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Sexo con la capitana

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Ajustar texto: + - Publicado el 27/10/2016, por: Anonimo

No lo pensé dos veces cuando me surgió la posibilidad de ir a ese país africano a pasar unos días haciendo turismo-safari. Era una posibilidad única para en el romántico ambiente del continente negro, conseguir aclarar mi relación con Peter, mi amor de toda la vida.

Me parece que lo primero que debo hacer es presentarme. Soy Lady Marian, una rica heredera inglesa de treinta y cinco años de edad. Cuando me ocurrió la aventura que les voy a contar, apenas si tenía 28 años de edad. Estaba enamorada como loca de Peter, un vividor, lo reconozco. Pero el amor es así. En el club social al que pertenecían mis amigos, entre ellos Peter, se planteó la idea de ir a un país centroafricano a hacer turismo-safari. Pensarán que la idea es un poco peregrina pero así de rebuscado somos la gente bien.

Nada más enterarme que entre mis amigos iba también Peter, me propuse ir con ellos a realizar el viaje. Pensaba que era una posibilidad única. Soy una chica rubia y de piel muy clara. Mis ojos son azules. Tengo que decir que mi tipo está bastante bien. En realidad no comprendo por qué Peter no me hacía el más mínimo caso. Le había visto frecuentar la compañía de damas que apenas valían nada. Yo tenía la elegancia natural de la nobleza inglesa. Mis gestos son suaves, mis modales educados.

Tengo además todos los encantos de una mujer, incluso los físicos. Soy alta, pero sin pasarme. Mis cintura es estrecha, mi cadera ancha, mis pechos, hermosos y bien situados. Mi espalda acaba en un trasero respingón y hermoso. Quizás el problema podía ser mi carácter altivo y orgulloso.

Peter marchó a Africa unos días antes que el resto de nosotros con el pretexto de prepararlo todo, permisos, guías, etc… La verdad es que cuando llegamos lo había preparado todo. Nos recogió en el aeropuerto y tras varias horas de viaje llegamos al campamento. No me gustó lo que vi. Junto a un montón de trabajadores nativos, había una joven de raza negra. Era una chica de unos veinte años, tímida y sumisa que miraba a Peter con unos ojos que la delataban. Peter intentó justificarse diciendo que era la cocinera.

La verdad es que quizás la comida de su pueblo la hiciera bien, pero lo que nos preparaba me parecía a mí simplemente incomestible. Esta chica, que se llamaba Yumba era baja. Solía ir por el campamento con sus trajes autóctonos. Es decir, desnuda de cintura para arriba. Tenía unos ojos grandes y expresivos, pero muy dulces. Sus labios eran anchos y sensuales, y sus dientes blanquísimos. Tenía unas manos bonitas, con unos dedos larguísimos.

Peter la seguía con la mirada y eso me molestaba tremendamente. Mi modelito de amazona, el escote de mi camisa desabrochada, nada le llamaba la atención de mí.

Pude ver que la chica se alejaba camino de una cascada pequeña que había en un río cercano, según me dijo Peter. Al poco tiempo Peter fue para allá. Yo me imaginé lo peor, y no pude evitar seguirle. Me acompañaba un trabajador, pues mis amigos decían que era conveniente que no me moviera sola. Los hombres, siempre tan machistas.

Llegué al lugar donde ellos se habían encontrado, Pude ver sus ropas entremezcladas en el suelo, y más allá se oía el agua caer por la cascada. Nos acercamos despacio y pude verlos nadar a los dos juntos y jugar en el agua. De pronto, Peter se acercó a Yimba y la besó en la boca durante un largo tiempo. Me iba a morir.

Nadaron hasta la orilla y quedaron tumbados en ella. Se revolcaban en la tierra mientras se besaban, hasta quedar Peter encima de Yimba. Comenzó entonces a devorar su pecho firme. La chica le acariciaba la cabeza pelirroja, pues Peter era irlandés. Todos los irlandeses no son pelirrojos, pero este lo era. Peter devoraba esos pechos enormes pero firmes, por los que el paso del tiempo no habían dejado huella aún, mientras los agarraba con sus manos.

