Manoseada en el metro

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Manoseada en el metro

Categoría: Voyerismo Comentarios: 0 Visto: 39235 veces
Ajustar texto: + - Publicado el 04/11/2009, por: Anónimo

En traje de edecán, Martha entró al andén repleto de oficinistas con portafolios y mujeres que llevaban a sus hijos a la escuela, esperando la llegada del metro.

Martha tomaba el metro pues su auto se descompuso. Su esposo no fue capaz de arreglarlo rápido, pues aunque manejaba un taller, le dijo que había clientes primero. Sintiéndose relegada, a Martha le enfurecía más que en el metro no faltan los acosadores.

Martha pensaba que aunque los oficinistas se veían respetables, muchos eran viles mañosos. Andaba rápido, cuidándose porque su atuendo llamaba la atención. “¡Por qué el diputado me hace llevar estas faldas!”, pensó rabiosa. Al político le gustaba que sus secretarias lucieran.

Un sujeto canoso la vio pasar, comprobando la incertidumbre de ella. En el uniforme que Martha usaba en el despacho, blusa y falda corta blanca, sin medias, su cuerpo se exponía bastante. El canoso la siguió mirándola descaradamente. La falda era delgada y delineaba el curvilíneo trasero de Martha, por el movimiento de sus caderas. Sus largas piernas eran llamativas y finalizaban en zapatos blancos de tacón.

En medio de personas con prisa por abordar, al llegar el metro Martha tenía al canoso a la espalda, sin saber que él estaba preparado para frotarse contra ella.

Se abrieron las puertas y al entrar los pasajeros en tropel, el canoso se dejó aventar, adelantando la pelvis. Disimuladamente posó la bragueta en las duras posaderas de Martha.

El metro cerró las puertas y arrancó. Los pasajeros se empujaban entre sí, rechazándose, muy cerca unos de otros. Con ese pretexto, el canoso recargó más el cierre en el trasero de Martha, que trataba de alcanzar un asidero.

Entre las piernas de los pasajeros, las nalgas de Martha se apretaron involuntariamente contra el miembro, proporcionándole un agradable y rígido contacto.

Inexpresivo, el canoso vio a otro lado recargando más la bragueta entre las abultadas nalgas de Martha. Él vio el abultado trasero que tensaba la tela y en medio de él, la bragueta se hinchó enormemente, endureciéndose.

Al sentir sorpresivamente lo que pasaba, Martha miró atrás, indignada.
-¡Óigame…! ¡Viejo sucio…!

Enfurecida, se movió para quitarse. Sus sacudidas gratificaron más la erección. El canoso le pegó más la bragueta. Personas más allá comenzaron a discutir por conservar su espacio en el atestado vagón. Distrayendo eso a la mayoría, entre tantas personas Martha no podía apartarse del canoso algo enrojecido de la cara, del todo apretado más el cierre contra las nalgas erguidas.

-¡Deje de pegarse! –gritó Martha- ¡Voy a llamar a la policía!
-No empuje, señora –dijo alguien por ahí.
-¡Quítese, sucio! –Martha daba codazos que el canoso evitaba como si no fueran para él, recargándole la erección cínicamente.

Las piernas de Martha en minifalda estaban entre las de otros pasajeros. Viendo la oportunidad, una mano disimulada halló la orilla de la minifalda. La jaló hacia arriba, revelando los muslos sin medias. Ocupada en quitarse al canoso de encima, Martha no se dio cuenta de lo que le hacían.

Gonzando la presión de las posaderas de Martha en el miembro, el canoso tuvo una sonrisilla, enrojeciendo más. Cerrando los ojos empujó la endurecida bragueta entre las nalgas de Martha. La tela de la falda se hundió con el abultamiento el cierre entre ellas.
-¡Deje de frotarse, quítese, mañoso!

Otro que iba al lado tomó la otra orilla de la falda y subiéndola hasta el muslo, descubrió su blancura sin medias. Sin darse cuenta Martha llevaba la falda bastante subida.

Aprovechando el vaivén del metro, la erección se frotaba en las turgentes posaderas, que moverse frotaban haciendo crecer al máximo la hinchazón

Tensándose, el canoso oprimió la erección completamente en las duras nalgas. La bragueta comenzó a palpitar rápidamente en el surco del trasero.

Casi incrédula, Martha se dio cuenta de que el canoso eyaculaba en el pantalón, frotándosele en las nalgas.
-¡Ay, no, no quítese! –exigió casi sollozante sin que el canoso hiciera caso.

