Pudores relato erotico xxx

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Pudores

Categoría: Sexo con Maduras Comentarios: 0 Visto: 217 veces

Ajustar texto: + - Publicado el 03/12/2017, por: Anonimo

Por muy familiares que fuéramos, ese tipo de familiaridad me desconcertaba. Cuando me hablaba de lo insoportable que había sido el cajero con ella en la cola del supermercado, por ejemplo, mientras al mismo tiempo podía oír el chorro de su orina cayendo en el retrete, no podía evitar sentirme extrañamente excitado. A veces me decía a mí mismo: ¿Y qué si mea con la puerta abierta? Es un signo universal de confianza, ¿no? No hay nada de perverso en ello”. “Es tu mente sucia, bombardeada constantemente con imágenes sexuales, la que imagina intenciones escondidas en un acto tan simple”, intentaba convencerme.

Aunque los lazos que nos unían no eran de sangre, lo cierto es que conocía a esa mujer desde que era un niño. Decenas de veces la visité en mis vacaciones, incluso después de la muerte de su marido, el hermano de mi padre. Cuando ingresé a la universidad, años más tarde, y me trasladé a su ciudad, me recibió con los brazos abiertos. Ya no frecuentaba tanto al resto de la familia, pero ocasionalmente llamaba por teléfono y se mantenía en contacto. Decía estar contenta de tener algo de compañía. No había vuelto a casarse después de enviudar, a pesar de todavía conservar una agradable figura, porque, según afirmaba ella, no le quedaban fuerzas para emprender una tarea semejante.

Nunca realmente creí en sus palabras, sin embargo. Era una mujer enérgica y alegre, casi más que muchas jóvenes que he conocido. Luego de conocerla, puedo decir que lo que creo que la mantuvo soltera durante tanto tiempo fue la tiranía de la costumbre. El departamento en el que vivía se había convertido en su feudo, y las actividades que llevaba a cabo en él eran una suerte de mantra, acciones repetitivas que la calmaban. Salía muy poco del departamento, y cuando lo hacía era para abastecerse de víveres u, ocasionalmente, dar algún paseo por la playa. Nada más. No tenía amigas ni gente cercana con los que compartir. Creo que ésa era la razón por la que se mantenía en contacto con nuestra familia. Éramos lo único que le quedaba.

Yo vine a trastocar un poco su existencia. Supongo que para ella tenerme a su lado era volver a vivir esa gloriosa época en la que todavía era feliz, acompañada de seres queridos. Por eso no me molestaba que quisiera saber tanto de lo que hacía o con quién me juntaba. Era asfixiante, francamente, pero la comprendía. Yo era lo único que tenía, ahora que todos se habían ido. Y si bien era asfixiante en muchos sentidos, también era cariñosa y preocupada. Me mimaba, para decirlo en pocas palabras, del mismo modo que mimaba al mocoso que era años atrás.

Nuestra relación comenzó a cambiar un día cuando, estando ambos sentados en el sillón frente al televisor, a mi tía se le escapó un pedo. Así de simple fue. Un gas súbito e inodoro dio el pie para lo que sucedería más tarde. Recuerdo que estaba roja de vergüenza y era incapaz de mirarme a los ojos. Parecía querer esconderse entre los cojines. Me reí, obviamente. Del pedo, y de la reacción que tuvo ella. Decidí que era un poco cruel dejarla en la estacada, así que también solté un pedo. Quería que nos riéramos los dos juntos de la situación, y lo logré. Se sentía en confianza. La confianza, no obstante, como pude comprobar después, puede ser un arma de doble filo.

En sólo un par de meses la mujer pasó de soltar un tímido pedo ocasional en mi presencia, a orinar con la puerta abierta. Fue tan natural la transición que ni siquiera la percibí. Y es que no sucedió de un día para otro, por supuesto. Creo que un par de veces me gritó desde el baño para que le pasara papel higiénico, asomándose a medias por la puerta para recibirlo. Eso puede haber sido el principio, supongo. Otra vez, una tarde en que decidí acompañarla a comprar víveres, me pidió que la esperara porque tenía que orinar. No podía verla, es cierto, pero el baño estaba en el mismo pasillo en el que yo esperaba, y ella no se tomó la molestia de cerrar la puerta. Oí claramente el líquido golpear el agua del retrete, y el suspiro de alivio que mi tía dejó escapar.

-!Necesitamos jabón líquido¡-, me gritó desde el baño, mientras su vejiga se seguía vaciando. -Siempre se me olvida.

Salió con los pantalones arriba pero desabotonados, permitiéndome apreciar, por algunos segundos, las bragas que llevaba debajo. Se acomodó los pantalones con calma antes de volver a abotonarlos, sin siquiera dedicarme una mirada, y luego se reunió conmigo.

Supongo que debí reconocer esos comportamientos como un indicio de lo que sucedería después, pero ¿no es algo normal relajar ciertos pudores en presencia de familiares y gente de confianza? Son gente de confianza, precisamente, porque su comportamiento habitual nos asegura que no intentarán meter la cabeza por la puerta y te sorprenderán mientras tienes la ropa interior a la altura de los tobillos. Esos eran mis pensamientos en ese momento. Creía que nuestra convivencia estaba alcanzando un punto en el que el pudor se reservaba para cosas más íntimas, cosas que desconcertarían incluso a nuestros más cercanos si nos vieran haciéndolas. Al fin y al cabo, me repetía, qué tiene de íntimo o de desconcertante mear, ¿no?

-¿Terminaste?-, escuché que me preguntaba, ansiosa, desde afuera.

-Ya salgo-, respondí.

Mis padres venían de visita ese día, y mi tía consideraba que era un acontecimiento emocionante, por lo que llevaba toda la tarde nerviosa. Cuando me vio vestido con la misma remera sucia que llevaba ayer y tendido sobre el sillón, me obligó a acicalarme un poco. Yo conocía a mis padres de toda la vida. Me importaba un huevo verme presentable frente a ellos, pero accedí de todos modos.

-Deben estar por llegar-, añadió.

No le respondí esta vez. Quizá tomo eso como una invitación…, no lo sé. La cosa es que abrió la puerta. Me tapé lo más rápido que pude, pero no lo suficiente como para que la mujer no alcanzara a verme desnudo. Ella, que sólo iba tapada con un corpiño y unas bragas, le divirtió mi desesperada reacción. No era la primera vez que la veía en ropa interior, claro. De vez en cuando me la topaba mientras iba distraída de su habitación al baño, concentrada en emperifollarse, y ya me era familiar su figura. Yo, sin embargo, no lograba acostumbrarme tan fácilmente.

-Necesito ocupar el baño-, dijo sonriendo.

Y sin darme tiempo a que saliera, se bajó las bragas, sentándose en la taza. Procuró poner una mano en su entrepierna mientras lo hacía, eso sí, para cubrirse, pero de todos modos logré divisar, por un instante fugaz, la mata de vellos hirsutos que abrigaba su sexo. Me amarré la toalla a la cintura, dispuesto a salir, cuando ella comenzó a hablar.

-Te dejé la ropa limpia en tu cuarto-, dijo, y su voz sonaba por encima del chorro de orina estrellándose contra el agua. -Me tomé la libertad de separarte algunas prendas para que las ocupes hoy-, añadió con una sonrisa. -Tienes que verte bien. No es como que tus padres vengan de visita todos los días, ¿no?

