando pensar en otra cosa. Pero, finalmente, tuve que rendirme a la evidencia, necesitaba imperiosamente ir al baño. Mi acompañante seguía charlando por los codos, era sin duda la velada con que siempre había soñado.
-Perdone –le interrumpí entre dos chistes- pero creo que necesito ir al baño.
-Ah sí. Mira, por el pasillo por el que vinimos, giras a la derecha y la segunda puerta.
Por un momento estuve tentada de pedirle que me acompañara, luego pensé que sería ridículo y, obligada por mis necesidades, suspiré profundamente, me armé de valor y me levanté de la silla. Cuando me volví hacia el pasillo por el que habíamos entrado, pude ver por fin a los ocupantes de la mesa que me quedaba a la espalda: quedé aterrada.
Ante mí, cuatro hombres de mediana edad con aspecto de tiburones de los negocios fijaban su vista… exactamente donde yo había imaginado. Traté de avanzar tan rápido como pude, resistiendo a duras penas el impulso de poner mis manos sobre mi sexo. Pude sentir sus miradas ávidas al pasar por su lado, sus ojos lujuriosos acariciando mis nalgas cuando sobrepasé su mesa y llegué al pasillo. Colorada como un tomate y queriendo terminar aquello cuanto antes, giré rápidamente a la izquierda y busqué con anhelo la puerta del servicio de señoras, paraíso y refugio que valía para mí más que el cofre del tesoro.
A medio camino, una duda me asaltó ¿don Miguel dijo a la izquierda o a la derecha? Súbitamente, me di cuenta de que había equivocado mi dirección cuando Miguel, sonriente como siempre, se acercó a mí.
-¿Busca el aseo Srta.? Sígame, por favor.
¡Señor, qué vergüenza caminar a su lado en esas circunstancias! Jamás pensé que diez o doce metros pudiesen hacerse tan difíciles de recorrer. Llegué agitada y al borde del infarto a mi destino, entré a toda prisa y tuve que hacer esfuerzos para no llorar al sentarme en la taza.
Luego, me refresqué la cara en el espejo y traté de tranquilizarme. Tenía que intentar acostumbrarme a que todo el mundo me viese desnuda. Si iba a pasar tres meses sin ropa, no podía alterarme tanto por mostrar mi cuerpo, debía conseguir que estar en pelotas fuese para mí algo natural y lógico. Pero claro, una cosa es razonar algo, comprender su lógica, y otra conseguir que sea algo real. Me miré en el espejo. Mis pequeños senos tenían una firmeza envidiable, y mis bonitos pezones (siempre he estado orgullosa de ellos) estaban duros como piedras. Demasiado, pensé, pero, ¿qué hacer para evitarlo? Mi vientre plano, mi espeso vello rubio, mis rotundas caderas. Veía una chica agradable y muy resultona frente a mí, no debía tener miedo. Si un hombre como don Miguel era capaz de gastar una cantidad indecente de dinero para tenerme así, más debía estar orgullosa que avergonzada.
En ese momento, se abrió la puerta y la señora que cenaba en la mesa contigua a la nuestra entró en el baño. Me dedicó una sonrisa encantadora al pasar por mi lado.
-Tienes a mi marido extasiado. Nos habían avisado de que una hermosa joven iba a cenar desnuda esta noche aquí y no nos lo creíamos. Pero ha sido algo maravilloso. Muy fino y elegante, es algo que quizá termine poniéndose de moda, jajaja.
Me quedé muda de asombro ¿todos sabían de antemano que yo cenaría desnuda? Don Miguel parecía manejar el mundo a su alrededor como si fuese de propiedad. Pensativa, volví a mi mesa, esta vez sin equivocarme y un poquito menos alterada. Las palabras de aquella mujer me hicieron sentirme menos incómoda. Al fin y al cabo, quizá a todos les parecía divertido aquel juego, y llegaba un momento en que yo misma empezaba a acostumbrarme. Cuando me senté junto a mi jefe, vacié otra copa de un sorbo y le pregunté directamente.
-¿Todo el mundo que hay aquí sabía que yo estaría desnuda?
Don Miguel me miró con una sonrisa de oreja a oreja.
-Por supuesto Almudena, te dije que estuvieses tranquila, que todo estaba bajo control –de repente había empezado a tutearme-. Estos de la derecha –indicó con un gesto la mesa vacía- han preferido no venir, tanto peor para ellos. Brindo por ti y por tu generosidad, una mujer desnuda es lo más bello que hay en el mundo, y el que no sea capaz de disfrutar de tu hermoso cuerpo sólo merece mis condolencias.
