Amor en silencio relato erotico xxx

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Amor en silencio

Categoría: Incesto Comentarios: 0 Visto: 22158 veces

Ajustar texto: + - Publicado el 21/03/2018, por: Hernando Cortez

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Amor en silencio
Llegaba temprano a casa después del trabajo. Mí horario daba inicio a horas muy tempranas, a las 4:00 am. aunque físicamente no me sentía cansado, si sentía mucho sueño en horas tempranas de la tarde. Generalmente a las 8:00 ya debía estar durmiendo para levantarme temprano al día siguiente. Tengo un sueño muy pesado, una vez dormido es difícil que me despierte, antes de la hora programada, si no acontece algo relevante que perturbe mi sueño. Debido a mi horario de trabajo, ya no disponía de tiempo para vernos durante el día o la tarde, la mayor parte de la tarde la pasaba dormido. Dejamos de dormir juntos por un tiempo. No la dejaban ir a la casa para que no estuviera sola por la noche. Una tarde sentí que mis manos, guiadas por sus manos, tocaban sus tersos pechos. Mis manos estaban debajo de su blusa, no tenia sostén. su piel era tan suave y tibia. Desperté con un poco de dificultad. Estaba obscuro, apenas si podía distinguir la delgada silueta de su cuerpo. Tardé un momento en reconocer en donde estaba, no estaba en mi cama, estaba completamente vestido. Ella Estaba sobre mí, con sus piernas abiertas a mis costados, sentada sobre mi abdomen. No me molestaba su peso, era ligera. Mis manos estaban sobre sus pechos, empecé acariciarlos haciendo movimientos circulares y apretándolos ligeramente sentí sus pezones, su piel era muy suave, tersa. Eran los pechos más hermosos que jamás haya tocado. A pesar de haberlos tocado antes, no se los había visto, no la había visto desnuda aun. Soltó mis manos, ya no era necesario sujetarlas, se dio cuenta que ya estaba despierto. Deslice mis manos por sus costados, sintiendo la tibieza de su piel, hasta llegar a su menuda cintura, ella se inclinó hacia mí, sin titubeos me besó incrustando su lengua en mi boca. Sus labios son carnosos, y sabía cómo besarme, con la práctica había mejorado la manera de hacerlo. Tomó mis manos de nuevo y las llevó a sus muslos, las movió de arriba hacia abajo haciéndome saber que los acariciara, así lo hice. Toda su piel era tibia y muy tersa, sus muslos eran bien definidos y firmes. Su falda ajustada de mezclilla me hacía difícil el camino para acariciar sus muslos debajo, ella se levanto un poco, lo suficiente para levantar su falda ella misma, deslice mis manos hasta alcanzar sus glúteos pasando mis manos debajo de sus pantaletas, los apreté un poco. Se inclinó hacia mí para incrustar su lengua en mi boca, no cesaba de besarme. Me incorporé sobre la cama quedando ella sentada sobre mis muslos, regrese a sus pechos, apenas si cabían en mis manos. Acaricié sus pezones erectos, con calma. Pensé que esta era la oportunidad de avanzar al siguiente nivel. La puse sobre su espalda, sus piernas estaban abiertas, y me coloqué en medio de ellas, pasé mis manos bajo su falda, acaricie sus muslos, puse una de mis manos sobre su vulva, sentí que sus pantaletas estaban mojadas, pase mi dedo pulgar acariciando ligeramente a lo largo de labios de su vulva, sobre su pantaletas, sentí como apretó sus piernas a mis costados al tiempo que emitió un ligero, casi imperceptible gemido, no lo había hecho antes, eso me excito en extremo. Ella llevó sus manos hacia mi pantalón para desabotonarlo, seguí acariciando su vulva, cada vez sentía más mojada su pantaleta. Ella alcanzó mi entrepierna, acariciando su firmeza. No pude más, con ambas manos jalé su pantaleta para deshacerme de ella, subí su falda hasta su cintura, ella levanto un poco su cadera para facilitarme el trabajo. Toqué la entrada de su feminidad, estaba muy hinchada con sus labios semi abiertos, los separé con mis dedos y sentí como su lubricación era abundante. Sentía su piel erizada como no lo había sentido antes. Apresurada bajó mi pantalón junto con mi ropa interior, mi erección saltó como un resorte, ávida la sujetó con su mano. Nunca antes habíamos llegado tan lejos, Separ♀más sus piernas y las levantó un poco, me estaba invitando a entrar. Todo en ella era excitante, su piel, sus carnes tan firmes. No quise apresurarme, tenía que hacerlo con cuidado, despacio. No podía creerlo, estaba a punto de entrar en ella por primera vez. Quería que esta experiencia fuera inolvidable, su vientre temblaba, sus piernas, toda ella temblaba, podía sentir su