-No, no, claro-, balbuceé. -Gracias-, agregué rápidamente.

-De nada, cariño-, respondió ella.

Oí las últimas gotitas caer al agua. Su vejiga se había vaciado, pero yo seguía ahí, como si esperara que se abriera de piernas ante mí y se limpiara.

-Bueno, ¿a qué esperas?-, preguntó, sacándome de mi ensimismamiento.

Mis padres se fueron contentos sabiendo que a su hijo no le faltaba nada y que vivía bien cuidado por su tía querendona. La tía querendona se desvivió por ellos, dicho sea de paso, de la misma manera en que se desvivía por su sobrino, preparándoles una cena exquisita, e incluso soltó una lágrima al verlos irse. Los echaba de menos, sin duda. A toda la familia, de hecho. Prometieron visitarla más regularmente, pero esas cosas rara vez se cumplen. Estábamos a cuatro horas de distancia en coche, que no era mucho, pero en un viaje de ida y vuelta había que sumar cuatro más. Ocho horas en coche para disfrutar de un día en la costa no seducía a nadie. Y ni siquiera podían dormir en el departamento de la mujer, pues era pequeño, y conmigo en él se hacía más pequeño aún. Yo ocupaba la única habitación libre. No, las visitas de los familiares eran bien esporádicas. Mi tía era una isla en la familia, separada del resto por la distancia, y luego por la muerte de su marido.

Entró mientras tomaba una ducha, sorprendiéndome. No era primera vez que lo hacía, pero siempre me descolocaba verla entrar sin anunciarse. La puerta corredera difuminaba un poco mi cuerpo, aunque no tanto como hubiera deseado. Vi a la mujer bajarse los pantalones y sentarse en la taza. El suspiro que soltó al liberar su vejiga tenía algo de sensual, pensé. Mi polla reaccionó hinchándose. Tampoco era la primera vez que mi polla reaccionaba así al verla orinar. Cada vez que oía el chorrito estrellarse contra el agua del retrete, de hecho, me empalmaba, en especial cuando lo hacía en mi presencia.

Eché un vistazo por encima de la puerta corredera. Mi tía estaba con las piernas separadas, limpiándose. Su sexo tenía una mata de vellos de forma triangular que lo cubría. Logré apartar la mirada cuando ella levantó la vista, por suerte. Luego se subió los pantalones y tiró la cadena.

-En veinte minutos más comemos-, me informó.

Yo había comenzado a tocarme. Llevaba varios días excitado y el agradable calor de las duchas tiene un qué-se-yo muy erótico. Que haya visto lo que haya visto también ayudaba, por supuesto.

-¿Qué hay de comer?-, pregunté, sólo para tenerla cerca unos segundos más mientras me frotaba.

-Come y calla-, dijo sonriendo.

-Vamos, tú sabes que adoro tus comidas-, repliqué.

Volvió a sonreír, pero ahora tenía la vista en el cierre bajado de sus pantalones. Lo subió.

-Salmón con papas salteadas-, confesó al final.

-Genial. Salgo pronto.

Decidí no seguir hablando. La visión de sus bragas había apurado los acontecimientos, y estaba a punto. Mi tía se mantuvo unos segundos más en el baño, lavándose las manos. Salpiqué las paredes con mi esperma justo en el momento en que ella cerraba la puerta.

Comenzaba a sentirme atraído por mi tía. Siempre la había considerado atractiva, desde niño, pero el efecto que ahora causaba en mí era más… pasional. Deseaba tocarla, besarla. Conseguía “accidentalmente” toparme con ella cuando se preparaba para salir, lo que no era muy difícil, ya que nuestras habitaciones estaban una frente a la otra y podía escucharla tras la puerta. Incluso una vez entré al baño mientras tomaba una ducha con la escusa de que no podía aguantarme más.

-No te preocupes, cariño-, me tranquilizó. -Yo también lo hago si me urge mucho.

Su curvilínea silueta difuminada me excitó. No tenía ganas de orinar, pero de todos modos saqué mi polla de los pantalones. Estaba tiesa sólo a medias. Empecé a impacientarme, pues la escusa para haber entrado era que realmente me urgía. Intenté concentrarme, aunque verla restregar su cuerpo jabonoso con las manos era una distracción casi hipnótica. Al fin, tras varios, eternos segundos, logré orinar un poco.

-¿Eso era todo?-, preguntó.

-Eh…, sí-, balbuceé, guardando mi polla en los calzoncillos.

La mujer cortó el agua, se pegó a la puerta corredera, la abrió y sacó la cabeza por ella. Sus pechos se aplastaron contra el material semi transparente. Los oscuros pezones parecían pequeñas pupilas en el centro de unos enormes ojos blancos.

-¿Seguro que estabas urgido por orinar, cariño?-, me preguntó, con rostro preocupado.

-Sí-, le aseguré, y añadí una expresión de por supuesto que sí, por si le quedaban dudas.

Frunció el ceño, más preocupada que antes.

-¿Te duele al orinar?-, quiso saber. -Puedes decirme, cariño. Si te duele al orinar, tenemos que ir a un médico-, agregó seria.

-No, de verdad.

-¿Seguro?

Me miraba con suspicacia. Yo lo único que intentaba era conseguir la expresión más distendida posible mientras, al mismo tiempo, mi cerebro batallaba para no observar sus pechos aplastados contra la puerta.

-Es que…, me siento un poco cohibido-, mentí. -Eso es todo.

Mi tía sonrió, más tranquila.

-Ah, bueno. Creí que podía ser algo grave. Pásame la toalla, ¿quieres?-, pidió. Se la tendí. La mujer se secó rápidamente, y luego se enfundó en ella. Salió de la ducha con cuidado y me acarició la espalda al pasar. -Te dejo solo, entonces-, dijo. -Ya había terminado, de todos modos.

Siempre temía que descubriera el morbo que sentía, reflejado en mi cara. Sería como romper una burbuja de inocencia, pensaba. Cada vez que se bajaba los pantalones y se sentaba en la taza, lo hacía con naturalidad, sin atisbo de malicia. Yo, en cambio, empalmado, la miraba con cara de póquer, intentando esconder la excitación que me provocaba verla casi desnuda. Si me hablaba mientras hacía aguas, controlaba mis gestos y le respondía con tranquilidad, aparentando estar concentrado en sus palabras y no en sus muslos. Pero era difícil. Vivía para esos momentos, sin duda, pero los disfrutaba en tensión. Ella hacía todo con la espontaneidad e inocencia de una niña, y me preocupaba incomodarla con miradas indiscretas.

Debo reconocer que me dolía un poco eso, que no me viera como un hombre digno de cubrirse ante él. Yo era un muchacho de casi veinte años, al fin y al cabo, no un mocoso de diez. Y fue ese orgullo malherido, precisamente, el que me llevó a demostrarle que lo que tenía ante ella era un hombre hecho y derecho.

Salí de mi cuarto por la mañana, después de escucharla durante diez minutos  pasearse de su habitación al baño. Estaba emperifollándose. Íbamos a salir a comprar regalos de navidad para la familia. Yo aún no había querido volver a casa, a pesar de que mis vacaciones ya habían iniciado hacía semanas. Prefería la tranquilidad de la costa y la agradable figura de mi tía, al barullo de la ciudad.