Por un momento recordé a Loli, cuyo cuerpo no parecía demasiado hermoso pero no había sido impedimento para que don Miguel lo intentase primero con ella. De todos modos, me tomé las palabras de mi jefe como un cumplido, apuré otra copita de vino y decidí disfrutar de la deliciosa cena. El postre prometía ser tan exquisito como lo anterior y, ya que estaba allí, mejor pasar un buen rato que vivir angustiada. Como el propio don Miguel había dicho, ¿qué hay más natural y hermoso en el mundo que una hermosa joven desnuda? Yo lo era, pero no lo sería eternamente, mejor aprovechar el momento.
Animada por el vino y más relajada al saber que nadie estaba a disgusto con mi desnudez, charlé con mi jefe todavía durante una hora más. Una copita de cava ayudó a soltarnos a ambos la lengua. Al final de la cena, parecíamos más dos viejos amigos que jefe y empleada nudista. Él me tuteaba continuamente, y eso me hacía sentir menos objeto, como si nuestra relación empezase a justificar el extraño contrato firmado.
Cuando al fin decidimos volver a casa, no tuve ningún reparo en levantarme y, a petición popular (nadie se había movido de su sitio) dar una vuelta sobre mí misma antes de salir del pequeño saloncito, entre aplausos y gritos de apoyo más o menos chabacanos.
Entré en la limusina en un estado de agitación sorprendente. Estaba medio borracha, y la mezcla de alcohol y experiencias nuevas me permitía percibir un ambiente sensual en la cálida noche madrileña que nunca antes había notado. Por un momento, empecé a encontrarle el gusto a eso de pasearme en cueros por la vida: era cómodo, sexy, y todos me trataban estupendamente.
Mi acompañante aparecía también radiante, supongo que mi presencia le embriagaba más que el vino, al que estaba más acostumbrado y del que no había abusado tanto como yo. Todavía me quedaba una sorpresa en aquel intenso primer día. A medio camino, la conversación dio un giro inesperado. Amparado por la intimidad de la parte de atrás de la limusina, oscura y discreta, don Miguel carraspeó levemente.
-Ejem, quería agradecerle esta noche maravillosa, Srta. Román.
No sabría el motivo, pero el abandono del tuteo me hizo dar un respingo nervioso.
-Ha hecho usted realidad uno de mis sueños eróticos de toda la vida, y satisfacer así a un hombre no tiene precio.
Yo no sabía qué decir. De nuevo me sentía desnuda, muy desnuda, y de repente caí en la cuenta de que iba en el asiento de atrás de un coche con un hombre que babeaba por mí. Otra vez crucé las piernas, me sentía así más protegida y menos vulnerable.
-Verá, mi mujer era una persona maravillosa. No cambiaría ni uno de los minutos que pasé con ella por una vida con otra. Pero… esto no quita para que… bueno, por decirlo claramente, ella era muy convencional en materia de sexo.
Seguí obstinadamente callada. Me asustaba el giro que había tomado la charla, y no quería alentarle a seguir. Pero don Miguel continuaba por sí solo.
-El caso es que, aparte de esto, que es mi mayor fantasía y que ya ha empezado usted a satisfacer de modo espléndido, tengo otra pequeña… inclinación, que nunca pude experimentar con mi mujer, ¿sabe?
No, no sabía y no quería saber ¿tan lejos estábamos de casa? Aquel paseo en limusina se me estaba haciendo eterno.
-Quizá –la voz de don Miguel sonaba temblona, nerviosa- y sólo quizá, usted que es joven y tiene una actitud más abierta… podría también ayudarme en esto. Por supuesto yo la recompensaría con… digamos otro medio millón, así redondeamos la cifra, ¿qué le parece?
El corazón me latía desbocado ¿qué pretendía ahora aquel pervertido? ¿se pensaba que su dinero podía comprarlo todo? Me removí inquieta ¿cuándo demonios llegaríamos a la mansión?
-Verá, yo le digo cuál es mi capricho y usted… si lo considera posible, me lo concede. Pero no se apure, Srta. Román, si no está dispuesta a hacer ese pequeño sacrificio, eso no afecta al resto de nuestro contrato. Verá, para mí… para mí, siempre ha sido algo que me ha llamado la atención… y mi mujer nunca me lo permitió…
Yo estaba aterrada, ¡quería sodomizarme, seguro! Aquel viejo del diablo, con su educación exquisita y con su tacto era un guarro como todos, ¡quería darme por el culo, hablando mal y pronto! Mi indignación crecía por momentos, sentía deseos de pegarle, podía meterse el dinero donde le cupiese, una cosa era desnudarse, pero esto…
-¿Srta. Román? ¿me escucha?