Yimba se abrió de piernas. Tenía unas piernas con unos muslos gorditos, pero muy bellos, pues se iban estrechando hasta tomar la anchura normal en la rodilla, y luego se volvían a ensanchar y estrechar en la pantorrilla. Peter empezó a empujar su pelvis contra el vientre de la chica. Su culo blanquísimo contrastaba con su espalda colorada. Yo me moría de celos.

Reparé en el trabajador de la tribu que venía conmigo. Debajo del pantalón era evidente su empalmadura. El hombre, de unos cuarenta años, miraba la escena y miraba mi cuerpo. Me dio miedo y decidí interrumpir la misión de espionaje. Allí se quedaron los dos, fornicando como dos animales. Podía oírlos gemir cuando me alejaba con presteza.

Peter me notó enfadada, pero la verdad es que parecía que le importaba muy poco lo que pudiera sentir. A decir verdad, no lo puedo culpar, pues nunca me dio las más mínimas esperanzas, pero entonces me sentó fatal.

Miraba a Yimba celosa, sin entender por qué esta mujer, de un país subdesarrollado, sin estudios, en fin, tenía algo que yo no tenía y nunca podría tener. La odiaba.

La ridiculicé durante la cena delante de todos los amigos, a pesar de la cara de reprobación de Peter. Me miraba y me echaba fuego por los ojos, pero estaba muy dolida. Les dije a todos que más valía buscar otro cocinero. La verdad es que a todos, incluso a Peter nos costaba comernos lo que esta chica preparaba, pero Peter la defendió, diciendo que era familia de un cacique de la zona y que lo que menos quería era indisponerse con él. Era una excusa, naturalmente.

Nos quedamos hasta tarde. No pude aguantar ver a Yimba acercarse a Peter y sentarse delante sus rodillas. Ya no tenía sólo celos. Me estaba doliendo en el orgullo, pues naturalmente, todos mis amigos sabían mis sentimientos.

Me fui a acostar a mi tienda de campaña. No tardé en dormir. A las pocas horas me desperté y salí de la tienda. Tuve la intuición de pensar que algo sucedía en la tienda de Peter, así que me acerqué, pero despertando a James, un amigo mío que no se llevaba muy bien con Peter.

Al acercarnos pudimos oír los gemidos de ambos, de nuevo. Me asomé para ver por una rendija que quedaba en la cremallera y pude verlos a los dos. Peter estaba sentado y Yimba estaba encima suya, moviéndose de arriba abajo, con las manos puestas sobre los muslos de Peter y botando sobre él de manera que sus pechos se restregaban sobre el pecho velludo de Peter.

Peter se abrazaba a Yimba y la agarraba por las nalgas, cogiéndole con fuerza los cachetes. Hacían el amor como dos salvajes.

No lo pude resistir más y tiré de la cremallera de la tienda hacia abajo. -¡Míralos! ¡Ahí los tienes! ¡Este es el motivo por el que tenemos que comer esta comida apestosa!- Grité. El resto de las personas que componían la expedición salieron de sus tiendas. Yo seguí gritando -¡Miradlos! ¡Miradlos!-

Yimba se cubría su cuerpo avergonzada y Peter me miraba con una mirada fría, de odio, vengativa. Se armó realmente un gran revuelo. A nadie le pareció bien lo que se veía, pero creo que tampoco aprobaban mi actitud. Yimba comenzó a llorar. A la mañana siguiente, pude oír el ruido del jeep. Puede distinguir a Peter que se marchaba con Yimba. Más tarde regresó solo. Creía que había triunfado, pero Peter me despreciaba ahora totalmente, no ya en el plano sentimental, sino ya como amiga. Pude descubrir en su cuello un collar étnico que sin duda le había regalado Yimba.

Comenzamos a organizar actividades. Yo quería acercarme a Peter, pero él me rechazaba. Pasó lo que tenía que pasar, y en una pifia para acercarme a Peter, que se adentraba un poco en la selva, me perdí. Inútilmente busqué. Anduve durante largo tiempo y sólo comencé a pedir ayuda cuando era demasiado tarde.