El canoso se hizo atrás, satisfecho. Eso pareció la bandera de salida. Uno atrapó con la mano una pierna de Martha y a ése siguieron otros. Gritando turbada, Martha se dio cuenta de que llevaban la minifalda casi totalmente remangada. Trató de bajársela, pero otras manos aparecieron sobando las piernas desnudas. Martha no pudo hablar. El bochorno le quitó fuerzas.

A la altura de pantalones y jeans, las únicas piernas femeninas eran las de Martha, palpadas por varias manos, que reocrrían los muslos hacia arriba, tocando las pantaletas. Indignada, Martha trataba de apartar tres o cuatro manos.

Martha quedó rodeada por pasajeros que le friccionaban vorazmente las piernas. Se apretaron contra ella, recargándole la bragueta en las piernas.
-Ay, no, no…

Al intentar apartarse, solamente conseguió restregar más los bultos de los cierres con los muslos. Llevaba la minifalda casi en las caderas. Otra mano la tomó por la mitad de las nalgas, revolviéndolas. Ente los frotamientos y los jaloneos, Martha iba semidesnuda.

El temor y la confusión la paralizaron. Al quedarse quieta, las braguetas palpitaron sordamente contra los muslos expuestos de Martha. “¡Oh…!”, pensó ella, “¡se están viniendo…!”

Los pasajeros que la rodeaban le buscaban la entrepierna, hurgando. Se quitó otras manos farfullando sofocadamente. “¡Me van a desnudar…!” El metro llegó a la siguiente estación. “¡Debo salir…!” Pateando y empujando, alcanzó la puerta cuando el metro se detuvo.

La puerta se abrió y Martha salió del vagón, trastabillando entre un mar de personas.

Indignada y afrentada se bajó la falda, viendo al metro pero sin lograr descubrir quiénes la habían manoseado. Varios que pasaban le dirigieron miradas apreciativas.

Apartándose un mechón de la frente, Martha buscó a un policía sin resultados. “¡Nunca están cuando se les necesita…! Se apartó a uno que le dijo al oído sin detenerse.
-¡Mh… qué ricas tetas…!

Martha se alejó por el andén, sonrojada de la vergüenza que se imponía a su ira. “¡El idiota de mi marido tiene la culpa, por no arreglar el auto!”

Un policía uniformado de marrón, con gorra y pistolera, se le acercó.
-¡Señora! ¿Está bien?
-Sí, estoy bien… –respondió ella sin detenerse.
-La molestaron –afirmó él siguiéndola, con aire de entendido-, es común a estas horas. Qué pena, señora, ¿sale ya del metro?
-No… debo transbordar –Martha se apresuró, queriendo estar sola.
-La acompañaré.
-No es necesario, voy…
-Iré con usted dos estaciones, así me aseguro de que no la siguen.

Enfurecida y nerviosa, ella se dejó acompañar por el policía. Fueron a otra línea, donde para alivio de Martha llegó un metro desocupado.

Tomó un asiento solo. El policía quedó de pie frente de ella.

-¿Segura que está bien? Está pálida, señora.
-Estoy bien.
-Dígame la verdad –pidió amablemente-. Los policías estamos para tratar los problemas de acoso, no diré su nombre, dígame qué pasó para reportarlo.
-La verdad, es que –ella aceptó, apenada-… unos mañosos… me tocaron…
-Es bueno que me lo informe, aumentaremos la vigilancia.
-… varios de ellos… me subieron la falda… me tocaron las piernas…
-La tocaron, dice… la manosearon, vaya.
-Sí -contestó ofuscada-… me manosearon… bastante…
-¿Le manosearon las nalgas?
-… también.. yo… –repentinamente Martha captó la impertinencia del policía.
-Hay qué decirlo como fue -siguió él, como si nada-. La usaron para sobarse, ¿no?
-No… no sé…
-Lleva la falda arrugada, se ve que le metieron bien las manos.

La cara de Martha quedaba a la altura del cierre del pantalón del policía. Él se le acercó un poco más.
-Usted también tiene la culpa, señora –afirmó.
-¿Cómo dice…?
-Las mujeres no entienden –explicó, acercándole más el cierre a la cara-. Como se viste, va invitando a que le metan mano. ¿Les hizo algo en la verga? Dígame sin pena, así lo reporto.