-Estoy esperando a oír su petición antes de responder –mi voz sonó gélida y cortante.
-Bueno, verá… el caso es que siempre he tenido el deseo insatisfecho… en fin, mi mujer era de misa diaria…
-Cuanto antes terminemos con esto mejor.
-De acuerdo, de acuerdo, tiene razón. Al grano. Siempre me ha llamado mucho la atención el sexo oral…
-¡¿Qué?! ¿por quién me toma? ¡Se ha vuelto loco si piensa que voy a chupársela, ni por un millón ni por todo el oro del mundo! ¡En cuanto lleguemos me devuelve mi ropa, me vuelvo a mi casa y rompemos el contrato!
Don Miguel me miró espantado, su juguete amenazaba con echar a volar.
-Pero, pero, ¿qué está diciendo? No me ha dejado terminar, por favor, Srta. Román, tranquilícese, déjeme que le explique. Siempre me ha apetecido practicar el sexo oral, sí, pero no es lo que usted se imagina. Ni por un momento he pensado en que usted… por dios ¡qué mal me he explicado! Comprendo su indignación.
Yo estaba desbordada, ya no sabía por dónde iba a salir aquello. Le animé a continuar con la mirada, impaciente.
-Al contrario, Srta. Román, lo que yo le suplico como un favor personal, algo que le agradeceré eternamente, es que usted me permita… besar su sexo.
Ahora sí que no podía creérmelo.
-Vamos a ver si le he entendido ¿quiere darme otro medio millón de euros a cambio de dejarme…
-Sí, de permitirme besar su sexo. Eso sí, durante tanto tiempo como yo desee y tantas veces como yo quiera. Mi mujer jamás me lo permitió, y es algo que tengo que probar al menos una vez. Comprenderá que no me sirve para esto cualquiera. Tiene que ser una chica sana, limpia… inocente.
No sabía porqué pensaba él que yo era tan sana e inocente, la verdad. No soy una puta, es cierto, pero desde luego ya algunos "besos", por usar su expresión, había recibido en la entrepierna.
Me había quedado muda de asombro. Don Miguel esperaba una respuesta, nervioso e ilusionado como un niño. Y yo no tenía idea de qué hacer. Seguramente, si él hubiese formulado su petición de un modo directo, la habría rechazado sin dudar. Pero, después de haber pensado las cosas más desagradables, su capricho no me parecía tan horrible como podría parecer. Me irrité conmigo misma, ¿estaba pensando en acceder? El vino, las extrañas circunstancias… y medio millón más, ¿qué me costaba dejarle jugar un rato con mi conejito?
¡Dios, me estaba corrompiendo el dinero! Pero los ojos de don Miguel me miraban con tal expresión de súplica, con tal desasosiego… En ese momento, la limusina llegó a su destino y Jacinto se bajó rápidamente para abrirnos la puerta. En silencio, entramos en la mansión y subimos por las escaleras, yo delante, él detrás. Estaba tan sumida en mis pensamientos que ni siquiera fui consciente de que seguía completa e impúdicamente desnuda. Mi estado empezaba ya a ser algo secundario, algo que a ratos llegaba a olvidar completamente.
Cuando llegamos a mi habitación, don Miguel carraspeó nervioso.
-Srta. Román, espero no haberla ofendido. Quiero pedirle disculpas, pensará que soy un viejo verde, lo entiendo. Le prometo que no volverá a pasar, a partir de ahora…
-¿No quiere pasar?
Dándole la espalda, entré en mi habitación y dejé la puerta abierta. Don Miguel me siguió como un corderillo, mudo de asombro y felicidad. Me tumbé en la cama y, por primera vez desde que todo había empezado, abrí las piernas y dejé mi sexo desnudo vulnerable y accesible. Cerré los ojos y esperé.
-Verá, Srta. es que…
-¿Sucede algo? –por un momento temí que fuese él quien se arrepintiese, lo que me dejaría en una posición muy indecorosa.
-Si no le importa, ¿podría usted ponerse de pie?
Con un suspiro de impaciencia, me levanté y me puse en pie en medio de la habitación, los brazos cayendo a los costados y las piernas separadas. Don Miguel se arrodilló junto a mí nervioso y cohibido como un chiquillo ante su primera vez. Sin atreverse a tocarme con las manos, noté cómo su boca me daba un tímido beso en los labios, apenas un roce insinuado.
Curiosamente, yo no estaba nerviosa. Más bien quería terminar cuanto antes, ¿no pensaría aquel estúpido que yo iba a gozar con aquello? Don Miguel me besaba por los alrededores de la vagina, con besos pequeños, casi castos. Por un momento, incluso pensé que se iba a conformar con aquello. Pero pronto, su lengua inició una exploración más completa del terreno. La notaba moverse primero alrededor de mis labios mayores, subiendo luego torpemente en busca de mi clítoris. Pese a mi renuncia previa a abandonarme, no pude por menos de dar un respingo cuando la lengua de mi jefe encontró el pequeño botoncito.