Estuve andando varias horas cuando de pronto vi a un grupo de nativos que parecían militares. Me dirigí hacia ellos dando grandes muestras de alegría, pero me recibieron muy fríamente, casi amenazadores. Me extrañó mucho ver esa actitud, pues en el aeropuerto estaban muy tranquilos.

Pronto caí en el detalle de que aquellos militares no eran del país, ni siquiera, por la forma de vestir eran militares. Había cruzado la frontera y me encontraba en el país vecino, que estaba en guerra. Los guerrilleros me rodearon. Despacio y comenzaron a hablar entre ellos en un idioma incomprensible. Uno de ellos, el líder me alargó la mano y comenzó a toquetearme. Inmediatamente sentí una pléyade de manos tocarme todo mi cuerpo y mi pelo rubio. Me agarraron las manos, aunque me resistía y antes de que me diera cuenta me tenían atada con las manos a la espalda. También me colocaron un trapo en la boca.

Tenía mucho miedo. Me hacían avanzar por la selva. Al principio iban muy callados, pero tras un rato, comenzaron a molestarme. Sentía de vez en cuando como el hombre que me llevaba, que estaba detrás, me metía el cañón del fusil entre las piernas, causando la hilaridad de los demás. El líder se acercó a mí y tras cogerme de ambos lados de la solapa de mi camisola, estiró de ellos hasta hacer saltar los botones que tenía abrochados.

En un momento dado, el líder hizo una seña para parar. Me colocaron a su lado. Aquellos hombres se pusieron a fumar y me destaparon, por fín la boca. El líder se empeñó en poner un pitillo en mi boca. Yo me negué y lo escupí. Eso le cabreó mucho y después de zarandearme me estiró del pelo y me miró con rabia, entonces me empujó contra el suelo. Observé atónita que se bajaba los pantalones y me sorprendió que no llevaba calzoncillos. Tenía un órgano muy largo. Había oído hablar de ello a las chicas del club, pero jamás creí que fuera cierto. El guerrillero empezó a ser animado por los otros y me obligó a ponerme de rodillas. Entonces me negaba. Mi cara quedaba delante justo de su órgano, que empezó a levantarse lentamente.

Pronto supo como obligarme a estar así. Me agarró del pelo y con la otra mano me cogió de la mandíbula y tuve que abrir la boca. Entonces, empezó a meterme su miembro en mi boca. Tuve la tentación de morderlo, pero pensé que me matarían si lo hacía. Por otro lado, aquello no era nuevo para mí, pues en nuestra segunda residencia, en Escocia, un primo mío me inició en el sexo oral hacía algunos años.

El bestia aquel me agarraba de la cabeza y me la movía como si fuera un cepillo, y su miembro entraba y salía de mi boca. Mi lengua tropezaba con su miembro y antes de lo que pensaba sentí un líquido dulzón estrellarse contra mi garganta. Aparté mi cara y pude ver salir el semen. No sé por qué me imaginaba que los hombres de raza negra tenían el semen color cacao.

Aquel hombre se empeñó en mancharme con su semen y me puso el órgano junto a la mejilla. El semen me manchó la camisa en el hombro y pude sentir caer algunas gotas por mi pecho, al caer en el hueco que dejaba el escote. Por mi parte, me afanaba en escupir lo que me había entrado.

Pronto otros guerrillero quiso abusar de mí, pero esta vez, no lo dejé. Efectivamente, dejé que metiera el miembro en mi boca, pero a este, que era un segundón le mordí. Estuvo a punto de partirme la cara con el fusil, pero el líder del grupo intervino. Pero no me salí con la mía.

Me ataron con las manos en alto a un árbol. También me ataron las piernas, separadas. Entonces, el hombre al que le había mordido, me arrancó mi ropa interior de un tirón. Las olió con afán. Uno de los hombre se acercó con el miembro fuera y quiso introducirlo dentro de mí. Me defendí como pude y finalmente le escupí en la cara y hice un intento muy violento por morderle.