Martha supo por dónde iba el policía. La había acompañado para abusar también de ella. La culpa era de su esposo, se dijo. Todo porque sus clientes eran más importantes. “Tú te expones a que me hagan esto… a que me manoseen como quieran y ahora éste… ¡bien, si lo quieres, lo tendrás!”
-Ajá.. le puedo explicar –asintió ella viéndole el cierre-… si mira quién viene…
-Okey, señora, enséñeme qué le pasó -se desabrochó rápidamente el cierre.

Martha tomó con una mano el miembro del policía, erecto y latiendo. Sin soltarlo, el metro llegó a otra estación, pero nadie abordó y arrancaron.
-Explíqueme cómo fue, señora, lo pondré en el reporte –se ciñó la gorra.
-Fue así… –Martha se insertó el ancho miembro en la boca, apretándolo.

El policía se tomó del pasamanos de arriba, mirando quién venía. Martha le succionaba la barra carnosa. El policía gimió. ¡Qué fácil era esa señora!
-Eso, muéstreme lo que hizo -la instól-. No viene nadie, usted hágalo.
-Mh…
-Síga, siga, hágalo igual… así, señora, igual. Muéstreme bien… mh…

El metro atravesó un túnel. Algo roja por el nerviosismo, Martha succionaba el miembro con fuerza. El policía la miró, dándole indicaciones.
-… hágalo mejor que a esos mañosos… más duro, señora… así… lama la punta, así… ahora, chúpela… la cabeza nada más, eso… mh… meta la verga más en su boca… más… eso… apriete… así, señora, apriete… mh… así… mame más fuerte… más, más… así… apriete y mame, eso… no pare…

Martha siguió acariciándolo pese a llegar la siguiente estación. Al cerrarse la puerta, alcanzaron a subir dos chicos que escaparon del colegio. Al verlos tomar asiento un poco lejos, pero en posición de ver todo, el policía apartó el cabello de la cara de Martha, para que se notaran bien los chupetones que ella le daba en la rígida erección.

Con el metro avanzando, los colegiales vieron lo que pasaba y se trastornaron. Ambos se fijaron en la boca de Martha. El policía sonrió cruelmente, manteniendo a Martha prendida de su miembro, exhibiéndola.
-… mámala, mámala… eso… sigue, sigue… no viene nadie… cómetela, así…

Los chicos veían a Martha con interés. Ella también los descubrió y vio al policía a la cara. Como a él le gustaba que lo vieran dominando, decidió darle gusto. Frente a los colegiales,

Martha se metió todo el miembro del policía en la boca, sorbiéndoselo con mayor energía y aceleró los movimientos de la cabeza para que a los chicos se les antojara.

Tomando el cinturón y la pistolera, Martha apartó y jaló al policía hacia ella reiteradamente. Con la minifalda arrugada por los manoseos previos, Martha sorbía fuertemente el miembro que entraba y salía de su boca. El policía gemía con una sonrisa contraída. Los comentarios de los chicos la convencieron de succionar más fuerte.

-Mira a esa zorra…
-Es buena… ¡qué mamadas pone…!
-No le importa que la veamos chupándole…
-Carajo… mira qué cuerpo…

Aprobando las vivas caricias bucales de ella, los jadeos del policía apremiaron. El miembro se hinchó más en la boca de Martha, que le dio un apretón con los labios.
-¡Ahh! -el policía la agarró de los cabellos- ¡Te los voy a echar todos!

Martha cimbró la cabeza al recibir los golpes de la eyaculación. El policía se tomó con ambas manos del asidero superior. Moviendo la cabeza a los lados, Martha le intensificó al placer al hacerlo correrse. Bebiendo la eyaculación del policía que se retorcía, Martha miró de reojo a los chicos.
-¡Vamos a pedirle su número de teléfono…!

Más tarde Martha entró a casa, donde su esposo leía el periódico.

-¿Apenas llegaste del taller? –dijo ella casualmente pasando de largo.
-Sí, ¿no fuiste al despacho del diputado?
-Me llamaron para avisar que salió –tomó una manzana de la mesa-, déjame cambiar de ropa.
-¿Cómo te fue sin auto?
-Bien, normal –respondió ella desde la habitación.
-Te lo dije, tú y tus tontas ideas, en fin -dijo su esposo en la sala, pasando las páginas del periódico-. El auto estará listo pasado mañana, deberás usar el metro de nuevo.

“¡Guárdatelo, cabrón, no volveré a usarlo…!”, pensó Martha, mordiendo la manzana para limpiarse el semen de la boca. Se quitó la minifalda y la examinó, fruncida por los jaloneos y refregones en el metro. “Mañana usaré una más corta…”, planeó, “¡esos dos colegiales me pidieron el número del móvil, querido…!”

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