De sólo pensar que la vería en ropa interior, me excité. El bulto en mis calzoncillos no era escandaloso, pero dejaba claro que había movimiento ahí dentro. Y nada más abrir la puerta, la vi en su habitación, frente al espejo. Estaba vestida con una tanga negra que se le incrustaba entre las nalgas, y tenía los pechos al descubierto. Los años parecían no hacerles mella, advertí. Eran turgentes y atractivos, y rebotaban con gracia mientras se arreglaba el cabello. Giró la cabeza al notar mi presencia.

-Buenos días-, la saludé, procurando mirarla a los ojos.

Ella me sonrió y, sin apurarse, se encajó el corpiño. Verla acomodar sus temblorosos pechos en la prenda avivó el movimiento en mis calzoncillos. Ahora estaba claro que lo que se movía ahí dentro tenía la forma de una polla tirando a gruesa.

-Buenas tardes, querrás decir-, bromeó, saliendo de su habitación en dirección al baño. Tenía razón: eran casi las doce. -Vístete pronto. Yo estoy lista en cinco minutos-, dijo.

Se paró frente al espejo del baño y comenzó a lavarse los dientes. Al agitar la escobilla dentro de su boca, provocó que sus senos también se agitaran. Lo que, a su vez, provocó que se agitara mi polla. El grosor y el largo de mi virilidad se distinguían con claridad a través de la tela elástica, y el relieve no dejaba dudas de que el contenido era más bien sólido. Pero venía recién levantándome y tenía que orinar, así que caminé hacia ella.

Creí notar una mirada interesada dirigida a mi entrepierna al pasar a su lado, aunque no puedo asegurarlo. Temía que si nuestros ojos se cruzaran me sonrojaría y delataría mis intenciones. Levanté el asiento del retrete con calma, como si no me importara que ella estuviera presente, y luego saqué mi polla de los calzoncillos. Estaba a tres cuartos de su estado ideal, supe al verla: rígida a medias, pero alargada y gruesa. Mi tía le lanzó un vistazo de refilón mientras la sostenía en la palma de mi mano. Fue un vistazo que se demoró un par de eternos segundos, sin embargo, y que detuvo la cepillada de dientes.

Supongo que para ella fue una sorpresa descubrir que el mocoso frente al que se desnudaba tenía la polla de un hombre adulto. Sonreí para mis adentros, contento con la atención, y comencé a mear. Mi miembro se hinchó un poco antes de descargar la orina en el retrete. Estiré la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, disfrutando lo más posible ese momento. De esa manera, también, le daba a ella la oportunidad de curiosear sin el inconveniente de aparentar que no lo hacía. Quería que la viera con atención, que se convenciera de que estaba en presencia de un hombre.

Después de unos segundos, bajé la cabeza y me preocupé de no salpicar todo. Pero mientras volvía a mi posición original, de reojo percibí que mi tía se volteaba súbitamente y que el ruido de las cepilladas se reanudaba. Había estado espiándome, sin duda, comprendí. No era habitual que yo dejara a la vista mi polla, y mucho menos en ese estado, por lo que suponía había sido una revelación para ella. Iba a sacudírmela, pero decidí intentar algo.

-Podrías venir conmigo a la casa de mis padres-, dije.

Giró la cabeza levemente, preocupándose de observarme sólo del tronco para arriba, y respondió:

-No, ya lo hemos hablado. Tus padres no tienen espacio… Mi presencia sería un problema.

-Puedes dormir en el sillón-, aventuré.

Sonrió, mirándome divertida y, por un segundo, olvidando el inconveniente de mi polla colgando cerca de ella. Así que aproveché ese instante para sacudírmela. Los ojos de mi tía, atraídos por el movimiento, se prendaron de mi virilidad, que se zarandeaba de arriba hacia abajo.

-O yo puedo dormir en el sillón, y tú en mi habitación-, añadí.

Guardé mi polla en los calzoncillos, volviendo a formar un bulto importante. La sacudida había contribuido a endurecerla, por lo que resaltaba incluso más que antes. Apartó la mirada, fingiendo interesarse de pronto por su imagen en el espejo, y replicó:

-No, es mejor así. Para la próxima, quizá.

-Bueno, pero por último mándame de vuelta con uno de tus pasteles de manzana-, le pedí mientras salía del baño. -Porque lo único que voy a echar de menos de aquí, es tu pastel de manzana recién salido del horno.

-Desagradecido-, me espetó con una sonrisa.

Le sonreí a mi vez, y luego entré en mi cuarto, a cambiarme para ir de compras.

Regresé de la casa de mis padres en cuanto tuve oportunidad. Les mentí diciéndoles que había hecho amigos en la costa y que deseaba, por esta vez, pasar el año nuevo con ellos. Nada más lejos de mis verdaderas intenciones, por supuesto. No tenía amigos. Siempre me ha costado relacionarme con la gente. Prefiero la soledad y evitar la incómoda sensación de verme obligado a conversar con otros. No, lo que me motivaba a regresar era mi tía. Imaginármela pasando el año nuevo sin nadie me entristecía un poco. Aunque la idea de topármela en ropa interior, moviéndose con esa sensualidad suya tan natural, también era una razón de peso, claro.

Ese día se veía bellísima. Iba con un vestido blanco algo escotado, vaporoso, que le llegaba por encima de las rodillas. Preparó una cena deliciosa. Comimos entre risas, contándonos historias, y luego descorchamos una botella de champán. Cuando dieron las doce, nos abrazamos. Ella me dio dos besos, uno en cada mejilla, y yo le hice cosquillas en la cintura mientras me besaba. Incluso bailamos, aunque mis habilidades en ese campo dejan mucho que desear. Después descorchamos otra botella, que bajamos contándonos más historias. La tercera botella corrió más por cuenta mía, pero ella también ayudó un poco. Con la cabeza nublada ya, le propuse que camináramos por la playa.

-Mañana-, me prometió, -por la mañana.

Desperté temprano, sin resaca. La champaña no me afecta mucho, comprobé ese día. Los ruidos en el pasillo me decían que ella ya estaba en pie y preparándose para salir. Sentí que mi polla se endurecía al oírla silbar una tonada alegre y festiva, pero antes de que pudiera levantarme, gritó mi nombre. Vendría a despertarme en cualquier momento, supe. Me quité los calzoncillos y los arrojé lejos, y luego me tendí en la cama con las sábanas abiertas, fingiendo dormir. Quería que me viera desnudo otra vez.

-!A despertarse¡-, gritó con voz dulce. No le respondí. Abrió la puerta, con cuidado, y entró. El silencio que le siguió me imagino que tuvo algo que ver con mi desnudez y el estado de mi polla. -Cariño-, añadió después en un susurro, -a desayunar-. Tampoco respondí esta vez. Mi intención era obligarla a acercarse lo más posible. Otro silencio, más largo que el anterior, se mantuvo hasta que sentí una mano en mi hombro, zarandeándome. Abrí los ojos, lentamente, como si me costara enfocarla. -Anda a desayunar, cariño, para que te vistas y paseemos por la playa-, dijo.