Entonces decidieron atarme de cara al árbol. Mi culo quedaba indefenso ante aquellos salvajes. Pronto sentí unas manos poderosas asirme de las caderas y llevarme contra él. Sentí su miembro entre mis piernas, intentando hacerse paso en mi interior casi virgen.

Tengo que decir que perdí mi virginidad en una caída de la bicicleta. Eso le dije a todo el mundo aquel día que estuve con mi primo en el pajar de la granja de unos campesinos.

Aquello comenzó a introducirse lentamente en mi estrecho interior. Comencé a sentir un calor en mi interior, a sentir como si la sangre se acumulara en mi sexo, como si deseara ser insertada por aquel miembro. El hombre puso sus manos sobre mis pechos, que sentía arder, a su vez. Pronto sentí aquello dentro de mí totalmente y los movimientos rítmicos de las embestidas. Sentía su vientre estrellarse contra mis nalgas, y al fin, un líquido caliente derramarse dentro de mí.

Yo estaba ya muy excitada, pues aquella situación, la impotencia, el miedo, me hacía sentir de una manera muy especial.

El guerrillero se retiró, con todo lo suyo, pero no tardé en sentir de nuevo a otro, que de nuevo me agarraba por la cintura y comenzaba a menear su pelvis al ritmo cíclico que más placer le producía. Sentía a éste sobre mi espalda, bramando como un toro. Era sin duda, el de mayor envergadura. Me puso sus manazas sobre mi sexo, buscando mi clítoris y presionándolos ásperamente con sus dedos, mientras con la otra mano me sobaba el pecho como si estrujara una esponja. Al igual que el otro, este se derramó en mí completamente.

De pronto, un gran nerviosismo pareció apoderarse de todos – Tarssana amoto, tarssana amoto- no dejaban de repetir. Se oía venir un vehículo. No pude ver que ocurría pero el vehículo se acercó rápidamente y se hizo un silencio sepulcral.

Pude escuchar una voz melodiosa que parecía de un muchacho, hablar con el líder, que estaba visiblemente atemorizado. La voz melodiosa comenzó a subir de tono y hasta chillar. Los hombres no osaban rechistar. La bronca finalizó con lo que presumiblemente fue un sonoro bofetón. Sentí unos pasos seguros dirigirme hacia mí.

Allí estaba yo, con el trasero al aire. Un chorrito de semen se escurría de mi interior y bajaba por el muslo. La voz melodiosa ordenó desatarme a los guerrilleros. Me intenté recomponer antes de darme la vuelta para ver a mi salvador. Tras subirme el pantalón y abrocharme la camisola, me di la vuelta. El líder estaba en el suelo, con una herida en la cabeza que sangraba ostensiblemente.

Mi salvador resultó ser una mujer. Era de raza negra, alta y fuerte. Tenía el pelo corto pero, muy rizado. Sus labios eran largos y gruesos. Sus ojos eran negros pero achinados. Era una mujer fuerte pero con un cuerpo escultural, hermoso. Me miró fijamente, estudiándome con la mirada.

Me sorprendió con un perfecto inglés. – Está Usted bajo la custodia de la guerrilla Mzamwe. Considérese mi prisionera. Soy la capitana Tara Zani, alias “Tarzana”.-

Había oído hablar de esta mujer durante el viaje de ida a África pero creía que eran imaginaciones de la gente, una leyenda.

Tarzana me invitó a subir en la parte delantera de su moto. Era una moto todo terreno, que manejaba a la perfección. Ella se colocó detrás y pude sentir el calor de sus fuertes muslos en los míos, y sus pechos, hincarse en mi espalda, debajo de su ropa mimetizada. Me sentí segura entre sus brazos

Llegamos al campamento. Ella era, efectivamente la dueña y señora de aquel tinglado. Todos la saludaban con sumo respeto y se ponían nerviosos a su paso. Yo la seguía a su tienda de campaña. Sentía la mirada de todos aquellos hombres clavarse en mí.