nerviosismo. Levanté su blusa para descubrir sus pechos por primera vez, me detuve un momento para verlos bien; eran hermosos. redondos, tersos. Me recosté sobre ella para besar sus pezones, pasé la punta de mi lengua por encima de ellos haciendo círculos, sentí como se pusieron erectos, me llené la boca con ellos. estaba obscuro, pero a pesar de ello podía apreciar su esbelta figura que me encantaba y enloquecía tanto. Busqué su boca y nuevamente nos fundimos en un beso. Introduje mi lengua hasta donde pude y ella no se resistía. No decíamos nada, pero ambos queríamos que sucediera. Tomó una de mis manos y la llevó a su vulva para que la acariciara, estaba muy lubricada, acaricié de abajo hacia arriba, sentía como se deslizaban mis dedos por su entrada, pero no me apresuré a introducirlos en ella. Apenas la tocaba sentía su nerviosismo y me apretaba con sus piernas, tal vez al igual que yo tenía sentimientos encontrados, algo en ella le decía que no estaba bien lo que hacíamos, pero otra parte pedía a gritos no detenerse. Sus tímidos gemidos subían ligeramente de tono y se esforzaba para contenerlos. Me acomodé entre sus piernas para entrar en ella, estábamos muy excitados. Pasé mis dedos por su clítoris, era pequeño pero estaba muy erecto, lo toqué con cuidado con movimientos suaves, de nuevo un gemido escapó de su boca, eso y su lubricidad me hacían sentir que mi sangre recorrían mi cuerpo como un torrente hirviente que se agolpaba en mi entrepierna. Sentía como su delicada mano apretaba ansiosa con fuerza, al mismo tiempo que subía y bajaba, con su otra mano recorría mi escroto y acariciaba mis testes. Ya no quiso esperar más, Ella misma me guió hasta la entrada de su joven y virginal paraíso, sentí su tibieza y abundante lubricidad, estaba lista para recibirme, rodeo mi cintura con sus piernas halándome hacía ella, solo tenía que empujar para entrar en ella y consumar la unión de nuestros cuerpos, romper finalmente las barreras de un deseo contenido. Podía sentir su nerviosismo, temblaba de la excitación y la ansiedad. Su mano seguía sujetando mi erección, estaba muy nerviosa pero segura de entregarse. Presioné un poco y sentí como sus labios, bien lubricados, empezaban a abrirse para mí. Nuestros cuerpos empezaban a complementarse uno con otro, como piezas de rompecabezas, uno estaba hecho para el otro. No decíamos palabra alguna, aunque quería decirle algo, que se sintiera segura y apaciguar sus nervios, no me atrevía, temía que al escuchar mi voz ella se asustara más. Apretó mis brazos con sus manos, podía escuchar sus tímidos jadeos. Por un momento pensé apresurarme y en empujar de golpe ,penetrarla completamente, pero me contuve; quería hacerlo con calma, sin prisas . Quería que el momento no fuera fugaz. Era nuestra primera vez, quería sentir su lubricidad, quería recorrer cada centímetro de su tibio y húmedo interior. También estaba nervioso, mi subconsciente me hacía dudar, me reclamaba que no era correcto. Aunque claramente ella se entregaba, por momentos pensaba que lo hacía por mí. Quería preguntarle, necesitaba escucharla, pero no me atrevía. En mi mente se repetía aquel momento en que quise hablar con ella de lo que sentíamos el uno por el otro, solo logre ver sus lagrimas. Me sentí mal por hacerla llorar. Ya nos habíamos acariciado antes, en repetidas ocasiones; siempre con la complicidad de la noche y en la privacidad de nuestro cuarto, siempre en silencio. Esta era la primera vez que avanzamos tanto. Para mí siempre fue un deleite estar con ella, aun sin caricias. Solo mirarla y saberla cerca, mirar sus negros ojos. Su inocencia, Tomarla de la mano, buscar oportunidades de abrazar su cintura. Sus besos tiernos, tímidos, solo sus labios. Su risa. Ella era como un elixir en mi existencia. Las luces de un auto estacionándose dentro de la cochera nos interrumpió. Tuvimos que separarnos abruptamente. Salió corriendo del cuarto al baño, acomodar su ropa y al igual que yo disimular que sigo durmiendo para evitar sospechas. A pesar de la desagradable interrupción, fue una experiencia sublime, inolvidable, incomparable. En cierto modo me alegré que no fuera esa nuestra primera vez. Nuestra primera vez debía ser sin prisas, sin temor a ser descubiertos, sin pensar en los lazos que nos unen, sin pensar que somos la misma sangre, mirándonos a los ojos, desnudos completamente en cuerpo y alma, entregarnos sin sentir vergüenza ni remordimientos, solo hombre y mujer sin ocultarnos en la obscuridad.

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