Mi tía se alejó, dando un paso atrás, mientras me desperezaba. Aparentando no estar del todo despierto, agarré mi rígida polla con una mano y la froté distraídamente. Ella observó la fricción con los ojos desencajados, pero apartó la mirada cuando me puse en pie. Alargando los brazos hacia el techo, arqueé la espalda y me estiré.

-Tengo que mear-, le dije. La expresión de mi rostro demostraba que el alcohol todavía no había abandonado mi organismo y, por tanto, no era responsable de mis actos. Volví a frotarme la polla, al tiempo que miraba en derredor con ojos legañosos, como tratando de comprender qué hacía en esa habitación.

-Bueno, vístete y te espero en la cocina, entonces-, añadió nerviosa.

Fue a salir, pero me le adelanté y caminé por el pasillo, en dirección al baño. Ella entró a su habitación antes de volver a la cocina, así que cuando iba saliendo la llamé:

-Tía, ¿dijiste algo de pasear por la playa?

Le hablaba mientras el potente chorro de mi orina golpeaba estruendosamente el agua del retrete, casi ahogando mi propia voz. Se volteó para mirarme, y percibí un rápido vistazo a mi polla, que sostenía en una mano.

-Eh…, sí. Ayer quedamos en que iríamos a dar un paseo, ¿recuerdas?

La notaba azorada. Sus ojos, intranquilos, hacían lo posible por evitarme con naturalidad, y de pronto encontraban fascinante el viejo cuadro del pasillo.

-¿Podemos pasar a comprar manzanas?-, pregunté, sacudiéndome ya la polla y tirando la cadena. Luego caminé hacia ella con calma, mientras añadía: -Me urge uno de tus pasteles. Mi familia devoró el que me diste para llevar, y no alcancé a comer ni siquiera un trozo. Creo que te conté eso ayer, me parece. Bueno, porque habrá algo abierto hoy día, ¿no?

Mi tía compuso una sonrisa inquieta. El que mi polla se balanceara y se moviera de un lado a otro la incomodaba, eso era seguro, pero aun así no pudo evitar lanzarle una ojeada fugaz.

-No sé si habrá un negocio abierto, la verdad-, dijo. Se dio la vuelta, para no verme más, y agregó antes de entrar en la cocina: -Pero ya veré qué hago. Vístete, para que vengas a desayunar.

Era excitante sentirme observado, descubrí por esos días. Supongo que para ella era algo con lo que vivía a diario, a pesar de lo mucho que intentaba disimular mi interés, pero para mí era una novedad. Sentía, por primera vez, que ya no veía en mí a un mocoso asexuado e inofensivo, sino a un hombre, al que acababa de descubrir. Era tarde para echarse atrás, eso sí. Ya me tenía viviendo en su departamento, se había acostumbrado a mi presencia, le agradaba mi compañía y, por la falta de pudores que demostrábamos, daba la impresión de que nos conocíamos de toda la vida. No, un cambio de actitud habría roto la inocencia en la que se basaba nuestra agradable convivencia. Habría sido reconocer en el otro a un ejemplar disponible del sexo opuesto, y eso estaba muy cerca de lo prohibido: era un tabú, con todas las de la ley. Al fin y al cabo, yo era su sobrino.

Me aproveché de esa realidad. No me enorgullece decirlo, aunque, en mi defensa, por esa época era un muchacho de casi veinte años y sin demasiada experiencia con las mujeres. Mi desastrosa habilidad para congeniar con otros había logrado aislarme de las jóvenes de mi edad. De vez en cuando alguna chica se sintió interesada por mi actitud taciturna, es cierto, pero ninguna consiguió superar mi hermetismo. No eran características atractivas para muchachas llenas de energía y con ganas de pasarlo bien, supongo, pues jamás sería el novio que saliera a bailar con ellas o que quisiera conocer a sus amigos. Así que me acostumbré a la soledad, y hasta que no llegué a vivir con mi tía, los libros eran mis únicos amigos. Ella rompió la monotonía sentimental de mi existencia. No era como las muchachas alegres y risueñas que veía de lejos en la universidad, sino una mujer madura, a veces alegre y risueña, también, pero con una vida a cuestas que le daba un aire melancólico y triste que me fascinaba.

Pero no me quiero desviar del tema. En un par de semanas, ella había dejado de verme como un mocoso asexuado, a pasar a verme como a un hombre. Pero nada podía hacer para cambiar su forma de  comportarse frente a mí, pues yo ya había adoptado sus costumbres. Transformarse, de pronto, en una mujer recatada y pudorosa habría significado reconocer lo que no quería reconocer, que yo era un varón y ella una hembra, ambos conscientes de su sexualidad. Ella prefirió dejar las cosas como estaban. Yo, en cambio, no pude evitar forzar la situación.

Mi estrategia era simple, en realidad. Consistía en exhibirme lo más posible ante ella. Vanidoso, creía que mi tía terminaría un día saltando encima mío, incapaz de contenerse. Decidí, entonces, mantener todo el tiempo la puerta de mi habitación abierta. Existía entre nosotros una suerte de acuerdo tácito, que especificaba que mis erecciones sólo eran admitidas en la privacidad de mi cuarto o en las confusas horas de la mañana, cuando mi cabeza no funcionaba al cien por ciento. Jamás me regañó luego de sorprenderme con la polla tiesa en el pasillo ni nada por el estilo, debo aclarar. Era, como dije, un acuerdo tácito.  Su incomodidad y los gestos que la demostraban eran mi guía, por lo que nunca tuvimos que sentarnos a conversar el tema, aunque la verdad no sé si habríamos sido capaces de hacerlo, de todos modos. Pero nos entendíamos.

A principios de ese año, un temblor fuerte nos despertó durante la noche. Creímos que el susto había pasado hasta que, dos horas después, comenzó a sonar una alarma en el edificio, obligándonos a evacuar. El movimiento había producido una fuga de gas, nos enteramos por los vecinos. A eso de las siete de la mañana, llegó un representante a informarnos que debíamos empacar lo necesario para un par de días, pues había que revisar el edificio completo y cerciorarse de que las fallas en la estructura no fueran graves. Orden de la municipalidad, nos aseguraron. El representante, ante las protestas de todos los vecinos, informó que durante ese par de días nos alojaríamos en cuartos de hotel, sin cargo.

Mi tía todavía despotricaba contra el representante, los arquitectos y cualquiera que estuviera remotamente relacionado con la construcción del edificio, cuando llegamos al hotel. Continuó despotricando, ahora contra la moza de la recepción, cuando nos dijeron que tenían sólo una habitación disponible a su nombre. Estábamos en época de vacaciones, se excusaron, y no había nada que hacer. Llamó al representante del edificio, pidiéndole explicaciones, pero la verdad es que teníamos suerte de encontrar un cuarto libre. Los contactos del representante eran lo único que nos había salvado de no dormir en una carpa en la playa. Por otro lado, oficialmente ella era la única persona viviendo en el departamento.