Al llegar a la tienda, encontramos a otra mujer africana, que no podía disimular su enfado al verme aparecer. Tarzana le dijo unas palabras ininteligibles y la mujer salió airadamente enfadada. Luego me señaló un camastro y me dijo- Esta será tu cama, si te portas bien. Si no, te llevaremos al calabozo, pero eso no te gustará.- Acepté sin rechistar.

Me puso otra condición. Al menos al principio, no podría separarme de su tienda, así que ató una cuerda al palo central que sostenía el toldo de la gran tienda de campaña y con una cadena de cuero, como la que llevan los perros, me amarró del cuello. Me podía soltar, pero era ridículo, pues sería descubierta, seguramente.

Me trataron muy bien. Me sirvió de comer la chica , que resultó llamarse Mambe. Mambe estaba encolerizada conmigo. Casi me tiró la comida encima. Luego vino la cena. Me ataron las manos con unas esposas y me acosté en el camastro. Observé, haciéndome la dormida, la entrada de Tarzana y cómo se desnudaba. Me percaté de la oscuridad de su axila y descubrí los senos preciosos, en medio del que apareció un pezón oscuro. Sus pechos se me asemejaban a un pastel de chocolate y moka. Luego se desnudó totalmente de abajo. Era esbelta, sus piernas eran largas y musculosas.

Mi sorpresa fue ver entrar a Mambe al rato y comenzar a despojarse de sus vestidos. Puede apreciar un cuerpo menudo y gracioso, algo gordita, pero con las carnes muy bien puestas. Tarzana le ofreció la cama.

Pronto pude apreciar como ambas mujeres se prodigaban tiernas caricias hablándose en su idioma. La sábana desapareció de su cama, por el trajín que se traían las dos. Pude ver a Tarzana echada sobre Mambe, su boca lamía cada centímetro de mi cocinera y se entretenía donde pensaba que el pastel podía ser más delicioso.

La mano de Tarzana comenzó a acariciar las rodillas de Mambe y se dirigió hacia su sexo por la cara interior de los muslos. Pronto, Tarzana acariciaba el sexo de su amante bajo la maraña de pelos negros. Pude ver cómo introducía su largo dedo índice en el interior de Mambe y luego se ayudaba con el índice, mientras su boca no dejaba de lamer sus senos.

Tarzana meneaba sus dedos con suavidad dentro de Mambe, y la chica se contorsionaba y abría sus piernas y se manoseaba sus propios senos. De repente pareció que de golpe iba a soltar como una burbuja de jabón de su interior. Mambe comenzó a gemir, y Tarzana empezó a agitar sus dedos dentro de Mambe con seguridad y rapidez, hasta hacerla casi enloquecer del placer. Todo aquello era nuevo para mí, pero comparaba aquella sensualidad con la bestialidad con que me habían tratado los hombres hacía unas horas y me atraía.

Quedaron tendidas largamente. Luego, Tarzana me miró y le dijo algo a Mambe. Las dos se levantaron desnudas. -Nos hemos olvidado de tu higiene. Te vamos a limpiar lo que te han echado mis soldados esta mañana – Me dijo Tarzana. Estaba con la camisola sola y unas bragas que me habían proporcionado, atada a la cama. Mambe se colocó entre mis piernas y tiró de mis bragas hacia ella, entonces me quise resistir, pero era inútil.

Mambe olió mis muslos y comenzó a lamer, de rodillas, el lugar donde había secado el semen que se había escurrido de mi interior. Lo lamía acercándose poco a poco a mi raja. El sentir la lengua caliente cada vez más próxima a mí me hacía sentir cada vez más rara, más excitada. Mambe lo hacía sin prisa.

Mi sexo comenzó a volverse a sentir lleno de fuerza, lleno de calor. Tarzana observaba la escena y yo la observaba a ella. La lengua de Mambe estaba inexorablemente en mi sexo, y creo que ya se alimentaba más de mi propia cosecha que de la de los hombres. Sus dedos se posaron sobre mis labios y me los separaron, sentí la aspereza de su lengua sobre mi clítoris que estaba a estallar.