No sabría decir si era realmente la primera vez que don Miguel hacía aquello, lo que sí sé es que ponía todo su empeño y dedicación en hacerlo bien. Poco a poco, su lengua separó los dos labios de mi conejito y empezó a adentrarse dulcemente. Yo intentaba con todas mis fuerzas permanecer indiferente, pero notaba un agradable calorcillo que me iba invadiendo paulatinamente. Por un instante, don Miguel detuvo su "beso" y yo pensé que había tenido suficiente. Miré hacia abajo y vi cómo retiraba de su boca un pelito rubio y rizado. Luego, me miró un instante como pidiendo permiso y, a continuación, volvió a sumergir el rostro entre mis piernas.
La postura era realmente incómoda para mí, y pensé aliviada que eso me permitiría evitar excitarme más de lo debido. Sin embargo, mi jefe era, igual que en el trabajo, concienzudo y metódico: no había resquicio al que su lengua no llegase, ni centímetro de mi sexo que no cupiese dentro de su boca ansiosa y complaciente. Complaciente, sí, porque, pese a todas mis resistencias, yo no podía evitar un leve jadeo que a duras penas podía contener. Jamás hubiera pensado en la posibilidad de que don Miguel me proporcionase un orgasmo pero, desnuda y de pie ante él, su dedicación empezaba a dar sus frutos.
Mis muslos empezaban a sufrir temblores al llegar el placer en tan incómoda posición, hubiera querido apoyarme en algún sitio, de modo que así le resultase a mi acompañante más fácil el acceso. Poco a poco, mi resistencia física y mental se iba minando, si el hombre tenía aquel capricho, y una vez resuelta a concedérselo, ¿qué había de malo en que yo también disfrutase un poquito?
Lo cierto es que, mientras mis amantes anteriores iban más a lo suyo, a su propia satisfacción, don Miguel no parecía esperar nada a cambio, se tomaba su tiempo, y su único objetivo parecía ser hacerme feliz, sentirme vibrar entre sus labios. Y a fe que lo estaba consiguiendo, mis jadeos tenían que ser ya claramente audibles para él. Eso me avergonzaba, pero era incapaz de controlarlos, probablemente el vino tuviese algo que ver en aquello, pero creo que sería injusto negar a mi jefe su parte de culpa.
Cuando noté que el orgasmo era irrefrenable, separé un poquito más las piernas y me abandoné al placer. La boca cariñosa de aquel sexagenario hurgaba incansable y voraz, devorándome de un modo encantador. El placer llegó como de lejos, anunciándose, y poco a poco alcancé un éxtasis brutal y demoledor, allí de pie y desnuda, entre las atenciones de un hombre arrodillado que podía ser mi abuelo y se mantenía pulcramente vestido. Por si todo ello no fuese lo suficientemente surrealista, era la primera vez en la vida que alguien me pagaba por proporcionarme un orgasmo delicioso.
Cuando terminé de gozar, noté con espanto que tenía la cabeza de don Miguel sujeta entre mis manos, obligándole así a adentrarse más y más en mi interior. Le solté asustada y di un pequeño paso atrás.
-Gracias Srta. Román, ha sido sublime. Ahora debo irme a descansar, a mi edad, tantas emociones le dejan a uno agotado.
Cuando me metí en la cama, la sensación de irrealidad era mayor que nunca ¿era yo la que se había dejado "besar" de aquella manera? ¿era yo la que había tenido un impensable y magnífico orgasmo cuando menos lo esperaba? Caí rendida de inmediato, sin darme apenas cuenta de que faltaban dos meses y treinta días para la finalización del contrato.
***
En comparación con el increíble día anterior, el domingo fue una jornada tranquila. Desnuda en todo momento, pasé el día junto a mi mecenas particular. Ninguno hicimos alusión alguna al insospechado final de la última noche, aunque en un par de ocasiones nuestras miradas se encontraron de un modo extraño que me hizo sonrojarme. Fue un día de descanso, ni siquiera don Miguel trabajaba los domingos, y yo aproveché para descansar e intentar ir acostumbrándome a mi nueva situación.
Ah sí, se me olvidaba. Por la noche, antes de dormir, mi jefe, otra vez nervioso y apurado, volvió a pedirme "el inmenso favor" de prestarle por un rato mi sexo húmedo y joven para sus experimentos orales. Lo hizo realmente bien.
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