Yo intentaba no sonreír muy abiertamente. El cuarto era sencillo y de escasas dimensiones. Tenía una cama matrimonial, que ocupaba la mayor parte del espacio, un mueble para guardar la ropa, un baño y un televisor. También tenía un pequeño balcón, desde el que se podía observar la calle. Mi tía revisó el cuarto de mala gana, con ojo crítico, y no dio el visto bueno hasta examinar las sábanas. Varias veces en el día estuvo a punto de ir en busca de un “hotel decente”, en sus palabras, pero los dos sabíamos que su bolsillo no se podía dar el lujo de desembolsar demasiado dinero.

Dormimos en la misma cama, cada uno cubierto por una sábana distinta, en niveles diferentes, de modo que no nos rozáramos durante la noche. Por la mañana, sin embargo, la cama era un enredo de sábanas. Yo me movía mucho mientras dormía, y ella también, al parecer, pues la separación se fue al traste. Desperté con el brazo de mi tía encima de mi pecho. El camisón que vestía lo llevaba recogido y tenía el trasero al aire, y sus bragas rosadas se le metían entre las nalgas. Al erguirme para intentar levantarme, su brazo se deslizó hacia abajo, chocando con mi erección matutina. Sentí su mano inerte sobre mi bulto. No hacía nada, aunque no era necesario. La oí quejarse en sueños, así que volví a tenderme, fingiendo dormir. Medio minuto después, se despertó. Me pareció, por el movimiento del colchón, que por algunos segundos levantó la cabeza, observándome, y luego sentí un suave apretón en el bulto, como si palpara la madurez de una fruta. Hubiera sido casi imperceptible incluso estando despierto.

Decidí que lo mejor en ese momento era fingir despertarme. También fingí no darme cuenta de lo rápido que retiraba su mano y de cómo volvía a tenderse mirando hacia el otro lado. Me levanté de la cama con cuidado, ya que supuestamente ella todavía dormía, y fui en busca de una toalla. Amparado en la farsa, me quité los calzoncillos y me dirigí al baño, con mi erección precediéndome. El cuartito de baño estaba ubicado no lejos de la cama, cerca del lado en que fingía dormir mi tía. Desde su posición era posible observar gran parte del cuartito… si uno no cerraba la puerta, claro. Y eso fue lo que hice.

Me coloqué frente al lavamanos, con la toalla sobre el cuello, a modo de bufanda. Dándole tiempo a reaccionar, aparenté cerciorarme de que dormía, echándole un vistazo, y luego comencé a frotar mi erección. Estaba ligeramente de lado, en una posición que me impedía verla mientras me masturbaba, pero asegurándome de que ella podía ver mi polla con claridad. La fricción era una delicia, más aún sabiendo que debía estar observándome. Me dije que si fingía despertarse y se levantaba de la cama, era porque la situación le incomodaba y deseaba que no se repitiera. Si no decía nada, en cambio, y continuaba espiándome, significaba que le excitaba tanto como a mí. Así que continué.

Mi polla estaba en su expresión máxima, imponente y gruesa. El líquido preseminal me bastaba para humedecer mi mano, y el glande parecía un haba enorme y colorada a punto de explotar. Apunté hacia el lavamanos, apoyándome en el marco de la puerta, y descargué mi semen en la loza. Estrujé mi miembro repetidas veces, botando hasta la última gota de mi esencia, y luego, lentamente, me giré para ver a mi tía. Tenía los ojos cerrados, en apariencia durmiendo plácidamente. Sin embargo, me dio la impresión de que su rostro estaba más rojo de lo normal. Dí el agua del grifo y limpié el lavamanos, sonriendo para mis adentros.

La ducha me revitalizó. Mi polla volvía a estar dura y alargada nuevamente, como si no acabara de aliviarme pocos minutos antes. Sabía que ella ya se había levantado de la cama y que en esos momentos daba vueltas por la habitación, pero me hice el despistado. Salí del baño con la toalla en la cabeza, secándome el cabello. Mi erección se bamboleaba al caminar, pesada. Cuando finalmente me quité la toalla de mis ojos, la vi registrando su maleta. Estaba arrodillada, observándome con esa mirada evasiva y nerviosa que le aparecía cada vez que me veía desnudo.

-¿Desocupaste el baño, al fin?-, me preguntó.

-Perdón-, dije, y me anudé la toalla a la cintura.

-Pensaba que no saldrías nunca-, me regañó, rebuscando entre sus cosas.

Tuve la decencia de sonrojarme, como un adolescente que toma duchas larguísimas para esconder sus sesiones de onanismo.

-Lo siento. No sabía que te habías levantado.

Me miró unos segundos, notando mi azoramiento. No dijo nada. Tomó sus cosas, pasó junto a mí y entró al baño, cerrando la puerta.

Los vecinos se habían reunido en el comedor del hotel. Alguien había hablado por teléfono con el representante y le había asegurado que, a más tardar, podríamos volver al edificio pasado mañana. Mi tía, al escuchar eso, se tranquilizó un poco. Teníamos una fecha, y era pronto. Creo que temía que la situación se alargara mucho, o que el edificio presentara problemas graves.

La acompañé esa mañana a ver cómo iban los trabajos en el edificio. Estaba tan alegre y conversadora como siempre, recuerdo. La certeza de que regresaríamos pronto al departamento había cambiado su humor significativamente. Volvimos al hotel a la hora del almuerzo. Comimos, y luego dimos un paseo por la playa. A pesar de la sobrepoblación de turistas, estaba dicharachera. Le ponía motes a las personas que se cruzaban con nosotros, hacía chistes y se reía con ellos.

Regresamos a la hora de la cena. Después de que ella conversara en el comedor con los otros vecinos y que diéramos cuenta de la cena, subimos a nuestra habitación. Nada más entrar, tomó una toalla y se metió al baño, alegando que se sentía sucia luego de todo lo que habíamos caminado. Esperé a escuchar correr el agua de la ducha para meterme yo también al baño. Tenía que orinar…, genuinamente.

-Permiso-, dije al abrir la puerta.

Mi tía, sobresaltada, reaccionó tapándose la entrepierna y los pechos. La puerta corredera del baño del hotel, a diferencia de la de nuestro departamento, era totalmente transparente. A excepción de unos motivos florales, no había nada que me impidiera ver su cuerpo desnudo y enjabonado. Confusa, me observó avanzar hasta el retrete.

-Lo siento, pero me urge mear, tía-, me disculpé.

-Claro…, está bien-, respondió aturullada.

Fingió que mi presencia no la incomodaba y continuó enjabonándose, aunque ahora de cara a la pared. Su trasero, redondeado y firme, brillaba con el agua a la luz de la bombilla eléctrica. Saqué mi polla de los pantalones y oriné por varios segundos, lanzándole ojeadas de vez en cuando, y luego salí del baño.

Emergió de una nube de vapor denso veinte minutos después, con una toalla blanca que le cubría desde los pechos hasta la mitad de los muslos. Entré rápidamente. Me di una ducha relámpago, pues esperaba poder verla mientras se cambiaba. Tuve suerte. Al abrir la puerta, la encontré en bragas y con los pechos al aire, sorprendida por mi corta ducha. Aparentó despreocupación, pero me pareció que revolvía con demasiada impaciencia entre sus cosas en busca del condenado camisón. Sus pechos se zarandeaban sin la molestia del corpiño, desnudos, y mis ojos se regodearon al verlos rebotar, aprovechando que estaba distraída. Lo encontró, al fin, y se lo puso por la cabeza. Tenía la cara y el cuello rojos, noté.