Tarzana se colocó a su vez detrás de Mambe, y sólo podía intuir los cuidados que prodigaba a Mambe al sentir los de Mambe sobre mí. Me corrí como no lo había hecho nunca, pues jamás había vivido una situación tan sensual. A Mambe no le importó en absoluto, y prosiguió lamiéndome, haciéndome casi insoportable el placer. Sólo paró cuando Tarzana dejó de lamerla para introducir de nuevo sus dedos en su sexo, colocando entonces su cara sobre mi monte de Venus, hasta que se corrió de nuevo.

Aquella experiencia me dio que pensar durante toda la mañana. No sé. Creo que deseaba convertirme en la amante de Tarzana. Por eso, tan pronto como creía que se aproximaba la hora de su llegada, me deshice del pantalón, y desabroché mas de la cuenta los pocos botones que le quedaban a la camisola. Cuando ella llegó, me miro casi con lujuria. Dejó la pistolera sobre la mesa y sin más miramientos me agarró de la cintura y me introdujo la lengua en mi boca. Aquello no era un beso. Aquello era una penetración.

Tarzana estiró de mi cazadora hacia atrás y mis senos quedaron al descubierto. Entonces me agarró y de un tirón me sentó sobre la mesa y comenzó a morderme los pechos queriéndoselos meter enteros en la boca, ayudándose con las manos para ello.

Un reflejo de luz entró por la puerta de la tienda. Pude ver a un guerrillero asomarse y apercibirse de los que sucedía. Tarzana me puso de pié y metió su mano en el interior de mis bragas. Sus dedos hábiles encontraron mi clítoris y comenzó a estimularlo dando bruscos pero certeros masajes. Me miraba a los ojos. Yo no le aguantaba la mirada, así que me apoyé sobre su guerrera.

Un bullicio se apreciaba fuera de la tienda. Miré hacia allá y pude ver a algunos guerrilleros curiosos asomarse. -Diles que se vayan, por favor- Le sugerí a Tarzana varias veces.- No, son mis hombres y tengo que demostrarles quien es la que manda aquí-

Tarzana estiró de mis bragas y abrió de par en par la puerta de la tienda de campaña. Los guerrilleros veían mis senos, pues tenía la camisola bajada, y mis muslos desnudos, y las bragas, a la altura de los tobillos. Tarzana me cogió y me echó contra ella y comenzó a acariciarme el clítoris de nuevo. Puse la cara hacia el otro lado donde no viera a los hombres. Mi sexo estaba lubricándose, los botones de la guerrera me arañaban los pezones.

De pronto, después de un hábil movimiento, sentí cómo se introducían dentro de mí los hábiles dedos de la seductora capitana. Las piernas me fallaban. Sentía emblandecerme sobre la guerrera de mi captora, desvanecerme en ella. Era humillante tener tantos espectadores, pero el sentir que ella era mi dueña y que me poseía precisamente delante de aquellos hombres, me excitaba enormemente.

Los hombres aplaudieron cuando descubrieron que mis movimientos de cintura obedecían a una nueva victoria militar de su capitana, esta vez sobre el desfiladero indefenso que conducía a mi interior. Mi calor dio paso a una sofocación y ésta, al orgasmo. Mambe se enfadó mucho con Tarzana. Tarzana me explicó que Mambe no consentía quedarse fuera de sus juegos sexuales, pero aquella vez había sido una excepción, pues tenía que demostrar a sus hombres que ella era capaz de disponer de mí como cualquiera de ellos.

Esa noche, Tarzana y Mambe repitieron el ritual de la noche anterior. Pero había una diferencia. Pude ver que Tarzana cogía un objeto, como unas correas detrás de la cama. Después de un rato de intriga descubrí lo que era. Era un objeto que nunca había visto. Era como un órgano masculino que se ataba a la cintura con una correas. Tarzana me dijo luego que era un consolador con correas y que lo compró en Londres la última vez que estuvo.