Yo me vestí sin tanta celeridad. Aunque sólo dormía en calzoncillos, me tomé un minuto completo en encontrarlos y ponérmelos, y no me importó que durante ese tiempo me viera desnudo. Luego nos acostamos en la cama, a ver televisión. Mi tía cayó rendida pronto. Supongo que el paseo la había agotado. En silencio, la observé mientras dormía. Su pecho subía y bajaba al ritmo de la respiración. Sus pezones resaltaban bajo la tela, como dos botoncitos, y roncaba suavemente. Decidí que acostarme junto a ella separados por las sábanas era una estupidez. Esa mañana había descubierto que nos movíamos tanto en sueños que no valía la pena. Así que me tendí a su lado, lo más pegado a su cuerpo que pude. Sentí sus olores: a jabón, a champú, y, cerca de su axila, a sudor dulce. Me dormí algunos minutos después, disfrutando con la sensación de su embriagadora esencia en mis narices.

Desperté en mitad de la noche, alarmado por algo. Era el brazo de mi tía, supe al instante. Me había golpeado al girarse. Estaba tendida de espaldas y con los brazos estirados, como un cristo. Tenía la boca abierta y roncaba. Las sábanas que debían cubrirnos estaban revueltas, enredadas por nuestras piernas. Con el camisón recogido hasta la cintura, sus muslos desnudos brillaban en la penumbra, pálidos y gruesos. Me atreví a inclinarme sobre ella para ver de cerca sus bragas. En realidad, quería olerlas. Deseaba sentir el perfume de su sexo a través de la tela. Acerqué mi nariz lo más que pude, pero los pelitos rizados que se arrancaban de la prenda cautivaron mi atención. La rebeldía de esos valientes me hizo sonreír. Rocé uno, con cuidado, y después otro, y otro más. Resistí la tentación de tirar de ellos, pues la despertaría. Algún día, quizá, pensé soñador. Luego me erguí para observarla. Dormía profundamente, así que apoyé mi cabeza sobre su vientre y la abracé.

Abrí los ojos, horas más tarde, con las primeros rayos del sol de la mañana. Mi tía estaba intentando salir de debajo de mí, arrastrando su cuerpo lentamente como una serpiente. Tenía mi rostro a escasos centímetros de su entrepierna, comprobé. Sentí que mi polla se hinchaba y se enterraba contra el colchón, al ser consciente de la situación. Sus manos sujetaron mi cabeza con gentileza y trataron de apartarla de su vientre. Pretendí que el movimiento me había despertado. Levanté la cabeza, confuso, y la miré con los ojos abiertos a medias. Ella aprovechó el momento para correrse hacia un lado. Farfullé algo incomprensible pero con urgencia, como si todavía estuviera viviendo un sueño angustiante.

-Está bien, cariño-, me susurró. -Vuelve a dormir.

Mascullé algo más en respuesta y me acerqué a ella, abrazándola por la cintura. Mi cabeza descansó en uno de sus blandos senos. Quería apartarme, pero sólo atinó a poner su mano en mi cabello y acariciarlo. Sabiendo que no lograría nada, se volteó, dándome la espalda, intentando alejar mi rostro de su pecho.

-No puede encontrarnos-, dije, y esta vez modulé moderadamente bien para que se me entendiera.

-Sí, cariño-, respondió.

Volví a abrazarme a su cintura. Pegué mi rostro a la parte de atrás de su cuello y mi erección rozó sus nalgas. Dio un respingo al sentir mi polla, alejando su trasero de mí, aunque no intentó apartarme nuevamente. Su cuerpo estaba tibio. Olía a ella, recuerdo.

Cuando desperté definitivamente, por última vez, mi tía estaba en el baño, cepillándose los dientes. Mi polla no tardó mucho en volverse de piedra. La observé desde la cama, inclinándose para escupir la blanca y burbujeante pasta, disfrutando de sus nalgas asomarse bajo el camisón. Me levanté con la cara de bobo y la mirada perdida de todas las mañanas, y pasé junto a ella, sin siquiera saludarla. Extraje mi miembro de los calzoncillos. Sus ojos, a diferencia de los míos, estaban bien abiertos y atentos mientras me veía manipularlo. Lo froté. No como si me dispusiera a masturbarme, sino como si necesitara acariciarlo unos segundos antes de comenzar a orinar. Dejé que creciera un poco más, sobando la piel que lo cubría, y luego solté el chorro. Mear por las mañanas es un placer indescriptible. Casi orgásmico, diría yo. Pero mear mientras te observa una mujer atractiva que no puede apartar los ojos de tu polla, es superior a todo.

-¿Va a matarlo?-, me preguntó angustiada, subiendo las sábanas hasta cubrir su barbilla.

-No creo-, respondí.

-Tiene que ser ella, ¿quién más?-, replicó.

Era nuestra última noche en el hotel. Había prendido el televisor y nos habíamos enganchado a una película de terror. Saliendo de la oscuridad del cuadro, uno de los protagonistas le clavó un cuchillo a otro. No me lo esperaba. Mi tía saltó del susto, ahogando un gritito.

-¿Él? Pero…

-Ella ya está muerta, creo-, dije.

-!No¡-, exclamó.

Comenzaba a aburrirme. Las películas de terror nunca me han gustado mucho, aunque verla a ella asustada como una chiquilla me divertía. Esperé a otra escena de suspenso para meter la mano bajo las sábanas. Cuando la tensión estaba en su punto máximo, le apreté un muslo y gruñí con fuerza. Su rostro se desencajó del espanto, y gritó.

-!Tonto¡-, me espetó enojada. -Casi me da un infarto.

Tomó una almohada y me golpeó en la cara con ella. Ahora sonreía. Yo comencé a reír, incapaz de contenerme. Tuve que protegerme con las manos mientras continuaba dándome almohadonazos, cada vez más fuertes. Sus pechos libres bajo el camisón rebotaban salvajemente, zarandeándose de un lado a otro, y sus ojos se achinaron por la risa. Resoplaba por el esfuerzo. Se frustraba cuando evitaba sus golpes, y luego lanzaba otro, con más fuerza todavía. Uno de esos me llegó de lleno en la cara. Me desplomé en la cama y me quedé tendido, como si estuviera inconsciente.

-¿Estás bien?-, me preguntó. No le respondí. Se inclinó sobre mí, y con voz preocupada, añadió: -No te golpeé tan fuer…

Desperté de repente, tomándola de la cintura e izándola para dejarla caer nuevamente sobre la cama. Le hice cosquillas. Ella se revolvió, alejándose de mis manos. Su risa era desesperada, histérica, y su cuerpo se convulsionó. Por instantes, rocé zonas blandas, carnosas, zonas que me habría encantado recorrer con más calma. Sus piernas se agitaban en la desesperación, abriéndolas, cerrándolas… Los pelitos hirsutos que había visto la noche anterior ahora eran más evidentes, noté. Unos pocos se arrancaban por los costados de las bragas, como si quisieran salir a respirar. Vi que las bragas se iban angostando hacia abajo y se introducían entre sus nalgas, que temblaban por los espasmos de su cuerpo. El camisón subió hasta su vientre, dejando a la vista un suave montecito de piel adiposa, que también tembló mientras reía.

Detuve las cosquillas, tan de repente como empezaron. Mi tía jadeaba, con una sonrisa agotada en el rostro. Cansado, me tendí sobre ella, apoyando la cabeza en su vientre. Era agradable sentir mi mejilla contra ese suave montecito de piel blanda y desnuda, subiendo y bajando al ritmo de su respiración. No me apartó. Incluso después de calmarse y de poder respirar con mayor normalidad, no me apartó ni dijo nada. Me acarició el cabello, metiendo sus dedos entre mis rizos, con cariño, sosegándose. La escuché suspirar. Era un último suspiro. Luego, tomó el control remoto y apagó el televisor, sumiéndonos en la penumbra.

En mitad de la noche, abrí los ojos y sentí el agradable olor de su cuerpo. Mi rostro seguía descansando sobre su vientre. Mis labios rozaban la hendidura de su ombligo. Me levanté, apoyándome en los codos, y la volteé para abrazarla por la cintura. Se movió conmigo, en sueños, rezongando un poco, pero suspiró gustosa cuando metí una mano bajo su camisón y le acaricié un seno, atrayéndola hacia mí. Era un seno blando y turgente, como el de una muchacha veinte años más joven. Revolviéndose, se acurrucó contra mi cuerpo, sin importarle que sus firmes y redondeadas nalgas aplastaran mi erección. Encajábamos a la perfección, me dije, y le besé un hombro antes de volver a dormir.

Por la mañana, desperté tendido sobre mi espalda. Mi tía estaba encima mío, respirando suavemente en mi pecho y abrazándome. Tenía una de sus piernas entrelazadas con las mías, frotándome con el muslo a ratos el bulto en mis calzoncillos. Su camisón, recogido hasta la parte baja de su espalda, dejaba su bien formado trasero al descubierto. Las bragas estaban siendo perturbadoramente absorbidas por sus nalgas, me fijé. Mi polla se hinchó del gusto. Aprovechando que aún dormía, tomé su mano y la coloqué sobre mi erección. Luego cerré los ojos. Quería que se llevara una sorpresa al despertar.

No pude presenciar la sorpresa, sin embargo. Cuando finalmente abrí los ojos, ella ya estaba en pie. Me saludó a la pasada, evitando mi mirada, mientras caminaba en dirección al baño. Cuando fue a cerrar la puerta, se arrepintió. Sólo la dejó entreabierta. Noté la indecisión en sus ojos, que me miraron fugazmente antes de que desapareciera en el interior del cuarto. ¿Por qué no había cerrado la puerta esta vez?, me pregunté. Y esa última mirada, ¿qué quería decir? ¿Que ya no le importaba si entraba mientras estaba desnuda? Decidí que era lo más parecido a una invitación.

Entré en el mismo momento en que ella daba el agua de la ducha. Giró la cabeza para observarme, pero no se sobresaltó como la vez anterior. Cuidando de no mojarse el cabello, comenzó a enjabonar su cuerpo con calma, haciendo vibrar sus carnes al restregarlas. Le dedicó una breve mirada a mi polla cuando la saqué para orinar, y en su rostro no se reflejó la incomodidad de siempre. Le sonreí. Ella me devolvió una sonrisa amable. Se enjuagó rápidamente, y luego descorrió la puerta transparente.

-Pásame la toalla, ¿quieres?-, pidió.

Su cuerpo mojado resplandecía. El brillo acentuaba sus redondeces, que temblaban y soltaban destellos con el más leve movimiento. De los vellos de su sexo resbalaban gotitas cristalinas. Cuando cogí la toalla, ella ya había salido de la ducha. Pero no hizo ademán de tomarla, así que se la pasé por el hombro, secándola. Al comprender lo que hacía, me miró a los ojos. Nos sostuvimos la mirada durante segundos eternos, hasta que ella bajó los ojos y me presentó su espalda. Esa sí era una invitación en toda regla, pensé.

Sequé su espalda, el cuello y su cintura. Luego se dio la vuelta y continué con su pecho. Sus senos se sacudieron cuando los froté con la toalla, y sus pezones se irguieron con el roce del algodón. Mi tía no se atrevía a alzar la mirada, temiendo encontrarse con la mía, supongo, y tenía la cara tan sonrojada como yo en ese momento. Al frotar su vientre, la oí suspirar. Fue un suspiro nervioso, ya que su sexo estaba a centímetros de mis manos, pero me salté el triángulo de vellos rizados para secar sus muslos. Quería dejar eso para el final. Subí por sus piernas, lentamente, y a medida que subía, ella las iba abriendo poco a poco. Cuando alcancé su sexo y lo rocé con la toalla, cerró los ojos y alzó su rostro hacia el techo, llenando sus pulmones de aire. Apoyó sus manos en mis hombros para sostenerse. Estaba con los pies de puntillas, esperando el contacto definitivo, impaciente. Al fin, con mucha suavidad, froté la mata de pelitos que cubría sus labios, demorándome en una fricción cariñosa. Mi tía soltó el aire por la nariz, de manera intermitente, entrecortada, y sus dedos se enterraron en mis hombros.

Tomó la toalla de mis manos luego de recuperar la compostura. No me miró, pero dijo:

-Vamos, toma una ducha. Hoy día volvemos al departamento.

Obedecí. Me quité el calzoncillo y me metí bajo el agua de la ducha, mientras ella terminaba de secarse. Tres minutos después, estaba listo. Salí empapado y la miré.

-No tengo toalla-, le dije.

Sonrió.

-Abre los brazos-, me ordenó.

Y comenzó a secarme con su toalla húmeda. Primero los brazos y bajo las axilas, y luego el tronco y el pecho. Mi polla, enhiesta como una lanza en ristre, se balanceaba orgullosa a la mitad de mi cuerpo. Ella se movía con cuidado, evitando rozarla con su piel desnuda, pero por mucho cuidado que pusiera, a veces la pasaba a llevar con la cintura o el vientre y se sonrojaba. Cuando me secó las piernas, su rostro parecía un tomate maduro, así que traté de no mover un solo músculo mientras estaba arrodillada. Después me tomó de las caderas y me hizo dar la vuelta. Frotó mi espalda unos segundos, y luego bajó hasta mi trasero. Pasó la toalla por entre mis piernas, que separé un poco para facilitarle la tarea. Sentí una mano desnuda en mis nalgas, sólo por un instante, antes de obligarme a darme la vuelta otra vez. Respiré entrecortadamente también, pues sabía lo que se venía. Aunque no levantó el rostro, vi el rubor en sus mejillas al observar mi erección. Y del mismo modo lento y pausado con el que froté su sexo, ella frotó mis testículos. Pasó la toalla con la palma abierta, subiendo hasta recorrer mi polla con el movimiento, y luego la envolvió en ella.

-Ya está-, dijo, mirando a cualquier parte.

-Gracias.

Levantó la cabeza y me miró a los ojos. Seguía estando sonrojada, comprobé. Apartó la vista y añadió:

-De nada. Ahora, vístete. Quiero llegar temprano al departamento.