Tarzana se ató aquello y se puso entre las piernas de Mambe, que dejaba que le metiera aquello dentro sin resistirse. Tarzana se movía dentro de Mambe como si fuera un hombre y Mambe se movía al mismo ritmo que ella. Me llamaba la atención ver las plantas de los pies de Tarzana y las de Mambe, sobre la espalda de su violadora, de color más claro que el resto del cuerpo.

Mambe resoplaba y gemía con desesperación, y Tarzana repetía rítmicamente el mismo movimiento hasta que consiguió arrancar de su amiga un orgasmo que se adornaba con un chillido de placer que inundó toda la tienda de campaña. Un guardia se asomó a la puerta.

Quedaron abrazadas las dos y besándose, hablándose en su idioma, cuando de repente vi a Mambe decirle algo a Tarzana mientras me señalada y se reían.

Se incorporaron las dos y vinieron hacia mí. Me sacaron de la cama. Tenía las manos atadas a la espalda para no escaparme y llevaba la camisola y mis braguitas. Mambe se puso delante mía y Tarzana detrás. Me bajaron de nuevo la camisola hasta descubrir mis senos. Tarzana comenzó a besarme el cuello mientras me agarraba los pechos. Mambe comenzó a lamer los pechos y succcionar mis pezones.

Sentí la mano de Mambe en mi conejo, por encima de mis bragas. Se limitaba a agarrarlo como el que agarra una naranja. Mambe se sentó sobre mi cama y Tarzana me cogió del pelo y me obligó a ponerme de rodillas, posando mis hombros sobre Mambe. Sentí como Tarzana me bajaba las bragas. Mambe me tocaba los senos y me acariciaba los senos metiendo la mano por entre las piernas.

Tarzana me separó las nalgas y rozó mi agujero de atrás. Por un momento sentí lo peor. De pronto comencé a sentir la presión de aquel trasto sobre mi sexo. Trazana me cogía de la cintura como antes lo habían hecho sus hombres. No encontró mucha resistencia. Mis jugos mezclados con los que el consolador llevaba de Mambe hicieron que se metiera sin problemas.

Puse mi boca sobre la piel de la cintura y la ingles de Mambe. Olía de una manera especial fuerte, a África. Tarzana se meneaba contra mí con suavidad pero metiendo y sacando aquello de una manera armoniosa pero efectiva. Estaba a punto de correrme, porque la verdad es que Tarzana me hacía sentir con aquello como ningún hombre. En ese momento, Tarzana decidió que era el momento de que ella disfrutara, así que le hizo una seña a Mambe que esta comprendió.

Mambe se colocó aquello mientras Tarzana se ponía esta vez en la cama. Puso los pies sobre ella, de manera que con sus piernas flexionadas, me ofrecía todo su sexo peludo, en medio del que se descubría un trozo del mismo rosa, que pertenecía a su interior. Rehusé besarlo, incluso cuando comencé a sentirme ensartada por Mambe.

Me cogió entonces del pelo y lo llevó hasta donde ella deseaba mientras mi exhortaba -¡Cómeme el coño, zorra!.- Nunca nadie me había dicho nada así. Creo que iba a llorar. Su sexo me excitaba, por otra parte. Comencé a lamerlo. Ella me agarraba para que no se me separara de su sexo. Por detrás, Mambe me embestía con violencia, Volví a recuperar el clímax. Sentí que Tarzana me agarraba de una forma más fuerte y desesperada que antes. Mi cara se inundó de sus líquidos a la vez que me corría yo misma. Sólo entonces me soltó y se dedicó a acariciar mi cabeza mientras Mambe me acariciaba la espalda.

– Para ser la primera vez, no lo has hecho mal- Me dijo, mientras me acariciaba.

Tarzana pidió un suculento rescate por mí que tardó en recibir algunos meses, durante los cuales me tuvo en su tienda.

Tengo que decir que volví a ver a Tarzana unos años después, en las conversaciones de paz que tuvieron lugar en Londres. Me reconoció nada más verme. Me confesó que acababa de ir a un sex shop a comprar un montón de cosas, porque al acabar su guerra, pensaba que se dedicaría al amor. Estuvimos probándolos todos en la habitación de su hotel.

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