El viaje de vuelta al departamento lo hicimos en silencio. Sólo lo rompimos con charlas pequeñas y triviales, de esas que no importan para nada y nadie recuerda al final del día. Temíamos mirarnos a los ojos y descubrir que existía una tensión sexual tan palpable que se podía cortar con un cuchillo. Cada roce de nuestros brazos era una descarga de energía capaz de prender una bombilla. Mis vellos se erizaban y un escalofrío recorría mi espinazo hasta casi hacerme temblar. Todo era un estímulo: su vestido inflándose con el viento y la visión de sus muslos, su cuello desnudo cuando se recogía el cabello, su lengua humedeciendo sus labios carnosos…

Llegamos al departamento a la hora del almuerzo. Ayudé a mi tía a preparar algo rápido y comimos. Yo comí, al menos. Ella picoteó de su plato con desgana. Nuestros ojos se evitaron durante el almuerzo, tal y como se habían evitado a lo largo de todo el día, desde que salimos desnudos del baño y nos vestimos. Después de comer, fuimos cada uno a sus habitaciones. Yo no cerré mi puerta, y ella tampoco la suya, como tantas otras veces. Pero ahora era distinto.

Nos lanzábamos miradas cómplices de tanto en tanto. La distancia que nos separaba parecía habernos dado valor. Éramos capaces de soportarnos la mirada más fácilmente que hace pocos minutos atrás, cuando estábamos sentados frente a frente. Pero la distancia me dolía. Físicamente, me dolía. Le sonreí, y ella, después de dudar un segundo, me sonrió de vuelta. Pensé que nunca había estado tan bella como en ese momento. Sentía que volaba, como si la gravedad hubiera hecho una excepción conmigo, y, sin darme cuenta, separé la distancia que nos separaba. Apoyé un hombro en el marco de su puerta mientras la observaba. No se había percatado de mi presencia. Cuando finalmente lo hizo, se detuvo de improviso. Al notar mi mirada, se ruborizaron sus mejillas y bajó los ojos.

-Te quiero-, le dije.

Alzó su rostro, con los ojos bien abiertos, sorprendida.

-Yo también te quiero, sobrino-, respondió. Pero lo dijo con un tono de voz liviano, despreocupado. Percibí bajo la despreocupación, no obstante, su nerviosismo. Se estaba conteniendo.

Me acerqué a ella. Retrocedió un paso, indecisa. Me detuve. Nos miramos. En su rostro se reflejó el deseo de tenerme cerca y el temor de lo que, inevitablemente, sucedería después.

-Te quiero-, repetí.

-Lo sé, cariño.

-Casi más que a tus pasteles de manzana-, añadí.

Sonrió. A pesar de todo, sonrió. Con un paso más, me apegué a ella. La oí suspirar cuando pasé un brazo alrededor de su cintura. Su cuerpo se tensó. La atraje hacia mí.

-Oh, cariño-, exclamó con la voz ahogada.

Apoyó su cabeza en mi pecho y la sentí temblar. El olor de su cabello, el perfume que había disfrutado las noches pasadas amparado por la oscuridad, llenó mis narices. Con cuidado, tomé su rostro entre mis manos y le aparté un mechón. Cerró los ojos, disfrutando con la caricia, y sus labios se abrieron ligeramente. La besé. Nuestras lenguas se encontraron y jugaron a conocerse, revolviéndose, deslizándose…

La tomé de los muslos, izándola, y ella me abrazó con fuerza, enterrando sus dedos en mis rizos. Nuestras bocas se volvieron a acoplar desesperadamente, como si ese breve instante en que se separaron hubiera sido una tortura. Caminé hasta la cama y la deposité con cuidado encima del montón de ropa. Aparté la maleta de un manotazo mientras ella me arrancaba la remera por la cabeza. Levanté su vestido. Sus piernas blancas, firmes y tersas estaban abiertas, esperándome. Besé la parte interna de sus muslos, acercándome poco a poco, muy lentamente, a lo que se escondía entre ellos. Mi tía echó la cabeza hacia atrás, suspirando. Tomé las bragas y se las quité. La mata de vellos oscuros no alcanzaba a disimular la humedad que rezumaban sus labios.

-Oh, cariño-, suspiró.

Volví a besar sus muslos, demorándome, creando suspenso. Olí la brisa del mar, su perfume de hembra, los jugos de su sexo.

-Te quiero-, murmuré, pero ella me oyó.

-Yo también, cariño-, respondió en una exhalación entrecortada.

Sin poder aguantarme más, enterré mi rostro en su bosque empapado y aromático. Degusté el sabor de sus fluidos mientras mi lengua iba abriéndose paso por la ranura que formaban sus labios. Como un perro ansioso, la limpié de arriba a abajo. Mi tía gimoteó en  silencio. Se apretó los pechos. Recorrí la mucosidad de su sexo hasta encontrar el hinchado botoncito que la haría cantar y lo chupé. Estaba duro. Parecía el badajo de una campanita. La hice sonar, una y otra, y otra vez, pero los gemidos de mi nueva amante me impidieron escucharlo.

-Ven…, ven, por favor-, me rogó al rato.

Nos besamos. El sabor de su sexo se disolvió en nuestras bocas. Sentí que batallaba para bajarme el cierre de mi pantalón y la ayudé. Mi polla, nada más aparecer, fue apresada por sus dedos. Ella misma la guió entre sus muslos. La sensible y colorada cabeza de mi órgano se frotó contra los hirsutos vellos. Sus labios la abrazaron, cobijándola, y luego la dejaron entrar. Se deslizó con una facilidad asombrosa. Mi tía soltó un gemido mezcla de dolor y placer, arqueando la espalda. Encajábamos a la perfección, pensé. Éramos el uno para el otro, más unidos que nunca. Comencé a removerme. Quería sentirla, quería descubrir su interior a través de mi polla.

-Te quiero-, logró decir entre suspiros voluptuosos.

Me incliné sobre ella y la besé apasionadamente. Me abrazó con fuerza, como si deseara fundirse conmigo, así que inicié las embestidas. Gimió. Su rostro parecía sufrir, angustiado, casi al punto de echarse a llorar. Pero lo estaba disfrutando. Y yo también. Estaba excitado. Sabía que no duraría mucho más tiempo, sin embargo. Ella, por suerte, tampoco. Sus gemidos no tardaron en ir subiendo de volumen hasta convertirse en chillidos agónicos, desesperados. Tenía la cara suspendida en un rictus de placer. A través de sus párpados entreabiertos, vi el blanco de sus ojos. Sentí que sus uñas se enterraron furiosamente en la piel de mis nalgas justo en el momento que exploté dentro de ella.

Mi tía jadeaba. Su pecho subía y bajaba como un fuelle, aunque sin el vigor de unos segundos atrás. Yo descansaba con mi rostro enterrado en su cuello, resoplando todavía. Mi polla continuaba sufriendo pequeños espasmos en su interior. No me había separado de ella, pues deseaba alargar la sensación lo más posible. Le besé el cuello, la oreja y luego, cuando giró su cabeza para observarme, los labios. Tenía la cara roja y congestionada, pero su mirada era dulce. Sus ojos brillaban. Supongo que los míos hacían otro tanto. Nos sonreímos.

-Te quiero-, le dije.

Volvió a sonreír, más hermosa y encantadoramente que nunca.

-Yo también, cariño-, respondió.

 

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